Lettre Fr Augustin RichardVamos a presentar brevemente la vida de algunos de los Hermanos que compartieron la aventura de la fundación del Instituto de los Hermanos de la Sagrada Familia con el Hno. Gabriel Taborin. Algunos de ellos colaboraron con él en las responsabilidades de formación y administración, otros llevaron a cabo la misión del Instituto entre tantos otros. Pero todos ellos fueron marcados por el carisma del Hno. Gabriel y lo encarnaron cada uno a su manera. Aunque en muchos casos su vida se prolonga más allá de la del Hno. Gabriel, nos fijaremos principalmente en el período en que le fueron contemporáneos.

El Hno. Juan Charrière

El Hno. Amadeo dijo del Hno. Juan que era “quien más ayudó al Rvdo. Padre Fundador en la creación de nuestro Instituto”.

Es conocida su llegada a Belmont a través de la biografía del Fundador escrita por el Hno. Federico, quien pone el relato en boca del protagonista: “En 1835 fui a Belmont, sede de la Congregación, para ponerme a las órdenes del Hermano Gabriel. Me enviaba un sacerdote de la diócesis de Annecy, el Rvdo. Picollet, bajo cuya dirección había dado clase yo durante algún tiempo. Este sacerdote había oído hablar del Fundador y del Instituto que quería fundar. Aparentemente me mandó como si fuera yo un novicio que iba a ingresar en el Instituto; en realidad era para que el Hermano Gabriel, que gozaba de un cierto prestigio en este campo, me instruyera y formara. Tras haber permanecido un tiempo prudencial en Belmont, tenía que regresar junto al Rvdo. Picollet para ayudarle a fundar una Congregación, más o menos parecida a la que proyectaba el Hermano Gabriel”. La nota biográfica del Hno. Juan, escrita por el Hno. Amadeo, aporta algunos otros detalles sobre la llegada: “La casa donde pedía ser admitido no ofrecía ningún atractivo con respecto al bienestar. Como en la de Nazaret, todo hablaba de pobreza. Al llegar, entró en la cocina y vio que todo el mobiliario, como él ha contado a menudo, consistía un pequeño horno, una mesa en mal estado, algunos viejos utensilios y algunas sillas destartaladas.”

Juan José Charrière había nacido en Boëge (Alta Saboya) el 07/03/1812. Sus padres fueron Bartolomé y María Saillet. Cuando llegó a Belmont tenía 23 años. Otros dos hermanos suyos estuvieron también en el Instituto: Ambrosio (de 1841 a 1854) y Alejo (de 1841 a 1844).

Una vez aclarada la situación del novicio Charrière en Belmont, después de la conocida anécdota de la carta del Padre Picollet caída en manos del Hno. Gabriel, éste depositó en el Hno. Juan toda su confianza. Era él quien lo remplazaba durante sus ausencias de la casa y era él quien colaboraba en la formación de sus colegas más jóvenes. Fue testigo de excepción de los primeros años de la vida en Belmont; a título de ejemplo, testimonió sobre la humillación sufrida por el Hno. Gabriel cuando el párroco Bosson le obligó a quitarse el roquete en la iglesia de Belmont (ocurrido poco antes de la llegada del Hno. Juan).

La nota biográfica del Hno. Juan señala cómo supo captar desde el principio el espíritu del Fundador. Cuando llegó a Belmont “había ya tres o cuatro postulantes; pero todos se desanimaron a causa de las pruebas que marcaron con el sello divino a nuestra Congregación naciente. El joven Charrière no fue sacudido por su ejemplo, ni por los razonamientos de aquéllos que dudaban de que esta obra pudiera sostenerse. Fiel a la gracia de su vocación, resistió a todas las pruebas, soportó todas las privaciones, antes que abandonar el lugar adonde Dios lo había llamado. Para alentarse en medio de estas pruebas, se decía si mismo: “Si esta obra no es de Dios, no podrá subsistir, y pronto todo se acabará; pero si viene de Dios, como soy persuadido, nada podrá impedir que prospere”.

Siendo aún novicio, en 1836 el Hno. Gabriel le confió la fundación de la primera escuela del Instituto en La Motte-Servolex (Saboya). El 3 de noviembre de 1838 pronunció sus votos religiosos, junto con otros diez compañeros, en la memorable celebración presidida por Mons. Devie, en la que el Hno. Gabriel fue nombrado oficialmente Superior.

Desde entonces el recorrido del Hno. Juan se identifica con el del crecimiento del Instituto. Estuvo en las escuelas de Seyssel, Pont-de-Beauvoisin, Les Echelles, Montanay, Le Poizat, Le Châtelard (permaneció también un año en la casa de formación de los Hermanos Maristas en L’Hermitage) Nozeroy, Belleydoux, Guéreins, Saint-Laurent-du-Pont, Virieu-sur-Bourbre, Bons, Les Gets, Arbin, Entre-deux-Guiers, Saint-Etienne-de-Crosey. El Hno. Amadeo recuerda con emoción que, mientras estaba en Pont-de-Beauvoisin, fue el Hno. Juan quien lo llamó para entrar en el Noviciado.

