Introducción :
Los HSF están presentes en Burkina Faso desde 1948, en un primer momento como Congregación diocesana fundada por Mgr Johanny Thévenoud, antiguo alumno de los HSF, pionero y fundador de la Iglesia de Alto Volta (país que desde 1984 se llama Burkina Faso) y luego como Congregación de derecho pontificio gracias a su fusión el 2 de febrero de 1959 con los HSF de Belley (Francia). A partir de este momento las obras de este sector de la Congregación en tierra africana (la misión de Alto Volta) se extienden y se diversifican; y su administración es africana. En el año 1965 se convierte en la Viceprovincia de Santa Ana y el 11 de enero de 1998 en Provincia.

La Provincia cuenta hoy con 88 Hermanos, 15 comunidades en Burkina, una en Tanguiéta (Benin) fundada en 2008 y otra en Ars desde 2005. La comunidad de Gagnoa en Costa de Marfil (fundada en 1986), fue cerrada en el 2004 a raíz de la crisis que vivió este país, pero está encamino de abrirse de nuevo. Los Hermanos de Burkina realizan sus actividades en este país de 16 millones de habitantes, compuesto por unas sesenta etnias diferentes y tres religiones principales. Ninguna estadística nacional se ha realizado referente a dichas religiones y resulta difícil considerar la proporción de creyentes en cada una de ellas. No obstante, se piensa que la población cristiana está entre un 15 a un 20%, de los cuales el 15 % serían católicos y la musulmana entre el 30 y el 40%. Entre el 40 al 50% de población burkinabé conservan hoy la religión tradicional. La Iglesia tiene una fuerte influencia en el país, sobre todo en los aspectos moral, educativo y en el campo del desarrollo económico.

Tras esta breve introducción centraremos nuestra reflexión sobre la inculturación del carisma en África siguiendo el esquema propuesto para el Capítulo.

A. Algunas características propias de la cultura africana y de la Iglesia local.

Para presentar algunas características de la cultura africana, de su Iglesia local y de los aspectos que enriquecen nuestro carisma y viceversa, citaremos algunos ejemplos relativos al panorama cultural de Burkina-Fasso, la cual aunque no sea representativa de toda África, es ciertamente la cultura que conocemos mejor. Asimismo y de manera general encontramos parecidos valores en otros países africanos.

En la cultura de Burkina-Fasso.

Subrayo estas tres características: la fecundidad, la solidaridad y la gratuidad.

1. La fecundidad:

En la cultura de Burkina-Fasso, como en el resto de las culturas africanas, se da el “culto a la fecundidad”. La procreación es un elemento prioritario en la visión antropológica del mundo cultural de Burkina-Fasso. Tener hijos es el deseo más visceral que pueda tener el hombre y la mujer que han alcanzado la edad adulta. Para tener hijos se emplean todos los medios posibles e inimaginables. No tener hijos representa mayor pobreza que la pobreza material. Tal visión tiene obviamente su repercusión sobre el voto de castidad.

2. La solidaridad :

Las sesenta etnias que viven en Burkina comparten los valores culturales de la solidaridad. Este espíritu de solidaridad se manifiesta en el apoyo mutuo entre los miembros de una misma familia en los momentos de alegría o dolor. Esta solidaridad africana mantiene un fuerte sentimiento de que la unión hace la fuerza. Según esta concepción de la solidaridad compartida, el individuo mantiene vínculos indisolubles con su grupo social, que comprende no sólo a los miembros de su familia nuclear sino también a los de su clan y a los de su tribu. Se trata en realidad de unos vínculos que, vividos como los de la sangre, de la tierra y del interés económico, unen al individuo con su grupo desde el nacimiento hasta la muerte. El hombre africano se encuentra, por este hecho en la obligación de aportar una ayuda a la familia en la que ha nacido y que lo ha alimentado y criado. No someterse a esta exigencia puede conducirle a un rechazo y a una exclusión del grupo familiar.

