Queridos hermanos
y miembros todos de las “Fraternidades Nazarenas”:  

El sábado pasado, día 15 de octubre, el Papa Benedicto XVI, en la Plaza de San Pedro, se dirigía a 150.000 niños y niñas que se están preparando para hacer la primera Comunión, y les decía: ” Me acuerdo muy bien del día de mi primera comunión. Fue un domingo de marzo del 1936; por lo tanto, hace 69 años. En ese día brillaba el sol.. la iglesia mostraba su gran esplendor… la música… son muchas las cosas bonitas que están en mi recuerdo”.

Al oírlo me vinieron a la mente las palabras del Hermano Gabriel, cuando en su biografía habla de su primera Comunión: “Fui feliz cundo pude hacer la primera Comunión a la edad de 11 años en la iglesia de mi parroquia natal. Fue el día de la fiesta de la Santísima Trinidad y me había preparado a este acontecimiento con un retiro. Nunca se ha borrado de mi corazón el recuerdo de ese día, pues ha dejado en él felices recuerdos religiosos”.

Aunque el “Año de la Eucaristía” ha terminado y pensando que algunas iniciativas trascienden las fechas de calendario, me he  cuestionado la conveniencia de retomar algunas reflexiones en torno a la Eucaristía. Y lo voy a hacer deshojando el diario de la vida del Hermano Gabriel Taborin, deteniéndome ante su actitud con Jesús Hostia.

Sé que más de uno habrá hecho semejantes reflexiones durante el año ya pasado,  pero también pienso que todavía pueden ayudarnos a profundizar en nuestra relación con Cristo, presente en el Tabernáculo, a agradecerle este gran don, y a no olvidar que, como nos dice el Hermano Gabriel, Cristo nos espera en el Sagrario para ayudarnos en las pruebas,
darnos la paz en los momentos difíciles e infundirnos coraje y alegría cuando  estamos dispuestos a ser “don por los demás”.

Recorriendo el itinerario espiritual del Hermano  Gabriel, descubrimos enseguida que estamos ante un hombre de la Eucaristía. Un hombre que ha hecho de la Eucaristía el punto de referencia de su vida.

Las raíces de su piedad eucarística ya las encontramos en su infancia. El Hermano Federico Bouvet, su primer biógrafo, lo dice expresamente en el manuscrito B, cuando señala que primero su madre y desde los seis años el párroco José Rey, incrementaron su amor hacia Jesús Sacramentado. El piadoso sacerdote, en efecto, conducía al pequeño delante del altar y antes de darle la catequesis, le decía: “Hijo mío, estamos ante el Sagrario. Ahí está Dios. No le podemos ver, pero él sí que nos ve. Por eso debemos ser muy juiciosos”. Impresionado por esta gran realidad, el niño Gabriel empezó a asistir todos los días a la santa misa.

Los testimonios de sus compaisanos de Belleydoux son elocuentes. Nos recuerdan que sus juegos de infancia con sus amigos pastores, tuvieron como centro de interés la Eucaristía: construía altares, confeccionaba ornamentos litúrgicos de papel, organizaba procesiones, celebraba “misas blancas”, predicaba homilías…  Refieren que transformó su habitación en capilla, “donde había levantado un altar, reunía a los muchachos del pueblo e imitaba los gestos y ritos de la misa.”

A estas  iniciativas añadía las que el párroco le confiaba: enseñar a los más chicos cómo tenían  que recibir el Cuerpo del Señor, cómo se debía mantener la cabeza, … Incluso en sus ensayos empleaba algunas hostias. También daba mucha importancia a las formas externas. Eran para él un modo de demostrar a quién se iba a recibir.

De joven, Jesús Sacramentado siguió siendo el centro de su espiritualidad. Y las funciones que aceptó en su parroquia: maestro, cantor y sacristán, “clerc”… fueron una ocasión y motivo para poder estar cercano a Jesús Sacramentado. Hacía cuanto dependía de él para que la iglesia y el altar presentasen un aspecto decoroso y digno del Huésped Divino. Quería despertar en quien entraba en el templo, el más grande respeto. Y durante la celebración de los oficios divinos exigía a los muchachos un comportamiento correcto y serio, incluso empleando una cierta severidad.

