Queridos Hermanos
y miembros de las Fraternidades Nazarenas:  

Para todos nosotros el mes de noviembre encierra recuerdos de familia, unos recuerdos de  los más queridos y de hondo significado.

Basta con pensar en el 1º de noviembre, día en que nació el Hermano Gabriel, y en el día 24 en que pronunció su último SÍ al Padre celeste y lo llamó a gozar del premio merecido por una vida entregada  a su servicio, siempre fiel en el cumpliendo de su voluntad, a pesar de las muchas dificultades encontradas.

Las efemérides del mes de noviembre del 1864, último mes de su vida, redactadas con una sencillez similar a las “florecillas” de san Francisco, nos permite acompañar a nuestro Fundador, día a día, hasta el momento de su sepultura.

En ellas podemos leer las oraciones que los Hermanos hacían por su curación y la novena para pedir su recuperación que el obispo de Belley, Mons. De Langalerie había invitado a hacer a todas las comunidades religiosas de Belley.

Nos describen, además, la visita que este Obispo hizo al Hermano Gabriel antes de partir para su visita pastoral.

Y con ese estilo sencillo y llano característico al que hemos aludido, nos encontramos con gestos y  palabras del Hermano Gabriel cuando el día 18, víctima de un gran agotamiento que lo obligaría a permanecer en cama hasta el momento de su muerte, pide al confesor el sacramento de la unción de los enfermos, porque “debemos arreglar todo para que todo se pueda cumplir perfectamente”; y, luego, el día 20, manifestaba una gran alegría por la comunión recibida: “Me siento muy contento. Esta mañana he recibido a mi Dios, y, ahora, aunque en la cama, he asistido a misa. En efecto, mientras leías las bellas oraciones del santo sacrificio, mi espíritu estaba presente en la  iglesia y me imaginaba al sacerdote en el altar”. Y el día 21, leemos que ha renovado su consagración a la Virgen y, ante notario y testigos, firmaba su testamento.

El día 22, después de haber recibido la indulgencia “in articulo mortis”, le oímos   pronunciar la frase que encontramos expuesta en su habitación: “¡Cuántas gracias Dios me ha concedido en esta habitación. Se lo agradezco de corazón!

El día 23, sintiéndose sumamente cansado, y previendo el final de su vida, su pensamiento va a sus religiosos que querría tenerlos cerca de sí: “¡Qué pena que no estén aquí todos esos buenos Hermanos, para poderlos ver por última vez y darles a todos una última bendición.”

Y en ese estilo propio de las “florecillas”, las efemérides describen los últimos momentos del Hermano Gabriel: a las 3, 30 h. del día 24 de noviembre, exclama: “Esto se termina”, y besa el crucifijo. Y, luego, pronuncia lo que fueron sus últimas palabras: “El Hermano Raimundo ha solucionado muy bien las cosas en Chambéry, Por ello estoy realmente satisfecho“.

Una muerte que, como ya ha sido subrayado por algunos, ante esta última frase parece estar lejos de una mística y espiritualismos trasnochados. Es reflejo de una vida totalmente empeñada en vivir las cosas cotidianas, siempre atento y preocupado por el Instituto que creyó ser obra de Dios, y que tantos sufrimientos tuvo que padecer por defenderlo; una persona atenta y sensible a cada gesto de sus Hermanos, preocupada porque desempeñaran bien su trabajo, en la escuela, en la evangelización, en la administración.

Y un último detalle del día 26 de noviembre, día de su sepultura: a las 5,30 h. de la mañana, las campanas de la catedral y de la casa madre anunciaban el servicio fúnebre; a  las horas 6,15 h, el cuerpo del Fundador es depuesto en el ataúd; a las 7 h., se celebra un solemne funeral con la presencia de una gran concurrencia de amigos y conocidos.

Por todo ello, el mes de noviembre es para nosotros no sólo recuerdo sino memorial, una invitación expresa a mejorar nuestra vida, siguiendo las huellas de nuestro Fundador.

Y para que se dé esta mejora, nuestra vida debe estar apoyada en cimientos  sólidos y seguros, en valores que nos lleven a cumplir los compromisos por los que  hemos optado y a esforzarnos por solucionar los problemas propios y de la humanidad. Y todo eso con comportamientos concretos. Porque, no tenemos que olvidar, que los valores atraen de por sí, pero no se convierten en realidad si no están encarnados en personas concretas, que constituyen un punto de referencia y que convencen con el poder indiscutible que da lo real, lo que existe, lo que se puede ver, oír, tocar con la mano, (Cf. 1 Jn 1,1). Es, en efecto, este concreto lo que hace a los Santos. Con una imagen admirable, san Francisco de Sales dijo que la única diferencia entre el evangelio y la vida de los Santos es la que se da entre una música escrita y otra cantata”.

