En el nombre del Instituto ha figurado desde siempre el término “Hermanos” y como el nombre inspira la espiritualidad, será bueno detenerse a meditar el significado de esa primera parte del nombre, partiendo de sus raíces bíblicas y de su empleo por los primeros cristianos. Para ello nos vamos a servir de una obra en curso de publicación escrita por un sacerdote francés que ha trabajado durante años en Benin como misionero. Se trata del P. Michel Dujarier. Su obra comprende tres volúmenes con este título general: Eglise-Fraternité: l’ecclésiologie du Christ-frère aux huit premiers siècles. (Iglesia-Fraternidad : la eclesiología del Cristo-hermano en los ocho primeros siglos). En el texto que sigue hemos hecho sencillamente un breve resumen del primer volumen (498 paginas) pensando en quienes no tengan la posibilidad de acceder a una lectura completa del libro.

Fraternidad (latín fraternitas, griego άδελφότης) es una palabra acuñada por el cristianismo. Aparece por primera vez en las cartas de San Pedro. Los autores clásicos, griegos o latinos, precristianos no usaron ese término. Emplearon naturalmente el término “hermano” (del que se deriva fraternidad) para hablar de las relaciones familiares. Pero para designar las relaciones en un grupo no basado en la consanguineidad empleaban otras palabras como amistad, colegialidad, sociedad, etc.

En la tradición cristiana se ha mantenido siempre el término fraternidad, con mayor o menor extensión e intensidad para definir la comunidad cristiana y las relaciones dentro de ella, aunque con mayor frecuencia en los primeros siglos.

Un buen ejemplo de los diferentes sentidos y aplicaciones de la palabra fraternidad podemos encontrarlo en los documentos del Concilio Vaticano II. La palabra fraternidad está empleada en ellos veintiséis veces en tres sentidos, a veces complementarios. El término “fraternidad:

  • designa a la Iglesia reunida entorno a la Eucaristía o sencillamente a la comunidad cristiana; es otro nombre de la Iglesia;
  • define los vínculos que unen a los cristianos entre sí;
  • se refiere al ideal de convivencia humana, más allá de la pertenencia a la Iglesia. En el Nuevo Testamento la utilización del término “hermanos” para designar a los cristianos es muy frecuente. Pero el término “fraternidad” aplicado a la comunidad es raro. Lo encontramos solamente dos veces, pero será el origen de una denominación que se irá afianzando en los decenios posteriores.Si en latín el término “fraternitas” recubre los dos sentidos, en griego existe una palabra para designar la comunidad (άδελφότης adelfotes) y otro para hablar de las relaciones entre los miembros de la comunidad (filadelfia, filadelfia).
  • En el primer sentido, la palabra fraternidad está prácticamente ausente en el Antiguo Testamento y tenemos únicamente dos textos en el Nuevo, en las cartas de San Pedro (cartas atribuidas a San Pedro, pero escritas bastante tiempo después de su muerte):
  • En los textos hay que distinguir los dos sentidos de “fraternidad”: 1) la comunidad cristiana en cuanto tal, 2) la actitud de caridad fraterna de unos cristianos con otros.
  • Esa terminología se ha desarrollado y precisado posteriormente a la luz de los otros nombres dados a la Iglesia: pueblo de Dios, cuerpo de Cristo, templo del Espíritu y los otros nombres consignados en Lumen Gentium N° 6.
  • 1Pe 2, 17. “Tratad a todos con deferencia, amad a la fraternidad, temed a Dios, respetad al rey”. Frente a otros términos como ekklesia = asamblea del pueblo, “fraternidad” comporta un aspecto más personalista, que es especifico del grupo de creyentes, quienes por el bautismo se han unido a Cristo en relación fraterna y se consideran entre ellos como hermanos y hermanas.
  • Entre las recomendaciones de la carta de Pedro en la sección del cap.2 – 3,7 figura entre otras muchas la de amar a la fraternidad, nombre creado para designar a la comunidad cristiana en su conjunto.
