Por Ana Marta Sanz

Hace unos años el término “vocación” nos hacía pensar, casi únicamente, en optar por vivir en una comunidad religiosa o en ser sacerdote y, de refilón, en el matrimonio.
El tiempo, los años compartiendo la fe en comunidad, la oración y el compromiso, nos han ayudado a descubrir una dimensión mucho más amplia del término “vocación”. Hemos descubierto que hablar de vocación es hablar de llamada y de respuesta; que no se limita a un estado de vida; que se trata de una relación continua de amor de Dios hacia nosotros. Y con nuestra respuesta, según LG 31, a los laicos nos corresponde iluminar y ordenar todas las realidades temporales a las que estemos unidos.
Por tanto, lo que ahora sabemos es que se trata de un proceso de discernimiento continuo en el que nos encontramos con Dios y le respondemos cada día en nuestra vida cotidiana. Este proceso se ha visto favorecido a nivel personal con la ayuda de la Comunidad. En nuestro caso, la Comunidad cristiana juvenil comenzó a caminar, sin saber muy bien hacia dónde, pero con mucha fe e ilusión. Un camino de oración, compromiso y acompañamiento por parte de los Hermanos, ha hecho que aquella Comunidad siga hoy su camino como Fraternidad Nazarena.
La opción por la Fraternidad no ha supuesto ningún salto hacia delante o hacia atrás en nuestra vida. Formar parte de la Fraternidad fue y ha sido aceptar que, durante todos estos años, hemos respondido a la llamada de Dios al estilo de Nazaret. Bajo el carisma que el Hermano Gabriel vivió y propuso hemos vivido la fe a lo largo de nuestro camino, nos hemos enriquecido, hemos crecido y entendemos que debemos seguir viviéndola. Es, por tanto, fruto del discernimiento diario en la búsqueda de cómo responder a Dios desde la familia, el trabajo, la sociedad.
A nivel personal creo que la llamada a formar parte de la Fraternidad Nazarena supone una ayuda para descubrir a Dios, su presencia, su palabra hecha oración en el día a día; supone plantearme cada día el reto de buscar a Dios en lo cotidiano, en lo rutinario, en quienes están a mi lado cada día; supone intentar vivir el trabajo como un don y buscar cómo mejorar lo que me rodea a través de él; es tratar de descubrir las necesidades de los que me rodean desde el amor… como lo hacía la Sagrada Familia. Es vivir la espiritualidad desde lo cotidiano, como en Nazaret.
Durante algunos años intentamos que nuestra Fraternidad aumentara en número aunque no sabíamos muy bien cómo hacerlo: invitaciones a padres, profesores… Quizá no supimos dar testimonio de lo que estábamos viviendo o no hicimos suficientemente atractiva la invitación, o quizá no la hicimos en los foros adecuados. Y en los últimos años, de la forma más natural, hemos conseguido que haya más personas formando parte de nuestra Fraternidad. Y es que la llamada a formar parte de la Fraternidad surge de lo cotidiano, de lo que ha estado a nuestro lado siempre.
Vocaciones que surgen de la participación en Capítulos Provinciales, a partir de la convivencia con los Hermanos y seglares y de conocer más de cerca el carisma que ya conocen por sus hijos… Vocaciones que surgen de la pastoral, de comunidades que, como la nuestra, llevan toda la vida compartiendo y viviendo su fe con el aroma de Nazaret.
Este año en el que celebramos el 150 aniversario de la muerte del Fundador es, quizá, buen momento para reflexionar sobre cómo vivimos y compartimos nuestra fe; buen momento para abrir nuestros grupos y sentirnos gran familia que comparte carisma; buen momento para invitar, incluso a los cercanos y conocidos, a formar parte de la Familia Sa-Fa; buen momento para extender el carisma que el Vble. Hno. Gabriel nos dejó como legado dentro de las Fraternidades Nazarenas.