Estimados Hermanos, miembros de las Fraternidades Nazarenas, Aspirantes a Hermanos, Comunidades Educativas, Comunidades cristianas, Catequistas y amigos de la Familia Sa-Fa:         

Recibid mi afectuoso saludo en este tiempo de Pascua que nos da la alegre noticia de Cristo resucitado. La resurrección de Jesús llenó de alegría y de paz a los discípulos. La tristeza y el temor dio paso en ellos a la confianza y la fe en Jesús Mesías. Esta noticia llega también a nosotros hoy y nos invita a seguir creyendo en Jesús, vivo y presente, que nos trae la nueva vida del Reino que es «justicia, paz y gozo» (Rm 14, 17).

Cuando contemplamos la pasión y muerte de Jesús en la cruz entendemos de un modo natural el dolor y el drama vivido, ya que nuestra experiencia de sufrimiento y de muerte nos ayudan a su comprensión. Sin embargo, cuando contemplamos la resurrección de Jesús, nos faltan elementos para entender su alcance porque es algo novedoso. Por ello, quiero invitaros a acercarnos al misterio de la resurrección, mirando a Cristo como la luz y la esperanza que trae al mundo la vida plena, la fraternidad y la paz.

 El reencuentro con la vida plena

La pasión y la muerte de Jesús sucedieron en un escenario público y con una muchedumbre que gritaba. La resurrección de Jesús, por el contrario, aconteció privadamente y en el silencio. En muchas pinturas artísticas alusivas a la resurrección de Cristo, los soldados que custodiaban el sepulcro aparecen dormidos, sin darse cuenta de lo que sucedía. Podemos ver en estos soldados la actitud de tantos hombres de nuestra época que no perciben la presencia del resucitado. Quizá nosotros tengamos una parte de soldados que duermen y no llegamos a percibir la luz que estalla dentro de los sepulcros de nuestro mundo.

 

La piedra de entrada al sepulcro apareció movida y nadie se lo explicaba. La Pascua, decía en una ocasión el Papa Francisco, “es la fiesta de la remoción de las piedras. Dios quita las piedras más duras, contra las que se estrellan las esperanzas y las expectativas: la muerte, el pecado, el miedo, la mundanidad. La historia humana no termina ante una piedra sepulcral, porque hoy se descubre la «piedra viva» (cf. 1 P 2,4): Jesús resucitado”.

La nueva presencia de Jesús resucitado se hizo visible en encuentros personales y grupales. La comunidad de los discípulos fue testigo de algunas apariciones de Jesús que se sucedieron en el tiempo. Los discípulos vivieron un proceso vital que fue del temor y la desesperanza al reconocimiento de la resurrección y su confesión de fe en Jesús como Señor resucitado. Así, María Magdalena exclamó: ¡Maestro! (Jn 20, 16); Pedro gritó: “es el Señor” (Jn 21, 7); los discípulos contaron “¡Hemos visto al Señor!” (Jn 20, 24) y Tomás exclamó: “¡Mi Señor y mi Dios!” (Jn 20, 28).

El tiempo de Pascua debe ser para nosotros un momento de crecimiento en esta fe en Jesús que da sentido, fortalece, ilumina, marca el camino y nos da vida en plenitud como a los discípulos de la primera hora. Que podamos hacer nuestra esas palabras de los discípulos: ¡Hemos visto al Señor! No caigamos en la tentación de ir en la vida solos y acojamos la presencia de Jesús en cada uno de nosotros que nos plenifica.

 Cristo hermano

Cuando pensamos en la resurrección de Jesús tratamos de divinizarla y situarla en el mundo de lo sobrenatural que poco toca a nuestra vida. Sin embargo, los Evangelios no presentan a Jesús con aureolas resplandecientes sino con rasgos bien humanos, hasta el punto que se hace difícil reconocerlo. Así, vemos que Jesús en sus apariciones tiene el aspecto de jardinero ante la Magdalena, de viajero ante los de Emaús o de pescador ante los discípulos. Jesús sale al encuentro de cada uno y en diálogo con ellos se hace reconocer.

