Jesús, Luz del mundo

Evangelio según san Juan (3,14-21):
En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.»

Lectio
A los hijos de Israel, mordidos por las serpientes venenosas en el desierto, Moisés ofreció la posibilidad de salvación si viraban hacia una serpiente de bronce. Si el hombre logra levantar la cabeza y a mirar hacia arriba, Dios le prepara una alternativa: la elección de una mirada, de un encuentro, de una nueva oportunidad. El Hijo del hombre en el desierto del mundo será levantado en la cruz como señal de salvación para todos los que sentirán la necesidad de seguir viviendo y no se dejarán vencer por las mordeduras venenosas de elecciones equivocadas. Jesucristo permanece allí: maldito por quién no tiene fe, bendito por quien cree, un fruto que recoger, colgado en el árbol de la vida. También nosotros como los judíos en el desierto hemos “sido mordidos” por la serpiente en el Edén, y necesitamos mirar a la otra serpiente de cobre levantada sobre el madero para no morir: “Quien cree en él tiene la vida eterna.”
Dios, único capaz de un juicio perfecto, manda al Hijo no para juzgar sino para ser el lugar de la salvación. Es necesario borrar todo pensamiento y sentir frente a un gran amor. Sólo quién ama puede “juzgar”, es decir “salvar.” Él conoce la fragilidad del corazón humano y sabe que su imagen desdibujada tiene la posibilidad de volver a ser nítida. El único juicio que cambia a la humanidad es la llamada a vivir en la luz. Cuando el sol surge, nada se sustrae a sus rayos… y así también los hombres. Cuándo Cristo nace, muere y resucita por nosotros, nadie puede sustraerse a esta luz que lo inunda todo. La fe es el punto de discernimiento de cada existencia. No creer en el nombre del unigénito es ya una condena, porque se excluye del amor quién no acoge el amor. La luz de la existencia tiene un solo manantial: Dios. Quien se sustrae a la luz, muere.
Quien vive la verdad de él mismo y acoge sus fragilidades como parámetros de su ser humano, no teme la luz porque no tiene nada que esconder. Sabe que como criatura obra en la lógica del límite, pero eso no desluce la importancia de su obrar porque su vida es un todo con la verdad eterna.

Con ojos nazarenos
La encarnación es la gran manifestación del amor de Dios al mundo y especialmente al hombre. No podemos encontrar otro motivo más fuerte para que “uno de la Trinidad” haya venido a salvarnos. “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su hijo único para que todo el que cree en Él tenga vida eterna” (Jn 3, 16). “En esto se hizo visible entre nosotros el amor de Dios: en que envió a mundo a su hijo único para que viviéramos por medio de Él” (I Jn. 4,9). (Espíritu de cuerpo y de familia)
La espiritualidad de la Familia Sa-Fa ha subrayado en la familia de Nazaret algunas características del amor: – Un amor que se fía de la Palabra da Dios y contando con ella organiza su entrega a Dios y a los demás. Puede así llegar a comprender el amor del Padre que tanto ha amado al mundo (a nosotros) que envió su Hijo (Jesús) para salvarnos y ahora nos envía a nosotros para salvar a otros hermanos. En última instancia es el amor que se fía del amor del Padre, se funda en él y trata de hacerlo comprensible, amable, creador de vida… (Manual de espiritualidad 3.4.3,)

Oremos
El recuerdo de ti, Señor, es nuestra alegría (Sal.137)

En Nazaret
Esta fidelidad de Israel nos enseña que en la lucha contra un adversario la Iglesia no debe transigir ni dudar. La confianza inquebrantable en Dios y la fuerza de la unión fraterna nos permiten testimoniar frente al mundo que la pertenencia al Padre nos hace capaces de fidelidad, de amor y de perdón recíproco. Lejos de maldecir a nuestros perseguidores, rogamos por ellos, como Jesús nos ha enseñado; la caridad derrotará a nuestros enemigos, convirtiéndolos en hijos del Padre y hermanos acogidos en la comunidad. Ciertamente Jesús, María y José habrán cantado con profundas resonancias este salmo. Pero en ellos crece una nueva dimensión que Jesús proclamará como novedad “cristiana”: sin traicionar a Dios, es posible perdonar a los enemigos y rogar por ellos. No es la maldición la que vence, sino la bendición y el perdón. Y también está demostrado por la historia reciente de Israel en la Shoah. (Hno. Lino Da Campo)

Intenciones
O Dios bueno y fiel, que no te cansas nunca de llamar los errantes a una verdadera conversión y en tu Hijo levantado sobre la cruz nos curas de las mordeduras del malvado, dónanos la riqueza de tu gracia, para que renovados en el espíritu podamos corresponder a tu eterno e ilimitado amor