3. La gratuidad :

La gratuidad en las relaciones con el otro es otro valor importante de la cultura africana y burkinabé. Para el africano en general, y el burkinabé en particular, acompañar a un amigo, dialogar y compartir con él los momentos de alegría y de dolor es una actitud espontánea e indispensable para el conocimiento mutuo y para reforzar los lazos de amistad. Dedicar gratuitamente tiempo al otro entra en el marco del compartir para conocerse y ayudarse mutuamente y exige muchas veces dedicar tiempo y trabajo para agradar y acoger al huésped que se presenta de improviso, ya que en África las relaciones son una realidad sagrada. El burkinabé, el africano es un ser que vive con.

Para la Iglesia local :
Algunas características :

– Una vitalidad eclesial excepcional y un desarrollo teológico de la Iglesia como familia de Dios, opción de la Iglesia de Burkina desde 1977 que luego sería adoptada por el Sínodo africano en 1994.
– El fomento a los valores culturales tradicionales. Una de sus manifestaciones es la puesta en práctica de una catequesis que utiliza ciertos recursos de los ritos de iniciación tradicionales con los ritos y las experiencias litúrgicos y dan una mayor importancia a la participación de la comunidad al celebrarlo en las lenguas locales.
– Una relevada importancia a los catequistas, valiosos agentes pastorales en la misión de evangelización: existen escuelas de catequistas en cada diócesis.
– Un compromiso para la formación del hombre y todo hombre: creación del OCADES (organización caritativa para el desarrollo y la solidaridad) que es un instrumento de desarrollo de la Iglesia-Familia de Burkina.

N.B: No todo es positivo en los valores señalados de la cultura. Algunos chocan arriesgadamente con el proyecto de vida religiosa o del carisma pero este no es el tema de nuestra reflexión.

B. La contribución del carisma Sa-Fa a la cultura burkinabé y africana.

El carisma en sí no tiene ninguna preferencia cultural ya que su finalidad es llegar a todas ellas”. Siendo en sí mismo don del Espíritu e inspiración evangélica relativiza, purifica y transforma las culturas. Dado que nuestro carisma tiene la originalidad de promover el espíritu de familia, el proceso de su inculturación consistirá en promover en las culturas todo lo relativo al espíritu de familia y por lo tanto a enriquecerlas poniendo en tela de juicio todo lo que está en contra de este mismo espíritu.   En esta exposición sobre la aportación de nuestro carisma a la cultura burkinabé y africana me limitaré a comentar solo los dos aspectos siguientes:

1. El fortalecimiento del espíritu de familia:

Al vivir el carisma, los Hermanos se proponen reproducir en su vida comunitaria el mismo espíritu que unía a Jesús, María y José en Nazaret: el espíritu de familia. Aunque el espíritu de comunión y de fraternidad también está arraigado en la cultura africana, en las comunidades religiosas se plantea a veces el problema en cuanto a los vínculos de la fraternidad. En efecto, se constata a veces que en algunas comunidades africanas, religiosos de una misma etnia, de un mismo clan o de una misma región se vinculan más fácilmente entre ellos llegando a veces a excluir a los que proceden de otro grupo étnico o región. A este nivel nuestro carisma tiene mucho que aportar a la cultura africana.

La vida religiosa Sa-Fa con su carisma es un marco muy apropiado para manifestar los valores de comunión ligados a la imagen de la familia y en el que el Hermano sin menospreciar la cultura y los valores que la estructuran va al encuentro del Cristo que los lleva a su perfección. El burkinabé que entra en la vida religiosa como HSF está llevado a vivir de una manera más espontánea, casi natural, el espíritu de familia. Le facilita esto la ruptura radical de su vida en cuanto religioso con relación a los vínculos de fraternidad de sus lazos de sangre. Esta ruptura indispensable que no destruye, sin embargo, los vínculos familiares, le permite poner a Cristo en el centro de su vida. En esta perspectiva los vínculos de solidaridad y de fraternidad relativos a la familia africana burkinabé adquieren un nuevo sentido ya que a la luz del Evangelio y en la dinámica de la sequela Cristi, esos fuertes vínculos no le encierran en sí mismo o en su estrecha y unilateral vinculación con su familia o con su tierra de origen. Más bien, le permiten abrirse en una solidaridad universal a todos los hombres sin distinción de raza, país, etnia, tribu o sexo.