  • 1Pe 5,9. “Resistidlo firmes en la fe, conscientes de que vuestra fraternidad dispersa por el mundo soporta los mismos sufrimientos”.A pesar de ese uso tan reducido, “fraternidad” será un término que se irá imponiendo para hablar de la Iglesia, como lo testimonia ya al final del siglo I la carta de Clemente de Roma a los Corintios, contemporánea de las cartas de Pedro.En los libros del Antiguo Testamento aparece el término hermano en muy variados contextos para expresar la pertenencia al linaje de Abrahán y al pueblo unido por la alianza de Dios. En el Deuteromio el término hermano aparece 48 veces, subrayando la dimensión fraterna que debe caracterizar a quienes comparten la misma Alianza, pues ésta tiene a la vez una dimensión vertical hacia Dios y otra horizontal hacia el prójimo. Los mensajes de los profetas se abren hacia una perspectiva cada vez más amplia y universal: “¿No tenemos todos un mismo Padre? ¿No nos creó un mismo Dios? ¿Por qué, pues, traiciona cada uno a su hermano, incumpliendo la alianza que Dios hizo con nuestros antepasados? (Mal 2,10). “En cuanto a mí, voy a reunir a todas las naciones y lenguas, que llegarán y contemplarán mi gloria. Les pondré una señal y enviaré a algunos de sus supervivientes a las naciones” (Is 6618).Además del contexto bíblico, hay que añadir que en muchos pueblos de oriente medio (sumerios, asirios, etc.) en la antigüedad existía, además de la “adopción filial”, la “adopción fraterna”. En éste segundo caso se trata de un compromiso por el que una persona decide adoptar a otra en calidad de hermano o hermana, lo que comporta la incorporación de esa persona a la familia y también con frecuencia el compromiso de compartir la herencia con ella. Así pues, el camino concreto de participación en la vida divina se realiza por la fraternidad con Jesucristo, quien nos hace hijos e hijas del Padre por el Espíritu. “Los que se dejan conducir por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. En cuanto a vosotros, no habéis recibido un Espíritu que os convierta en esclavos, de nuevo bajo el régimen del miedo. Habéis recibido un Espíritu que os convierte en hijos y que nos permite exclamar: “¡Abba!”, es decir, “¡Padre!”. Y ese mismo Espíritu es el que, uniéndose al nuestro, da testimonio de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo, ya que ahora compartimos sus sufrimientos para compartir también su gloria (Rom 8, 14-17). De esa manera, Jesús es el primogénito de una multitud de hermanos unidos en una comunidad que es la Iglesia-fraternidad. “Porque a quienes Dios conoció de antemano, los destinó también desde el principio a reproducir la imagen de su Hijo, que había de ser el primogénito entre muchos hermanos. Y a quienes Dios destinó desde un principio, también los llamó; a quienes llamó, los restableció en su amistad; y a quienes restableció en su amistad, los hizo partícipes de su gloria” (Rom 8, 29-30). Y esa fraternidad tiene incluso dimensiones cósmicas: “Cristo es la imagen del Dios invisible, el primogénito de todo lo creado. Dios ha creado en él todas las cosas: todo lo que existe en el cielo y en la tierra, lo visible y lo invisible” (Col 1,15-16).Esas expresiones tan profundas parecen hacer eco a las palabras del Crucificado: “Jesús, al ver a su madre y, junto a ella, al discípulo a quien tanto quería, dijo a su madre: — Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dijo al discípulo: — Ahí tienes a tu madre. Y desde aquel momento, el discípulo la acogió en su casa” (Jn 19, 26-27). Muchos ven en esas palabras de Jesús indirectamente la prueba de que no tenía hermanos ni hermanas que hubieran podido acoger a su madre. Quedaba así fundada la nueva familia de la cual Jesús había ya hablado a sus discípulos: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y, mirando a quienes estaban sentados a su alrededor, añadió: — Estos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, y mi hermana, y mi madre” (Mc 3, 34-35). Y en el discurso sobre el final de los tiempos Jesús se identifica con el menor de sus discípulos en términos de fraternidad: “Y el rey les dirá: “Os aseguro que todo lo que hayáis hecho en favor del más pequeño de mis hermanos, a mí me lo