La eucaristía tuvo un papel determinante tanto en su vocación como en la inspiración carismática que tuvo y en sus obras. Tras los primeros fracasos en la fundación de un nuevo Instituto, a pesar de tenerse que ocupar de la formación de la juventud un tanto abandonada y del cuidado de la casa de Dios, Gabriel no abandonó sus ideales apostólicos.  En espera de poder llevar a cabo su proyecto se entregó de lleno al ideal que tenía.

Mons. Devie, obispo de Belley, que lo conocía bien y apreciaba sus cualidades de apóstol,  lo nombró “catequista itinerante“. Los párrocos le confiaban la preparación a los Sacramentos, sobre todo a la primera Comunión, momento fundamental para la formación espiritual de una persona.

Gabriel conservó siempre un grato recuerdo de aquella experiencia: “Me entregaba a este santo ministerio con gran alegría y procuraba dar toda la solemnidad posible a las primeras comuniones de los niños. Los preparaba con un retiro a ese acontecimiento, en el que en los albores de su vida reciben las arras de la vida eterna. En mis exhortaciones les invitaba a recordar cada año con fervor el aniversario de su primera comunión; es alo que yo mismo he practicado siempre”.

Y este aspecto de su apostolado lo subrayó como punto importante algunos años después, cuando, en un momento de difíciles relaciones con el obispo de Chambéry, Mons. Billet, que, por  presiones de algunos párrocos, le prohibió  predicar en la capilla de Tamié, le escribía en estos términos: “En varias ocasiones le he hablado, Monseñor, del fuerte atractivo que siempre he tenido por enseñar el catecismo y exhortar a la juventud y a los fieles… He dado treinta y tres  retiros de primeras Comuniones, de los cuales diez en Belley”…

El Hermano Gabriel se entregó de lleno a su vocación de Hermano y a su específica misión carismática poniendo a Jesús Eucaristía en el centro de la atención de su Congregación. Es una de las notas dominantes de su espiritualidad. Su Congregación nació de una historia eucarística, y la Eucaristía quedará en el centro de  la acción pastoral de su Instituto.

En efecto, para el Hermano Gabriel, el Hermano de la Sagrada Familia  es un religioso laico como los demás, pero al mismo tiempo diferente. Como hombre, trabaja como laico en el mundo, pero, además,  posee un alma de monje, se siente unido íntimamente a Dios, busca su gloria, y pone a Cristo, presente en el Sagrario, en el centro de su vida. Y esto lo quiere como distintivo de su Congregación.

Escuchemos lo que el mismo Hermano Gabriel escribe sobre su vocación en un borrador de su biografía: “Desde mi juventud pensé lo importante y útil que sería una Sociedad religiosa de Hermanos que se dedicara a instruir a la juventud y, al mismo tiempo, servir en las iglesias y cantar las alabanzas de Dios. Busqué en vano una congregación con esas características y no logré encontrar ninguna de este género en Francia”. Y entonces pensó en fundarla. Su experiencia de laico en Belleydoux fue ciertamente determinante para esta opción.

Todas las Congregaciones de Hermanos nacidas en Francia en el siglo XIX, tenían una misión parecida: recristianizar , a través de la escuela, aquella sociedad francesa posrevolucionaria. Pero la fisonomía interna de cada una de esas Congregaciones era diferente. Podemos descubrir matices importantes que las diferencian. Para la Congregación que el Espíritu Santo inspiró al Hermano Gabriel, uno de estos “importantes matices” es, precisamente, el “cuidado de los altares”.

