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TESTAMENTO ESPIRITUAL DE GABRIEL TABORIN,
SUPERIOR GENERAL Y FUNDADOR DE LA
PIADOSA ASOCIACIÓN
DE LOS HERMANOS DE LA SAGRADA FAMILIA
Y SUS ÚLTIMOS AVISOS A SU COMUNIDAD
En nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu
Santo, un solo Dios en tres personas.
Yo, Gabriel Taborin, fundador y primer Superior General de la piadosa
Asociación de los Hermanos de la Sagrada Familia, cuya sede está en
Belley, no sabiendo cuándo llegará el momento de mi muerte, pero
considerando que me queda poco tiempo de vida y que se acerca para mí el
momento de la eternidad; humildemente postrado a los pies de la soberana
majestad de Dios, creador y conservador de todas las cosas y supremo juez
de vivos y muertos, después de haber invocado con mucha fe y confianza la
ayuda del Espíritu Santo, de la Sagrada Familia, Jesús, María y José, como
también la de mi santo ángel de la guarda y de mi santo patrono, hago el
presente testamento para mayor gloria de Dios y con el fin de proclamar
las gracias de las que el Señor me ha colmado y i cuáles son las
disposiciones en que me encuentro con respecto a la religión y a mi
querida Asociación. He dividido este testamento en tres partes.
I.
Puedo
testimoniar con profundos sentimientos de agradecimiento que he tenido la
satisfacción de ser hijo de unos padres cristianos, que me criaron
siguiendo los principios de la religión. Se lo agradezco de todo corazón y
pido a Dios que los recompense por ello en el cielo, donde tengo la dulce
y consoladora esperanza que se encuentren y adonde espero ir a
acompañarlos, como también a los Hermanos de la Sagrada Familia que me han
precedido en la tumba y en el juicio de Dios.
Declaro que desde mi adolescencia sentí una inclinación muy
especial hacia la vida religiosa. Mi única aspiración era llegar al
momento en el que tendría la oportunidad de consagrarme a Dios en ese
estado. Una vez religioso, yo hubiera ciertamente debido ser el último en
una comunidad, dada mi indignidad, mis pocos talentos y mi escasa ciencia.
Nunca pude imaginar que la divina providencia, en la que siempre he tenido
la mayor confianza y que siempre me ha ayudado de manera palpable, hubiera
elegido un instrumento tan débil para fundar una Congregación religiosa,
que el Soberano Pontífice se ha dignado aprobar, y para conducirla, con la
ayuda de Dios, a la situación en que hoy se encuentra. Toda la gloria
pertenece a ese Dios de bondad a quien agradezco humildemente por haberme
confiado una tal misión. Es verdad que me dio una poderosa ayuda en la
persona del ilustre y venerable obispo de Belley, Mons. Devie, de gloriosa
y santa memoria, que ha sido nuestro padre según Dios y cuyos sabios
consejos fueron para mí como mensajes inspirados.
Declaro también que desde mi
niñez hasta hoy, el Señor se ha dignado colmarme de innumerables favores.
Por desgracia es posible que no haya correspondido siempre a ellos; me
humillo profundamente ante él y le pido sinceramente perdón, rogándole que
considere más mi debilidad que mi malicia. Si me fuera dado vivir todavía
algún tiempo después de escribir estas líneas, le suplico que continúe
dándome hasta el último suspiro las gracias que siempre me ha dispensado,
tanto en el orden espiritual como material. Prometo, desde lo más profundo
de mi corazón, ser menos indigno de ellas que hasta ahora: ese es mi mayor
y mi más sincero propósito.
Agradezco mucho a todos aquellos de quienes soy padre y Superior en
religión, por la paciencia y benevolencia con que han soportado mis
defectos y por haberme mantenido tanto tiempo como Superior. Les pido,
como también a todos los que me han conocido y con quienes he vivido, que
perdonen las faltas que habrán notado en mí.
Creo haber tenido siempre
intenciones rectas y puras en mis proyectos y en mi comportamiento; pero
si algo hubiera existido de defectuoso a los ojos de Dios en este aspecto,
le ruego que me perdone.
II.
Deseo morir en la religión católica,
apostólica y romana, a la que siempre me he sentido profundamente unido,
como también al Soberano Pontífice. Durante toda mi vida he aceptado de
todo corazón cuanto ella enseña.
Confieso
ante el cielo y la tierra que nunca he tenido dudas contrarias a la fe. He
amado siempre con todo mi corazón nuestra santa religión y hubiera vertido
por ella mi sangre si alguna circunstancia me hubiera obligado a ello. He
observado siempre que sin la religión el hombre no puede ser feliz ni en
esta vida ni en la otra y que fuera de su seno no hay salvación.
