ptitfren

Pascua en la paz de un Monasterio

Cerca de la playa de Somo, en Santander, se encuentra la pequeña localidad de Suesa. Allí, entre vacas, paisajes idílicos propios del norte y la persistente lluvia, se alza un oasis que, con solo atravesar su jardín, ya evoca paz y serenidad: un monasterio habitado por monjas trinitarias.

Las Hermanas abren las puertas de su hospedería a quienes buscan un tiempo de conciencia, de lentitud, de contemplación y de presencia. Ellas mismas advierten que no se trata de un alojamiento turístico, sino de una casa que acoge a buscadores de interioridad, guiados y convocados por el Espíritu.

Este lugar, que en un primer momento puede sobrecoger por la inmensidad a la que arroja y por las largas horas de silencio –y al que quien escribe esta crónica no recomienda acudir sin cierta disposición interior–, invita a mirar hacia dentro. Es, en definitiva, una oportunidad no solo para detener la vida y observarla, sino también para orientarla e impulsarla. Un espacio que posibilita el encuentro; que propone un silencio que conduce a la escucha; y que favorece la soledad como antesala de la comunión con los demás peregrinos.

Este año, el Espíritu ha reunido a varios miembros de la Familia Sa-Fa para acompañar al Señor durante el Triduo Pascual, celebrando la gran fiesta de la Resurrección que trae vida nueva. Bajo el lema «Con alegría…», las Hermanas se han puesto al servicio de una veintena de jóvenes que, llamados a esta vivencia, han morado allí y han compartido días de oración y celebración. Algunos llegaban con el deseo de poner orden en su vida; otros buscaban reavivar su vínculo con Dios; y otros, simplemente, necesitaban detener el ritmo frenético de las grandes ciudades para simplemente estar, para ser.

La experiencia contemplativa ofrecida por las monjas de Suesa, unida a las celebraciones, cantos, oraciones y momentos compartidos, ha propiciado un verdadero encuentro con el Resucitado, haciendo arder el corazón de quienes se reunieron en torno a Él.

Y así, como si el tiempo se hubiera dilatado, la convivencia llegó a su fin. Cada uno emprendió el regreso a su vida cotidiana, a su realidad, a su Galilea; porque es allí donde les espera el Señor que ha resucitado.