La parábola de la simiente en tierra

Evangelio según san Mateo (13,1-23):
Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla.
Les habló mucho rato en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.»

Lectio
El relato habla de un sembrador, no de un campesino y su actividad está caracterizada por el contraste entre la pérdida de las semillas (13, 4-7) y fruto abundante (13, 8). Además hay que notar entre la riqueza de los detalles con que es descrita la pérdida de las semillas y la forma concisa del fruto abundante. Pero a la cantidad de las experiencias de fracaso y desilusión representada por las varias pérdidas de las semillas, a lo largo del camino… sobre el terreno rocoso… entre las espinas…) se contrapone la gran cosecha que hace olvidar la experiencia negativa de la pérdida. Además, en la parábola hay una diferencia temporal entre la fase de principio de la siembra y el del fin que coincide con el fruto de la cosecha. Si en las tentativas de la siembra el fruto está ausente, tal falta pospone el Reino de Dios, al momento en que habrá la gran cosecha. Jesús, el sembrador, siembra la palabra del reino (13,19) que hace presiente el señorío de Dios en el mundo, sobre los hombres y que realiza el fruto final. La parábola tiene una tal fuerza persuasoria que llevar al oyente a tener confianza en la obra de Jesús que, por cuánto marcada por fracasos o desilusiones, al final tendrá un resultado de éxito.
Jesús, después de haber expresado los motivos del su hablar en parábolas, ilustra la suerte de la palabra del Reino en los individuales oyentes. Aunque sean enumerados cuatro tipos de terrenos, dos de las tipologías de oyentes que son puestas a comparación: quien escucha la Palabra y no comprende (13,19) y quién escucha la Palabra y comprende (13) 23. La primera categoría de oyentes evidencia la escucha de la Palabra (19), pero no la comprende. La comprensión de la Palabra aquí hay que entenderla a nivel intelectual, no pero sapiencial, es necesario entrar en su sentido profundo y salvador. En la segunda (13) 20-21, la Palabra, además de que ser escuchada, es acogida con alegría. Tal acogida, falta de raíces, es inestable cuando al entusiasmo del principio sigue la discontinuidad de la elección, debida indudablemente a experiencias de sufrimiento y a persecución, inevitables en cada camino de fidelidad a la escucha de Dios. La tercera posibilidad evoca las preocupaciones materiales que pueden ahogar la Palabra (13) 22. Por fin, el resultado positivo: la semilla perdida en el tríplice terreno es compensada por el resultado fructuoso. En síntesis son evocadas en la parábola tres aspectos que señalan el acto de la opinión, activo y perseverante: el escuchar, el comprender y el llevar fruto.

Con ojos nazarenos
«Tu Palabra me da vida» (Sal. 118). La palabra de Dios proclamada y escuchada en la liturgia, leída y meditada personalmente o en comunidad, es fuente de la vida cristiana. En ella se encuentra la revelación del misterio de Dios y el dinamismo para vivirlo: «Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a Sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina. En consecuencia, por esta revelación, Dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía» (Dei Verbum, 2).
La espiritualidad de la Familia Sa-Fa subraya la importancia de la Palabra de Dios en relación con la «Palabra que se hizo carne» en Nazaret y presta una atención especial a los pasajes de la Escritura en que se habla de la familia formada por Jesús, María y José en Nazaret, pero también a los que se refieren a la nueva familia mesiánica formada por los creyentes en Cristo, y los que subrayan el camino de acercamiento de Dios al hombre para formar con todos la gran familia de sus hijos. (Manual de Espiritualidad 2. 1)

Rogamos
“Él manda sobre la tierra su Palabra…” Sal. 147

A Nazaret
“”Él envía su mensaje a la tierra, y su palabra corre veloz…” (vv. 15.18.19). Éste parece ser el motivo de alabanza a Dios, que junta al Antiguo y al Nuevo Testamento. La diferencia está en que Jerusalén dará las gracias por la Palabra que poco a poco se hace un escrito, mientras en el Nuevo Testamento se agradece porque la Palabra, que es Jesús el Verbo encarnado. En Jerusalén, ven crecer la Palabra escrita; en Nazaret María y José ven crecer la Palabra viva, que es Jesús. (Hno. Lino da Campo)

Intenciones
Ayúdanos a conservar la alegría que el encuentro con tu Palabra sabe engendrar en nuestro corazón. Haz fuerte nuestro corazón porque en el apuro no nos sintamos indefensos y por lo tanto expuestos al desaliento. Danos ser una tierra buen, personas acogedoras, para ser capaces de rendir nuestro servicio a tu Palabra