Desde todas esas localidades el Hno. Juan mantuvo una intensa correspondencia con el Hno. Gabriel (el ASFB conserva 223 cartas dirigidas al Fundador y 30 al Hno. Amadeo). A través de ellas se puede seguir el recorrido de su vida religiosa y profesional, algunas veces enturbiada por el comportamiento de sus dos hermanos o por otros problemas.

Participó en las sesiones del Capítulo General desde 1852. Lettre Fr Jean Chariière

La biografía del Hno. Juan destaca algunos aspectos de su personalidad:

Era un Hermano muy amante de su Congregación: le gustaba estar informado de todo lo que sucedía en ella; era estricto en el cumplimiento de la Regla; su alegría llegó al colmo en el último año de su vida cuando el Gobierno Francés dio la autorización legal al Instituto.

Los Superiores le confiaban con frecuencia a los Hermanos jóvenes para que los iniciara concretamente en el trabajo educativo en las escuelas y lo conseguía muy bien aun en casos algo difíciles. Tenía un don especial para enseñar el cálculo y las matemáticas.

En la vida comunitaria era amable y nunca conservaba rencor; después de cualquier discusión, todo volvía a la calma y siempre estaba dispuesto a prestar cualquier servicio.

En 1870 la enfermedad le obligó a dejar la enseñanza, y el Hno. Juan prestó en la Casa Madre todavía algunos servicios como portero. Falleció el 24 de junio de 1874, día en que la Iglesia celebra el nacimiento de su santo patrono.

El Hno. Mauricio Beaudé

El Registro de entrada de novicios nos informa de que Mauricio Beaudé era hijo de Felipe y Francisca Villot de Montagny, cerca de Annecy (Alta Saboya) y que cuando entró tenía 28 años. La entrada se produjo el 8 de junio de 1838.

Por la nota biográfica trazada por el Hno. Gabriel cuando falleció el Hno. Mauricio, sabemos que sus padres lo destinaban al sacerdocio y que hizo sus estudios en el colegio de Mélan (Saboya) donde era muy estimado por sus Superiores. Según el Hno. Gabriel, tenía las cualidades requeridas para ser sacerdote, pero, añade: “Dios tenía otros designios; lo llamaba a una especie de sacerdocio menos elevado y menos temible. Efectivamente, después de haber reflexionado detenidamente sobre su vocación y sobre la nada de las cosas de este mundo, creyó que Dios lo quería en el estado religioso, y tomó la decisión de abrazarlo.”

El Hno. Gabriel pudo constatar en el joven que se acercó al Noviciado una experiencia muy cercana a la que él mismo había vivido, y presenta así el momento de la llegada de Mauricio a Belmont: “El piadoso novicio nos abrió su corazón con franqueza, diciendo: “Vengo aquí para buscar al Señor y servirlo en la persona de los niños, pues vuestra preciosa Congregación tiene como finalidad educarlos y hacer de ellos buenos ciudadanos para la sociedad y santos para el cielo. Mis padres hubieran querido verme entre los ungidos del Señor, pero yo me he creído indigno de tan santo ministerio”. No serás sacerdote, le dije, pero entrando en nuestro Instituto te convertirás, de alguna manera, en pastor y en misionero de los niños, que siempre han sido los más queridos por nuestro buen Salvador. Éste es el precioso rebaño al que somos llamados a apacentar en nuestra Sociedad.”

Después de un año de noviciado, el Hno. Mauricio hizo su profesión religiosa el 21/10/1839 y fue enviado como maestro a La Motte-Servolex y luego a Yenne como director de la escuela. Pero pronto el Hno. Gabriel lo llamó a la Casa Madre: “Lo retiramos de esta escuela, con gran disgusto del pueblo de Yenne y lo llamamos a nuestra Casa Madre para ser nuestro colaborador y el Vicesuperior de nuestra Sociedad. Cumplió con su nuevo cargo con dignidad. Nos ayudó a componer los diversos libros que están en uso en nuestra Sociedad y en nuestras escuelas. Había sabido ganarse nuestra confianza por su integridad en los asuntos y por su obediencia y su celo por todo lo que tiende al bien de la religión, a la salvación de los Hermanos y a la formación de los Novicios en nuestra Casa Madre, donde dejó conmovedores recuerdos de virtud.”

Así pues, la actividad que el Hno. Mauricio realizó en la Casa Madre tuvo principalmente dos aspectos: secundar al Hno. Gabriel en la dirección del Instituto y la formación de los Novicios. Su actividad formativa se prolongaba luego durante las reuniones anuales de todos los Hermanos y en las visitas que hacía a las escuelas para remplazar a veces al Superior. “Luego os decía en particular y con mucha convicción que ningún maestro, de cualquier clase que sea, es apto para la educación de la juventud y es muy nocivo, si no es profundamente religioso y si no posee él mismo lo que debe enseñar a los otros. Siempre os exhortaba, como lo hacemos nosotros, al alejamiento del mundo y de toda compañía sospechosa, y a vivir el espíritu de mortificación que caracteriza al bueno religioso. Por fin, no dejaba de recomendaros el amor al trabajo, a vuestra Regla, el amor a vuestra santa vocación y sobre todo una constante fidelidad a los votos que os han separado del mundo y os han unido a Dios para siempre.”

