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Encuentro De Fraternidades Nazarenas, 2006
Plan da Formación para vivir en Fraternidad

 

     En noviembre nos reunimos en Pie­dras Blancas para trabajar el Plan de Formación. El Hermano Provincia! Me pidió preparar el tema, motivarlo y pre­sentar sus líneas teológicas subyacen­tes. Lo hicimos en una presentación de electrónica con contenidos claros y cla­ves, a los que fuimos, en el momento, agregando otros elementos. A continua­ción les comparto ese sencillo trabajo diciéndoles qua está también a disposi­ción de las Fraternidades la presentación por si desean retomarla en sus reuniones.

 

¿Por qué un plan de formación para vivir en fraternidad? 

     Porque pertenecemos a un Instituto, porque es importante tener un lenguaje común en todo el Instituto y con las Fra­ternidades de todo el mundo, con las que nos vamos a seguir encontrando para enriquecernos.

     Los Hermanos tienen su Plan de Formación, y han querido que también los laicos que inte­gramos las Fraternidades lo ten­gamos, nos lo entregan corno un signo de acogida y de unidad y para seguir haciendo camino juntos. Entonces lo primero es recibirlo corno un regalo, con agradecimiento, con alegría, con ilusión.

 

¿Nuestra formación cristiana empieza hoy?  NO. 

     Tampoco empieza hoy nuestra formación en el carisma nazareno. Llevamos muchos años vin­culados al Instituto, aún los in­tegrantes más recientes de las Fraternidades, por algo fueron invitados y aceptaron entrar. Otros tenemos mas de 10 años de esta experiencia de ser Fra­ternidades Nazarenas y hemos hecho un largo camino, retiros, encuentros nacionales e inter­nacionales, hicimos un ciclo de formación de tres años con dos instancias cada uno, además de todos los momentos de forma­ción de cada Fraternidad.

 

¿No tiene sentido enton­ces este "Plan de Forma­ción para vivir en Fra­ternidad" que nos pro­pone el Instituto? 

     Sí, tiene sentido, es una ayuda, una orientación.

     Ni estamos empezando de cero, ni estamos muertos, ni estamos ya en la gloria, esta­mos en camino y siempre nece­sitamos nuevos instrumentos para seguir caminando en el proceso personal, eclesial y comunitario. Para ser fieles a Dios en la historia de salvación, en la construcción de su reina­do.

 

¿Qué es e1 P1an de For­mación? 

     Un instrumento, una herramienta - valiosa coma todas- si la sabe­mos usar, no es un fin en sí mismo, es un medio para crecer.

     La propuesta del Plan de Formación es, entonces, el ins­trumento que ahora nos ofrece el Instituto de los Hermanos de la Sagrada Familia al que esta­mos integrados.

     No es el primer instrumento ni será el último, no es un recetario, ni la panacea univer­sal para la salvación. No es el último celular en plaza, ni so­mos adolescentes para tenerlo en la mano continuamente. No es la nueva Biblia, ni tenemos que andar con este librito bajo el brazo para identificarnos como Fraternidad. Es un instrumento.

 

¿Cómo manejar este P1an? 

      Vamos a ver su índice, su contenido, su finalidad, pero:

      Ante todo – parafraseando a San Pablo- lo vamos a manejar con la libertad de los hijos de Dios, como un viejo sabio to­maremos, de lo viejo y de lo nuevo, lo mejor.

     Luego lo vamos a inculturar, "uruguayizar", para apropiárnoslo y que nos sea realmente útil. Lo vamos a aterrizar a nuestra realidad y por eso este encuentro es ya un modo de ir juntos apropiándonos y hacién­dolo nuestro con nuestra "uruguayez" y luego cada Fra­ternidad lo va a adaptar a su idiosincrasia y a sus necesidades.

 

¿Qué contenidos encon­tramos en e1 P1an? 

     Un buen manejo requiere leer las instrucciones.

     Primero vamos a acercarnos al Plan tal coma nos llegó. Va­mos al índice: además de la presentación nos encontramos con cuatro grandes capítulos:

      I. El significado de la forma­ción.

     II. El período inicial.

    III. El período del compromiso.

     IV. La formación permanente. 

     Pero si se fijan, el librillo no acaba con el índice, contiene un extenso anexo casi tanto como el Plan mismo. Ese anexo tiene abundantes materiales para la reflexión y para la for­mación tanto la inicial como la permanente, pues siempre po­demos encontrar una nueva luz en ellos. Empieza el anexo con una selección de textos bíbli­cos, continuando con el Magis­terio de la Iglesia, luego escri­­tos del Hermano Gabriel y la tradi­ción del Instituto hasta casi el presente con las circulares del Hermano Lino del '88 y '89. Y luego tenemos una serie de oraciones y cantos.

 
¿Cual es e1 sentido, e1 significado, de la formación que amerita por tanto este P1an? 

     Lo dice el mismo Plan, pág. 2 y lo recogió el Hermano Provincial en la invitación a este encuentro:

La persona es un ser en rela­ción llamado a la comunión con las demás personas, consigo misma y con Dios, en armonía con la naturaleza y con la cul­tura en que vive.

La formación es el proceso gradual, continuo y unitario, personal y comunitario, de cre­cimiento.

La formación cristiana es el camino que sigue cada uno para realizarse corno persona, con­figurándose con Cristo median­te la respuesta al don y a la llamada recibida en el bautis­mo.

