“El viento sopla donde quiere, y tú oyes su silbido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Lo mismo le sucede al que ha nacido del Espíritu”. Jn. 3/7-8

1.-Un Cenáculo en plena Pampa

La localidad de Pilar está situada a 60 kilómetros de Buenos Aires, rumbo a Luján. Allí construyó la arquidiócesis un monumental edificio con capacidad para casi doscientas personas. Habitaciones personales que ocuparon en un tiempo los seminaristas, durante las vacaciones. Hoy sirve para encuentros diversos, incluso de la Conferencia Episcopal Argentina. Jorge Bergoglio, hoy Papa Francisco, residió allí en muchas ocasiones. El edificio se llamaba “Montonera”, hoy lo llaman CENÁCULO.

En ese lugar se realizó el tercer Encuentro Internacional de Fraternidades Nazarenas, desde el 10 al 14 de julio de este año. Un encuentro que reunió a 156 “fraternos”: 46 de Argentina, 36 de Uruguay, 8 de España, 1 de Méjico, 5 de Francia, 7 de Brasil, 49 de Ecuador, 4 de Filipinas.

Un “viento” misterioso, no tan fuerte como el “pampero”, pero efectivo, barrió en poco tiempo barreras de procedencia, de razas, de lenguas… Una sola Fe creó sintonías humanas profundas. Nazaret le dio calor de hogar. El “espíritu de cuerpo y de familia” hizo vibrar la fraternidad. El sueño de Gabriel Taborin se insinuaba en los corazones fraternos, congregados por un llamado común. ¿Pentecostés?

2. Los rumbos del viento

“No sabes de dónde viene ni adónde va” le decía Jesús a Nicodemo, en su imagen del viento. Es lo curioso de este acontecimiento. Todos nos quedamos maravillados por lo que vivíamos. A veces nos dejamos llevar del desaliento. Como los amigos que se volvían a Emaús. Una presencia inesperada los hace leer la Escritura en el lenguaje de la historia que estaban viviendo. Y recobran la esperanza.

Como los amigos de Emaús, nos quedamos perplejos frente a los problemas que vivimos. ¿Ha muerto la familia? ¿Por qué se ha banalizado de tal forma, que desconfiamos de su solidez? ¿Cuáles son los caminos para encontrar de nuevo la consistencia del vínculo familiar? ¿Vale la pena seguir confiando en un futuro más promisorio? ¿Hasta qué punto los vínculos entre las personas serán permanentes? Tales interrogantes fueron abordados durante el Encuentro.

Gustavo Irrazabal, un sacerdote de Buenos Aires, nos dio algunas pistas para ver la problemática familiar desde el Evangelio. El anuncio del Ángel a los pastores: “Verán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre” nos ubica en forma cierta frente al misterio de la Encarnación. Lo mismo “el niño crecía y se fortalecía”… La familia, el camino de Jesús, el camino de cada hombre, el camino de la Iglesia.

Desde esa perspectiva evangélica, Gustavo nos fue abriendo a la familia comunidad de amor, Iglesia en miniatura… Nos propuso la “ley del crecimiento” para abordar las situaciones irregulares, hoy tan frecuentes. Corrigió algunos errores conceptuales con respecto a lo que viven muchas familias, nos ayudó a interpretar el trabajo del Sínodo de la familia que continuará próximamente en Roma, nos abrió a un horizonte más amplio y esperanzado con respecto a una realidad que ciertamente nos preocupa tanto a las familias como a los educadores. Un viento que despeja nubarrones y descubre cielos nuevos y caminos nuevos para la Buena Noticia de Jesús.

3.- Los secretos del viento

En el corazón mismo de este viento que nos empuja, anidan secretos que empiezan a revelarse. Nos llaman a descender hasta lo más íntimo y escuchar su lenguaje, el de las diferentes culturas que nos convocan. Un viento que nos invita a despojarnos de nuestras certezas y seguridades, para involucrarnos con el sentir de los hermanos a quienes Dios nos envía.

Para anunciar la inminencia del Reino de Dios, Jesús de Nazaret utiliza las imágenes cercanas a sus oyentes: el sembrador, la semilla, los trigales, las higueras, el grano de mostaza, la sal, la levadura, la harina, los peces, las redes… Su mensaje tiene mucho de poesía, de cultura campesina, de pescas en el mar de Galilea, de vida de familia… Un lenguaje con calor de hogar, de trabajo, de vida cotidiana. Por eso llega al corazón de sus paisanos, los atrae, los cautiva, es noticia, es buena noticia. Es lo que el Maestro aprendió en su vida cotidiana en Nazaret. El secreto de Jesús es lo que aprendió en Nazaret. Su experiencia se hace comunicación, y el mensaje que comunica sólo se puede leer desde la historia de cada hombre, desde su experiencia de vida.