Como Vicesuperior de la Congregación tenía que remplazar en la Casa Madre al Hno. Gabriel durante los desplazamientos que éste hacía ocupándose de todos los aspectos de la administración. Durante los dos viajes que el Hno. Gabriel hizo a Roma, en 1841 y 1850, pero también en otras circunstancias el Hno. Gabriel le dirigió varias cartas dándole noticias que transmitir a todos, interesándose por los acontecimientos o dándole indicaciones y consejos para que la vida de la casa transcurriera con normalidad.

Lettre Fr Maurice Beaudé

Dirección de la carta del Hno. Gabriel al Hno. Mauricio desde Roma 01/06/1841

 

El Hno. Mauricio hacía de vez en cuando la visita de inspección de las escuelas. Es una actividad que su biografía destaca en estos términos: “Nuestro querido Hermano, de quien lloramos sinceramente el pérdida, viajaba sin equipaje ni coche, sólo con el bastón en la mano; se lo veía ir a visitaros tanto a las ciudades como a los caseríos más lejanos donde la obediencia os ha colocado. Allí os llevaba el consuelo en medio de vuestros penosos, pero loables trabajos. Corregía las faltas que habían podido deslizarse en vuestra enseñanza. Reprimía las faltas contra nuestra santa Regla, y con celo infatigable exhortaba a los alumnos al trabajo y a la práctica de las virtudes cristianas, sin las cuales el hombre no puede ser salvado.”

Fue durante esos viajes cuando contrajo la enfermedad que lo llevó a la tumba. “Se tomó a pecho sus intereses (de la Congregación), aun a costa de su vida; pues no podemos callar lo que hizo. Fue recorriendo los montes de la pacífica Saboya, en medio de la nieve y el frío, donde contrajo el germen de la enfermedad de la que ha muerto.” Una enfermedad un tanto misteriosa (en la nota necrológica se dice textualmente: “después de haber sufrido más de un año con una enfermedad de languidez”) que acabó con él a la edad de 41 años. La muerte del Hno. Mauricio se produjo en Belley el 23/09/1851.

 El Hno. Agustín Richard

Como el Hno. Mauricio, el Hno. Agustín hizo su profesión religiosa en Belmont en 1839 y su profesión perpetua en 1844; y falleció el mismo año que el Hno. Amadeo, 1896.

Francisco Richard, hijo de Antonio y María Drizet, nació en Le Bourget (Saboya) el 29 de abril de 1815. Sus padres lo enviaron al colegio eclesiástico de Chambéry con la idea de que fuera sacerdote; luego continuó los estudios en el Seminario Mayor de la misma ciudad, pero ante las responsabilidades del sacerdocio decidió buscar otro camino y se presentó en el Noviciado de Belmont cuando tenía 23 años. Dada su buena formación, el Hno. Gabriel le pidió que diera algunas clases a los internos y a los novicios y, después del Hno. Juan Charrière, fue el remplazante del Superior durante sus ausencias. Hay varias cartas al Hno. Gabriel en las que le da una cuenta detallada de lo que pasaba en la casa.

Lettre Fr Augustin Richard

Íncipit de una carta del Hno. Gabriel al Hno. Agustín

 En 1839 el Hno. Gabriel tuvo que enviarlo a Seyssel (Ain) para solucionar una situación comunitaria bastante difícil; con su buen hacer, logró arreglar las cosas y dejar al año siguiente la escuela en muy buen estado, según el testimonio del Párroco y del Alcalde. En 1840 fue enviado a fundar la escuela de Saint-Pierre-d’Albigny: 250 alumnos en tres clases y unos locales poco apropiados. El Hno. Agustín era uno de los Hermanos que más postulantes mandaba cada año al Noviciado de Belley. En 1845 el Hno. Agustín fue enviado a Bonneville (Alta Saboya), donde el provisor de los estudios había pedido algunos Hermanos para el colegio que se acababa de crear, pero de hecho poco después los Hermanos se hicieron cargo de la escuela municipal de esa localidad. Desde allí fue enviado en 1848 a Yenne (Saboya) y, mientras estaba en esa escuela, recibió una propuesta del Hno. Gabriel que lo sorprendió. El Fundador se preparaba para su segundo viaje a Roma (en 1850) y pidió al Hno. Agustín que lo acompañara para terminar sus estudios eclesiásticos y pedir su ordenación sacerdotal. Pero él declinó la invitación con estas palabras: “Me impresionan infinitamente sus buenas intenciones; pero después de haber reflexionado seriamente, hago el sacrificio del inmenso placer que me proporcionaría ver Roma; en cuanto a la ordenación, no puedo decidirme a aceptar”. El Hno. Agustín fue enviado en 1851 a Eclaron (Haute-Marne) donde los Hermanos tenían la responsabilidad de la escuela y de la sacristía. Luego vivió algunos años solo en Tours como profesor, junto con algunos sacerdotes.

