Renunciar a todo para poder seguir a Jesús

Evangelio según san Mateo (10,37-42):
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»

Lectio
En el 13er domingo del tiempo ordinario meditamos la parte final del Discurso sobre la Misión: “Cuál es la exigencia fundamental de Jesús para los que van en misión?” Jesús dice: ” El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí.” ¿Quiere acaso desintegrar la vida familiar? Eso no puede ser cierto, porque en otra circunstancia insiste en la observancia del cuarto mandamiento, que prescribe amar al padre y a la madre. Él mismo obedeció a sus padres en Nazaret. Jesús quiere que las personas superen los estrechos límites de la pequeña familia, para abrirse a la gran familia, a la comunidad, para que el Reino de Dios pueda manifestarse. Él mismo da el ejemplo. Cuando sus parientes lo buscan, reacciona mirando alrededor y diciendo: “He aquí mi madre, he aquí mis hermanos. Quien hace la voluntad de mi Padre, ése es mi hermano, hermana y madre.” Como los grandes profetas del pasado, Jesús da un sentido profundo a la familia, a la comunidad, como expresión de la encarnación del amor de Dios en el amor del prójimo. De ahí la petición a quien quiere ser su discípulo de abandonar padre, madre, mujer, hermano, hermana, casa, en fin todo. Él es el garante: “En verdad, en verdad os digo: que quien haya dejado casa o hermanos o hermanas o madre o padre o hijos o campos por mi causa y a causa del evangelio, recibirá ya en este mundo cien veces más en casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y campos, junto a persecuciones, y en el futuro la vida eterna” (Mc 10,29-30). Verdaderamente, quién tiene el valor de romper el círculo estrecho de su familia, encontrará de nuevo en la comunidad cien veces todo cuanto ha abandonado. La cruz de Jesús es la consecuencia del compromiso libremente asumido de revelar la Buena Noticia de que Dios es Padre y que por lo tanto todas las personas tienen que ser aceptadas y tratadas por hermanos y hermanas. A causa de un tal anuncio revolucionario, Jesús ha sido perseguido y ha dado su vida. Esta conciencia fue difundida entre los primeros cristianos, porque expresaba lo que estaban viviendo. Pablo, por ejemplo, para ser fiel a Jesús tuvo que perder todo lo que tenía: una carrera, la consideración de su gente, y sufrir persecuciones. Y esa es la paradoja del Evangelio: lo último es lo primero, quién pierde, gana; quién da todo, lo conserva todo; quién muere, vive. Busca la vida quien desea perderla.
Para el misionero y para el discípulo es muy importante saber que no quedará nunca sólo. Si es fiel a su misión, tendrá la certeza de que Jesús se identifica con él y por medio de Jesús el Padre es revelado a los a que es anunciado el Evangelio. Y tal como Jesús reflejó el rostro del Padre, así los discípulos deben o deberían ser espejo donde la gente pueda divisar algo del amor de Jesús. Para cambiar el mundo y la convivencia humana no bastan las decisiones políticas de los adultos. Es necesario un cambio en la vida de las personas, en las relaciones interpersonales y comunitarias. Por eso Jesús da importancia a los pequeños gestos de compartir: un vaso de agua dado a un pobre.

Con ojos nazarenos
La cruz colocada en la cúspide, es el augusto signo de nuestra redención. Por ella Jesucristo ha vencido al mundo. Esta señal sagrada, que hace huir a los demonios, nos recuerda, al mismo tiempo, lo que vale nuestra alma y el amor que nos tiene nuestro Divino Salvador así como su bondad infinita que lo llevó a darnos a María por Madre, desde lo alto de la cruz.
La salvación y la vida se encuentran, queridos Hermanos, en la cruz; allí encontramos, nos dice el piadoso autor de la Imitación de Jesucristo, refugio contra nuestros enemigos, la dulzura de la gracia, la fuerza del alma, la alegría del espíritu, la perfección de las virtudes y la plenitud de la santidad. Sólo en la cruz encontraremos la curación para nuestras almas y la esperanza de la vida eterna. Llevemos, pues, nuestra cruz, es decir, todas las penas propias de nuestro estado, y cuantos sufrimientos quiera Dios enviarnos; llevémosla con alegría, teniendo en cuenta que Jesucristo dijo que quien quiera ser discípulo suyo tiene que renunciar a sí mismo, cargar con su cruz e ir tras él. Quien se separe de esta senda se extravía y se pierde indefectiblemente. Pensemos en ello, queridos Hermanos, para no correr el riesgo de llorar en compañía de los condenados por toda la eternidad ni ser privados del cielo que nos ha conquistado nuestro divino Salvador, con sus sufrimientos y su cruz.. (Hno. Gabriele Taborin – Circular n. 11 – 1-9-1855)
La cruz es parte integrante del plan redentor de Dios sobre ti. Vive hasta el fondo la muerte total. De este modo mostrarás tu resurrección por la paz, la alegría, la fraternidad. (Constituciones-Prólogo)

Oremos
Cantaré para siempre el amor del Dios (Sal 89)

En Nazaret
Dios no sólo muestra su fidelidad en las grandes ocasiones. En Nazaret, nos abre los ojos a la dimensión de la cotidianidad de la fidelidad de Dios a su pueblo. La maravilla de su fidelidad no se reconoce sólo “entre relámpagos y truenos”, sino cuando día tras día uno se hace hijo, hermano, padre y madre. En Nazaret la fidelidad se revela sorprendentemente humilde. Es la fidelidad del amor, con que Dios se hace prójimo, hermano y hermana. (Hno. Lino Da Campo,

Intenciones
Infúndenos, Padre, la sabiduría y la fuerza de tu Espíritu, para que vayamos con Cristo por el camino de la cruz, disponibles a dar nuestra vida para manifestar al mundo la esperanza de tu reino.