La formación propia de los miembros de las Fraternidades Nazarenas tiene corno punto esencial de referencia el mis­terio de Jesús, María y José, viviendo corno familia en Nazaret, mediante la asimilación progresiva del ca­risma del Hermano Gabriel.

Este itinerario formativo se orienta al desarrollo de la pro­pia vocación, que es llamada amorosa de Dios y respuesta libre y generosa del hombre, el cual se propone, como Jesús, hacer la voluntad del Padre dejándose guiar por el Espíritu Santo.

La acción formativa es, pues, una participación en la acción del Padre que, mediante el Es­píritu Santo, transforma pro­gresivamente a las personas a imagen de su Hijo.

      En este planteo están varias de las "líneas teológicas" que me pedían plantear: 

     1. La persona, el ser humano, es sujeto y objeto de la formación, destinatario y a la vez artífice de ese proce­so dentro de la comunidad y de la cultura. Solamente dos referencias bíblicas: Géne­sis 1, 26-27; Salms  8, 5-7. No tomamos citas del NT, to­mamos de allí corno refe­rente a Jesús, hombre ver­dadero, nuevo Adán, hom­bre nuevo, el Hijo tal cual el sueño de la creación, ima­gen y semejanza perfecta de Dios. Y pueden leer en el Concilio, en la constitución Gaudium et Spes n° 22, la referencia al misterio del hombre que sólo se esclare­ce ante el Verbo encarnado. 

     2. El plan define muy bien a la persona corno ser en rela­ción, corno apertura, corno ser de comunión, vocacionado a la relación íntima con los demás y con Dios, con la naturaleza y con la historia, para su verdadera realización. El hombre no es tal si no es con-otros, el hombre no alcanza la plenitud sino trascendiéndose, y compro­metiéndose en un proyecto humanizador- 

     3. El hombre y la mujer fueron creados a imagen y seme­janza de Dios para ser interlocutores validos de ese Dios trinitario, del Dios - co­munidad de personas. La vocación más profunda del hombre es- corno dice el Plan- "configurarse a Cris­to", ser "alter Christis", di­cho de otro modo: es la cristificación, la deifica­ción. Ojo, no se trata de usurpar el lugar de Dios, no es la tentación de Adán, es el sueño de Dios y su gran llamado, su propuesta para la humanidad, luego vendrán vocaciones particulares, a la vida religiosa o a la vida laical, al matrimonio, voca­ciones profesionales, etc. 

     4. Y para esto necesitamos la formación, hacer un cami­no, un proceso continuo de liberación, descentramien­to, de autodonación, y ha­cerlo con otros y otras, ha­cerlo en comunidad. Dice el Plan: La acción formativa es, pues, una participación en la acción del Padre que, mediante el Espíritu Santo, transforma progresivamen­te a las personas a imagen de su Hijo. Yo diría partici­pación en el proyecto salvífico de Dios, en su sue­ño de amar, y para ella con­tamos con el Espíritu Santo que nos santifica y transfor­ma en personas y comunida­des verdaderamente huma­nas, y por tanto divinas, a imagen de Jesús, el Hijo. La formación entonces es co­laborar con el Espíritu en esa tarea de humanizarnos ­ deificarnos. 

     5. Hasta aquí el compromiso de toda persona, de todo cristiano, no hemos entrado aún en lo específico de nues­tro carisma. Pero justamen­te antes de entrar quisiera recordarles el planteo del Hermano Enzo Biemmi que me parece una clave fundamen­tal y que ya hemos trabaja­do en otra oportunidad. Dice hablando de la espirituali­dad: "...en sentido propio no hay más que una espiri­tualidad, la de estar disponi­bles a la acción del Espíritu Santo que nos transfor­ma a imagen de Cristo y nos lleva hacia el Padre. Las otras "espiritualida­des" (de las Iglesias parti­culares, de los movimien­tos, de las congregaciones religiosas…) son sólo variantes de la experiencia cristiana común, son mo­dalidades experimentadas y reconocidas por la Igle­sia aptas para llevarnos al que es el camino, la ver­dad y la vida (Jn 14,6). El riesgo de acentuar dema­siado una espiritualidad particular es el de confun­dir el medio con el fin, y perder de vista lo que es común, siempre más am­plio que lo específico. 

     6. En cuanto a la formación en la espiritualidad nazarena recojo otras claves que el mismo Hermano Enzo propone para el Instituto, a la luz del Concilio Vaticano Il:

a. Fundamento cristológico. "Fundar nuevamente nuestra espiritualidad nazarena significa en pri­mer lugar unirla al miste­rio de Jesucristo, es de­cir enraizarla en la Escri­tura, que es la puerta privilegiada de encuen­tro con el Verbo que se ha hecho carne."

b. Fundamento teológico. A partir del  misterio de Jesucristo podemos ir hacia la vida misma de Dios Padre, Hijo y Espíritu San­to, en la medida que nos viene dado por la Escri­tura y por la reflexión de la Iglesia. Anclar nuestra espiritualidad en la vida trinitaria misma".

c. Fundamento carismá­tico. "Necesitamos tener en cuenta la vida y los escritos del Hermano Gabriel Taborin para descubrir la "tonalidad" con la que él la ha vivido", y los demás escritos posteriores del Instituto.

d. Actualización e incultu­ración. "Finalmente te­nemos que volver sobre nosotros mismos para vi­vir nuestra espiritualidad en una forma "cultural­mente habitable", es decir, en armonía con nuestras culturas y con las iglesias de nuestros países".