Tenemos en ese regalo precioso de Dios que recibió y nos legó Gabriel, al que llamamos carisma, un secreto que es como “la perla de gran valor” (Mt.13/46), la clave de entrada al Reino anunciada por Jesús. Me atrevo a afirmar que esa clave permite a nuestros Hermanos misioneros transmitir la alegría de su presencia en nuevas regiones del planeta. Y es esa misma alegría que disfrutamos en el encuentro de Fraternidades Nazarenas. Y que suscita nuevas adhesiones a la vida de Hermano.

4.- En el corazón del viento

En su saludo de bienvenida a las Fraternidades, el Hno. Juan Andrés Martos, nuestro Superior, realizaba una lectura bíblica de la palabra “corazón”: fuente vida, sede de los sentimientos, de los pensamientos y de los recuerdos. Y agregaba: “Estar en el corazón de las familias” es ayudarlas a descubrir su vocación, comunión y misión. Y citaba al Papa Francisco que “insiste en una Iglesia que sea capaz de usar el lenguaje de la dulzura y de la misericordia”.

El espíritu de familia que inspira nuestro ser de Hermanos cuya mirada está pendiente de la vida de la Familia de Nazaret, nos permite una sintonía particular con la vida de las familias. Como afirmaba el Hno. Francisco Cabrerizo, nuestro querido Paco, en su ponencia sobre la “formación en las fraternidades”, “el amor es el verdadero mensaje”. Y agregaba: “mi verdadero ser existe en la medida que me doy a los demás, que la razón de mi existencia la encontraré en la entrega y en el servicio”.

El viento que nos llevó hasta Pilar nos empuja hacia una entrega más total de nuestras vidas. Vivimos la fraternidad en la oración cotidiana, enriquecida por las celebraciones que prepararon las fraternidades, con mucha creatividad y espíritu nazareno; en el compartir de la mesa, donde pudimos conocer fraternos procedentes de diversos países; en los plenarios cargados de aportes y experiencia de las fraternidades; en los grupos de trabajo, que permitieron compartir las vivencias y modos de sentir en diversas comarcas y situaciones sociales; en los fogones, que dieron lugar al humor, a expresiones artísticas originales; en el diálogo cotidiano con calor de hogar… Sin olvidar la presencia de niños y jóvenes de algunas familias, que nos recrearon con su gracia tan fresca y jovial. A ellos se dedicaron gentiles animadores de nuestro Colegio de Villa Urquiza.
5.- ¿Hacia dónde nos empuja este viento?

“…Tú oyes su silbido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Lo mismo le sucede al que ha nacido del Espíritu” Jn 3/8

Un hecho para mí muy significativo fue la presencia de Hermanos en el Encuentro: alrededor de veinte, y entre ellos tres integrantes del gobierno de la Congregación, que asumió la organización y buena parte de los costos.

Las preguntas que me sugiere este momento de nuestra historia como comunidad de consagrados son, en parte, las de nuestro Superior, el Hno. Juan Andrés y algunas más. Son preguntas que se refieren a nuestra misión con respecto a la familia, y la importancia que tienen para nosotros la existencia de las Fraternidades como nacidas del Espíritu.

“Lo que nace de la carne es carne, y lo que nace del Espíritu es espíritu” Jn.3/6. En el encuentro con Nicodemo, Jesús asocia la acción del Espíritu al nacer de nuevo. ¿Será que estamos frente a un nacer de nuevo de nuestro Instituto? ¿Qué signos actuales nos podrían estar indicando que se gesta una vida nueva en la Congregación? ¿Será ese particular interés por la revitalización de la familia un indicador de la dirección certera del futuro de nuestra misión?

El término bíblico que define al Espíritu es el RUAH. Es el viento que remueve las arenas del desierto. Muchas veces nos hemos sentido vivir en el desierto: falta de Hermanos, de nuevas vocaciones, defecciones que nos duelen, envejecimiento, desesperanzas, desilusiones… Sin embargo, un acontecimiento como el de este Encuentro, nos hace sentir que las arenas del desierto se están moviendo. El RUAH nos invita a la Esperanza. Tenemos la certeza de que el espíritu de familia, legado de Gabriel, es capaz de suscitar la vida, incluso en las arenas del desierto.
Hno. Héctor da Rosa- 24-7-2015