2. La contribución a la educación:

El Instituto, según el carisma del Fundador, sigue estando disponible para las tareas apostólicas que pueden exigir las necesidades de tiempos y lugares. En Burkina, los HSF están abiertos a las necesidades de la Iglesia local y de la sociedad principalmente por la educación cristiana de juventud. Los jóvenes constituyen la mayoría de la población (75%, de ellos el 48,2% tienen menos de 15 años y el 22% que tienen más de 15 años están alfabetizados, es decir, saben leer y escribir en una lengua cualquiera (Estadística de 2003). La importancia de la población joven necesita importantes medios para la educación.

Reconociendo y respetando el papel del Estado en el ámbito de la educación, afirmamos nuestro derecho a contribuir a través de nuestras estructuras educativas a la construcción de la nación. Nuestro Carisma se identifica con la defensa de la vida y eso implica la erradicación de la ignorancia mediante la alfabetización de las poblaciones a través de una educación integral de la persona. Nuestros centros educativos ponen a disposición de la población medios para acceder al conocimiento, sin discriminar a nadie por razón de su origen, fortuna o religión. Según “Africae Munus”, el analfabetismo representa uno de los frenos principales al desarrollo y contribuye activamente a la marginalización de la persona -forma de muerte social- que le hace imposible acceder al conocimiento. Alfabetizar al individuo es hacerle miembro de pleno derecho en la sociedad a cuya construcción podrá contribuir. Frecuentar la escuela es una cuestión de justicia para todo niño y más aún para el futuro de África.

Los HSF responden a este gran reto de la educación, “verdadero laboratorio de humanización”, desarrollando programas eficaces y adaptados a la población burkinabé. Nos esforzamos para superar este reto siendo fieles al mensaje evangélico y al carisma de nuestro Fundador. Nuestras escuelas son excelentes medios para enseñar a tejer en la sociedad, a partir de la infancia, vínculos de paz y de armonía a través de la educación, a través de los valores africanos revitalizados por el Evangelio. Transmitimos a través de ellos un saber hacer y un saber ser, animados por la conciencia cristiana, y ayudamos a la sociedad a comprender mejor los retos a los cuales África debe enfrentarse hoy.

C. Los aspectos de la cultura que pueden enriquecer el carisma :

Si el carisma Sa-Fa puede dar una contribución enriquecedora a la cultura y llegar a ser para ella una “buena noticia”, también la cultura africana puede a su vez enriquecer el carisma Sa-Fa y ayudarle a interpretarse con más profundidad. Es un dar y un recibir recíprocos. Presentamos tres aspectos de nuestra cultura que pueden enriquecer nuestro carisma.

1. La familia ampliada :

Ya afirmamos que en el contexto africano, el concepto de familia no es solo mononuclear sino también plurinuclear. Los vínculos fraternos no se ciñen solo a su familia sino que se extienden a varias familias reagrupadas, que incluyen a los tíos, a los primos, a las tías, a los sobrinos, etc

En este sentido es inconcebible que el religioso africano que entra en una congregación, entre solo, pues con él entran también toda su familia. A su vez su familia entra en una red de vínculos fraternos que se extienden a todos los miembros de la comunidad religiosa. Estos vínculos de fraternidad se traducen concretamente por ejemplo en las visitas que se deben hacer a las familias de los otros miembros de la comunidad, la atención a acogerlos indistintamente y a ayudarlos en caso de necesidades urgentes.

En este contexto africano es fácil entender que la comunión fraterna entre los miembros de una congregación incluye necesariamente esta dimensión familiar, fuente de confianza mutua. Este espíritu de familia, que no se manifiesta solamente entre los miembros de la comunidad religiosa sino que se extiende también a las familias de cada religioso, es un signo de que los que se comprometen en la vida religiosa son “efectivamente hermanos” y que se sienten sostenidos mutuamente.