Cuando Jesús habla con las mujeres que visitaban el sepulcro, les encarga de avisar a los discípulos, sus hermanos: “Id y avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán!’ (Mt 28, 9-10).  La palabra “hermanos”, que aparece en varias ocasiones en los Evangelios, tiene su máxima expresión en la frase “No os dejéis llamar “rabbí”, porque uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos» (Mt 23, 8). Después de la resurrección, esta enseñanza adquiere toda su fuerza y vemos que los primeros cristianos se llamaron entre sí “hermanos”. Jesús instauró una nueva fraternidad en torno a Él, “primogénito entre muchos hermanos” (Rm 8, 29).

Los Hermanos “celebran especialmente la victoria pascual de Cristo, origen de nuestra fraternidad” (C 135). La fraternidad es uno de los signos pascuales que estamos llamados a vivir en nuestro día a día, esto es, a mostrar en cada momento el rostro de Cristo hermano. Jesús también indicó claramente que cualquier cosa que hagamos a los demás es como si se la hiciéramos a Él: “Lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mt. 25, 40).

Ponernos en la dinámica de la resurrección es situar nuestra vida en esta clave de fraternidad en nuestra relación con los demás. Sentirse “hermano” es una gracia y una exigencia que nos lleva a adoptar un estilo de vida fraterno: relacionarnos con los demás de igual a igual, hacernos cargo de las necesidades de los otros, identificarnos con los más débiles, preocuparnos por la justicia y la paz; en definitiva querer crecer juntos.

 ¡La paz sea con vosotros!

Podemos pensar que cuando Jesús se encontró de nuevo con los discípulos después de la resurrección tenía muchas cosas especiales que decirles y, sin embargo, les dirigió el saludo cotidiano: ¡La paz sea con vosotros! (Jn 20, 19). A pesar de la sencillez, este saludo encierra la esencia del mensaje de la Pascua. San Pablo nos recuerda, Jesucristo «es nuestra paz» (Ef 2,14).

Los discípulos tenían aún mucho miedo en el amanecer de aquel Domingo de Pascua. Cuando arrestaron a Jesús se habían dispersado y pasaron a la clandestinidad, temerosos de que las autoridades les arrestaran a ellos también. Habían presenciado la crucifixión de Jesús y habían experimentado su propio temor, inseguridad y falta de fe. Habían fallado al Señor. Pero cuando Jesús se les apareció, no les reprochó su actitud, al contrario, les deseó la paz: ¡La paz sea con vosotros!  Una paz, que sonó a reconciliación y esperanza. Él no había venido al mundo para condenarnos, sino para salvarnos y para que tengamos vida en plenitud.

Hoy esta frase ¡La paz sea con vosotros! es dicha a nosotros. La paz que viene de Jesús no es la misma que encontramos en el mundo. La paz del mundo depende de que las circunstancias sean favorables o de que no tengamos problemas. Siempre será una paz inestable y frágil. La paz que Jesús nos ofrece transmite confianza, guía nuestros pasos y ayuda a encarar los problemas con entereza, aunque no desaparezcan la inseguridad o la frustración.

El don de la paz que Jesús concede está llamado a ser compartido. Después de decirles a los discípulos “la paz esté con vosotros” añadió: “Como el Padre me envió, así yo os envío a vosotros” (Jn 20, 21). Jesús nos envía al mundo y nos pide que tratemos al prójimo con la misma compasión y el mismo amor con que Él nos ha tratado a nosotros. Es el amor que es capaz de derribar los muros del odio, de la falta de perdón y de los prejuicios; es un amor que infunde valor y fuerza para trabajar por la paz.

Quiero tener un recuerdo hacia las familias y los pueblos que se ven privados de la paz. En especial, quiero mencionar a aquellos a quienes la violencia de otros les lleva a grandes sufrimientos y penalidades, como sucede en algunas regiones de Burkina Faso y en tantas otras partes del mundo. Para ellos quiero pedir esta paz de Jesús y recordar la frase: “Dichosos los que trabajan por la paz, porque Dios los llamará hijos suyos” (Mt 5, 9).

En la última Cena, como regalo de despedida, Jesús dijo a sus discípulos: “La paz os dejo, mi paz os doy” (Jn 14, 27) y con su Resurrección se ha cumplido la promesa y nos ofrece su paz. ¡Feliz Pascua de Resurrección!

Fr. Francisco Javier Hernando de Frutos

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