1° Las condiciones en que nació el carisma del Hno. Gabriel Taborin.

1. Una nación que se construye sobre las ruinas y las grandes intuiciones de la Revolución.

La memoria del tiempo de la revolución Francesa estaba viva cuando el Gabriel Taborin, último hijo de una familia cristiana y bien arraigada, nació el 1 de noviembre de 1799. La revolución había supuesto un tiempo de destrucción y de desorden en todos los aspectos de la vida, pero también un momento fundador de la nación sobre valores humanos y nuevas instituciones. El intento de volver al pasado propiciado por la época de la Restauración no impidió a las ideas de libertad y de democracia continuar abriéndose camino a lo largo del Siglo XIX. Cuando el Hno. Gabriel Taborin muere en 1864 es ya la época del Segundo Imperio: la industrialización y la urbanización continuaban creando una conflictividad social creciente pero también configurando el nuevo tipo convivencia de la modernidad.

2. Una Iglesia que renace con fuerza de la división y de la destrucción.

Para la Iglesia el tiempo de la Revolución Francesa fue un momento de persecución y de división. Viendo los ideales de justicia y fraternidad que proclamaba, la Revolución se ganó en un primer momento su simpatía y apoyo, pero muy pronto se volvió contra ella, intentando sustituir y secularizar sus instituciones y su visión del hombre.

La destrucción y persecución dio, sin embargo, a la Iglesia en Francia el impulso y la fuerza para resurgir y reconstruirse sobre una relación nueva con la sociedad, a veces con nostalgia por el pasado, pero tratando sobre todo de promover nuevas instituciones y formas de vida: nueva configuración de las diócesis, reconstrucción de iglesias y parroquias, seminarios, misiones populares, devociones y cofradías.

El apoyo a la educación, a la fundación de nuevas congregaciones y restauración de las antiguas y el esfuerzo misionero (primero interno y luego hacia otros países) fueron las orientaciones principales de la Iglesia en que vivió el Hno. Gabriel.

3. Un hombre que se siente llamado, responde con fidelidad y construye una comunidad.

En ese contexto de renacimiento de la sociedad y de la Iglesia se sitúa el Hno. Gabriel, quien con el carisma recibido de Dios (como otros fundadores de su época) intenta comprender y aportar su contribución mediante la fundación de una congregación religiosa dedicada a la animación de la iglesia local con toda clase de buenas obras, principalmente la educación cristiana, el servicio a las iglesias y las demás actividades pastorales.

Su condición de Hermano (religioso laico) en la que se mantuvo a pesar de las dificultades e incomprensiones, lo colocaban a él personalmente y a su Instituto de Hermanos en una situación de apertura a la Iglesia y al mundo eclesiástico (hábito religioso, relación con obispos, párrocos, etc.) y a la sociedad (relación con las autoridades académicas, civiles y militares)

Para afianzar su Congregación el Hno. Gabriel desarrolla una intensa actividad llevada a cabo con admirable perseverancia e inteligencia, dignas de un hombre totalmente entregado al servicio de Dios y al bien del prójimo. En síntesis su acción tiene estas tres direcciones:

Construir una casa donde formar a los Hermanos en el Noviciado, acogerlos en caso de enfermedad y en la vejez y, sobre todo, reunirlos cada año para renovar su espíritu religioso y sus competencias pedagógica, como también para organizar los aspectos económicos y administrativos del Instituto. Y enviarlos nuevamente en misión

Escribir la Regla de vida del Instituto en la cual, a partir de la intuición focal de su espiritualidad (construir la comunidad mirando a la Sagrada Familia de Nazaret en referencia a la Santísima Trinidad) presenta todos los aspectos de la vida de los Hermanos; y escribir igualmente otros libros destinados a las escuelas de los Hermanos y a las parroquias.

Animar la vida del Instituto promoviendo el “espíritu de cuerpo y de familia” mediante las visitas a las comunidades y escuelas, la correspondencia, y las gestiones ante las autoridades eclesiales y civiles.

2° Las oportunidades del carisma Sa-Fa hoy en Europa

El aniversario de los 150 años de la muerte del Hno. Gabriel, que celebraremos en 2014, nos ayuda a tomar la medida de la distancia (no solo cronológica, sino sobre todo cultural y eclesial) que nos separa de su época.

