1. Dios, Padre nuestro, que has llamado al Hermano Gabriel a fundar una Congregación de Hermanos y a vivir intensamente la fraternidad; danos tu Espíritu de amor para que podamos reconocernos hermanos en Jesucristo, vivir en la igualdad y reciprocidad una verdadera relación fraterna con quienes nos rodean y construir así con todos la gran familia humana. Amén.

2. Gracias, Dios Padre nuestro, por medio del Hermano Gabriel Taborin, que invitó a todos a vivir bajo el humilde techo de Nazaret y propuso a la Sagrada Familia, imagen de la Trinidad divina, como modelo en la construcción de toda comunidad cristiana. danos el espíritu de familia y ayúdanos a vivirlo y extenderlo entorno a nosotros. Amén.

3. La vida y obra del Hermano Gabriel es para nosotros hoy un motivo de alabanza, a ti Trinidad santa, Padre, Hijo y Espíritu Santo; porque él supo comprender las necesidades de su tiempo: los niños desatendidos, las iglesias destruidas, el tejido eclesial y social muy fragilizado… Desde muy pronto asumió su responsabilidad y se dedicó con todas sus fuerzas, en colaboración con muchos otros, a promover los valores y a actuar concretamente para impulsar un cambio positivo. Amén.

4. Te bendecimos, Padre, porque el Hermano Gabriel supo hacer fructificar el carisma recibido del Espíritu Santo compartiendo con muchos otros su proyecto y multiplicando las actividades, para que pudieran beneficiarse de él los fieles de las parroquias, las familias, los niños y los jóvenes, y todo tipo de personas en pueblos y las ciudades. Danos hoy el impulso de tu gracia para seguir compartiendo ese mismo carisma y hacerlo eficaz en nuestro mundo. Amén.

5. El gran amor del Hermano Gabriel por la presencia de Jesucristo en la Eucaristía lo llevó a destinar a sus Hermanos al servicio de las iglesias mediante el canto, la limpieza y decoración, y la asistencia a los sacerdotes, siendo lazo de unión en la asamblea litúrgica. Pero también catequizando a los niños en la escuela y en la parroquia para prepararlos a la eucaristía y demás celebraciones. Agradecidos por todo ello, te pedimos, Padre, la fuerza de continuar su obra en la Iglesia de hoy con la gracia del Espíritu Santo. Amén.

6. Ser hermano y construir la fraternidad fue el gran don que el Hermano Gabriel recibió de ti, Padre. Con la ayuda del Espíritu Santo trató siempre de formar una comunidad mirando al modelo de Nazaret. Su atención a los Hermanos y su comunicación con muchas personas le permitieron establecer una amplia red de relaciones en las que trataba de tejer el espíritu de familia. Danos, Padre, de saber formar también hoy, entorno a Jesús, la nueva familia de tus hijos. Amén.

7. La mirada de compasión, semejante a la tuya, Padre, del Hermano Gabriel hacia los niños y jóvenes carentes de educación y formación religiosa lo llevaba a enviar en seguida a todos los Hermanos disponibles a las escuelas primarias, orfanatos y otras instituciones para cumplir su misión de educadores, incluso en tierras lejanas o lugares desatendidos. A todos ellos pedía ese gesto educador de ponerse al alcance de los niños para hacerlos crecer, siguiendo los pasos de Jesús, que se hizo como uno de nosotros, para llevarnos a Ti. Amén.

8. La adhesión del Hermano Gabriel a la Iglesia era profunda, vital. Sentía con la Iglesia y en él resonaban ampliamente su esfuerzo de reconstrucción y su impulso misionero, la recuperación de los valores cristianos en la sociedad, pero también las incomprensiones y divisiones, la falta de formación y el alejamiento de muchos. Veía a su Congregación como una pequeña barca unida fuertemente a la gran barca de Pedro y compartiendo su destino. Danos, Padre, un gran amor a la Iglesia. Amén.

9. Danos, Padre, vivir hoy las virtudes y actitudes cristianas con las que los primeros Hermanos calificaron a su Fundador: “De su fe viva y cultivada provenían su firme esperanza y su amor a Dios. De esta triple fuente de fe, esperanza y caridad brotaron en él: – una tierna devoción a los Santos Patronos del Instituto, Jesús, María y José; – la sumisión a la Iglesia y a sus ministros; – el gusto por las ceremonias del culto divino; – una firmeza inquebrantable en las pruebas y su confianza en Dios; – un espíritu de oración de la que lo esperaba todo; – un celo ardiente por la gloria de Dios  y la salvación de las almas; – una humildad verdadera que atrae las bendiciones del cielo; – la comprensión con los pecadores arrepentidos y el olvido de las injurias…” Amén.