Y el empeño de dedicarse a hacer cada vez más digna la morada de Dios entre nosotros, ha sido uno de los factores que, a pesar de los fracasos iniciales, ha llevado al Hermano Gabriel a rechazar las ofertas de fusión con otros Institutos religiosos y en su insistencia por fundar un Instituto propio: “Los Hermanos de la Cruz no se encargan del cuidado de las iglesias”… La Congregación de los Padres Maristas no “tiene esa finalidad”, … afirma el Hermano Gabriel. Y el Hermano Amadeo, su sucesor, confirmaba que nuestro Fundador rechazó todas las propuestas que se le hicieron porque “no se dedicaban al servicio de las iglesias y a la ornamentación de los altares, en donde nuestro Señor Jesucristo está presente“. Y añade una frase muy significativa: “Es al amor que el piadoso Hermano Gabriel tuvo por Jesús – Hostia que se debe la creación de nuestro Instituto.” Y  hace referencia a inmensa alegría que el Fundador experimentaba cuando podía ofrecer algún Hermano para el cuidado de los altares. “En cuanto tuvo un Hermano disponible, lo mandó para el servicio de la catedral de Belley y fue feliz cuando, más tarde, pudo mandar Hermanos  a las grandes parroquias de París y a otros lugares.”

En el Hermano Gabriel todo nace y se fortalece en su relación íntima con la Eucaristía: su vocación, su religiosidad, su celo por el bien material y espiritual del prójimo, su carisma de apóstol, sus obras.

En las anotaciones que figuran en su libro de cuentas, notamos la alegría que experimenta cuando el Obispo le autoriza a abrir una pequeña capilla en la casa de Belmont y conservar en ella la Eucaristía. La define como el “corazón” de la comunidad. Y no tiene reparos en destacar, como un momento muy importante, la celebración en aquella capilla de la primera comunión de seis pensionistas.

En conformidad con su ideal que era servir Dios ante todo, y si fuese posible, servirle lo mejor posible, no titubeó en imponerse grandes sacrificios. Ante la necesidad  de agrandar la Casa Madre de Belley, quiso construir en ella una nueva capilla dedicada a la Sagrada Familia, pues la considera como “corazón de la casa”. Para llevarlo a cabo no tuvo reparos en hacer un gran sacrificio: la venta de los derechos de autor del libro “El ángel conductor de los peregrinos a Ars.”   Su biógrafo subraya que “nada le parecía tan  hermoso como las capillas o iglesias, los  ornamentos y los  vasos sagrados… y su pesar eran el no tener ornamentos suficientemente ricos, ni vasos sagrados dignos de la Majestad Suprema, pero lo suplía con su piedad.”

El Hermano Federico nos recuerda  que “la divina Eucaristía constituía su alegría. Se acercaba a la Comunión y al santo altar con el más grande respeto y la más profunda humildad, pero también con el amor más ardiente y la confianza más absoluta.”   “Apreciaba y deseaba que todos pudiesen experimentar la felicidad de una comunión bien hecha que puede santificar un alma, pero le horrorizaba una comunión indigna. El religioso santo, – solía decir -, tiembla en todo su cuerpo y está atento a no caer en una tal desgracia.”

El Hermano Amadeo Depernex contaba que en más de una ocasión, “cuando tenía que tratar algo particularmente importante llevaba sus escritos a la capilla y los depositaba sobre el altar delante de lo Santísimo, para encomendarlos a la bondad y a la potencia de Nuestro Señor Jesucristo.”

Algunas veces, frente a decisiones importantes que debía tomar, invitaba a los novicios más piadosos a permanecer de rodilla delante del Sagrario pidiendo luz para su Superior.

El Hermano Gabriel hizo de la Eucaristía el manantial de la caridad ardiente que le permitía mantener el coraje y la fuerza para superar todas las dificultades. Un discípulo suyo ha afirmado que el Sagrario fue para él lo más atrayente e irresistible de su vida. Y que “de día y de noche pasaba ante de él horas enteras”.  El Hermano Ignacio añade lo que los demás Hermanos ya habían constatado en su Fundador: “De viaje, vi cómo mandaba a sus Hermanos a descansar al albergue, mientras  él se dirigía a la iglesia.”