Ofrezco con gusto el sacrificio de mi vida por amor a Dios y en expiación
de mis pecados. Dejaré la tierra sin pesar, por que está llena de miseria
y de pecado, y porque no es más que un exilio que nos aparta de nuestra
verdadera patria. Exhorto igualmente a nuestros buenos Hermanos a
desprenderse de este mundo y a aspirar únicamente a la Santa Sión, morada
de los elegidos.
Me doy cuenta de que me estoy convirtiendo en un servidor inútil. Pero si
Dios, cuyos designios nos son desconocidos, quiere mantenerme aún por
algún tiempo en esta vida, le digo con San Pablo: Señor, no rehuso el
trabajo. ¡Quiera él que sólo haya trabajado por su gloria y para mi
salvación! Ese era el fin para el que fui llamado a la vida religiosa.
Cuando Dios quiera retirarme de este
.mundo, le ruego insistentemente que, por los méritos de su adorable Hijo
y los de la Santísima Virgen, me perdone los pecados que la fragilidad
humana me haya llevado acometer. Le pido que acoja mi alma con
misericordia, después de haber sido fortalecido con los sacramentos de la
Iglesia, los cuales yo deseo recibir antes de encontrarme en la última
agonía, para que produzcan en mí las abundantes gracias que llevan consigo
cuando son recibidos con santas disposiciones.
Pido perdón con toda humildad a todos
los miembros de mi Comunidad, como también a quienes haya podido ofender o
escandalizar de cualquier modo. Por mi parte perdono de buena gana a todos
los que me hayan ofendido y a quienes hayan podido hacerme algún
perjuicio.
Pongo mi alma y mi salvación entre
las manos de Dios, mi creador y mi último fin. En cuanto a mis restos
mortales, deseo que sean confiados a la tierra con las ceremonias
acostumbradas en la Iglesia y siguiendo las reglas y usos establecidos en
la Asociación de la Sagrada Familia para la sepultura de sus miembros.
Deseo que inmediatamente después de
mi fallecimiento, el Hermano Vicesuperior de la Asociación, de acuerdo con
el Consejo de la Casa Madre, notifique mi muerte a todos mis queridos
Hermanos de la Sagrada Familia, les dé a conocer el presente testamento y
les mande que recen por el eterno descanso de mi alma, como está prescrito
en el capítulo 26 de nuestra santa Regla.
Si Dios me da la gracia de ir al cielo, no olvidaré en el
descanso de la gloria eterna a la querida Comunidad de la Sagrada Familia
ni a quienes han sido sus protectores y bienhechores. Tampoco olvidaré a
mis parientes y amigos. Rezaré también por mis confesores y por quienes
han sido mis Superiores en la tierra. Asimismo rezaré por Francia, mi
querida patria, y por el pueblo que me vio nacer. Estas son mis
intenciones. Pido a Dios poderlas realizar en la morada de los
bienaventurados. Ojalá que mis acciones puedan merecerme tal felicidad.
Así lo espero también de la protección de la santísima Virgen, en quien
siempre he tenido gran confianza y a quien he profesado una devoción muy
especial. Le ruego me asista cuando la muerte cierre mis ojos.
III.
Entrego a Dios y consagro a la santísima
Virgen a los Hermanos de la Sagrada Familia de los que el Señor ha querido
sea el padre y Superior.
Dejo en herencia a esos dignos hijos, tan queridos todos para
mí, el Guía de los Hermanos de la Sagrada Familia con las Reglas que Dios
me ha inspirado para ellos. Les recomiendo que las practiquen con gran
fidelidad porque en ellas encontrarán la vida y la felicidad. Si se
desviaran de las mismas, pronto perderían el espíritu de su estado de vida
y se expondrían también a perder su santa vocación. En ese caso, en lugar
de hacer el bien que con razón se espera de ellos, harían únicamente el
mal y se perderían. Ofenderían además al Dios bondadoso que, como a mí,
les ha colmado de gracias, sobre todo separándolos del mundo, donde
existen tantos peligros para la salvación.
En cuanto Dios me haya llevado de
este mundo, mostrando así que las riendas de la Congregación deben ser
confiadas a otras manos, los miembros del Capítulo elegirán lo antes
posible otro Superior, que sea según el corazón de Dios y pueda terminar y
perfeccionar lo que yo he comenzado con tantos sufrimientos y luchas, sin
haberme por eso desanimado, gracias a la ayuda de Dios. Les recomiendo que
respeten a su nuevo Superior y que lo consideren como su padre y su mejor
amigo.