Al ser elegido el Hno. Amadeo como sucesor del Hno. Gabriel en 1865, el Hno. Agustín fue nombrado Vicesuperior de la Congregación. Las efemérides de la Casa Madre registran sus numerosos desplazamientos para ocuparse de los asuntos del Instituto, sobre todo en cuestiones académicas; además de ello daba clases en el Noviciado. Pero su permanencia en Belley duró poco. En 1866, al necesitarse personal para fundar una nueva comunidad en Sens (Yonne) encargada de la escolanía y de la sacristía de la catedral, el Hno. Agustín presentó su dimisión como Vicesuperior y fue a fundar dicha comunidad, que dirigió por doce años.

Poco a poco el Hno. Agustín vio cómo sus fuerzas disminuían. En una de sus numerosas cartas a su Superior escribe “Cada vez soy más débil para el canto, y no es de extrañar pues llevo 51 años cantando y 42 dando clase”. Tuvo, sin embargo, fuerzas para abrir la escuela privada de Ambronay cuando la escuela pública fue confiada a los laicos. Pero a partir de ese momento sólo pudo desempeñar algunos trabajos subalternos en La Bridoire (Saboya) o Attignat-Oncin (Saboya) hasta que por fin, ya enfermo y muy sordo, se retiró a la Casa Madre

El Hno. Agustín había ejercido también otra responsabilidad en el Instituto: fue miembro permanente del Capítulo General desde su primera sesión en 1852, que aprobó los Estatutos escritos por el Fundador, hasta el final de sus días. Falleció el 8/5/1896 a los 81 años. Había sido el decano del Instituto desde 1874.

 Los Hnos. Teodoro y Amadeo Depernex

 

Fr Théodore DepernexFr Amédée Depernex

Los Hnos. Teodoro (Pedro Antonio) y Amadeo (Carlos) eran originarios de Avressieux (Saboya), hijos de Francisco (fallecido cuando eran niños) y de Francisca Bazin. Su padre había sido carpintero y muy pronto los dos hermanos emprendieron ese mismo oficio para ganarse la vida.

Los dos entraron en el Noviciado de Belmont en los primeros meses de 1840. Pedro Antonio (21 años) porque el Hno. Gabriel durante una visita a la clase de adultos en la escuela de Avressieux, que estaba regentada por un Hermano de la Sagrada Familia, le dijo después de un breve examen: “Dentro de quince días serás uno de los nuestros”; y Carlos (18 años) porque su hermano le escribió desde Belmont una carta muy convincente y porque se lo propuso el Hno. Juan Charrière que daba clase en Pont-de-Beauvoisin, adonde Carlos iba a hacer prácticas de carpintería. En Avressieux con su madre habían quedado otros dos hermanos; uno de ellos, Francisco, mantuvo siempre la relación entre la familia y la Congregación con frecuentes visitas a Belley. Ingresó ese mismo año también en el Noviciado Carlos Bazin, un primo suyo más mayor, que había sido militar y luego fue el Hno. Carlos (administrador en la Casa Madre y fallecido en 1860).

Los dos hermanos y el primo formaban parte de la comunidad que hizo el traslado de Belmont a Belley en las difíciles circunstancias que conocemos, e hicieron su profesión religiosa el 2 de octubre de 1841 junto con otros 16 compañeros.

A partir de ese momento la trayectoria de los dos Hermanos se separa y se diversifica.

El Hno. Teodoro empezó a dar clase en Saint-Pierre-d’Albigny y luego en Les Echelles, como auxiliar del Hno. Juan Charrière. Pero ya en 1842 lo encontramos en Boëge y en 1844 en Viuz-en-Salaz como director de la escuela. El Hno. Teodoro era al mismo tiempo un hombre recto y muy amable; siendo un buen conversador favorecía los encuentros intercomunitarios que se hacían entonces. Desde Saboya, su tierra natal, fue enviado a tres escuelas del departamento del Ain, en Francia: estuvo sucesivamente en Guérins a partir de 1848, en Ambérieu (1850-54), donde se creó también un pequeño internado, y sobre todo en Ambronay, donde permaneció por 20 años.

Por su parte, el Hno. Amadeo había empezado su actividad docente, ya desde 1840, en La Motte Sevolex, aun siendo novicio; en su autobiografía cuenta con gracia las vicisitudes de esa primera experiencia. A finales de 1841 fue enviado a Saint-Jeoire-en-Faucigny. Fue yendo de camino hacia esa localidad cuando el Hno. Gabriel le dijo de forma bien clara: “Usted me remplazará (o sucederá) un día como Superior de la Congregación”. El Hno. Amadeo comenta que esa frase fue como una espada que atravesó su corazón. En 1844 fue nombrado maestro de Novicios, en la Casa Madre, a cuya transformación colaboró trabajando con sus formandos. Pero al año siguiente fue enviado con otro Hermano a fundar la escuela de Montmélian (Saboya). El Hno. Atanasio Planche, que daba clase en la vecina localidad de Arbin, fue a vivir con ellos. “Los tres formamos una comunidad que gozaba de la unión de corazones y de la caridad fraterna”, dice en su autobiografía.