habéis hecho” (Mt 25,40). Si recorremos el uso del término hermano/a en el Nuevo Testamento encontramos los varios matices de esa realidad central de la vida del creyente.En el libro de los Hechos de los Apóstoles el término hermano aparece 36 veces para designar a los que forman parte de la comunidad cristiana, aunque algunas veces se emplea también en otros sentidos. Es por otra parte el primer nombre que se da a los discípulos de Cristo: “Uno de aquellos días, Pedro, puesto en pie en medio de los hermanos, que formaban un grupo de unas ciento veinte personas, habló como sigue: – Hermanos…” (Hech 1, 15) ; el término “hermanos” se emplea incluso antes que creyentes (2, 44), discípulos (6, 1), santos (9, 1) o cristianos (11, 26). Empleado en plural, “los hermanos” de un lugar significa la iglesia local. Por ejemplo “los hermanos de Joppe” (10,23). O bien, a la llegada de Pablo a Roma: “Después de dos singladuras, arribamos a Pozzuoli. En esta ciudad encontramos a algunos hermanos que nos invitaron a pasar una semana con ellos. Seguidamente nos encaminamos hacia Roma. Los hermanos, que habían recibido noticias de nuestra llegada, salieron a nuestro encuentro al Foro de Apio y a Tres Tabernas. (28, 13 – 15). Los escritos cristianos del siglo II, dejando de lado los apócrifos, no son abundantes. Pero en ellos se encuentra, tanto en Oriente como en Occidente, el término “fraternidad” para designar a la Iglesia y el término “hermano/s” para hablar de los cristianos y de las relaciones entre ellos. Desde los Padres Apostólicos (discípulos directos de los Apóstoles) hasta los primeros grandes teólogos (Ireneo de Lyon y Clemente de Alejandría) se va construyendo una eclesiología de la Iglesia-fraternidad. Y esta reflexión responde a la vivencia de las comunidades cristianas en una época de persecución y de expansión misionera.Encontramos alusiones a esa afirmación en escritos como:

          La Iglesia es una fraternidad.

  • Naturalmente en esa forma de hablar resuena el lenguaje del evangelio mismo. En el evangelio de Juan: “Estas palabras dieron pie para que entre los hermanos circulase el rumor de que este discípulo no iba a morir” (Jn 21, 23). Y a las palabras mismas de Jesús en los Sinópticos: “Y tú, cuando recuperes la confianza, ayuda a tus hermanos a permanecer firmes” (Lc 22, 32). “Vosotros, en cambio, no os hagáis llamar “maestro”; vuestro único maestro es Cristo y todos vosotros sois hermanos unos de otros. Ni tampoco llaméis a nadie “padre vuestro” en este mundo, porque vuestro único Padre es el del cielo” (Mt 23, 8-9). En sermón de la montaña el uso es frecuente “Por tanto, si en el momento de ir a presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene algo en contra de ti… “(Mt 5, 23) o en el llamado discurso de la fraternidad: “Si alguna vez tu hermano te ofende, ve a buscarlo y habla a solas con él para hacerle ver su falta…” (Mt 18,15).
  • En las cartas del Nuevo Testamento lo encontramos frecuentemente en los saludos y en las despedidas. Por ejemplo: “Pablo, apóstol no por disposición ni intervención humana alguna, sino por encargo de Jesucristo y de Dios Padre que lo resucitó triunfante de la muerte, junto con todos los hermanos que están conmigo, a las iglesias de Galacia” (Gal 1, 2). “Hermanos, rogad también por nosotros. Saludad con un beso fraterno a todos los hermanos. Y os suplico encarecidamente por el Señor que esta carta sea leída a todos ellos” (1Tes 5, 25). Es característico por su profusión el último capítulo de la carta a los Romanos. Muchas veces se emplea también como vocativo para dirigirse al grupo, unido frecuentemente al adjetivo “amados” u otras expresiones de afecto. “Así pues, hermanos míos, a quienes tanto amo y tanto añoro: vosotros, que sois mi alegría y mi corona, permaneced firmes en el Señor, queridos” (IFlp 4,1). Muchas veces se usa en sentido general: “Este mandamiento nos dejó Cristo: que quien ama a Dios, ame también a su hermano” (1Jn 4, 21). Finalmente hay que decir que, aunque menos frecuentemente, el término se emplea también en femenino: “Os recomiendo a nuestra hermana Febe, que está al servicio de la iglesia de Cencreas. Acogedla en el nombre del Señor” (Rom 16, 1).
