Jesús es el Pan de la Vida – Quién come de este pan vivirá “para siempre”

Evangelio según san Juan (6,51-58):
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.» Disputaban los judíos entre sí: « ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»

 Lectio
Hoy celebramos el sacramento de la Eucaristía que el Señor nos ha dejado como señal de su presencia, de su realidad corporal, de su sacrificio en la cruz y de la vida eterna de que nos ha hecho partícipes. Jesús nos habla de ello en términos de comida. La realidad del don del Padre a nuestra humanidad se expresa, desde el principio hasta el final, bajo forma de cuerpo. Se trata en un primer momento de la realidad carnal del cuerpo formado de carne y sangre, que sufre y muere en la cruz. Es este cuerpo herido el que resucita y que Jesús muestra a los apóstoles. Pero Jesús no se detiene ahí. Su cuerpo también es la Iglesia (Col 1,18), cuerpo místico del que Cristo es la cabeza, y es también el cuerpo sacramental que nutre a los que lo comen: “Tomad y comed: éste es mi cuerpo!”, Mt 26,26.
Los primeros cristianos compararon el cuerpo de Cristo con el trigo, molido como harina para convertirse en pan, después de haber sido mezclado con el agua de la vida y pasado por el fuego del Espíritu. Este pan espiritual, formado por el trigo del campo que es Jesús (Jn 15, 1), haciéndose nuestra comida al igual que el vino de la eucaristía, nutre en nosotros la vida divina. Y Jesús, una vez más, afirma: “Yo soy”. Aquí dice: “Yo soy el pan”. Jesús sólo constituye el alimento que puede comunicarnos la vida eterna. Quien no come de este pan no tendrá la vida en él (Jn 6,53). He aquí porque nosotros celebramos hoy la realidad humana y divina del Verbo hecho carne y también del cuerpo resucitado. Por Él, estamos realmente en comunión con nuestro Dios. Somos llamados a estar presentes a su presencia real.

Con ojos nazarenos
La espiritualidad de la Familia Sa-Fa subraya la relación entre los misterios de la Eucaristía y de la Encarnación. La Eucaristía prolonga a lo largo de los siglos el misterio de Nazaret, superando los límites de tiempo y de espacio y haciéndonoslo siempre presente y actual. La entrada de Dios en la historia humana continúa realizándose mediante la celebración de la Eucaristía y a través de ella acompaña a la Iglesia y a la humanidad hasta el fin de los tiempos.
El pan y el vino, elementos materiales elegidos por el Señor para entregarse a nosotros, dicen ya algo de la inmediatez, de la sencillez y humildad del misterio de Nazaret. Son alimentos que no faltan en la vida de cada día, al menos en algunas culturas, sin descartar por ello el sentido de fiesta. Lo mismo hay que decir de los gestos, las posturas y las acciones litúrgicas de la celebración eucarística, que pretenden ayudarnos a que reconocernos como la familia de los hijos de Dios convocada y reunida en torno a su mesa. La Eucaristía forma la Iglesia como familia.
La Iglesia ha empleado durante mucho tiempo, incluso en la liturgia, la expresión «Dios escondido» tomada del profeta Isaías («Es verdad: Tú eres un Dios escondido, el Dios de Israel, el Salvador», 45, 15) aplicándola tanto al misterio de Nazaret como al misterio de la Eucaristía. En el primero subraya la «vida escondida» de Jesús con relación a su «vida pública» y también su condición humana respecto al Verbo en la Trinidad. En la Eucaristía, pone de manifiesto el contraste entre la apariencia de las especies sacramentales y la realidad de la presencia de Cristo. En ambos casos se nos invita a la humildad y sencillez de los pastores que acudieron a Belén y supieron descubrir con fe y amor al Salvador del mundo con María y José.
La centralidad de la Eucaristía en la vida cristiana es subrayada por el carisma del Hno. Gabriel Taborin. Su sucesor, el Hno. Amadeo, dice que la fundación del Instituto se debe al amor del Hno. Gabriel por la Eucaristía. La finalidad de la animación laical (ministerios laicales) del Hno. Gabriel era conducir al pueblo de Dios a la Eucaristía. (Manual de espiritualidad 2.2.1)

OremosAlaba al Señor, Jerusalén (Sal 148)

En Nazaret
Todo es motivo para dar alabanza a Dios. En Nazaret Jesús, María y José se habrán unido a menudo al coro del pueblo para cantar este himno. Pero en Nazaret está preparando un momento de éxtasis, que Jesús resumirá así: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños,” como María y José y a cuánto se parecen a ellos. Sólo los limpios de corazón percibirán cuanto es sublime el Nombre del Señor. (Fr. Lino De Campo)

Intenciones
Reconociendo en el Cuerpo y en la Sangre del Señor el verdadero alimento para nuestra vida, rogamos al Padre que nos dé la gracia de ser auténticos cristianos, ofreciendo nuestra solidaridad concreta a los pobres, ayudados como hermanos, y rogando por cuántos están en la prueba, para que encuentren en la Eucaristía el alimento espiritual para renacer a una vida nueva.
O Dios, que nos has dado tu Hijo Jesús como Salvador y Redentor, haznos asiduos para compartir el pan de la palabra y para acercarnos a la Comunión, para ser fortificados por los caminos del mundo hacia la verdadera vida que es comunión definitiva y eterna contigo.