2. El vínculo social precede al material :

Otro aspecto de nuestra cultura que puede enriquecer el carisma es que los vínculos sociales se anteponen a los bienes materiales. En efecto, para la población africana en general la solidaridad es un principio estructural o mejor un valor de vida en donde el vínculo social se antepone al de los bienes. La vivencia de este principio crea en nuestras sociedades un sentimiento de “seguridad humana” y no “un sentimiento de pobreza”. A este nivel estamos en un paradigma de pobreza que no es carencia sino don, el compartir e intercambio de dones. Las únicas riquezas válidas son las que se comparten con el grupo comenzando por la familia ampliada.

Esta concepción fortalece el sentido de nuestra consagración. Los Hermanos por el voto de pobreza no son pobres en el sentido de la pobreza económica. Por el contrario, son libres de las necesidades materiales para cultivar la riqueza del corazón que comparten con los demás. “Tener en común” para “estar con” los más pobres. Este aspecto de nuestra cultura pone de manifiesto por consiguiente que la vida religiosa, y por lo tanto nuestro carisma, se enriquecería si se asumieran ciertos valores que estructuran la cultura africana. El vínculo social es hoy destruido por el individualismo. Por lo tanto debemos intentar restablecer ese vínculo social, que es más importante que los bienes materiales, y esto tanto en nuestras familias naturales como en nuestras Comunidades religiosas.

3. El valor del diálogo :

La cultura africana siempre ha pretendido favorecer el diálogo en las relaciones interpersonales y comunitarias. Gracias a Dios, este espíritu de diálogo, a pesar de algunas dificultades inherentes a todo grupo social, prevalece en la sociedad burkinabé. Tomo como ejemplo las buenas relaciones entre las tres principales religiones del país, en especial entre el cristianismo y el Islam.

El diálogo interreligioso es una realidad en nuestra cultura a pesar del extremismo y el fundamentalismo que sacuden el Continente. Las relaciones entre cristianos y musulmanes son buenas: visitas de cortesía, presencia en las fiestas de cada religión, incluso en los momentos de oración, matrimonios mixtos… La sociedad burkinabé da pruebas suficientes de aprecio y de confianza entre los cristianos y las otras religiones. Es habitual en Burkina ver hermanos o primos que, a pesar de su diferente pertenencia religiosa, se encuentran para celebrar los acontecimientos familiares sin que eso los divida o sea un freno en sus relaciones de familia.

Este aspecto de la cultura es enriquecedor para nuestro carisma. De igual manera, en nuestra familia religiosa, debemos superar nuestras diferencias culturales a través de un diálogo fraterno y la aceptación del otro en su diferencia. En una cultura de aceptación del otro en su diferencia y en el momento en que se constatan tensiones en un gran número de estados africanos (guerras étnico-religiosas que llevan a creer en la imposibilidad de una convivencia) debemos dar pruebas a todos los pueblos y etnias que es posible vivir juntos en la diversidad y que es posible tolerarse. Es también una invitación a dar mucha importancia a la formación para una vida consagrada intercultural, interétnica e internacional y para abrirse a la misión “ad gentes”.

D. ¿Cómo repensar y vivir el carisma Sa-Fa en nuestra cultura?

¿De qué manera, en su vida y misión, el carisma Sa-Fa nacido hace más de un siglo debe ser repensado y vivido en nuestra cultura para ser en medio de la gente una propuesta de Evangelio? Intentamos dar una respuesta con una breve reflexión sobre lo que en el fondo puede significar inculturar nuestros votos y la vida comunitaria, elementos de nuestro ideal de vida.

1. Vivir la pobreza en solidaridad con los demás :

Burkina es un país en desarrollo donde la pobreza material es la herencia de la mayoría de los burkinabés. No es un ideal que debe buscarse sino un mal que hay que combatir. La descripción de los gritos de angustia de las naciones pobres hecha en Eclesia in Africa (E.A N° 114) corresponde bien a nuestra situación.

¿Qué deben hacer los Hermanos de Burkina Faso ante la pobreza de su país? ¿Cómo ser pobre, en conformidad con el Evangelio y testimoniarlo en nuestra sociedad burkinabé?