  • Unido al tema de Cristo-hermano va el uso término hermano para mencionar las relaciones entre los cristianos. En el ámbito cristiano el término άδελφός = hermano va más allá del alcance biológico (ά-δελφός, significa “del mismo seno materno”) y también más allá de un sentido puramente metafórico (expresión de un vínculo espiritual de familia, de amistad o de cultura) para designar la relación vital que une a los creyentes con el Hijo de Dios y entre ellos.
  • En los evangelios tenemos ya algunos pasajes en los que se expresa esa fraternidad en Cristo. En el anuncio de la resurrección Jesús da explícitamente el nombre de hermanos a sus discípulos, cosa que hasta entonces no había hecho: “Las mujeres se alejaron rápidamente del sepulcro y, asustadas pero al mismo tiempo llenas de alegría, corrieron a llevar la noticia a los discípulos. En esto, Jesús les salió al encuentro y las saludó; ellas abrazaron sus pies y lo adoraron. Jesús entonces les dijo: – No tengáis miedo. Id a llevar la noticia a mis hermanos. Decidles que se dirijan a Galilea; allí podrán verme” (Mt 28, 9-10). Por su parte el evangelio de Juan presenta esa comunión de vida con Jesús resucitado presentando a su Padre como Padre de sus discípulos. “Jesús le dijo: – No me retengas, porque todavía no he ido a mi Padre. Anda, ve y diles a mis hermanos que voy a mi Padre, que es también vuestro Padre; a mi Dios, que es también vuestro Dios (Jn 20,17).
  • En Jesús, Dios se hace hermano de todos los hombres. En las cartas de San Pablo y otros escritos del Nuevo Testamento encontramos expresiones que nos hablan de un doble movimiento: el Hijo de Dios, al encarnarse, se hace hermano de todos y en un segundo tiempo llama a todos a compartir su misma vida divina: los que acogen su invitación, se convierten en hermanos y hermanas del Hijo único y, gracias al don del Espíritu Santo, son hijos del Padre. “Él nos ha elegido en la persona de Cristo antes de crear el mundo, para que nos mantengamos sin mancha ante sus ojos, como corresponde a consagrados a él. Amorosamente nos ha destinado de antemano, y por pura iniciativa de su benevolencia, a ser adoptados como hijos suyos mediante Jesucristo” (Ef 1,4-5). Tal era el designio del Padre, y Jesús lo ha llevado a cabo mediante su encarnación, pasión y resurrección. “Y lo mismo que los hijos comparten una misma carne y sangre, también Jesús las compartió para poder así, con su muerte, reducir a la impotencia al que tiene poder para matar, es decir, al diablo, y liberar a quienes el miedo a la muerte ha mantenido de por vida bajo el yugo de la esclavitud. Porque no es a los ángeles, sino a la descendencia de Abrahán a quien vino a tender una mano. Por eso tenía que ser en todo semejante a los hermanos, ya que de otra manera no podría ser un sacerdote compasivo y fiel en las cosas que se refieren a Dios, ni podría obtener el perdón de los pecados del pueblo” (Heb 2, 14-17.
  • Con la llegada de Cristo la perspectiva se amplía y profundiza hasta adquirir el término hermano unas dimensiones insospechadas hasta entonces.
  • El origen del uso de la palabra “hermano” por parte de los cristianos hay que buscarlo evidentemente en el pueblo elegido por Dios en la Primera Alianza. Era común entre los judíos, como en otros pueblos, llamarse hermanos para significar que compartían la misma la comunidad humana y religiosa.
  • El texto parece designar al mismo tiempo una comunidad local y la Iglesia universal, que hace frente al Adversario. Los miembros de la fraternidad son presentados desde el principio de la carta como “elegidos”: objeto del “designio amoroso de Dios Padre y consagrados por medio del Espíritu para que obedezcáis a Jesucristo y seáis purificados con su sangre, os deseo gracia y paz en abundancia”. (1Pe 1,2)
  • El Pastor de Hermas (Roma hacia el año 140). Entre los preceptos dados a los responsables encontramos el de “velar por la Fraternidad”.
  • La Carta de los cristianos de Viena y de Lyon enviada “a los hermanos de Asia y de Frigia” para informar “de lo que ocurrió en nuestra Fraternidad”, es decir, el martirio del año 177.
  • Policarpo de Esmirna en su Carta “a la Iglesia que está como extranjera en Filippos” (hacia el año 135). “Amad la Fraternidad, amándoos unos a otros, unidos en la verdad”.