Para no influir sobre el voto de nadie y para no ir contra la
Regla, no nombro a mi sucesor. Invito, sin embargo, a los Hermanos de la
Asociación que por su posición están llamados a elegirlo, a que no decidan
nada sin consultar a Dios por medio de la oración y también al obispo de
Belley.
Ruego al Señor que mi sucesor repare mis deficiencias; que
haga lo que yo no he podido o no he sabido hacer; que mantenga intactas
nuestras Reglas y las haga practicar; que sea un buen padre para con todos,
que sea hombre de fe y que con frecuencia invite a nuestra querida
Comunidad a rezar por mi eterno descanso.
Recomiendo a todos los Hermanos, por el amor y el interés que
siempre les he tenido, que se amen mutuamente durante toda su vida y que
se estimulen al bien unos a otros. ¡Cuánto deseo, como he tenido ocasión
de expresar muchas veces, que se mantengan todos constantemente humildes,
en estado de gracia y que sean hombres de oración, que amen y estimen por
encima de todo a Dios, a su Regla y a su Superior! Les recomiendo que
estimen de manera especial la pureza, la obediencia y la santa pobreza;
que sean perseverantes en hacer el bien y en su santa vocación; que sean
pacientes en los sufrimientos de la vida y sepan soportarlos con
resignación, a ejemplo de nuestro divino Salvador. Les recomiendo también
como gran medio de santificación que piensen frecuentemente en sus
postrimerías, que odien el pecado y hagan odiarlo. Les exhorto a amar a
los niños en Dios y por Dios y a educarlos con santo entusiasmo, sobre
todo enseñándoles los principios de nuestra hermosa y santa religión y a
amar la virtud; les exhorto también a darles siempre buen ejemplo.
Les recomiendo igualmente que tengan el mayor respeto a los
ungidos del Señor y a quienes tengan autoridad sobre ellos.
Les recomiendo finalmente que sean el apoyo fiel y constante
de su querida Congregación, cumpliendo su misión con piedad y celo,
honrándola con su buen comportamiento y llevando por todas partes el buen
olor de Jesucristo.
Al terminar este escrito, que es mi verdadero testamento espiritual, hecho
de mi puño y letra, ruego al Señor con toda humildad que le sea agradable
y que me conceda la gracia insigne de morir con la muerte de los justos
para que, cuando mi alma salga de este mundo, viva en Dios y me sean
perdonadas por su infinita misericordia todas las ofensas cometidas.
Sé que para obtener la gracia de una
santa muerte, hay que prepararse cuidadosamente con una vida santa, sobre
todo muriendo a uno mismo. A ello pienso dedicarme durante todo el tiempo
que me quede aún en esta tierra. Quiero morir a mis sentidos, a mis
pasiones, a mis malas inclinaciones y a todo lo que pudiera entristecerme
en el día de mi muerte.
Jesús, soberano juez de vivos y muertos, en ese momento estarás ante mí
para juzgarme. Pero ahora eres aún mi Salvador y mi Padre. Ten piedad de
mi pobre alma que yo quiero salvar. Prepárame tú mismo a presentarme un
día delante de ti, te lo pido humildemente. y tú, Virgen inmaculada,
divina María, Madre de Dios, protégeme sobre todo en los últimos momentos,
en los que se decide mi suerte eterna.
Señor todopoderoso, Dios de Israel, escucha la oración que te
dirijo por la querida Congregación que me has confiado y que yo pongo
ahora entre tus manos. Haz que sea tu obra y no la mía; protégela, cuida
de ella en todos los tiempos y en todos los lugares; no la abandones al
poder de los enemigos; socórrela continuamente en sus necesidades y haz
que bajo tu mano protectora procure siempre tu gloria. Muéstrate propicio,
Dios mío, a todos los Hermanos y novicios de esta querida Sociedad;
derrama sobre cada uno de ellos tus gracias abundantes; aumenta en ellos
la fe, la esperanza y la caridad; inspíralos un vivo horror al pecado y un
sincero arrepentimiento de cuantos hayan cometido, de los que yo pudiera
ser la causa por mis malos ejemplos o por mi falta de vigilancia; haz que
tengan en horror el vicio, que amen su vocación y sean fieles a ella, que
viviendo así se santifiquen y trabajen por santificar a los demás; hazlos
a todos felices en esta vida y en la otra. Esta es la oración que te
dirige, Dios mío, con el mayor ardor el más pobre de los religiosos y el
más indigno de los Superiores. Escúchala, Señor desde el alto trono de tu
divina majestad y bendice a aquellos por quienes humildemente te la he
dirigido. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Así sea.
Firmado.
HERMANO GABRIE
Superior General
Belley, en nuestra Casa Madre, a 25 de agosto de 1864.
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