Deshacer un prejuicio

Hay quienes piensan que la oración contemplativa es sólo para gente muy cultivada espiritualmente o que ha recorrido ya un largo camino en la vida cristiana. Pero no es así, la oración contemplativa es para todos y no es más difícil que la meditación o la oración que consiste en decir expresiones ya escritas.

En realidad, un momento contemplativo está necesariamente incluido en toda oración; buen ejemplo de ello es la oración litúrgica con sus momentos de silencio.

En todas sus formas la oración, si es auténtica, comporta un tiempo de escucha, una pausa admirativa, un tiempo en el que se acoge la acción de Dios en nosotros. No hay diálogo sin reciprocidad y alternancia.

Qué es la contemplación

Ante un paisaje espléndido, en medio de una fiesta en la que participamos o ante una situación completamente inesperada, todos hemos vivido alguna vez una experiencia que sobrecoge y que supera nuestra capacidad de reflexión y de asimilación razonada, que nos lleva de algún modo fuera de nosotros mismos. El espíritu humano posee una capacidad innata de admiración, de intuición, de éxtasis. Es lo que viven muchas veces los niños o los artistas, cuando con una mirada sencilla quedan fascinados por lo desconocido o por lo hermoso.

Sobre esta base tan humana se asienta la oración contemplativa.

La oración contemplativa nos introduce en el misterio de Dios dejando que nos invada la admiración y el amor ante su bondad, su belleza y la energía de su acción creadora. La oración contemplativa consiste en dejar la esfera intelectual para pasar a otras zonas más profundas de nosotros mismos, como la emotividad, la afectividad, el sentido de la trascendencia, el amor, el anhelo de felicidad o de don total.

La oración contemplativa cristiana es una percepción del Dios que se revela en Jesucristo como Padre, y que mediante la acción del Espíritu Santo nos transforma y os llama junto a él con todos los hombres nuestros hermanos.

Un camino concreto para la práctica

Las indicaciones más comunes que podemos recordar son estas:

  • Ambientación. Elegir el tiempo y el lugar más acertado para cada uno o para el grupo; de la fidelidad a esa elección dependen muchos otros aspectos.
  • El cuerpo. Dedicar un primer momento a ponerse en una postura cómoda y relajada; puede hacerse algún ejercicio que facilite la relajación, como también la respiración a ritmo uniforme. Es importante el recogimiento de los sentidos.
  • La mente. Fijar la atención con calma y sosiego en una imagen o en una expresión del Evangelio (puede ser el evangelio del día) u otro texto breve. Atender a la sensación o emoción que suscita y que deja como huella esa imagen o expresión, que podemos repetir varias veces en nuestro interior (o volver a ella en caso de distracción).
  • El paso a la contemplación. Dejar que la mirada interior, atenta y silenciosa, vaya ganando espacio e importancia; comienza así, en una recíproca atención amorosa, el diálogo en el que ya no somos nosotros los que llevamos las riendas, sino que nos dejamos llevar. Sabemos que el Espíritu Santo nos lleva a decir “Padre” y a sabernos hijos en el Hijo. Por eso debemos empezar siempre la oración con la invocación al Espíritu Santo, pues es él quien guía el camino de amor que culmina en el círculo de la Trinidad, la familia divina en la que estamos con todos y con todo.

Nuestros modelos de inspiración

  • La actitud de María y de José ante Jesús durante los largos años de la vida en Nazaret.
  • La nostalgia contemplativa del Hno. Gabriel que llamaba a Tamié “la puerta del cielo”.
  • La tradición espiritual que arranca del Fundador y nos invita a ir bajo el techo de Nazaret, a contemplar el cuadro oficial del Instituto y a entrar en él;

Desde la vida y para la vida

La contemplación no interrumpe el flujo de la vida y de la actividad; está profundamente inserta en él. Tampoco anula la lucha por la vida con sus preocupaciones y desasosiegos, al contrario da mayor fuerza para asumir las propias responsabilidades (en la familia, en la comunidad, etc.), ofrece una percepción más clara y más serena para actuar en profundidad según las propias posibilidades y estimula la esperanza de llegar a una armonía en la que todo se integrará un día.

Belley, enero de 2014

Hno. Teodoro Berzal