El hecho de que el Evangelio solo se puede acoger y vivir en una cultura determinada nos pide encontrar otra fórmula u otro signo para expresar la pobreza religiosa en nuestro contexto. Este voto debiera tomar la figura de las realidades locales, integrando los valores culturales y religiosos del medio ambiente. Este voto debe ser entendible tanto para el que lo emite como para el entorno en que vive. No sería bueno que nosotros fuéramos todo a los ojos de los burkinabés, excepto pobres. El espíritu de pobreza según hemos mencionado consiste en el apoyo mutuo que los miembros de la familia se garantizan entre sí en los momentos de alegría o de desdicha. Lo que subyace a este espíritu de solidaridad es el compartir los bienes en la que los ricos se hacen cargo de la situación de los pobres de manera que ninguno pueda acumular bienes sin buscar cómo distribuirlos. Este valor concuerda con el ideal evangélico de la vida religiosa, y la vivencia de nuestro voto en Burkina debería ir en este sentido, a ejemplo de Jesús que se mostró solidario de los hombres en todo. La solidaridad bien vivida manifiesta al mundo el sentido de la consagración religiosa.

De una manera general el compromiso de vivir la pobreza evangélica en África exige a los institutos religiosos una reflexión profunda sobre la forma y manera de expresarla y de hacerla auténtica y visible. En este ámbito, no es fácil armonizar el sentimiento familiar africano (que exige la asistencia material de un hijo a su familia) con las exigencias del voto de pobreza. Este voto debe entenderse como un compromiso libre a seguir a Cristo que nos invita a ser sensibles con la miseria del pueblo de Dios, sin discriminación de raza o tribu.

 2. Vivir la castidad como fecundidad :

En primer lugar debemos destacar el carácter absolutamente nuevo e inédito del celibato definitivo en nuestra cultura. Se conocía y se aceptaba el celibato temporal, impuesto por causas mayores, pero aceptar el celibato para toda la vida era una cosa extraña o al menos exterior a nuestra cultura. Eso se debe al culto de la fecundidad de la que ya hemos hablado.

Ante este hecho cultural, las posibilidades de inculturar el celibato consagrado parecen bastante limitadas, si no nulas. No tenemos aún un pensamiento original que refleje nuestra manera de asumir el celibato y al respecto la reflexión está en sus inicios. Sin embargo parece que la reflexión debería ir en línea de la fecundidad, subrayando que la fecundidad no es exclusivamente biológica sino que hay también una fecundidad espiritual, que es asimismo importante. Las culturas africanas que exaltan la fecundidad no favorecen ciertamente la comprensión del voto de castidad que solo puede asumirse dentro de una actitud de fe y de amor preferencial por Cristo y por su Iglesia. Es reflexionando sobre la teología de la maternidad y de la paternidad espiritual como el religioso africano descubre el sentido profundo de su fecundidad espiritual y de su dignidad de hombre y de mujer, sin menoscabo de su dignidad africana al consagrarse a Dios.

3. Vivir la obediencia como opción personal :

En África, donde tradicionalmente los tabúes son legión, donde la autoridad tiene su lugar en las estructuras familiares, campesinas y del clan, la obediencia es evidente. Es una opción no tanto personal cuanto obligación social que no se discute. Las estructuras del clan y las iniciaciones tradicionales hacen que se obligue a los jóvenes a obedecer porque es necesario, porque esa buena conducta honra a la familia, incluso ignorando el por qué se debe obedecer. Además el jefe tiene un papel tan importante en la sociedad que su figura impone un determinado respeto, mezclado a veces de temor.

A pesar de todo, no hay que ver sólo estos aspectos restrictivos de la obediencia y de la autoridad. Por ejemplo la autoridad tiene un lugar muy importante en la sociedad. En la mentalidad africana, el jefe es un apoyo social, no para dominar o someter, sino para dar unidad al grupo, teniendo en cuenta su sentido de responsabilidad y sus calidades.

Al basarnos en esta concepción de la autoridad como apoyo social y de la obediencia como hecho evidente, podemos decir que no es esta clase de obediencia la que el religioso africano debe practicar. Se trata de una cuestión de fe y no de tradición, de una cuestión de amor y no de temor, de una cuestión de libertad y no de obligación. La obediencia debe vivirse como opción personal motivada por la docilidad a Dios fiándose de su Palabra, la obediencia como necesidad de conformarse a la voluntad de Dios más que de agradar a alguien.