Al llegar al retiro de 1849, como él ya se temía, el Hno. Gabriel lo nombró de nuevo Maestro de Novicios. “Hno. Amadeo, suba aquí”, le dijo invitándolo a sentarse a su lado en el comedor. La invitación le produjo un trauma que le duró varios años, según dice. En 1851 dirigió al grupo de 50 Hermanos que hicieron en Chambéry el curso de la “Escuela de Método”. Y mientras estaban allí falleció el Hno. Mauricio Beaudé, lo que llevó al Hno. Gabriel a nombralo Vicesuperior. Desde entonces sus ocupaciones junto al Fundador en la Casa Madre eran numerosas: la formación de los Novicios, la correspondencia administrativa, la colaboración en la redacción de los libros, sobre todo del Nuevo Guía, las visitas de inspección a las escuelas, los viajes para varias gestiones y, cuando falleció el Hno. Carlos Bazin en 1860, la administración económica del Instituto. En el momento de la adquisición de Tamié, tuvo que hacerse cargo de la dirección de la Casa Madre mientras el Hno. Gabriel permaneció en el monasterio y posteriormente fue el Hno. Amadeo quien se desplazó a Tamié para crear el internado. De esa época datan la mayor parte de las cartas intercambiadas entre ambos.

En medio de tantas ocupaciones el Hno. Amadeo sentía muy fuertemente en sí mismo y en otros Hermanos la carencia de una buena formación y así se lo hizo notar varias veces al Fundador.

A nadie afectó tanto como al Hno. Amadeo la muerte del Hno. Gabriel. Fue él quien tuvo que llevar el peso de la dirección del Instituto durante la última enfermedad del Fundador, atender a todos los aspectos del fallecimiento y, sobre todo, preparar la sucesión. El mismo cuenta cómo esperaba librarse del cargo y cómo, al votar unánimemente por él la asamblea capitular de 1865, tuvo que pronunciar el “Acepto”, que lo llevó a ser el segundo Superior General.

Durante el primer decenio de su administración el Hno. Amadeo tuvo como principales preocupaciones:

Mantener la memoria del Fundador del Instituto;

Completar el gobierno general del Instituto, nombrando un Hermano para cada función;

Cuidar la formación de los Hermanos durante el Noviciado y en el ejercicio de sus actividades;

Conseguir la autorización legal del Instituto en Francia.

Este último objetivo fue conseguido en 1874 y tuvo una gran repercusión en la vida del Instituto.

En ese mismo año la vida de los dos hermanos Depernex vuelve a coincidir en la Casa Madre al haber sido nombrado el Hno. Teodoro Administrador General. Durante veinte años los dos hermanos junto con los otros miembros de la Administración general (los Hnos. Raimundo Joly, Federico Bouvet, Carlos Viricel, Miguel Bogey y otros) tuvieron que afrontar un período bastante complicado para la vida del Instituto. Varias leyes de la 3ª República francesa fueron hostiles a las congregaciones religiosas: leyes sobre la secularización de la enseñanza, sobre los bienes de las congregaciones, sobre el servicio militar de los religiosos…

Todo ello llevó a transformaciones importantes en la vida de la Congregación: abandono progresivo de las escuelas estatales y fundación de escuelas privadas, estricto control de la contabilidad y aumento de los impuestos, mejor formación académica de los Hermanos, mayor colaboración con otras congregaciones.

Fue también el período de la creación del aspirantado de Belley, de la nueva redacción de la regla aprobada por el Capítulo de 1883, y sobre todo de la fundación en Uruguay (1889) que tantas energías absorbió.

(Otros aspectos de la actividad del Hno. Amadeo pueden verse en la historia del Instituto y en su biografía)

El Hno. Amadeo encontró siempre en su hermano un valioso y competente apoyo en las tareas administrativas. El Hno. Teodoro era muy cuidadoso en la contabilidad, como lo demuestran los registros, pero también muy atento y servicial con los Hermanos; sabía además multiplicar sus servicios en todas las dependencias de la casa: el huerto, la cocina, la carpintería… La muerte del Hno. Amadeo en 1896 fue un rudo golpe para Hno. Teodoro. Aunque había dejado la Administración General en manos del Hno. Ceferino Choulet desde hacía un año, continuaba con sus mil ocupaciones en la Casa Madre, según se lo permitían sus fuerzas. Entre sus papeles se ha conservado un cuaderno titulado “Recueil de toutes sortes de choses” y parece que en su habitación podían encontrarse utensilios para cualquier tipo de intervención. Su larga vida le permitió conocer los amargos días del exilio de los Hermanos en 1903 y, siempre con su serenidad y buen humor, afrontó todos los inconvenientes de los traslados y demás vicisitudes de los Hermanos mayores que permanecieron en Belley. El hno. Teodoro falleció en 1911 a los 93 años.

