La Iglesia nos da la oportunidad durante estos meses de reflexionar y poner en marcha iniciativas sobre dos temas que tocan directamente aspectos importantes de nuestra espiritualidad: la familia y la vida consagrada. Difícilmente encontraremos otros momentos en los que ambas realidades estén relacionadas directamente.

Quizá sea bueno recordar que la Iglesia había asociado ambos agentes de la transmisión de la fe en el mensaje al Pueblo de Dios del Sínodo sobre la nueva evangelización que tuvo lugar en octubre de 2012.

Tomando como punto de partida el pasaje evangélico del encuentro de Jesús son la Samaritana (cf. Jn 4, 5-42), el Mensaje invita a sentarnos como Jesús al lado de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, para ofrecer el Evangelio a quienes, como la mujer de Samaría, “se encuentren junto a un pozo con un cántaro vacío, con la esperanza de saciar el deseo más profundo del corazón, aquel que sólo puede dar significado pleno a la existencia”.

Y en la tarea de la nueva evangelización lo que la Iglesia propone es “conducir a los hombres y las mujeres de nuestro tiempo hacia Jesús, al encuentro con Él”. Para ello la Iglesia misma se presenta como “el espacio ofrecido por Cristo en la historia para poderlo encontrar, porque Él le ha confiado su Palabra, el bautismo que nos hace hijos de Dios, su Cuerpo y su Sangre, la gracia del perdón del pecado, sobre todo en el sacramento de la Reconciliación, la experiencia de una comunión que es reflejo del misterio de la Santísima Trinidad y la fuerza del Espíritu que genera la caridad hacia todos”.

Y en la Iglesia, entre los demás lugares e instancias que deben ser plataformas de transmisión del Evangelio a las nuevas generaciones se destacan dos: la familia y la vida consagrada. La primera mira hacia ese momento más íntimo y decisivo en el que la fe pasa como elemento esencial entre los otros aspectos de la vida humana que son transmitidos y asimilados de manera vital. La segunda mira más hacia el testimonio de una fe vivida que lleva hacia compromisos audaces, que ponen entre paréntesis, aspectos importantes de la vida humana para afirmar los que, desde el punto de vista de la fe, son definitivos.

Pero lo mejor, sin duda, es volver a leer las expresiones mismas del Mensaje sinodal:

Evangelización, familia y vida consagrada

Desde la primera evangelización la transmisión de la fe, en el transcurso de las generaciones, ha encontrado un lugar natural en la familia. En ella —con un papel muy significativo desarrollado por las mujeres, sin que con esto queramos disminuir la figura paterna y su responsabilidad— los signos de la fe, la comunicación de las primeras verdades, la educación en la oración, el testimonio de los frutos del amor, han sido infundidos en la vida de los niños y adolescentes en el contexto del cuidado que toda familia reserva al crecimiento de sus pequeños. A pesar de la diversidad de las situaciones geográficas, culturales y sociales, todos los obispos del Sínodo han confirmado este papel esencial de la familia en la transmisión de la fe. No se puede pensar en una nueva evangelización sin sentirnos responsables del anuncio del Evangelio a las familias y sin ayudarles en la tarea educativa.

No ocultamos el hecho de que hoy la familia, que se constituye con el matrimonio de un hombre y una mujer que los hace «una sola carne» (Mt 19, 6) abierta a la vida, está atravesada por todas partes por factores de crisis, rodeada de modelos de vida que la penalizan, olvidada de las políticas de la sociedad, de la cual es célula fundamental, no siempre respetada en sus ritmos ni sostenida en sus compromisos por parte de las propias comunidades eclesiales. Precisamente por esto, nos vemos impulsados a afirmar que tenemos que desarrollar un especial cuidado por la familia y por su misión en la sociedad y en la Iglesia, creando itinerarios específicos de acompañamiento antes y después del matrimonio. Queremos expresar nuestra gratitud a tantos esposos y familias cristianas que con su testimonio continúan mostrando al mundo una experiencia de comunión y de servicio que es semilla de una sociedad más fraterna y pacífica.

Nuestra reflexión se ha dirigido también a las situaciones familiares y de convivencia en las que no se muestra la imagen de unidad y de amor para toda la vida que el Señor nos ha entregado. Hay parejas que conviven sin el vínculo sacramental del matrimonio; se extienden situaciones familiares irregulares construidas tras el fracaso de matrimonios anteriores: acontecimientos dolorosos que repercuten incluso sobre la educación en la fe de los hijos. A todos ellos les queremos decir que el amor de Dios no abandona a nadie, que también la Iglesia los ama y es una casa acogedora con todos, que siguen siendo miembros de la Iglesia, aunque no puedan recibir la absolución sacramental ni la Eucaristía. Que las comunidades católicas estén abiertas a acompañar a cuantos viven estas situaciones y favorezcan caminos de conversión y de reconciliación.

La vida familiar es el primer lugar en el cual el Evangelio se encuentra con la vida ordinaria y muestra su capacidad de transfigurar las condiciones fundamentales de la existencia en el horizonte del amor. Pero no es menos importante, para el testimonio de la Iglesia, mostrar cómo se abre esta vida en el tiempo a una plenitud que va más allá de la historia de los hombres y que conduce a la comunión eterna con Dios. Jesús no se presenta a la mujer samaritana simplemente como Aquél que da la vida sino como el que da la «vida eterna» (Jn4, 14). El don de Dios que la fe hace presente, no es simplemente la promesa de unas mejores condiciones de vida en este mundo, sino el anuncio de que el sentido último de nuestra vida va más allá de este mundo y se encuentra en la comunión plena con Dios que esperamos al final de los tiempos.

De este horizonte ultraterrenal del sentido de la existencia humana son particulares testigos en la Iglesia y en el mundo cuantos el Señor ha llamado a la vida consagrada, una vida que, precisamente porque está dedicada totalmente a Él, en el ejercicio de pobreza, castidad y obediencia, es el signo de un mundo futuro que relativiza cualquier bien de este mundo. Que de la Asamblea del Sínodo de los obispos llegue a estos hermanos y hermanas nuestros la gratitud por su fidelidad a la llamada del Señor y por la contribución que han hecho y hacen a la misión de la Iglesia, la exhortación a la esperanza en situaciones nada fáciles para ellos en estos tiempos de cambio y la invitación a confirmarse como testigos y promotores de nueva evangelización en los diversos ámbitos de vida en que los carismas de cada instituto los sitúa.