     He aquí la importancia a mi juicio de no uniformizarnos sino de tornar este Plan de for­mación con libertad

     y con discernimiento.

 

      7. Otras dos claves teológicas que me gustaría subrayar son las planteadas por el Hermano Lino Da Campo

como "ca­racterísticas nazarenas del misterio de la salvación" (Ver en el anexo del Plan))

a. Encarnación. "Nazaret hace resaltar el aspecto permanente, duradero de la encarnación. La encar­nación no es un hecho puntual... Durante el pe­ríodo de Nazaret, Jesús continúa haciéndose hombre, al asumir una cultura, una lengua y las demás características de una sociedad bien con­creta. Aparece así muy clara la ley de la encarnación: Dios quiere sal­var al hombre haciéndo­se hombre. La asunción de todo lo humano, ex­cepto el pecado, es ins­trumento de salvación y anuncio del evangelio."

b. Comunidad. "Dios salva a los hombres formando un pueblo, una comuni­dad... La familia de Nazaret, elegida por Dios para dar su Hijo al mun­do, vive así una larga experiencia de vida en común. Esta experiencia nos revela intuitivamente la metodología de la salvación...Nazaret nos enseña así algunas dimen­siones esenciales de la ­vida cristiana:

. la nueva familia de Jesús no se funda en los lazos de la carne y de la san­gre, sino en la fidelidad a la palabra de Dios.

. antes de proclamar el evangelio hay que vivirlo, hacer que la Palabra teme cuerpo y madure en no­sotros.

. la comunidad se constru­ye en lo cotidiano, con la colaboración de todos, en una ambiente ordinario, sencillo, normal.

. la humildad, la sencillez, la obediencia, la unión y la entrega que vemos en Nazaret, serán también las características de cada comunidad y de cada Hermano.

. mirando a Nazaret, aprendemos también cómo se construye la Igle­sia y una sociedad más humana y justa.

. nuestra perspectiva final es la construcción de la gran familia de los hijos de Dios, donde «Dios lo será todo en todos» (I Co 15,28).

Prof. Rosa Ramos
 

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Retiro de las Fraternidades Nazarenas del Uruguay

Por Beatriz Estefan

 

    El 1 y 2 de julio, en la Casa del Buen Pastor de Florida, se realizó el retiro de Fraternidades Nazarenas de todo el país. Participamos más de cincuenta perso­nas, entre las cuales estuvieron presen­tes ocho Hermanos.

 

     Corno en los años anteriores, ya hace casi 10, cada Fraterni­dad se prepara para el esperado encuentro. A medida que vamos llegando nos vamos reencontrando. Caras conocidas y, por suerte, siempre hay muchas caras nuevas. Fue así que, por fin, estábamos todas, la Fraternidad de Canelones, Minas, San Juan Bautista, Salto, San José, la de los Residentes y la de Aguada.

     Es para nosotros un muy grato momento porque es el encuentro con todas las personas que compartimos una manera de vivir la fe en Fraternidad Nazarena. 

¿Qué son las Fraternida­des y qué desafíos impli­ca ser miembros de una Fraternidad  Nazarena? 

     Tal vez seria bueno aclarar que esta forma de vida no tiene nada de misterioso, pero sí mucho de vida. Es una comunidad de Iglesia integrada por laicos que intentamos vivir los valores del evangelio inspirados en la espiritualidad nazarena.

     ¡Qué amplio resulta esto!, pero es desafiante y posible, muy enraizado con la vida cotidiana y el propio estado de cada uno.

     En primer lugar, las Fraternidades están formadas por personas que tenemos diferentes actividades; trabajamos en diferentes lugares. Algunas tenemos hijos, otras no; algunas vamos a las reuniones solas, otras van los matrimonios. Esto nos resulta muy enriquecedor, porque el compromiso es personal pero a la vez muy comunitario, ya que desde el proceso individual que vamos viviendo cada uno va tornando conciencia de su propia realidad para desarrollar las posibilidades humanas y espirituales, según el proyecto que Dios tiene para cada uno.

     En segundo lugar, vivir en Fraternidad nazarena tiene algunos desafíos bien interesantes, porque tener corno referencia a la Sagrada Familia no es poca cosa. No nos da para achicarnos... pero, bueno... No siempre es fácil, pero por allí siempre anda el Hermano Gabriel para tirarnos una manita...

     Tenemos a María como referente, como mujer que ha sabido decir un Sí rotundo pero también ha dicho muchos Noes. Algo de esto estuvimos viendo en el retiro. Como mujeres cuántas oportunidades nos da Jesús para decir sí, pero en esta época que nos toca vivir también nos ofrece un sin número de oportunidades para decir NO, Es más, personalmente, me desafía a diario y, sin embargo, no nos animamos (seguro que no nos hace lucir, no nos da marketing), es más fácil el Sí, pero a qué costo, como mujer, como madre, como esposa... en fin, por ahí hay mucho para rezar.

     Tenemos también a José que a veces no nos acordamos que fue por él que se hizo posible la encarnación, que por su aceptación, paciencia y fe hizo posible que Dios realizara su proyecto. ¡Qué poco pensamos en él, como esposo, como padre y también qué poco le rezamos!.