El Instituto de los Hermanos de la Sagrada Familia se consolidó y organizó en la segunda mitad del siglo XIX y se abrió al continente americano. En la primera mitad del siglo XX pasó por grandes dificultades, algunas internas y otras motivadas por los conflictos históricos, pero supo recuperarse y luego renovarse y extenderse a otros países y continentes.

Veamos ahora algunas oportunidades de crecimiento que el carisma del Hno. Gabriel tiene hoy en Europa.

El valor de la fraternidad en una sociedad que cuenta con la democracia y los derechos humanos y en una Iglesia que valora la dignidad de la persona como hijo/hija de Dios.

 

Como fundamento de la fraternidad está la igualdad y común dignidad de las personas. El valor de la fraternidad, subrayado por el carisma del hno. Gabriel desde sus motivaciones evangélicas y humanas, puede encontrar en los países de Europa una tierra propicia para desarrollarse.

La atención a la persona, a todas las personas, la defensa de sus derechos y la creación de una igualdad de oportunidades de crecimiento en todos los campos está fuertemente arraigada en la mentalidad europea y tiene en su raíz una componente cristiana. Ciertamente el individualismo, la competitividad a toda costa y la pérdida de una perspectiva religiosa dañan y perturban esa perspectiva de relación igualitaria y fraterna.

De ahí la necesidad de proponer modelos de vida y aportar testimonios que vayan en la dirección de la construcción de una sociedad respetuosa de todos y abierta a los valores espirituales.

El valor de la educación en una sociedad que se apoya sobre la apertura y diversidad cultural y en una Iglesia que busca el diálogo entre fe y cultura.

 

Desde la antigüedad grecolatina, el hombre europeo ha mostrado una gran curiosidad y preocupación por conocer e interpretar la realidad del cosmos y de la propia naturaleza humana. El progreso en las ciencias, en las artes, en las interpretaciones filosóficas e históricas no ha cesado de manifestarse a lo largo de los siglos.

En la actualidad se ha quebrado el mito de un progreso indefinido y el de una confianza total en la razón, pero sigue muy viva la preocupación por transmitir los saberes, por proporcionar los medios para trabajar y ganarse una vida digna, por educar las personas en armonía con la naturaleza. La comunidad cristiana se ha sumado siempre a ese esfuerzo y ha buscado insertar en la educación la apertura trascendente que da la fe y la vivencia de los valores del evangelio.

Un carisma que se sitúa en el campo de la educación tiene permanentemente ante sí esa tensión, a veces conflictiva pero siempre apasionante, de proporcionar al niño y al joven las condiciones de un desarrollo integral.

El valor del “espíritu de familia” en una sociedad que promueve la integración y en una Iglesia vive la comunión.

 

La reconciliación entre naciones enemigas y el esfuerzo de integración, de apertura e intercambio entre los pueblos está creando en las últimas generaciones una cultura y una conciencia europeas y puede suscitar, a pesar de la crisis actual, especialmente entre los jóvenes una esperanza de participación y de construcción de comunidades que van más allá de las fronteras tradicionales. Naturalmente este movimiento se inscribe en el fenómeno más amplio de la globalización.

El “espíritu de familia”, núcleo vital de la espiritualidad que tiene por origen las intuiciones y la vida del Hno. Gabriel, artesano de comunión, tiene sus realizaciones más concretas en el servicio, en la vivencia de las relaciones fraternas y de comunión en cada familia, en cada comunidad, en cada grupo y asociación. Desde esas realizaciones humildes y concretas, está llamado a proporcionar no solo la apertura mental para comprender el mundo como la casa donde habita la gran familia de los hijos de Dios, sino a realizar acciones proféticas que lleven a la construcción del Reino de Dios ya desde ahora.

Conclusión

Los gestos y las palabras del papa Francisco, con la esperanza renovadora que han suscitado, nos animan a continuar por el camino indicado por nuestro carisma en una Iglesia al servicio del mundo que Dios ama.

Hermano Teodoro Berzal Martín