Con motivo del Jubileo del año 2025, el Papa Francisco invitó a toda la Iglesia Católica a peregrinar a Roma y a celebrar este tiempo de gracia. De manera especial, dirigió su invitación a los jóvenes, animándolos a cruzar la Puerta Santa de San Pedro durante el Jubileo de la Juventud.
Aceptando esa invitación, y contemplando el profundo sentido espiritual de atravesar la Puerta Santa –ese gesto que reconcilia, renueva y abre al encuentro–, en nosotros brotó una pregunta: si la gran Familia Católica universal tenía sus puertas santas, ¿cuáles eran las nuestras como Familia Sa-Fa? ¿Qué puertas estamos llamados a cruzar para crecer en comunión, en misión y en carisma nazareno?
Con este interrogante como punto de partida, nació el II Encuentro de Jóvenes Sa-Fa, tomando como referencia el celebrado en Sigüenza en el verano de 2023. En esta ocasión, Villa Brea (Turín), recibió a jóvenes de nuestras comunidades de Brasil, Italia, España y Uruguay, unidos por el deseo de vivir una experiencia de fe, fraternidad y envío.
El primer día, cruzamos la puerta de Belleydoux, lugar donde nació y creció el Hno. Gabriel; donde tuvo sus primeros sueños, intuiciones y llamadas; y donde comprendió que debía orientar su vida hacia los más pequeños y marginados. Inspirados por esta experiencia, los jóvenes nos mezclamos por nacionalidades, formando grupos para conocernos y compartir las expectativas con las que habíamos llegado, con la mirada puesta en descubrir las distintas realidades de nuestra familia: tan diversas, pero unidas por un mismo carisma.
Por la tarde, aprendimos canciones provenientes de las distintas comunidades Sa-Fa, y llevamos a cabo una actividad solidaria en apoyo al proyecto en Kupang (Indonesia), que consistió en pintar camisetas y recoger material escolar. La jornada culminó con un momento de adoración al Santísimo Sacramento del altar, acompañado por la presencia de la estatua de la Virgen María que el propio Hno. Gabriel había escogido en su tiempo, y que actualmente se conservaba en los jardines de la casa de Villa Brea. El segundo día atravesamos la puerta de Belmont, lugar donde el Hno. Gabriel comprendió que la Sagrada Familia debía ser el modelo de referencia para su proyecto, convirtiéndose en el centro en torno al cual todo debía girar. Para hacer nuestra esta intuición del fundador, emprendimos una peregrinación a los Alpes, al Valle d’Aosta, con el propósito de descubrir que cualquier modelo de familia que tenga como centro el amor es, en esencia, un hogar en Nazaret. Caminamos desde el lago de Brusson hasta la Casa Alpina de los Hermanos, en Challand-Saint-Anselme, compartiendo el trayecto como grupo y como familia. Allí, con las montañas de los Alpes como testigos, celebramos juntos la Eucaristía.
El tercer día traspasamos la puerta de Belley, lugar donde el sueño del Hno. Gabriel se convirtió en obra de Dios, dando origen a una comunidad viva; una comunidad de Hermanos en misión. Hicimos nuestra esta verdad celebrando, como comunidad juvenil, la Eucaristía de envío al Jubileo de la Juventud en la Catedral de Turín.
Tras una tarde llena de cantos, planificación de lo que viviríamos en los días siguientes y dejando la casa de Villa Brea impoluta, esa misma noche partimos en autobús rumbo a la Ciudad Eterna.
El cuarto día, ya en Roma, fuimos acogidos por la comunidad de la Parroquia Regina Pacis, que generosamente nos abrió sus puertas para hospedarnos. Allí, reflexionamos sobre el verdadero sentido de nuestra presencia en la ciudad y sobre los pasos que debíamos dar para alcanzar el Jubileo.
Con esta motivación, nos dirigimos al Circo máximo para reconocernos como pecadores y reconciliarnos con el Padre: primera condición indispensable para obtener la indulgencia plenaria. Más tarde, recorrimos las calles de Roma –invadidas por miles de jóvenes cristianos llegados de todo el mundo–, hasta reunirnos, cada país con sus conciudadanos, para celebrar juntos la Eucaristía.
El quinto día comenzó muy temprano. Dispuestos a continuar con los requisitos del Jubileo, nos encaminamos hacia la segunda condición: atravesar la Puerta Santa de San Pedro. Para disponernos interiormente a vivir este momento tan significativo, realizamos un vía crucis desde la Plaza Pía hasta la Plaza del Apóstol, que recorrimos cantando y orando, unidos todas las nacionalidades en un mismo espíritu. Ya dentro de la Basílica, llevamos a cabo la tercera y última condición, orando por las intenciones del Papa León ante la tumba del apóstol San Pedro. Así, habiendo completado las tres exigencias del camino jubilar, la Familia Sa-Fa ganó el Jubileo.
Esa misma tarde emprendimos la peregrinación hacia Tor Vergata, para unirnos a toda la Iglesia Católica. Fue un camino exigente, donde el calor hizo mella; pero Dios, que no permite que seamos probados más allá de nuestras fuerzas (cf. 1 Cor 10, 13), nos tenía preparada una explanada donde descansar, cual tierra prometida (cf. Ex 33, 1). Durante la Vigilia, adorando al Santísimo Sacramento, nos sentimos parte viva de esta gran Familia universal, en presencia real de Jesucristo.
A la mañana del sexto día, aún en Tor Vergata, celebramos la Eucaristía como comunidad eclesial: ese Pan que se parte, se reparte y se comparte. En su homilía, el Papa León exhortó a los jóvenes a aspirar a lo grande, a la santidad, estén donde estén, recordándoles que no debían conformarse con menos. Con esta invitación concluyó nuestro encuentro como Familia; y cada país se puso en marcha para regresar a su lugar de origen. No sabemos si volveremos a vernos en una próxima ocasión, pero lo que es seguro es que, en alguna puesta de sol o en algún instante de sintonía, nos reencontraremos nuevamente.
Gracias, Señor, en tu Persona de Padre, por acogernos y acompañarnos; en tu Persona de Hijo, por hacerte presente en cada encuentro y momento compartido; y en tu Persona de Espíritu, por guiarnos y fortalecernos, haciendo de cada instante un recuerdo que rememorar.
Gracias, Señor, por tu Santa Familia de Nazaret, en la que apoyamos nuestro anhelo de ser también santos, siguiendo sus huellas de humildad, sencillez y fidelidad.
Gracias, Señor, por los momentos vividos, por las experiencias compartidas, por los reencuentros y los nuevos descubrimientos. Gracias por tu presencia en cada uno de los miembros de esta gran Familia Sa-Fa, haciéndonos sentir verdaderos hermanos residentes en Nazaret.
Gracias, Señor, por el Hno. Mauro, el Hno. Marco, el Hno. Diego, el Hno. Nando, el Hno. Javier, el Hno. Jesús, el Hno. Rupe, el Hno. Fabián y el Hno. Ernesto. Hermanos de la Sagrada Familia que aceptaron con sencillez y compromiso la invitación a participar en esta experiencia y que, con su presencia, han ofrecido un testimonio vivo de la Congregación ante todos los laicos, fortaleciendo el espíritu de fraternidad y misión que hemos compartido durante esos días.
Finalmente, gracias, Señor, por el Hno. Gabriel, que no dejó de soñar hasta ver sus sueños hechos realidad. Sin duda, desde el cielo se alegra de ver que su proyecto continúa iluminando a tantas personas que deciden unirse en su nombre y seguir su estilo de vida: trabajando, orando, amando… hasta alcanzar la paz.
















