La pasión y muerte de Jesús – Descubrir el amor

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo (26,14–27,66)

Lectio
Domingo de Ramos, Comienzo de la Semana Santa. Nos hallamos frente el misterio más profundo de nuestra fe, a la suprema revelación del amor de Dios que se ha manifestado en Jesús. Para las comunidades cristianas de todos los tiempos la narración de la pasión, de la muerte y de la resurrección de Jesús es el manantial donde se renuevan la fe, la esperanza y el amor. En la Semana Santa, durante la lectura de la Pasión y Muerte de Jesús, no conviene una actitud de búsqueda e investigación racional. Conviene permanecer en silencio.

La Muerte de Jesús.
Desde mediodía hasta las tres de la tarde, la oscuridad reina en toda la tierra. Hasta la naturaleza siente el efecto de la agonía y la muerte de Jesús. Colgado de la cruz, careciendo de todo, sale de su boca un lamento del Salmo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Jesús entra en la muerte, orando, expresando el abandono. Colgado de la cruz, Él se encuentra en un aislamiento total: Judas lo ha traicionado, Pedro lo ha renegado, los discípulos han huido, las mujeres estaban indudablemente lejanas, las autoridades lo escarnecen, los transeúntes lo insultan, el mismo Dios parece abandonarlo. Y este es el precio que ha pagado por la fidelidad a su opción de seguir siempre el camino del amor y el servicio para redimir a sus hermanos. Él dijo: “El Hijo del hombre no ha venido para ser servido sino para servir, y dar su vida en rescate por muchos.” En el abandono y en la oscuridad, Jesús lanza un fuerte grito y espira. Muere lanzando el grito de los pobres, porque sabe que Dios lo escucha. Con esta fe, Jesús entra en la muerte. La carta a los Hebreos comenta: ” Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial.” La resurrección es la respuesta de Dios a la oración y el don que Jesús hace de su vida.
En el Calvario estamos ante de un ser humano torturado, excluido por la sociedad, completamente aislado, condenado como hereje y subversivo por el tribunal civil y religioso. A los pies de la cruz, las autoridades religiosas confirman por la última vez que se trata realmente de un rebelde fracasado y lo reniegan públicamente. En esta hora de muerte la identidad de Jesús sólo es revelada por un pagano: “Verdaderamente ése era el Hijo de Dios.” De ahora en adelante, si quieres encontrar realmente el Hijo de Dios no lo busques arriba, en el cielo lejano, ni en el Templo cuyo velo se desgarró, sino búscalo junto a ti, en el ser humano excluido, desfigurado, sin belleza. Búscalo en los que, como Jesús, dan su vida por los hermanos. Es allí donde Dios se esconde y se revela, y es allí donde podemos encontrarlo. Allí se encuentra la imagen desfigurada de Dios, del Hijo de Dios, de los hijos de Dios. No hay prueba de amor más grande que dar la vida para los hermanos
Con la resurrección de Jesús, el Padre anuncia al mundo entero esta Buena Nueva: quien vive la vida como Jesús sirviendo a los hermanos es victorioso y vivirá para siempre, aunque muera y aunque lo maten. Y este el Evangelio del Reino que nace de la cruz.

Con ojos nazarenos
La comunidad asume con fe y valentía las dificultades y pruebas que se presenten en su camino. Son ellas las que ponen al descubierto las motivaciones evangélicas que la animan y la hacen participar en las pruebas y sufrimientos de la Sagrada Familia y en la pasión de Cristo. (Constituciones n.92).

Oremos
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»

En Nazaret
Jesús en la cruz hará suya la invocación inicial del salmo “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Los nazarenos lo abandonarán cuando empiece a hablarles de cómo Dios ha venido para salvarlos. Sólo María y José le serán fieles hasta al final. En la cruz Jesús llevará todo dolor humano, bajo la cruz su madre y Juan descubrirán hasta dónde es capaz de llegar Dios para decirnos que nos ama. (Hno. Lino Da Campo)

Intenciones
Con la conciencia de que la medida del amor de Dios hacia nosotros es la de ser sin medida, le pedimos al Padre de nos haga capaces de acompañar a Jesús en el camino de la cruz, para participar en su resurrección. Oremos:

Para que la Iglesia levante con ánimo la estandarte de la cruz, anunciando con él a Cristo, el Hijo de Dios que se consagra y muere por los pobres, los pequeños, los desheredados y él oprimidos;

  • Para que los cristianos que son perseguidos en varias partes del mundo tengan la fuerza de asociar sus sufrimientos con los padecimientos de Cristo en cruz, manantial de salvación para la humanidad;
  •  Para que los enfermos que sienten cercana la muerta tengan la paz y el consuelo del amor de Dios, que nos espera en la felicidad eterna;
  •  Para que con los ojos de la fe reconozcamos las enseñanzas de la Pasión de Jesús y nos hagamos don de amor para los hermanos.