2    meditaciones al borde de lo utópico
                                       
H. José María Esgueva

 

 

I.Ante la grandiosidad del Panteón

 

     El Panteón de Roma ejerce un atractivo singular. Miles de turistas deambulan por sus alrededores intuyendo la grandeza de sus primeros días. Su aspecto exterior hoy aparece ruinoso, mostrando las heridas que le infligieron quienes le despojaron de sus valiosos ornatos para poner al día  monumentos e iglesias posteriores. A pesar de todo, tiene su embeleso y la gente lo admira, contempla y elogia. ¡Qué añoranza en muchos que desearían que recuperase su grandeza primera! 

      No sé por qué pero esa admiración y curiosidad que el Panteón despierta en tantos, suscita en mí el recuerdo de nuestro carisma nazareno y taboriniano al encontrar en él algunas similitudes. También él despierta admiración en cuantos lo llegan a conocer. También él ha sufrido los avatares del tiempo, y determinados “despojos” lo han hecho débil, pero sobre esta “debilidad” se ha visto el actuar de Dios. Hoy sigue despertando interés y su “débil robustez” es un interrogante para muchos que buscan un itinerario de vida inspirado en el espíritu de la Familia de Nazaret. 

      Somos testigos de cómo a nuestro carisma se han acercado y se acercan muchos, y en aquellos lugares en que está implantado, sigue ofreciendo gratuitamente sus bellas ”adherencias” y los modos de vivir con los que el divino Artífice lo ha enriquecido. Cual árbol magistralmente podado por el divino Jardinero, vuelve a brotar con mayor fuerza y pujanza, y hoy día en los análisis capitulares que hacemos lo vemos con el vigor y frescura que le da el ser y sentirse obra de Dios. El Hermano Gabriel sonreirá sin duda complacido al ver cómo el don que un día recibió del Padre de la Historia va, poco a poco y sin grandes alardes, abriéndose camino y encontrando el destino que desde toda la eternidad tenía previsto. 

     Se pueden contar por miles las personas que han encontrado en nuestro “panteoncito”, amasado en los ejemplos de la Familia de Nazaret y en los escritos del Hermano Gabriel, una riqueza bella e ilusionante para sus vidas. ¿Será porque ciertos “panteones” tienen su atractivo por la promesa de “inmortalidad” que  despiertan? ¡Cuántos Hermanos de la Sagrada Familia, con la mirada puesta en Nazaret,  han sido y son copia viviente de lo que su Fundador anheló! 

    Partiendo de esta realidad quiero comenzar unas líneas de reflexión que me lleva a analizar nuestra Asamblea Capitular celebrada en  nuestro Seminario de Valladolid, del 17 al 23 de julio del presente año. 

    Me permito  afirmar, ya desde el principio y sin complejos que, al echar la vista sobre aquellos días trascurridos en comunión fraterna, no es difícil descubrir la huella de “paso de Dios” entre nosotros; un paso  que nos ha devuelto una vitalidad y pujanza nuevas que, entre todos, Hermanos y seglares, nos esforzábamos en descubrir. 

     Parece utópico afirmar que nuestro Capítulo se encuadró dentro de unas coordenadas históricas. La presencia y colaboración de algunos seglares que, con gozo manifiesto comparten nuestras mismas inquietudes, las podemos calificar de muy valiosas. Con su peculiar lenguaje, impreciso y torpe a veces,  nos han señalado unos rasgos que les gustaría ver en nosotros y en nuestras obras. Nos han manifestado el deseo de poder encontrarse con Hermanos que respiren habitualmente alegría, sencillez y entrega; “hombres de Dios”, cercanos al débil y necesitado; punto de referencia para muchos; entregados y siempre dispuesto a la acogida. 

     En el fondo anhelan relacionarse con unas Comunidades de Hermanos estrechamente unidas por sólidos lazos de fraternidad; marcadas por el amor recíproco; abiertas a las nuevas carencias sociales, siempre dispuestas a compartir; comprometidas en la misión que le ha sido asignada. Nos piden un mayor y renovado compromiso en la “nueva evangelización” especialmente ante los niños y jóvenes. Y, sobre todo,  nos quieren que demostremos en nuestros rostros y comportamiento la “sonrisa de Dios”.           