 El Hno. Atanasio Planche

Fr Athanase Planche

Jacobo Planche fue el primogénito de una familia de artesanos nacido en Chalon-sur-Saône (departamento de Saône-et-Loire) el 2/1/1825. Su familia tuvo que desplazarse a Pont-de-Beauvoisin en Saboya, pero Jacobo permaneció algunos años en Chalon con su abuela, quien lo educó cristianamente. Cuando se reunió con su familia, fue su madre quien continuó esa buena educación. Jacobo era monaguillo, y el párroco pensó enviarlo al seminario, pero su padre se opuso a ello. A los quince años fue enviado a formarse en un taller, pero tuvo que interrumpir la experiencia por causa de una enfermedad. Como en Pont-de-Beauvoisin estaban los Hermanos de la Sagrada Familia, entró en contacto con ellos e hizo una primera petición para entrar en la congregación que no fue atendida. Entonces se abrió ante él una alternativa: ir como criado al castillo de Chamagneux, al lado de Bourgoin (Isère), donde le ofrecían un buen sueldo. Fue acompañado por su madre, a quien no gustó el ambiente del castillo y de regreso hizo lo posible para apartar a su hijo de ese camino. Intervino también el P. Perroud, vicario de Pont-de-Beuavoisin, y pocos días después el Sr. Planche fue a buscar a su hijo con la consigna de que fuera a Belley, a la casa de los Hermanos. Jacobo hizo el viaje con la idea de regresar a casa una semana después. Pero la buena acogida en la Casa Madre y la entrevista con el Hno. Gabriel, efectuada durante el retiro que tenía lugar en aquellos días, lo animaron, no sin gran sufrimiento, a dar un sí definitivo a Dios, cuya llamada sentía en su interior. El mismo cuenta cómo el buen ambiente del Noviciado lo ayudó mucho: todos los Hermanos estaban con nosotros, nos hablaban y nos daban buenos consejos. El mismo, entre otras ocupaciones, daba algunas clases de música a sus compañeros. Los primeros años de Belley eran también de gran pobreza. Fue el Hno. Atanasio quien contó la anécdota de la sirvienta Juana yendo entre lágrimas al mercado con unas monedas para dar de comer a la numerosa comunidad y cómo fue socorrida generosamente por las Hermanas Maristas.

El Hno. Atanasio hizo su primera profesión el 2/10/1842 junto con otros doce compañeros. Permaneció algunos meses en Belley continuando sus estudios y otras actividades, pero en enero de 1843 tuvo que ir a remplazar por una al Hno. Agustín Richard que estaba enfermo en Saint-Pierre-d’Albigny. Desde allí fue enviado a Yenne y luego a abrir la escuela de Arbin (Saboya), donde era maestro, sacristán y cantor en la iglesia. Vivía en la casa parroquial hasta que los Hermanos fueron a Montmélian; entonces fue a habitar con ellos. En 1848 fue enviado a Montanay (Ain), en plena revolución, y la gente recibió con tanta hostilidad a los religiosos que a las tres semanas tuvieron que abandonar la localidad y regresar a Belley. El Hno. Atanasio fue a la escuela de Masigneux-de-Rives (Ain), desde donde fue llamado por el Hno. Gabriel en marzo de 1849 para fundar la comunidad de Ars (Ain).

Los diez años que el Hno. Atanasio pasó con el Santo Cura marcaron profundamente su vida. Desde el momento de su llegada a Ars se dio cuenta de que estaba ante un “santo”, no como los de las estampas sino de carne y hueso. El Hno. Atanasio junto con los otros Hermanos pusieron inmediatamente manos a la obra abriendo todas las actividades de su misión: la escuela municipal, la animación de la liturgia y del canto en la parroquia y la atención al párroco. Estos últimos aspectos quedaron entre las manos del Hno. Jerónimo cuando llegó algunos meses después. El panorama se completaba con el servicio de la secretaría municipal.

Desde el principio, en los locales de la escuela había también algunos alumnos internos. Por consejo del Santo Cura el Hno. Atanasio propuso a su Superior la posibilidad de construir un edificio destinado a internado. Fue una iniciativa que reclamó muchas de sus energías durante largos años. Si al final de la vida del Santo Cura los internos llegaban a 60, más otros 40 alumnos externos, con los años fue creciendo hasta los 80 internos.

Las relaciones de los Hermanos con el párroco de Ars eran de confianza, fraterna colaboración y veneración, a veces dificultadas por la actuación de su auxiliar el P. Antonio Raymond. Por su parte el Santo Cura acudía con frecuencia a la casa de los Hermanos y se apoyaba en ellos. El alcalde de Ars, Próspero des Garets, sostenía igualmente la acción de los Hermanos en la escuela. El Hno. Gabriel iba también con frecuencia a Ars y el Hno. Atanasio lo tenía al corriente de todos los aspectos de la vida de la parroquia en su abundante correspondencia. En varias ocasiones el Hno. Atanasio fue también un buen consejero al que el Hno. Gabriel consultaba.

Después de la muerte del Santo Cura, que el Hno. Atanasio narra con todo detalle, la acción de los Hermanos, y principalmente de su Director, puede sintetizarse en estos aspectos:

El testimonio sobre la santidad del Santo Cura en el proceso de beatificación y canonización; el Hno. Atanasio viajó dos veces a Roma en el marco de ese proceso.

La acogida de los peregrinos manteniendo el recuerdo del Santo y la actividad entorno a la construcción de la basílica;

El desarrollo de la escuela y del internado con una acción educativa muy apreciada que se extendía a toda la comarca.

El Hno. Atanasio en sus abundantes notas y cartas mantuvo siempre un recuerdo agradecido del Santo: enumera los postulantes enviados a Belley y los dones recibidos durante años, tanto en Ars como en la Casa Madre. Supo también conservar las reliquias y recuerdos del Santo Cura; la gente decía que él mismo era la principal “reliquia”, puesto que aprovechaba todas las ocasiones para hablar de la vida y milagros de quien lo había llamado “camarada”.