  • Se podrían añadir también testimonios de algunos escritos apócrifos, como los Hechos de Pedro. Recordando un pasaje de los Hechos de los Apóstoles en que Pablo se despide de los cristianos de Éfeso (Hech 20, 37-38), se dice: “Al acercarse la despedida, un gran clamor se elevó en toda la Fraternidad”.En los Padres Apostólicos:
  • A partir de esa afirmación fundamental de la Iglesia como fraternidad podemos descubrir toda una serie de textos sobre el lenguaje de la fraternidad.
  • Ignacio de Antioquía, quien en sus Cartas emplea muchas veces el vocativo “Amados hermanos” o designa a las varias Iglesias como “ Άγάπη = Caridad”;
  • La Carta de Bernabé donde se inicia una larga tradición de interpretación cristiana de algunos pasajes del Antiguo Testamento sobre ese tema: “Te celebraré en la Iglesia de mis hermanos y te cantaré mis alabanzas en la Iglesia de los santos”, por alusión al Salmo 21, 23;
  • La Segunda Carta de Clemente (se trata más bien de un sermón atribuido a Clemente de Roma y dirigido a los Corintios hacia el año 150) en donde encontramos por dos veces la interpelación “hermanos y hermanas”.
  • En los primeros apologetas:
  • Justino, filósofo y mártir. Justino, convertido al cristianismo, en su Apología y en su Diálogo con Tryfon trata de esa fraternidad universal, pero habla también de la nueva fraternidad en Cristo establecida por el bautismo. “Nosotros, después de haber introducido en el baño al que ha abrazado la fe y ha dado su consentimiento, lo presentamos ante los que llamanos hermanos, en el lugar donde están reunidos…” (Apología). En las Actas del martirio de Justino se emplea la hermosa expresión “caravana de los mártires” que más tarde San Ireneo empleará hablando de la “caravana de los hermanos” para hablar de la Iglesia en marcha.
  • Los filósofos estoicos, como Epícteto (hacia (50-130) afirmaban que “Dios es padre de los hombres” y que todos ellos “tienen la dignidad de hijos de Dios”; por eso “todos los hombres son ciudadanos del mundo” y deben ser respetados como hermanos, aunque sean esclavos.
  • Arístides de Atenas. Su Apología está escrita hacia el año 125, en tiempos del emperador Adriano. En ella utiliza como argumento para demostrar la verdad de la fe cristiana el testimonio de fraternidad vivido por los cristianos.
  • En el lenguaje de las comunidades cristianas.
  • Las más antiguas “actas de los mártires” y en los escritos de los obispos se puede apreciar con frecuencia el leguaje de la fraternidad y caridad cristiana. “Desde el comienzo, en efecto, tenéis la costumbre de hacer el bien a todos los hermanos y de enviar numerosas ayudas a las Iglesias (Dionisio, obispo de Corinto). “No amamos solamente a nuestros parientes como estiman algunos. El profeta Isaías declaraba: decid a los ha os odian y persiguen: vosotros sois nuestros hermanos” (Is 66,5) (Teófilo obispo de Antioquía). “Por mi parte, yo tengo sesenta y cinco años en el Señor, he estado en relación con los hermanos del mundo entero y he leído toda la Sagrada Escritura” (Polícrates, obispo de Éfeso). Apoyándose en los textos de la Escritura, los primeros teólogos presentan de modo vivo y dinámico el plan divino de la salvación. Dentro de él encuentra su lugar la comunidad de quienes viven, gracias al don del Espíritu, en comunión con Cristo como hijos del mismo Padre, en una Iglesia abierta a toda la humanidad.
  • En los primeros grandes teólogos.
  • Ireneo de Lyon. Ireneo emplea una sola vez la palabra “fraternidad” para designar a la Iglesia, pero al igual que en el Nuevo Testamento, emplea varias veces la expresión “los hermanos de …” para hablar de la Iglesia local.El misterio de la salvación es obra de Cristo y del Espíritu, pero se realiza a través de la comunidad eclesial. Ireneo acude, para decirlo, a una imagen de la Escritura: “La Iglesia habita en la casa de Sem (Gen 9, 27), es decir en la heredad de los padres, por haber recibido en Cristo, el derecho de primogenitura” (Contra los herejes).