     ¡Qué difícil nos resulta con tanto trajín encontrar en estos tiempos y en un mundo tan complejo caminos de fidelidad a nuestra condición de hombres consagrados! ¡Qué poco se favorece hoy un diálogo sereno y lúcido, a la luz de la fe, y cuánto sentimos su necesidad! 

   En esos días, convocados y reunidos en fraternidad, hemos dado muestras de querer una auténtica renovación de vida y de estructuras institucionales; renovación que se apoya en que "allí donde el hombre es problema, para un Hermano de la Sagrada Familia el Evangelio es “llamada”. 

     Por esos mundos de Dios dicen que las experiencias que no se expresan, se deterioran y tienden a desaparecer. Esto nos debe impulsar a convertir nuestras Comunidades en auténticos "hogares" en los que todos se sientan a gusto, en los que tenga cabida tiempos de silencios prolongados para que, con naturalidad, brote un cara a cara con Dios y la plegaria compartida.  

    Todos salimos del Capítulo con la convicción de que, los tiempos que nos toca vivir reclaman urgentemente una buena dosis de esperanza.  La necesitamos. Sé que cada día se hace más difícil su puesta en práctica, pero tenemos motivos para reavivarla. Este Capítulo quiso despertar esperanza, crear y favorecer esperanza. Esperanza que, cuando la poseemos, se hace una “chispita de Dios” en nosotros para cuantos con nosotros conviven. 

     ¡Son dignas de tenerse en cuenta las palabras de Péguy: "Por el camino empinado, arenoso y estrecho, arrastrada y colgada de los brazos de sus dos hermanas mayores (fe y caridad), va la pequeña esperanza como un niño que no tuviera fuerzas para caminar. Pero en realidad es ella la que hace andar a las otras dos, y a las que arrastra, y la que hace andar al mundo entero, y la que lo arrastra..." 

     ¡Qué presente está la esperanza en la vida de los mártires de hoy! ¡Qué impulso puede ocasionarnos para no "pasar" del sufrimiento de los demás, no caer en seguir los reclamos del consumismo, instalarse en la mediocridad, todo por evitar la cruz, signo inequívoco del actuar de Dios! 

     Es la esperanza lo que en una Comunidad de consagrados hace que nadie ni nada sea ignorado, menospreciado o reprimido. Es la esperanza la que nos lleva a esta “nueva evangelización” que tanto reclaman nuestros contemporáneos y los tiempos apasionantes que vivimos, aportando nuestro singular estilo de vida.  

    Nunca fue fácil la evangelización. Aquella audacia envidiable de los comienzos de la Iglesia sigue muy presente en muchos apóstoles de hoy. Aquella audacia de nuestros primeros Hermanos sigue brillando en muchas vidas de los actuales,  prueba inequívoca de que el Espíritu no ceja en el empeño de enriquecernos con sus dádivas.  

    Si, de verdad, creemos que es así, ¿qué sentido tiene el mirar el pasado con nostalgia? ¿Por qué afincarnos inamovibles en estructuras y modos de vivir un presente superficial? ¿Cuáles son los motivos que nos llevan a no ver el futuro con optimismo, cuando sabemos que, aunque lo desconocemos, está siendo gestado por el espíritu de Dios? En ocasiones se denuncia que sería  lamentable no abrirse a nuevas urgencias por estar ocupados únicamente en conservar celosamente el "talento recibido". 

    ¿Quién no agradece en el fondo la existencia del Panteón romano? Las razones y motivos pueden ser varios. El ser agradecido demuestra exquisitez de ánimo. También nosotros estamos muy agradecidos al reconocer que  el Espíritu nos sigue enriqueciendo con Hermanos que aceptan el riesgo del fracaso; con Hermanos que acogen el servicio con responsabilidad alegre como actitud permanente; con Hermanos que tienen el valor de marcar prioridades, aunque son conscientes de que resulta difícil escuchar las urgencias de la misión cuando se pretende satisfacer a todo lo que se acumula.  

   Es una opinión muy personal: en el momento actual pienso que son dos los campos en los que es urgente nuestra adhesión y fidelidad al Espíritu: enfrentarse al miedo a lo nuevo y a la cobardía por la dureza de la misión. Vivamos atentos, pues pueden aparecer con distintos disfraces 

    Y si así fuere corremos el riesgo de perder la libertad que nos da el Espíritu para no ceder cobardemente y no asumir la cruz que necesariamente conlleva la fidelidad a Cristo, y que se traduce en el pecado de callar cuando habría que hablar y retirarse cuando se debería intervenir. 