Un rudo golpe para el Hno. Atanasio fue el tener que dejar la escuela municipal en 1886, como consecuencia de la nueva legislación escolar. Se creó una escuela privada a la que acudieron la totalidad de los alumnos de Ars, pero el clima social había cambiado. El Hno. Atanasio continuó hasta el final de su vida siendo secretario del ayuntamiento, actividad que le permitía el contacto con la gente, un buen animador de la liturgia y un “ceremonial viviente”, como lo llamó Mons. de Langarie, en la iglesia de Ars. En el Instituto era miembro del Capítulo desde su primera sesión en 1852 y el redactor de todas las actas capitulares de su época. Además mantenía una permanente comunicación epistolar con el Superior y con otros Hermanos, acogiendo a cuantos acudían por un motivo u otro a Ars.

Cuando fue disuelta la Congregación y muchos Hermanos se vieron obligados al exilio en 1903, el Hno. Atanasio permaneció de manera semi-clandestina en Ars padeciendo dificultades de todo tipo pero viviendo una fidelidad inquebrantable.

El Hno. Atanasio falleció en Ars en 1912, dejando el recuerdo de un religioso bueno y generoso, capaz de asimilar y de vivir el carisma de su Fundador y de expresarlo en todas sus dimensiones en el ámbito de una parroquia animada por la vida y el recuerdo de un Santo.

 El Hno. Raimundo Joly

Fr Raymond JolyLos Hermanos lo llamaban “el buen Hermanos Raimundo”. Y el Hno. Gabriel dijo de él poco antes de morir: “El Hno. Raimundo ha arreglado todo muy bien en Chambéry. Quedo muy satisfecho de ello”.

María Francisco Joly nació en Annecy (Alta Saboya), donde su padre trabajaba en la artesanía del cuero, el 30/11/1821. Fue bautizado ese mismo día en la iglesia San Mauricio. Además de sus padres, intervino en su educación durante 5 años un tío suyo que vivía en Beaufort y que quería tener un sobrino abogado. De vuelta a su familia, que se había trasladado a Ugine (Alta Saboya) el vicario de la parroquia continuó su educación enseñándole el latín junto a la doctrina cristiana. Su abuelo paterno, que vivía en Quintal (Alta Saboya) y era ya mayor, quiso que lo sustituyera como sacristán, y Francisco aceptó encantado. Junto a esa actividad, empezó también muy pronto la de preceptor de los hijos de algunas familias acomodadas. Su vida parecía así ya bien encaminada cuando, al ir a visitar a una tía suya, ésta le habló con tal entusiasmo de un religioso (se trataba del Hno. Mauricio Beaudé) que había pasado por allí hacía poco, que Francisco quedó desconcertado y se planteó la posibilidad de entrar en la vida religiosa. Su tía escribió a Belley para concertar la entrada y Francisco acudió al Noviciado el12/10/1842. Quedó impresionado por la oración de la comunidad, pero pronto le vino la nostalgia de la familia y el Hno. Gabriel tuvo que ayudarlo a confirmar su vocación.

Dada su experiencia en la enseñanza, su noviciado quedó reducido a quince días al cabo de los cuales fue enviado a Yenne (Saboya), precisamente con el Hno. Mauricio como director, donde le esperaban 130 alumnos.

En 1843 hizo su primera profesión religiosa. Fue enviado solo a la escuela de Le Poizat (Ain) y al año siguiente estuvo entre los primeros Hermanos que hicieron la profesión perpetua. Permaneció en Le Poizat hasta 1846, cuando fue enviado a Douvaine (Ain), donde permaneció haciendo un buen trabajo de educador hasta 1852. A la muerte del Hno. Mauricio, el Hno. Gabriel lo llamó a Belley para ser maestro de novicios, misión que desempeño hasta 1856. El Hno. Raimundo se tomó muy en serio sus nuevas responsabilidades hasta poner en peligro su salud. A partir de esa época comenzó a escribir notas para las clases, resumen de los ejercicios espirituales de cada año y elaborar toda una serie de escritos muy útiles para quien tiene que hablar con frecuencia en público para los demás. Todos ellos se conservan en el ASFB.

En 1856 el Hno. Raimundo fue nombrado director de la escuela de Montmélian (Saboya). Supo dirigir con acierto ese establecimiento, cabecera de las escuelas que los Hermanos tenían en el valle del Isère. Cuando en 1859 el Hno. Gabriel le propuso ser director de Tamié, el Hno. Raimundo rechazó la propuesta por considerarse incapaz de dirigir una obra bastante compleja y para la que el Hno. Gabriel tenía varios proyectos. Finalmente se sometió a la obediencia y trató de organizar el internado lo mejor que pudo. Una intensa correspondencia (186 cartas conservadas) con el Hno. Gabriel da cuenta de todas las vicisitudes de Tamié en esos años. Fue también él quien tuvo que hacer el inventario cuando el Superior decidió la venta del monasterio en 1861.