  • Hablando contra uno de los representantes del gnosticismo, emplea la expresión “caravana de los hermanos” para hablar de los compañeros de viaje en la Iglesia: “Vino a la Iglesia (de Roma) e incluso hizo en ella pública penitencia, pero no por ello dejó de perseverar en la herejía, algunas veces enseñando en secreto y otras haciendo de nuevo penitencia; de manera que, convencido de herejía, fue excluido de la caravana de los hermanos” (Contra los herejes).
  • Tema recurrente en los Padres de la Iglesia es buscar en el Antiguo Testamento personajes tipo, que anuncian a Cristo. Ireneo ve en Jacob, que recibe el derecho de primogenitura, el tipo de Cristo, primogénito de muchos hermanos. Esa calidad de primogénito hace de él a través de su muerte y resurrección, el mediador de todos: “Los que llevan el Espíritu de Dios van al Verbo, es decir al Hijo, y el Hijo los conduce al Padre, y el Padre los comunica la incorruptibilidad” (Demostración apostólica).
  • Como fundamento de la historia de la salvación está la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios (Gen 1, 26-27) y más concretamente a imagen del Hijo: “La imagen de Dios es el Hijo, a imagen del cual el hombre ha sido hecho”. (Demostración apostólica).
  • Clemente de AlejandríaSiguiendo a los grandes filósofos griegos, Clemente, afirma como base una fraternidad universal. “Que todos seamos hermanos porque todos pertenecemos al Dios único y solo Señor, Platón lo ha afirmado explícitamente en sus escritos, donde dice más o menos esto: Vosotros que estáis en esta ciudad, sois todos hermanos” (Stromata).Y esa fraternidad es lo que da a Cristo su función de mediador: “Nuestro objetivo es parecernos lo más posible al Logos verdadero; y de ser restablecidos por intermediario del Hijo en la adopción filial perfecta que glorifica sin cesar al Padre por medio del Gran Sacerdote, el cual se ha dignado llamarnos hermanos (Heb 2,11) y coherederos (Rom 8, 17) (Stromata). No se trata, pues, de una mediación externa, puesto que por su encarnación el Verbo se ha hecho hermano de todos.Así pues, a través de los escritos del siglo II comienza a construirse una reflexión que pone en el centro al Cristo-hermano y entorno a ese centro se establece una Iglesia-fraternidad que subraya la relación fraterna con Él y con los otros miembros de una comunidad abierta a todos. Esto permite una vida animada por el Espíritu Santo en la caridad, en la acogida y en la fuerza del testimonio, que tiene su expresión máxima en el martirio.
  • Durante el siglo III la reflexión se amplia y articula en diversos aspectos y el vocabulario de la fraternidad se hace más frecuente y variado. En contraste con esa abundancia de autores y textos, aquí vamos a seleccionar solamente unos pocos que nos parecen particularmente significativos.
  • Y esa fraternidad en Cristo es la que lleva a los bautizados a tratarse como hermanos entre ellos “Jesús es la plenitud de la ley para justificar a todos los que creen en él (Rom 10,4). No es un esclavo fabricante de esclavos, sino que El hace hijos, hermanos y coherederos de todos los que cumplen la voluntad del Padre (Mt 12, 50) (Quis dives). Pero se trata de una fraternidad abierta a todos, no como los gnósticos que proponían un camino elitista. Comentando la 1Carta a los Corintios, dice: “Quiere hablar no solo de los hermanos en la fe, sino también de los residentes extranjeros, pues no podemos saber si quien hoy nos es hostil no accederá después a la fe. En consecuencia, aunque todos no sean, a nuestro parecer, nuestros hermanos, lo son en realidad” (Stromata). Clemente distingue entre una Iglesia visible y una Iglesia espiritual, pero ambas animadas por el amor y en tensión hacia la Parusía.
  • Pero hay una fraternidad más profunda e íntima en Cristo: “¡Que gran benefactor es aquél que nos ha dado lo más grande, su alma (Jn 15,1”)! ¡Oh benefactor y amigo de los hombres, que ha querido ser su hermano (Heb 2, 11-12), cuando hubiera podido ser su Señor! Llevó incluso su bondad hasta morir por nosotros” (El Pedagogo).