     Y bueno, decir que contamos con Jesús creo que no es necesario decirlo pero ¡ojo! que no es a veces fácil sentirlo cerca realmente, sobre todo en los momentos difíciles, por lo menos para mí.

     En tercer lugar vivir en Fraternidad nazarena nos da la posibilidad de aterrizar en el día a día nuestra fe. Jesús nos pone en nuestro corazón y en nuestras manos la posibilidad de sentir y hacer muchas cosas; la casa de Nazaret es un lugar privilegiado de encuentro y de oración, oración que no necesariamente es repetir palabras, la mayoría de las veces es repetir hechos, y no siempre los mismos. Estar en sintonía con el hogar de Nazaret nos inspira en el día a día para estar más cerca del proyecto que Dios tiene para cada uno de nosotros.

     No hay que ir a buscar magia, hay que entrar en el corazón y encontrar a veces cosas no tan lindas, verlas, sentirlas, aceptarlas, asumirlas y seguir adelante...

     En cuarto lugar, vivir en Fraternidad nazarena nos desafía también a celebrar y a seguir formándonos permanentemen­te. 


Celebración y formación 

     ¿Cómo? A través de:

     - La oración, que acompañó la vida de Jesús, de María y José. A través de la oración se abrieron a la voluntad del Padre y se dejaron conducir por el Espíritu. La oración también fue una constante en la vida del Hermano Gabriel que consideraba la oración corno "piedra angu­lar del Instituto".

     - La liturgia, porque aprendemos, corno nos dice el Hermano Gabriel, a "vivirla como un itinerario vocacional y a ser capaz a través de ella a profesar y celebrar la fe con libertad interior y exterior unidos al pueblo de Dios" (c.155)

     - De la palabra de Dios, en el día a día nos va guiando y transformando desde dentro.

     - De la eucaristía considerada por las Fraternidades como el corazón de la comunidad. Es por ella que entramos en el misterio pascual de Cristo y hace que estemos alimentados coma discípulos para poder seguirlo en sus opciones vitales en el día de hoy.

     - Y para las Fraternidades, los retiros nos resultan también muy importantes.

 

Los retiros y éste, en particular 

     Los retiros son el lugar de encuentro con nosotros mismos, con Dios y con los que compartimos el mismo carisma: un mojón fundamental en el año para formarnos en nuestra espiritualidad.

     Fue el Hermano Eduardo Semproni el encargado de acompañar el retiro. El tema que nos convocaba fue de lo más "atrayente": el discipulado a través de las mujeres en el evangelio se­gún San Marcos.

     Este retiro fue muy profundo, a partir de los textos del evangelio de Marcos fuimos acompañando a estas mujeres que Jesús nos mostraba: la suegra de Pedro, la hemorroisa, la sirofenicia, la viuda pobre, la que derrama el perfume en la cabeza de Jesús, las que lo acompañan de Galilea a Jerusalén y luego van a la tumba en la madrugada.

     Fue un retiro con mucho espacio personal, de silencio, de profundización, se daba un texto, unas indicaciones y luego tiempo personal para rumiar y confrontar nuestra vida con la experiencia de esas mujeres

     El retiro: un espacio de encuentro, reflexión y celebración. Encuentro en el que compartimos con las otras Fraternidades lo vivido en el año, el compartir las experiencias nos hace mucho bien, nos sentimos en comunidad y "parte de lo mismo".

     Entre el sábado y el domingo logramos acomodar la "mochila diaria", esa mochila con la que cargamos todos los días y no sabemos bien lo que llevamos dentro. Intentamos a la luz de la reflexión del evangelio y de la oración desempolvar algo de nuestro equipaje, acomodarlo, tirar algunas cosas que sobran, recuperar algunas que andaban perdidas, y así con mochila nueva, no por haber comprado otra, sino por haber acomodado la propia, volvimos cada una a su casa.

     Más allá de compartir con ustedes lo profundo y bueno que estuvo este retiro, les contamos que disfrutamos todo: desde lo cómoda y acogedora que resulta la casa, pasando por la excelente organización, la preparación responsable y cariñosa del Hermano Eduardo, hasta la exquisita comida de Daniel y familia.

     Toda la organización estuvo "nazarenamente" prevista, pero decía, más allá de todo esto por demás importante sobre todo para los más veteranos como nosotros, me gustaría compartir algunos aspectos que me parecen oportunos.

     Este retiro como los anteriores nos dio un gran aliento para continuar viviendo como nazarenos, creciendo en el arte de ser discípulos, y discípulas, confiados, insistentes, llenos de ternura, de gratuidad y dispuestos a ser fieles, características que descubrimos en las mujeres que Marcos coloca como modelos del discipulado.
 

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"Mi lugar en el mundo


      Bienvenidos todos y todas, llegamos a este día con grandes expectativas y muchas gracias de “disoñar” juntos, lo primero que me nace es decirles parafraseando a Jesús en la última cena: “He deseado mucho estar aquí y celebrar con ustedes” y se goza mi corazón al ver este mundo de hermanos y hermanas venidos de tantos sitios y portadores de tantos carismas distintos, pero hermanados en el mismo Bautismo y en la misma Fe en Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Gracias a cada uno y a cada una por estar aquí.
       A mi me toca el enfoque teológico-magisterial y he elegido como tema LA VIDA LAICAL para compartir con ustedes esta mañana.
      Ser Laicos es tener un lugar en el mundo, además de un lugar en la Iglesia. La laicidad es nuestro ser, nuestra identidad, y nuestro modo peculiar de construir el Reino de Dios aquí y ahora, de esperarlo y de pedirlo; es también nuestro desafío.
      Ser Laica, en este caso, es “mi lugar en el mundo” –parafraseando la conocida película- y es desde aquí que puedo decir una palabra, desde la experiencia gozosa y desde las exigencias cotidianas.

