Los ritos iniciales:

Afirmar la propia identidad y reconocernos mutuamente

La Eucaristía empieza en la vida, en la vida ordinaria, en el lugar donde cada uno vice: fuera del templo; Es la afirmación de nuestra condición laical.

Viene luego la precesión ” de entrada”, que puede ser más o menos larga, pausada, precipitada, motivada, hasta llegar a la asamblea convocada, “la iglesia”, la familia de Dios.

Lo primero es encontramos (ver el rostro del otro) y reconocernos mutuamente (nos hemos visto ya otras veces). Y después de cantar juntos oímos el saludo: “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, el Dios que crea y mantiene la diversidad en la unidad, la identidad de cada uno en la comunión. La Trinidad nos envuelve en el abrazo de la señal de la cruz.

Enseguida nos damos cuenta de la distancia que hay entre el deseo de Dios, su plan de salvación, y nuestros límites, maldades y pecados, entre su amor grande y nuestras actitudes y actos de exclusión, de dispersión, de envidia y malquerencia. De la invitación a pedir perdón brota la confesión, el Señor ten piedad” y si es día de fiesta el himno de gloria.

Y termina este primer momento con la oración “colecta”, que recoge lo que cada uno ha expresado espontáneamente en el fondo de su corazón en los instantes de silencio que la preceden. Es importante respetar esa dinmica: silencio-palabra, individuo comunidad. La oración colecta da el tono y expresa el tema de la liturgia del día, nos sitúa en el tiempo de la historia.

La liturgia de la Palabra

Abrirnos a la Palabra y entrar en diálogo

Lo primero es tener una actitud de escucha y de acogida silenciosa como la de María y José. A veces podemos ser nosotros mismos quienes prestemos nuestra voz a la Palabra de Dios leyendo para los otros.

Si la presencia empieza a construir la familia, la Palabra de razón de ella (de su vida y de su historia) y da mayor intensidad a los lazos que la unen con Dios y a sus miembros entre sí.

A lo largo del año litúrgico se va desplegando en las lecturas de la Biblia todo el designio de Dios en la historia de la salvación. Quien la tiene presente, cuando se toca un punto de ella, en una lectura concreta, resuenan en su mente como en una armonía muchos otros: podemos meditar y ver cómo encarnar la Palabra en nuestra vida.

La respuesta individual se hace comunitaria en el salmo y en la oración de los fieles. La homilía es de por sí una “conversación familiar” (“la conversación de una madre” Evangelii Gaudium 139), en la que el presidente de la asamblea comenta como un buen padre de familia la Palabra leída, ayuda a comprenderla, a vivirla, a concretizarla.

La liturgia de la Palabra concluye si es día de fiesta con la profesión de fe expresada comunitariamente en el Credo para reforzar nuestra convicción de creyentes y ponernos en comunicación con las demás comunidades cristianas, no sólo actuales sino con las que se han sucedido a los largo de los siglos, desde la de los apóstoles.

La liturgia eucarística

Hacer memoria y compartir el Cuerpo y la Sangre de Cristo

El paso de la “mesa de la Palabra” a la “mesa de la Eucaristía” comienza con la presentación del pan y del vino: elementos materiales de la creación y fruto de la actividad humana. Es el momento de recoger todos los fragmentos de nuestra realidad humana para unirlos a los que van a ser transformados para que así tengan un sentido nuevo y pleno.

La gran oración eucarística va precedida por una solemne acción de gracias y una aclamación comunitaria normalmente cantada: Santo, santo, santo. La oración eucarística, el canon, tiene hoy varia formas y tonalidades, todas ellas muy ricas de contenido y expresividad, pero siempre con esa amplitud que abarca a toda la historia de la salvación y de la familia humana. En el corazón de esa oración están las palabras de la consagración del pan y el vino transformados en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. En ese memorial del momento clave de historia y profecía de la vida eterna reside el sacrificio de la nueva alianza. Y dentro de esa memoria rezamos por la Iglesia y por todos los hombres (de vez en cuando podemos tener un recuerdo especial por los miembros vivos y difuntos d ela Familia Sa-Fa)

Y así entramos en la comunión: nos preparamos con el “Padre nuestro”, la oración de la familia de los hijos de Dios; De esta forma la comunión saacramental no es sólo un acto, el más profundo e íntimo del creyente con su Señor, sino la incorporación a toda la asamblea y a través de ella a la Iglesia y a la humanidad para contruir en el Cuerpo de Cristo un a fraternidad universal.

La conclusión y el envío

Testimoniar con la vida

La celebración vivida supone el cumplimiento gozoso de la propia vocación, lo cual suscita una profunda acción de gracias, pero también la gran responsabilidad de asumir la propia tarea de aportar nuestro granito de arena a la construcción del Reino de Dios en este mundo.

Por eso la bendición y las palabras de envío nos confían la misión de testimoniar con nuestra vida, personalmente y en familia, en comunidad, lo que hemos celebrado: la posibilidad de que las situaciones concretas que vivimos, mediante la gracia de Dios y nuestra acción, se transformen y adquieran un nuevo sentido.

Belley, enero de 2014

Hno. Teodoro Berzal