  • Es interesante constatar cómo se sirve del término “hermano” en sus escritos y las diversas perspectivas en que lo emplea.
  • La Didascalia
  • Escrito hacia el año 235 este libro anónimo es una invitación a buscar la paz y la concordia. He aquí uno de sus pasajes: “Si hay hermanos que tienen causa de disputa entre ellos, lo que Dios no quiera, vosotros los responsables debéis saber que esos no hacen obra de fraternidad en el Señor”
  • Orígenes
  • El gran catequista y teólogo alejandrino, en su Comentario al Evangelio de San Juan, identifica la Iglesia como Fraternidad: “Quien da testimonio a la verdad y la defiende con sus palabras, por sus obras o por sus actividades de cualquier tipo puede ser considerado como mártir, es decir testigo. Pero según la costumbre de la Fraternidad, admirados por las disposiciones de de quienes han combatido hasta la muerte por la vedad o la castidad sólo se da el nombre de mártires en toda la fuerza del término a los que a los que han rendido testimonio al misterio de la piedad mediante la efusión de la sangre”. La raíz bautismal de la fraternidad es subrayada por todos los autores. Orígenes en su Homilía sobre la Pascua, escribe: En efecto, la adopción filiar en Cristo nos ha concedido poder obtener una salvación de tan gran precio a nosotros que no hemos nacido de la sangre del hombre y la mujer ni de sus voluntades, pero que Cristo reconoce como hermanos cuando dice: “Anunciaré tu nombre a mis hermanos” (Sal 21,23)”
  • Tertuliano
  • Escribe en latín a lo largo del siglo III. Antes de adherir a la herejía montanista, sus escritos son ortodoxos. En ellos aparece 15 veces el término Fraternidad para designar a la Iglesia, lo que muestra que había empezado a ser un término bastante corriente. Describiendo la comunidad cristiana dice: “Con cuanta mayor razón son llamados hermanos (los cristianos) y considerados como tales los que han reconocido como Padre al mismo Dios, que han bebido el mismo Espíritu de santidad, y salidos del mismo seno de la ignorancia, han visto brillar la misma Luz de la verdad (Cristo)” (Apologética). Siguiendo la tipología de Cristo-hermano, escribe: “Jacob encarna también la figura de Cristo… porque padeció la persecución de sus hermanos por la gracia de Dios” (Contra Marción).
  • San Cipriano.             El recorrido realizado por los escritos de los tres primeros siglos del cristianismo muestra que el título de “Fraternidad” dado por la 1Carta de Pedro a la Iglesia ha tenido un desarrollo que va del dato bíblico hacia una reflexión cada vez más profunda sobre el misterio cristiano. Esa reflexión se centra en la figura de Cristo, que se ha hecho hermano del hombre por su Encarnación y lo llama a compartir con él la filiación divina y la herencia eterna. De esa realidad fundamental se deriva la exigencia primordial del amor fraterno entre los bautizados, miembros de esta Iglesia-Fraternidad; pero ese amor debe extenderse a todos los hombres, que han sido creados por el Padre a imagen de Cristo y que en su designio están llamados a participar en el Espíritu Santo a esta fraternidad en Cristo que atraviesa todos los lugares y todos tiempos.            Hay que notar, sin embargo, que con la aparición del monaquismo el término “Fraternidad”, sin dejar de aplicarse a la Iglesia entera, adquirió un nuevo sentido restringiéndose a las comunidades de monjes y ascetas. Lo mismo puede decirse del término “hermano” aplicado a sus miembros. La primera vez que esto ocurre está documentado en la Regla de San Basilio, hacia los años 360-370. Y como se sabe esa denominación ha tenido gran fortuna en la vida religiosa a través de los siglos.
  • En esa tradición, muchos siglos después, se inscribe también el Hno. Gabriel Taborin, al igual que otros Fundadores de congregaciones de Hermanos. Su explicación sobre el significado del nombre de Hermano cobra todo su relieve a la luz de la tradición eclesial. “Los nombres de dignidad inspiran y exigen respeto, pero el nombre de Hermano solamente comunica sencillez, bondad y caridad. Es el nombre que Jesucristo, el cordero sin mancha que fue inmolado por la salvación del género humano, ha escogido por sí mismo cuando quiso expresamos con una sola palabra su inmensa bondad y su amor: “Id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea: allí me verán”. ¿No ha querido acaso el Divino Salvador haciendo ese gesto designar con tan amable nombre a aquellos a quienes llama a vivir en comunidad y que en ella quieren seguir los consejos evangélicos?” (Nuevo Guía 6)
  •             Esa misma reflexión ha continuado en la época clásica de los Padres de la Iglesia de los siglos IV y V y aun después.