En los años siguientes estuvo un curso en Aix-en-Provence como profesor de francés en el seminario menor y luego en la parroquia de Saint-Augustin (París) como director de la comunidad que tenía como misión la sacristía y la escuela de la escolanía. El párroco de La Trinité (París) quiso también tener una escuela aneja a la parroquia y se pensó en el Hno. Raimundo para dirigirla, pero como la municipalidad pagaba a los maestros, eligió otro tipo de personal y el Hno. Raimundo fue enviado en el curso de 1863-64 a Pont de Beuvoisin. Pero estuvo sólo por unos meses allí porque, viendo el estado se salud del Hno. Gabriel, después del retiro de 1864 tuvo que quedarse en Belley para ayudar en la administración del Instituto, como miembro que era del Consejo General.

A partir de la muerte del Fundador se abre una amplia etapa en la vida del Hno. Raimundo que lo llevó a ser un permanente y asiduo colaborador del Hno. Amadeo en diversas funciones al servicio del Instituto. Fue primero maestro de novicios desde 1865 hasta que dos años después fue remplazado por el Hno. Ceferino Choulet y luego por el Hno. Federico Bouvet. A continuación ocupó el cargo de Vicesuperior del Instituto hasta los últimos años del superiorato del Hno. Amadeo, cuando en 1895 fue sustituido por el Hno. Carlos Viricel. Durante todos esos años el Hno. Raimundo fue también el Superior local de la casa de Belley. Entre sus muchos escritos, pueden encontrarse los reglamentos para la comunidad de Belley y una serie de indicaciones para quien tiene la misión de Vicesuperior, función que implica según él cercanía, atención y confianza total y recíproca con el Superior y al mismo tiempo escucha y apertura a los Hermanos.

A medida que se iban completando los ciclos de formación en Belley con la creación del aspirantado y del escolasticado, la actividad de formador del Hno. Raimundo, en cuanto director de la casa, se hacía cada vez más compleja e importante. Sus conferencias, meditaciones y “lecturas espirituales”, tal y como quedan reflejadas en los abundantes manuscritos que ha dejado, revelan una acción formativa en profundidad y extensión. A título de ejemplo, pueden verse sus meditaciones sobre el espíritu de familia (amplio comentario al texto del Hno. Gabriel en la circular N° 21) o sobre las virtudes características del Hermano de la Sagrada Familia.

Pero la actividad del Hno. Raimundo no se limitaba a la casa de Belley. Con mucha frecuencia era enviado por el Superior, que tuvo siempre una salud frágil, a efectuar la visita de inspección en las escuelas y comunidades. Las numerosas cartas (más de 300 conservadas) dirigidas al Hno. Amadeo desde todos los puntos de la geografía congregacional dan cuenta minuciosa de las más diversas situaciones y problemas de vida religiosa y de actividad educativa de los Hermanos. Junto con el Hno. Carlos Viricel tuvo que acompañar todo el proceso de secularización de las escuelas municipales motivado por la legislación de la 3ª república francesa (escuela obligatoria, gratuita y laica) que suponía la eliminación en las escuelas estatales (donde estaban los Hermanos) de los contenidos y símbolos religiosos y la sustitución de los religiosos y religiosas por personal civil. El Hno. Raimundo vivió sobre el terreno toda esa problemática, que llevó a la creación alternativa de las escuelas privadas, aportando sus ideas y propuestas para defender también los intereses y la vida de la Congregación. Su carácter bueno y apacible y su gran inteligencia contribuyó mucho a limar dificultades y buscar las mejores soluciones.

Los últimos años del Hno. Raimundo transcurrieron al servicio de la administración General, pero ya sin ningún cargo oficial. La vejez y la enfermedad limitaron su posibilidad de acción pero al mismo tiempo lo llevaron a una intensa vida se oración y a una gran madurez espiritual.

Falleció el 27/02/1903, pocos meses antes de que una gran parte de los Hermanos tuviera que emprender el camino del exilio.

 Algunas consideraciones para terminar

El conocimiento del Hno. Gabriel lleva casi espontáneamente a conocer también otras personas y situaciones, en particular a los primeros Hermanos, que fueron quienes estuvieron más en contacto con él. Recíprocamente, el conocimiento de los primeros Hermanos lleva a conocer mejor al Hno. Gabriel y a descubrir algunos de los aspectos de su vida y de su personalidad que aparecen en relación con quienes lo rodearon.

Ser Fundador de una Congregación supone ante todo compartir con otros el carisma recibido del Espíritu Santo para bien de todos. Los primeros que lo compartieron tienen una importancia especial en la cadena de transmisión. Puede decirse que fueron ellos quienes mejor captaron y vivieron, cada uno a su manera y con sus características propias, ese carisma que luego tantos otros han tratado de entender, de vivir, de compartir.

En estas páginas se han dado solamente las informaciones que han parecido esenciales (hay muchas otras en las biografías de los Hermanos difuntos, en la correspondencia activa y pasiva, en otras publicaciones, aunque no siempre son fácilmente accesibles). Un esfuerzo que se nos pide hoy es el discernimiento de lo esencial para facilitar la tarea de inculturación.

Belley, febrero de 2015

Hno. Teodoro Berzal