Esta concepción del jefe puede también tener su importancia para la vida fraterna en la vida religiosa. En efecto, el espíritu de familia, la convivencia y la fraternidad en nuestras comunidades dependen en gran parte de la forma en que los responsables desempeñan su papel de apoyo en sentido evangélico del término (cfr Const N° 61). Sólo son un apoyo en la medida en que se dedican enteramente al servicio de la comunidad, a ejemplo de Cristo, el buen Pastor, que da su vida por sus ovejas. Este testimonio de abnegación al servicio de la comunidad es una garantía y lo que hace del Superior un “apoyo” indispensable para la consolidación del grupo.

En conclusión, podemos decir que si nuestros votos no se inculturan en nuestras realidades, purificadas ciertamente a la luz del Cristo, no tendrán ningún significado para nuestras sociedades. Un voto que no se apoye en los valores positivos de la cultura local difícilmente podrá decirse evangélico. Para eso es indispensable que nuestra práctica de los votos, inspirada en Cristo, tenga en cuenta también el contexto en el que vivimos.

 4. Vivir la fraternidad en su dimensión universal :

Vimos anteriormente que en nuestro contexto cultural el concepto de familia es mucho más amplio y extenso. Por el contrario nuestras comunidades religiosas están formadas por personas que no tienen en general ningún vínculo de consanguinidad. Sus miembros proceden de etnias, lenguas y mentalidades diferentes. Formar parte de una comunidad religiosa es romper los límites de la familia natural para entrar en un marco de fraternidad mucho más amplio donde solo la relación con Cristo hace o constituye la unidad del grupo. Se vive así la fraternidad universal.

Esto para el religioso africano es un verdadero desafío en el sentido que necesita no sólo intentar vivir la coherencia entre el Evangelio y su propia cultura, sino también testimoniar una verdadera fraternidad intercultural. ¿Es posible este ideal en nuestra cultura? Ciertamente, lo vivimos a través de nuestra vida fraterna en comunidad y con una perspectiva evangélica ¿Si no, cómo comprender, en efecto, que gente de distintas razas, etnias, nacionalidades y culturas puedan vivir bajo un mismo techo y llamarse “hermanos”, si no es por el Evangelio?

Desgraciadamente, en nuestro contexto, la vida religiosa tiende a menudo a acomodarse en todos los aspectos al modelo occidental. Este hecho nos invita como religiosos africanos a sacar de nuestra cultura los valores que potencien el enriquecimiento tanto para nuestra vida fraterna como para todos los aspectos de la vida religiosa. Así nuestro carisma podrá ser en medio de la gente una propuesta de Evangelio.

Conclusión.

En nuestra exposición hemos puesto de relieve ciertas características propias de nuestra cultura y de la Iglesia local, hemos hecho lo posible para demostrar que el carisma y la cultura se enriquecen mutuamente hemos concluido haciendo algunas propuestas en orden a repensar y vivir el carisma en nuestra cultura. Concluimos con esta sintética reflexión.

“El viaje más largo comienza por el primer paso”, dice la sabiduría de los Antiguos. A la aurora de este tercer milenio estamos invitados a dar este paso, a revisar, a expresar, a reinventar y a volver a refundar nuestro carisma. Este debería ser reconsiderado y vivido en nuestra cultura, de modo que el Hermano Gabriel tome, a través de nosotros sus hijos, un rostro consustancial a la cultura que lo acoge. Debemos establecer este carisma allí donde somos y obramos, viviendo fielmente nuestra consagración e integrando nuestros valores culturales. Nuestra Congregación debe “aprender a hablar la lengua cultural y antropológica” de los pueblos y grupos humanos a los que propone su carisma. Cuando pensamos que nuestra cultura es el ombligo del mundo no llegaremos a construir comunidades fraternas. La inculturación es fructífera y enriquecedora cuando el carisma no se instala y no se encierra en una cultura. La vitalidad de nuestras Congregación en los distintos países donde está dependerá de la adecuada síntesis vital entre fidelidad al carisma y adhesión al medio histórico-cultural.

Hermano Sylvain Zoungrana