Por ahí podemos entender la función pedagógica del recuerdo de nuestro Fundador: él es la prueba viva de que el evangelio se puede practicar  en  una vida sin brillo, que no tiene nada de excepcional, como la de la mayor parte de nosotros. Y por eso la vida del Hermano Gabriel se convierte en estímulo para ser imitada en cosas pequeñas, ordinarias e irrelevantes, nos acompaña en nuestra soledad, dando apoyo con su cercanía a nuestra debilidad. Estímulo y apoyo: dos palabras de hondo calado espiritual para el día a día de nuestra existencia y que justifican el sentido de su memoria.

Como conclusión a esta presentación, propongo la reflexión sobre un pasaje de su testamento espiritual, escrito algunos meses antes de morir, precisamente el 23 agosto del 1864, y que, aunque dirigido a los Hermanos, también puede decir muchas cosas a los miembros de las Fraternidades Nazarenas.

“Recomiendo a todos los Hermanos, por el amor y el interés que siempre les he tenido, que se amen mutuamente durante toda su vida y que se estimulen al bien unos a otros. ¡Cuánto deseo, como he tenido ocasión de expresar muchas veces, que se mantengan todos constantemente humildes, en estado de gracia y que sean hombres de oración… Les recomiendo que estimen de manera especial la pureza, la obediencia y la santa pobreza…, que sean perseverantes en hacer el bien…que sean pacientes en os sufrimientos de la vida y sepan soportarlos con resignación a ejemplo de nuestro divino Salvador…
Los exhorto a amar a los niños en Dios y por Dios, a educarlos con santo entusiasmo, sobre todo enseñándoles los principios de nuestra hermosa y santa religión y a amar la virtud; les exhorto también a darles siempre buen ejemplo..
Les recomiendo, finalmente, que sean el apoyo fiel y constante de su querida Congregación, cumpliendo su misión con piedad y celo, honrándola con su buen comportamiento y llevando por todas partes el buen olor de Jesucristo”. (
Testamento espiritual – parte III).

En estas palabras encontramos los pilares en los que podemos apoyar nuestra calidad de vida. Son llamadas concretas, insistentes y orientativas de nuestro quehacer diario.

El Hermano Gabriel insiste en nuestras relaciones personales, una invitación a que estén marcadas por la sana convivencia y la solidaridad. Es importante la “teología del acompañamiento”, es triste sentirse solos. Hasta para llorar necesitamos apoyarnos en el hombro de un ser querido. Sin apertura no hay futuro. ¡Ay de las puertas cerradas!, ¡ay si sólo ponemos nuestra atención en nosotros mismos!

Humildad, estado de gracia, oración…

El Hermano Gabriel nos invita a poner la mirada en los consejos evangélicos, en su dinamismo de maduración humana. Los votos vividos con radicalidad favorecen la plenitud en Cristo, la plenitud que Pablo llama del “hombre perfecto”. Quien permanece estancado en una determinada “forma” de vida religiosa hace inútil la fuerza profética propia de su consagración, haciéndola insignificativa (cf. Ap. 3,14-18). Y, ser víctima es más fácil de lo que uno cree; ocurre cuando nuestra relación con Cristo se reduce a una mera teoría, vacía de la ascesis que la actualiza en lo cotidiano de la vida. Superar el formalismo religioso es una gracia y un deber para cada consagrado.

Pablo VI, hablando de los “puros de corazón”, decía: “Nada hace más opaca la mirada sobre las cosas espirituales y divinas que la impureza de los pensamientos, de los sentidos, del cuerpo (1Cor 2,14); sin embargo, nada  predispone mejor nuestra alma al amor, a la comprensión, a la contemplación de los religiosos, que la pureza”.

Estamos llamados a ser portadores del “sentido de la vida”, hombres y mujeres de oración, pacientes en las dificultades que encontremos en nuestro camino, capaces de aceptarlas con resignación a ejemplo de nuestro divino Salvador.

Y, en fin, no podía faltar la llamada al trabajo de sus Hermanos, a ser maestros de un crecimiento integral para poder formar así “ciudadanos respetuosos y buenos cristianos“, y a ser expertos descubridores de los talentos, para que los jóvenes sepan qué hacer en la vida.

En este mes de noviembre, tan significativo y querido para todos nosotros, como he dicho, y para que nuestro recuerdo del Hermano Gabriel no se reduzca a “meras palabras”, preguntémonos quién es realmente para nosotros el Hermano Gabriel, y cómo lo demostramos concretamente. Dado que son precisamente los comportamientos concretos, encarnados, los que arrastran, preguntémonos, por ejemplo, cómo vivimos la novena mensual para pedir su glorificación. En el caso que la respuesta no fuera del todo satisfactoria, preguntémonos qué podemos hacer.

¡Que la Sagrada Familia de Jesús, María y José nos ayude en nuestra reflexión y que el Hermano Gabriel nos acompañe en nuestro vivir diario!

Fraternalmente unidos en Jesús, María y José
 Fratel Carlo Ivaldi

 ROMA: 1° – noviembre – 2004