      Las tres palabras-ideas-intuiciones que quiero compartir con ustedes en relación a la vocación y a la vida laical son: gozo, responsabilidad, gratuidad

      Voy a desarrollar estas ideas en tres puntos:
      1.
Ser laicos es una vocación, un auténtico y original llamado de Dios, que acogemos con inmenso gozo y gratitud.
     2. Ser laicos es una gran responsabilidad pues implica una misión que asumimos ante Dios, en la Iglesia y para servir al mundo, responsabilidad que aceptamos con temor y temblor.
     3.
Ser laicos, simultáneamente, no es una pesada carga que nos agobia, pues la vivimos sostenidos en la gratuidad y en la confianza, fiados de la fidelidad de Aquél que nos ha elegido y que nos sostiene.  
 

1.  Vocación y Gozo.  

      Siempre me impresiona mucho en el Apocalipsis el mensaje dirigido a la comunidad de Efeso. El Señor, reconoce sus virtudes, su respuesta y fidelidad, pero le reprocha: “...tengo contra ti que has perdido tu amor de antes” (Ap. 2, 4). No basta “hacer”, no bastan las fatigas, ni la paciencia, ni el sufrimiento por causa de Dios, nos exige más, nos exige amar, y amar con la fuerza y la entrega, la novedad y el gozo del principio.
      Las vocaciones, como los amores, tienen un tiempo primero, fundante y epifánico, al que hay que volver una y otra vez, de lo contrario la dispersión en la acción y la cotidianidad apagan, amenazando su vida, su frescura, su fecundidad.
      El amor del principio tiene mucho de descubrimiento, de enamoramiento, de admiración, de gozo en definitiva. El mismo amor llevará al compromiso y a la entrega madura - que la comunidad de Efeso asume y el Señor lo reconoce -, pero el desafío está en no permutar el amor por la acción, sino mantener la tensión acción-contemplación.
      Como laicos es preciso reafirmar nuestra vocación, para lo cual siempre es bueno volver a gustarla, “volver al amor primero”, asumirla y vivenciarla como un don recibido, recrearla en su mística y espiritualidad propia, confirmarla y hermosearla, y así ofrecerla como precioso don a la Iglesia y a la historia.
      En los ambientes eclesiales “vocación” casi siempre se identifica con Vida Religiosa o con Ministerio ordenado. Hoy me propongo rescatar y reivindicar la vida laical como respuesta a un llamado de Dios específico y valiosísimo, que es la fuente de nuestro gozo y la fuerza para la misión.
       Pero quiero afirmar que nuestra vocación laical es también gozo y gratuidad para la Iglesia, como lo plantea el Concilio: “El Santo Sínodo... vuelve gozosamente su espíritu hacia el estado de los fieles cristianos llamados laicos...” Así comienza el capítulo IV de la Lumen Gentium dedicado a los Laicos (LG 30).
       Para los Padres conciliares plantear la vocación y misión del Laico como una vocación singular es un gozo, una alegría, porque es asomarse al misterio y descubrir la prodigalidad y la originalidad de Dios que a todos llama según su libérrima voluntad.
      “A los laicos pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales..:” (LG 31)
      Dios convoca al laico con una “vocación propia”. Si Dios llama y se nos revela es siempre desde  su libertad, su bondad y sabiduría (DV 2), de ahí que la Iglesia, atenta a los signos de los tiempos, descubra asombrada y gozosa la dignidad de este llamado.
      Siempre ha habido laicos en la Iglesia, pero es este Concilio el que capta y revela el nuevo lugar de los Laicos en la Iglesia y en el mundo y “vuelve gozosamente su espíritu” hacia ellos, hacia nosotros, contemplándonos con una nueva mirada. Presenta a todos los bautizados (LG  9 - 10) como ciudadanos de primera clase, como “pueblo de Dios” y luego a los laicos no los define solamente por  su “no ser”: no ordenados o no religiosos, sino también por su “ser”: “fieles cristianos que por estar incorporados a Cristo mediante el bautismo, constituidos en Pueblo de Dios y hechos partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen, en la parte que les toca, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en mundo” (LG 31)
     Recordemos además la revolución copernicana que hace el Vaticano II al colocar en la Constitución sobre la Iglesia el capítulo del Pueblo de Dios antes de las especificaciones Jerarquía y laicado.
      Por otra parte, si ser Laicos es una vocación singular, es preciso recordar que Dios siempre llama para algo bueno y grande, noble y valioso: a Abraham para prometerle una descendencia innumerable (Gn. 12, 1-2), a Moisés para liberar al pueblo oprimido (Ex. 3, 7-10), a otros para profetizar en su nombre (Is. 6, 8-9; Jr. 1, 9), a los discípulos para anunciar que el reino está cerca (Mt. 10, 7), para trabajar en su viña (Mt. 20, 1-8)....
      Toda la historia de la salvación, de la que da cuenta la Palabra de Dios tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, está tejida por llamados de Dios y respuestas de hombres y mujeres. Todas las llamadas son singulares pero todas apuntan al mismo fin: Dios quiere revelarse a los hombres y revelarles su voluntad de salvación (DV 2)
      Dios siempre llama con ilusión y siempre lo hace con un sueño de amor. Siempre llama para una vida plena y abundante (Jn. 10, 10), para que seamos felices (Jn. 15, 11) aún cuando nos cueste la vida, como a su Hijo.
      El llamado de Dios irrumpe en nuestro cronos (tiempo cotidiano) regalándonos su kairós (tiempo de salvación) para nosotros, y para los otros. Toda vocación es, como todos los dones, para el bien común, para la comunidad, para la pequeña y para la grande que va más allá de la Iglesia.
      Al goce de la llamada corresponde el goce de la respuesta. A la ilusión de Dios corresponde nuestra ilusión, a su sueño de amor corresponde el nuestro. Descubrir en nuestras vidas la voz de Dios llamándonos por nuestro nombre es descubrir su amor y predilección, como lo descubrió el propio Jesús el día de su bautismo en el Jordán (Mt. 3, 16/ Mc. 1, 11).
      La vocación a la que hemos sido llamados nos llena de júbilo, nos hace sentir únicos  (para Dios todos somos su creación primigenia y original) en el mundo y parte del río de la historia de salvación.
       “... El carácter secular es propio y peculiar de los laicos... Viven en el siglo, es decir, en todas y cada una de las actividades y profesiones del mundo, así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios a cumplir su propio cometido...” (LG 31)
     Nuestra vocación, y lugar específico, es la profesión y la familia, el trabajo y el ocio, la vida cotidiana y el mundo de las relaciones, lo inmediato y lo lejano, lo micro y lo macro, el barrio y la economía, la política y la educación... En todos esos ámbitos somos Iglesia, sacramento de y “en” Cristo, que es “el” sacramento por excelencia. En nuestra peculiar vocación los laicos somos Iglesia, definida por el Concilio como “sacramento, señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano” (LG 1)
      Ser laicos es, entonces, un motivo de gozo, de regocijo, de acción de gracias, este es el lugar en el mundo y en la Iglesia que Dios, en su  bondad y sabiduría, quiso para nosotros, para nuestra felicidad y realización, para nuestra entrega generosa, para santificarnos y santificar el mundo.
       ¿Como no acoger como un precioso don, y volver a pasar frecuentemente por el corazón, una tal vocación?! Tal vez no hayamos reparado lo suficiente en estas palabras de Jesús: “Ustedes no me eligieron a mi, sino que yo los elegí a ustedes” (Jn. 15, 16)  
 