    En más de una ocasión hemos oído decir: "La Iglesia o es de los pobres o deja de ser la Iglesia ungida por el Espíritu de Cristo". Ellacuría está a la cabeza de quienes despiertan conciencias con frases similares. El contenido de la frase es de fácil aplicación. ¡Que el la Sagrada Familia nos acompañe en nuestro caminar diario!

 

. II. La Comunidad Religiosa,
animadora y fermento de la Comunidad Educativa

 

     El sábado, día 17 de febrero, tuvo lugar en el colegio de Madrid el anunciado encuentro de los Superiores de Comunidad. Estuvo dirigido por el Hermano Marista José María Ferre. El tema de la reflexión giró en torno a "La Comunidad religiosa, animadora y fermento de la comunidad educativa". Dada su importancia, vamos a compartir los puntos más importantes que se abordaron.  

     Antes, en la convocatoria, el H. Provincial recordaba a los Superiores unas palabras del escritor A. Maalouf que en su novela "La Roca de Tanios" ponía en boca del monje Elías estas palabras: "En cada época ha habido un personaje loco entre la gente de Kfaryabda, y cuando desaparecía, siempre había otro preparado para ocupar su lugar, como una brasa bajo las cenizas para que ese fuego no se pague nunca. Sin duda la Providencia necesita esas marionetas que mueve con sus dedos, para desgarrar los velos que la prudencia de los hombres teje".  

     Y preguntaba si no estará ahí hoy algo necesario a nuestra vocación. Dejarnos impregnar de la "locura de Dios" para que su amor se derrame a manos llenas. Hurgar en nuestras cenizas para que el fuego de nuestros compromisos no se apague. Sentirnos felices si es Dios quien mueve los hilos de nuestras existencias.  

     Ya desde el principio del Encuentro, se apoderó de nosotros el convencimiento de la necesidad de contar con una colaboración real de los seglares. Carlos María Díaz Muñiz nos recordaba en un texto que en un momento se nos dio a leer: "los años 2001- 2025 serán decisivos, a vida o muerte, para las obras educativas de los religiosos, si no se dan los pasos valientes que hacen falta para la presencia, participación e integración de los educadores laicos". 

     Analizando los signos de los tiempos da la impresión que la incorporación de los laicos en nuestras obras es querida por Dios y algo irrenunciable. Por eso, Dios está  haciendo lo posible para que, en los años venideros, la cooperación de los laicos sea una realidad. Pero, dado nuestro modo de ser, nuestro protagonismo en lo que hacemos y en especial en el campo de la educación, si Dios no nos hace "tocar fondo", difícilmente aceptaríamos esa colaboración laical. Quizá Dios nos esté llevando a una "situación límite" de debilidad, necesaria para que nuestras obras sean realmente "obras de Dios", pues en la debilidad y en la pobreza "Dios hace maravillas". Esto puede despertar un sentimiento de confianza cara el futuro más que otros análisis catastrofistas que nos llegan de "expertos" y que nos arrastran al desánimo y a la desilusión.

     El primer bloque de la intervención del H. José María Ferre estuvo centrado en dos puntos fundamentales:

 

1. Punto de arranque: análisis de la realidad: Nosotros somos menos y mayores. Ellos son más y empujan. 

     No descubrimos nada si decimos que la irrupción y el protagonismo de los laicos en las obras de Iglesia es un hecho, que está ahí y que nos llena de alegría. Doy datos que conozco de mi país: más del 88 % del profesorado que trabaja en nuestros colegios es seglar. En el campo de la pastoral y catequesis las cifras son significativas, nos desbordan. 

     Poco a poco los seglares están asumiendo tareas y funciones que parecían ser patrimonio exclusivo de los Hermanos. Y este proceso no ha terminado. Ya no extraña oír que en algunas Congregaciones el Director General o la Coordinadora de Pastoral de un importante Colegio es seglar. 

En nuestros análisis personales y comunitarios nos duele el constatar que nuestra vida consagrada está pediendo o ha perdido significado. No atraemos a los jóvenes. ¿Hasta cuándo la carencia de vocaciones? 

      Ya nos es familiar oír hablar de "refundación" de nuestra propia Congregación, de la conversión de nuestras obras, alguna de ellas modélica en su día donde se plasmó el esfuerzo y saber hacer de muchos de nuestros antepasados. 