De la vida eucarística y del contacto con Jesús Sacramentado sacó la capacidad de hacerse “cuerpo entregado”, sacrificándose y así hacer frente a las necesidades de sus Hermanos y del mundo.

Benedicto XVI, en su primera canonización del 23 de octubre pasado, en una Plaza de San Pedro repleta de fieles, al concluir el “Año de la Eucaristía”, volvió a llamar la atención sobre esto, cuando, refiriéndose a los nuevos Santos, nos invitaba a contemplar la Eucaristía como manantial de santidad y alimento espiritual para nuestra misión en el mundo, para ser “pan partido” para los demás, y entregarnos así a hacer un mundo más justo y fraterno.

El Hermano Gabriel ha puesto la vida eucarística en el centro de su Congregación. Sería muy largo traer aquí las numerosas referencias que aluden a este hecho. Quiero sólo insistir sobre dos textos, uno de las Constituciones y Reglamentos del 1838, art. XXXVII, que subraya un aspecto sencillo y muy concreto: el Hermano Gabriel recuerda a los Hermanos sacristanes, que, aunque estén muy ocupados y con prisas, nunca pasarán  delante del tabernáculo, con el Santísimo Sacramento presente. sin saludarlo con una reverencia profunda o una genuflexión, diciendo: “Mi Dios, doblo la rodilla delante de Ti, porque te reconozco como mi Creador, mi Salvador, mi Dios.”  Y otro texto del “Nuevo Guía”, cap. XX – II – n. 424 y 425,: “La comunión no sólo es el acto más sublime, el más importante y el más santo de nuestra vida, sino de toda la religión cristiana”…   “No hay, por lo tanto, nada en el mundo que los Hermanos deban desear más, que el  acercarse al divino misterio del altar”.

Su amor por la eucaristía también se manifestó con los amigos de la Eucaristía. Baste recordar la estrecha amistad que mantuvo con el Santo Cura de Ars, que permanecía horas enteras en adoración, que invitaba a arrodillarse delante del Santísimo Sacramento antes de tomar decisiones importantes. También conviene recordar sus relaciones con San Pedro Julián Eymard, fundador de la Sociedad del Santísimo Sacramento.

En el Manual de los Cofrades de Santa Ana, después de haber hablado de las condiciones necesarias para recibir la Eucaristía, añade: “Un cristiano, que conoce la grandeza del adorable misterio de la Eucaristía, ¿puede permanecer indiferente o estar distraído antes de recibir la comunión o no tener sentimientos de tierna piedad? Un día, una semana, todo un año, la vida entera no bastarían para prepararse a una acción tan grande como es la de recibir a Dios en nosotros. Y añade: “El día antes de hacer la comunión, al acabar el día, tratad de dormiros con este pensamiento: – Yo, mañana, tengo que recibir a mi Dios -. Y el día después, al levantaros, meditad el mismo pensamiento… y no olvidéis nunca que es el corazón quien tiene que hablar a Dios.”

Como he señalado al principio, este rápido repaso sobre la vida del Hermano Gabriel y su relación con la Eucaristía pretenden ser una invitación a los Hermanos y a los miembros de las Fraternidades Nazarenas, a cuestionarse sobre su amor a la Eucaristía, para que, a ejemplo de nuestro padre Fundador, cada uno de nosotros se convierta cada vez más  en auténtico discípulo de Cristo, consciente de que la espiritualidad eucarística no es solamente participación en la Misa y en la devoción al Santísimo, sino una espiritualidad que abarca toda la vida.

Estas breves reflexiones al principio del mes de noviembre, tradicionalmente dedicado a honrar al Hermano Gabriel, nos lleven a intensificar nuestra oración para conseguir su “Beatificación.”

Fraternalmente en Jesús, Maria, José, juntamente con el Hermano Gabriel, os saluda.

Fratel Carlo Ivaldi

Roma 1 de noviembre de 2005