2.      Misión y Responsabilidad  

      A la vocación singular del Laico corresponde una misión igualmente singular y difícil. El Concilio nos propone: “... buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales... A ellos, muy especialmente, corresponde iluminar y organizar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen continuamente según el espíritu de Jesucristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y Redentor” (LG 31)  
   
  Si en el punto anterior afirmábamos el gozo,  en este afirmamos la otra cara de la misma moneda: la responsabilidad. La misión del Laico significa un gran compromiso eclesial e histórico del que no podemos rehuir ni eludir buscando coartadas.  
    
 Al igual que todos los llamados de todos los tiempos, Abraham, Moisés, David,  Rut, Esther, Elías, Isaías, Jeremías, María... asumimos la misión con temor y temblor. A veces nos sentimos demasiado jóvenes, otra demasiado viejos, otra demasiado impuros, o demasiado torpes..., descubrimos las dificultades y los riesgos del “sí”... pero Dios mismo nos convence, como a lo largo de toda la historia de la salvación, que con Él todo lo podemos y en nuestra debilidad se hace visible su fortaleza.  
     Los Laicos tenemos responsabilidades eclesiales, por cuanto nuestra vocación es un llamado dentro de la Iglesia y pertenecemos al Pueblo de Dios. Por la dignidad que nos confiere el bautismo, participamos del sacerdocio común de los fieles, y desde allí estamos llamados a ejercer “el culto espiritual, para gloria de Dios y salvación de los hombres... los laicos como adoradores en todo lugar y obrando santamente, consagran el mundo a Dios” (LG 34).Asimismo tenemos responsabilidad en la evangelización: “El apostolado de los laicos es la participación en la misma misión salvífica de la Iglesia, apostolado, al cual todos están llamados por el mismo Señor en razón del bautismo y la confirmación.... Esta evangelización... adquiere una nota específica dentro de las condiciones de la vida en el mundo” (LG 33). En particular se le pide a los laicos el apostolado del testimonio en su vida familiar, y en su estado propio (LG 35), en el mismo numeral se exhorta a la formación en las verdades de la fe.  
   