  • Estuvo al frente de la iglesia de Cartago del 248 hasta su martirio en 258. Es característico en sus escritos su amor por la unidad de la Iglesia: “Esta es la unidad que debemos mantener y defender con firmeza, sobre todo nosotros los obispos, que ejercemos la presidencia en la Iglesia, para aportar la prueba de la función episcopal, pues ella es también una y sin división. Que nadie engañe a la Fraternidad con la mentira y que nadie altere la verdad de la fe mediante una pérfida traición” (De unitate Ecclesiae). Y en su Comentario al Padre nuestro presenta un texto citado muchas veces: “Dios no recibe el sacrificio de quien se complace en las disertaciones; más bien le ordena que se aleje del altar para reconciliarse antes con su hermano (Mt, 5, 24), pues Dios acepta las oraciones de quienes aman la paz. El mayor sacrificio ofrecido a Dios, es nuestra paz y nuestra concordia fraterna y así el pueblo es uno a partir de la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Durante toda su vida el cristiano debe intentar, según la expresión de San Cipriano “llegar a ser lo que es”. A ello le ayuda compartir su fe y su vida con otros: “La expresión “habitar los hermanos juntos” quiere decir habitar en la Iglesia. Y habitar en la Iglesia, comprendámoslo, es la enseñanza de la Iglesia, es el comportamiento eclesial. Aquel que piensa según la doctrina de la Iglesia y vive según ella, habita en la Iglesia de Dios” (Comentario al salmo 132)

Las enseñanzas actuales de la Iglesia sobre la vida religiosa avalan igualmente esa perspectiva: “La comunidad religiosa, en su estructura, en sus motivaciones y en sus valores calificadores, hace públicamente visible y continuamente perceptible el don de fraternidad concedido por Dios a toda la Iglesia. Por ello tiene como tarea irrenunciable, y como misión, ser y aparecer una célula de intensa comunión fraterna que sea signo y estímulo para todos los bautizados” (La vida fraterna en comunidad, 2).

Y más específicamente sobre los religiosos-hermanos: «Estos religiosos están llamados a ser hermanos de Cristo, profundamente unidos a El, primogénito entre muchos hermanos (Rm 8, 29); hermanos entre sí por el amor mutuo y la cooperación al servicio del bien de la Iglesia; hermanos de todo hombre por el testimonio de la caridad de Cristo hacia todos, especialmente hacia los más pequeños, los más necesitados; hermanos para hacer que reine mayor fraternidad en la Iglesia ». Viviendo de una manera especial este aspecto de la vida a la vez cristiana y consagrada, los « religiosos hermanos » recuerdan de modo fehaciente a los mismos religiosos sacerdotes la dimensión fundamental de la fraternidad en Cristo, que han de vivir entre ellos y con cada hombre y mujer, proclamando a todos la palabra del Señor: « Y vosotros sois todos hermanos » (Mt 23, 8). (Vita consecrata, 60)

El mensaje del Papa Francisco para la jornada de la paz de 2014 ha ofrecido un panorama amplio y profundo sobre la fraternidad en el mundo de hoy. Empieza así: “En este mi primer Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, quisiera desear a todos, a las personas y a los pueblos, una vida llena de alegría y de esperanza. El corazón de todo hombre y de toda mujer alberga en su interior el deseo de una vida plena, de la que forma parte un anhelo indeleble de fraternidad, que nos invita a la comunión con los otros, en los que encontramos no enemigos o contrincantes, sino hermanos a los que acoger y querer.

De hecho, la fraternidad es una dimensión esencial del hombre, que es un ser relacional. La viva conciencia de este carácter relacional nos lleva a ver y a tratar a cada persona como una verdadera hermana y un verdadero hermano; sin ella, es imposible la construcción de una sociedad justa, de una paz estable y duradera.”

Hno. Teodoro Berzal

Belley, julio de 2015