 Además de las funciones sacerdotales y proféticas (testimonio, evangelización, anuncio y denuncia, hasta el martirio si es preciso) propias del bautizado, también los laicos somos co-responsables de la Iglesia, pudiendo asumir funciones de gobierno, ejerciendo así la función real. Al tratar el Concilio la relación con la jerarquía se plantea que los laicos tienen no solo el derecho sino también “la obligación de manifestar su parecer” a la jerarquía sobre los asuntos relativos a la Iglesia (LG 37).  
     Pero la misión específica que corresponde a la vocación laical, es una misión “ad extra”, en el mundo, en la historia, allí está nuestro lugar, nuestro “Tabor” y nuestro “Gólgota”, con sus cumbres y sus abismos, con sus satisfacciones y sus desolaciones. El mundo, la historia, ése es nuestro lugar irrenunciable so pena de ser infieles al llamado de Dios, a nuestra original vocación.  
    “Los laicos, sin embargo, están llamados, particularmente, a hacer presente y operante a la Iglesia en los lugares y condiciones donde ella no puede ser sal de la tierra si no es a través de ellos. Así, pues, todo laico, por los mismos dones que le han sido conferidos, se convierte en testigo y a la vez en instrumento vivo de la misma Iglesia en la medida del don de Cristo” (LG 33)  
      El laico está llamado por Dios y enviado por la Iglesia a participar en su nombre del mundo de la política y de la economía, del deporte y de la medicina, de la educación, de la ciencia y de la cultura... No hay ámbito humano-social que no sea nuestro terreno, todo lo secular o mundano nos corresponde como lugar y misión específica. No siempre es fácil este compromiso histórico, pero desde la encarnación sabemos que lo que no es asumido no es redimido.  
     Si en el numeral 31 la Lumen Gentium planteaba de modo general ordenar según Dios los asuntos temporales, luego de forma más explícita señala a los laicos el papel en la procura de la justicia y la responsabilidad de sanear las estructuras: “Procuren, pues, seriamente, que por su competencia en los asuntos profanos y por su actividad... los bienes creados se fomenten interiormente al servicio de todos y de cada uno de los hombres y se distribuyan mejor entre ellos, según el plan del Creador... los seglares han de procurar, unidas también sus fuerzas, sanear las estructuras y los ambientes del mundo...” (LG 36)  
   
Para finalizar este punto del compromiso y la responsabilidad que nos compete como laicos necesitamos hacer también referencia, al menos escuetamente, a otra de las Constituciones del Concilio Vaticano II, las Gaudium et Spes, consagrada precisamente a la relación de la Iglesia y el mundo.  
     Afirma el documento como “cosa cierta” que toda la actividad humana individual y colectiva a lo largo de los siglos “para mejorar su condición de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios” Agrega que aún con los quehaceres más ordinarios “desarrollan la obra del Creador, sirven al bien de sus hermanos y contribuyen de modo personal a que se cumplan los designios de Dios en la historia”, es decir nos plantea el Concilio que somos “co-creadores” con Dios.  
      Nuestro lugar es en el siglo, en la historia, en este aquí y ahora lleno de dificultades, pero también de oportunidades.  
     Forman parte de los deberes insoslayables del cristiano la construcción del mundo y la atención de los hermanos: “... el mensaje cristiano no aparta al hombre de la construcción del mundo, ni lo impulsa a descuidar el interés por sus semejantes, más bien, lo obliga a sentir esa colaboración como un verdadero deber” (GS 34)
     Recomendamos releer todo el capítulo III referente a la actividad humana en el mundo donde la valora altamente, y todo el capítulo IV sobre la función de la Iglesia en el mundo, allí, por ejemplo, nos exhorta a no abandonar los deberes terrenos por la esperanza futura, sería un error, una incoherencia, una deserción grave . “El cristiano que descuida sus obligaciones temporales falta a sus obligaciones con el prójimo y con Dios mismo, y pone en peligro su salvación eterna” (GS 43)  
      Los laicos estamos especialmente vocacionados a participar activamente en la construcción del reino de Dios (que por otra parte pedimos y sabemos que es un don, cuya consumación será meta histórica), a transformar la realidad conforme a la voluntad de Dios, a allanar los senderos (otra vez como Juan el Bautista) para la parusía del Señor y para la pascua de la creación.  
     He aquí nuestra gran responsabilidad, esa que asumimos con temor y temblor, ya que estamos llamados por Dios a un compromiso auténtico, y efectivo, a una entrega no intermitente y emotiva, sino a la fidelidad constante del día a día, ¡la más difícil!!!  
     Y esta fidelidad cotidiana se nos exige en varios niveles simultáneos, en primer lugar en el entorno inmediato, con nuestra familia, nuestro barrio, nuestro trabajo, en días que transcurren iguales, grises e “inaparentes”, sin el brillo de lo extraordinario y sin despertar aplausos. Estamos llamados como Iglesia de Jesús a responder con solidaridad y fidelidad evangélica a las necesidades cada vez más apremiantes de los hermanos que más sufren en esta sociedad que excluye sin piedad a sus hijos. Estamos asimismo llamados a velar y captar los signos de los tiempos, estando atentos a los sueños grandes de toda la humanidad, soplos del Espíritu, que expresan la voluntad de liberación y salvación de nuestro Dios.  
      Estas múltiples fidelidades que exige nuestro compromiso laical, implican una conversión continua, pues también supone aceptar los “Noes de los síes”: “no” a la comodidad y a la mediocridad; “no” al cansancio y “no” al tedio; “no” a las coartadas que eludan la libertad; “no” a los caminos fáciles pero también “no” a la abstención; “no” al espiritualismo desencarnado - pues nuestra vocación es un don para el mundo - y “no” al activismo ingenuo... y tantos otros “Noes”, de los grandes y de los cotidianos que empiezan a llevarse como “la sombra” al decir de Jung o de Anselm Grün, una sombra que crece a medida que pasan los años y con la que tenemos que aprender a convivir maduramente.  
       En definitiva, y por la positiva, este compromiso de vida laical –también el de la vida religiosa –nos exige un renovar cada mañana las promesas bautismales y volver a decirle al que nos ha llamado “Sí, sí, aquí estoy para hacer Tu voluntad”
 
 

3.      Vocación – Misión – Gratuidad  

      El exceso de responsabilidad, la sombra de los “noes de los síes”, ese temor y temblor que nos produce la distancia entre nuestra fragilidad y la exigencia de la misión, pueden abrumarnos y hasta hacernos caer en tentación, a veces la tentación de la impotencia y otras la tentación de la omnipotencia, de ahí la necesidad – creemos – de rescatar el concepto de gratuidad.  
     La vocación la recibimos con gozo, la misión la asumimos con responsabilidad, pero vocación y misión laical nacen y se sostienen en la gratuidad.  
     Nos fiamos del que es Fiel por excelencia, el que nos llamó a la vida, nos escogió con amor de predilección para este modo de vida, y constantemente nos sostiene en el ser, en la vocación y en la misión encomendada.
    Cada vez que Dios elige a un hombre o a una mujer, para proponerle ser parte de su plan de salvación, acompaña su llamado con un “no temas”, es una constante que podemos rastrear en su Palabra.  
      El llamado de Dios es siempre libre y gratuito, inmerecido, no corresponde a nuestros méritos o capacidades, porque así es Dios: trinidad de amor que se desborda siempre, que sorprende y que regala. Tomar conciencia de la gratuidad del llamado tiene que ser muy liberador para nosotros. 
     Somos concientes de que el llamado es demasiado grande para nuestras solas fuerzas pero va acompañado de la promesa de nuestro Dios, que es un Dios de Alianzas para siempre. Las palabras finales de Jesús resucitado que rescata el evangelio según san Mateo da cuenta de esa promesa: “Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20)  
     San Pablo, incansable en su celo apostólico y tan humano en toda su historia,  experimentó la debilidad y en ella la fortaleza de Dios, finalmente en su madurez espiritual descubre que la gracia de Dios le basta.
      El Señor no profirió palabras distintas para Religiosos y para Laicos, llama, elige y forma una comunidad. Seguramente por razones históricas, culturales y religiosas, los llamados con nombre propio son doce y doce varones, pero sabemos que lo acompañaban muchos y muchas más. A ellos, los discípulos y discípulas, les enseña con parábolas, los hace testigos de sus signos y les dirige su palabra, por eso todo lo dicho por Jesús es también palabra suya para nosotros los Laicos:
      “Ustedes no me eligieron a mi, sino que yo los elegí a ustedes y los elegí para que vayan y den mucho fruto y que su fruto permanezca” (Jn. 15, 16)
      “Ustedes son la sal de la tierra. Y si la sal se vuelve desabrida, ¿con qué se le puede devolver el sabor?” (MT. 5, 13)
     “Ustedes son la luz del mundo... No se enciende una lámpara para esconderla... sino para que alumbre a los de toda la casa. Así, pues, ha de brillar su luz ante los hombres” (Mt. 5, 14-15)
      “Busquen primero el reino de Dios y su justicia, todo lo demás vendrá por añadidura” (Mt, 6, 33)
      “No basta con que digan Señor, Señor, para entrar en el reino, sino que tienen que hacer la voluntad de mi Padre” (Mt, 7, 21)
      “Ánimo, no teman, soy Yo” (Mt. 14, 27)
      “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn. 8, 12)
      “No se turben. Ustedes confían en Dios, confíen también en mí” (Jn. 14, 1)
      “Les dejo la Paz, les doy mi paz... que no haya en ustedes ni angustia ni miedo” (Jn. 14, 27)
     La paz prometida, la paz anhelada, la paz de este entretiempo de la Iglesia peregrina, es una paz extraña que no es la de los sepulcros, ni de la ausencia de conflictos, ni de lo inmutable, sino una paz viva, dinámica y comprometida con el parto de la justicia. Dice el Concilio: “Cada seglar debe ser ante el mundo testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús, y señal del Dios vivo” (LG 38)
     Para finalizar quiero compartirles una oración y un poema. La oración es mía y me gustaría que como las coplas pasara al anonimato porque la sienten propia. El poema es del poeta uruguayo Liber Falco, y expresa mis sentimientos de este día:
      La oración dice así:

Señor, que con gozo nos llamaste,

bendícenos una vez más,

para que apoyados en Tu fidelidad y en Tu gracia

vivamos con alegría pascual esta vocación laical,

en la Iglesia sacramento tuyo,

y al servicio del mundo tuyo y nuestro.

Señor, a los que con gozo te seguimos

concédenos permanecer

firmes en la confianza,

porfiados en la esperanza,

y pródigos en el amor. Amén.

  Y el poema de Liber Falco dice:  

“Fuera locura, pero hoy lo haría,

atar un moño azul en cada árbol,

ir con mi corazón de calle a calle,

subirme a los pretiles,

gritarles que les quiero!

fuera locura, pero hoy lo haría!”

 

     Muchas gracias a todos y a cada uno y,  ¡Feliz Foro!, sigamos gozando de este Tabor.

 
Prof. Rosa Ramos