      Nuestros documentos provinciales y congregaciones señalan el rumbo que debemos emprender hasta conseguir en nuestras comunidades educativas una "misión compartida" entre Hermanos y seglares. 

      Y no solo el empeño se debe limitar a la misión. En muchas congregaciones, entre ellas la nuestra, se están creando los cauces para compartir la mismas espiritualidad, incluso hay comunidades en la Iglesia de Dios que van más allá y Religiosos y seglares comparten la misma vida en común.

 

2.  Esta realidad nos plantea retos: 

      El reto de nuestra identidad personal, comunitaria e institucional. En ocasiones, da la sensación que no tenemos clara nuestra identidad y claudicamos por opciones más atrayentes, fáciles y gratificantes. 

      El peligro de diluirse. El color gris no es el color que la sociedad y la iglesia están pidiendo al religioso. Está llamado a vivir y llevar la radicalidad evangélica a todo lo que hace. 

      La pérdida de posiciones de poder. Todavía hay rincones íntimos que defendemos con ahínco y tesón porque en ellos nos hemos sentido muy a gusto y "hemos hecho tanto bien...". No tardando mucho los veremos en manos de seglares. 

      El riesgo de desbordamiento. Expresiones como "tengo tanto que hacer"... "no tengo tiempo"... y otras, son habituales en muchos de nosotros. No tenemos tiempo para el descanso y la celebración. El hacer desbordado y sin control está matando muchas ilusiones y produciendo desencanto... 

      La necesidad de resituarnos: Habría que hacernos con valentía la pregunta ¿cuál es la misión de los Hermanos en las obras? y obrar en consecuencia. 

El reto del cambio. Estamos poseídos de miedos, algunos infundados; inseguridad, falta de confianza en nuestras propias posibilidades ante un cambio necesario, ante las nuevas situaciones que reclaman la Iglesia y la sociedad... 

      El reto de trabajar en equipo. Es algo que no hemos aprendido y que nos resulta terriblemente difícil. Programar, hacer, evaluar ¡juntos! Por ahí se derrumban muchas de nuestras teorías comunitarias y por ello dicen que no nos pueden creer. 

      El reto de la formación. Es la asignatura pendiente de muchos Hermanos. Están anclados en un pasado que poco o nada les sirve para esta época. Y ese estado  les produce molestia y a veces, complejos. Por razones muy personales no tiene la valentía suficiente para plantearse su situación. Su hacer apostólico y profesional, hay que reconocerlo,   no son los que la Institución esperaría de ellos.           

      Después de la exposición de estos puntos, el H. José María Ferre nos dio a leer un artículo de Carlos María Díaz Muñiz titulado "El mundo de la educación en un mundo nuevo" que sirvió de base a una reflexión personal y puesta en común. Una frase llamó poderosamente la atención: "Tres o cuatro religiosos, hermanos, unidos; orando, pensando y haciendo juntos, pueden hacer fermentar una comunidad educativa de 110 profesores y otro tanto personal, 2000 alumnos y sus respectivos padres". Es una reflexión de un religioso, que ha vivido más de cuatro décadas a servir el Evangelio en la escuela, y que se ofrece a ayudar la reflexión sobre los retos que la enseñanza plantea hoy a los religiosos educadores. 

      La tercera parte del Encuentro de Superiores estuvo centrada en: 

      Las Pistas de solución: Cuatro formas de presencia de los religiosos en la Comunidad Educativa           

      El H. José María Ferre se inspiró en un texto de Darío Mollá, jesuita, sacado de las Jornadas de Pastoral que organiza Fere.

 

1. Ser testigos de Sabiduría 

       Estamos ante una acumulación y multiplicidad de saberes única, con la consabida la hartura de ideas y de teorías. "Cualquiera que viaje una tarde-noche en el metro madrileño y vea moverse a las "hordas" (con sentido cariñoso) juveniles, ha vista el prototipo clónico de toda la adolescencia europea. Han desaparecido para ellos las fronteras físicas y, además, se les invita y urge por todas partes a viajar, a conocerse, a hacer realidad su ciudadanía... Todos visten igual, tienen jergas similares, chapurrean sus lenguas y se comunican, se estallan los oídos con las mismas músicas..." 

       Podemos ofrecer a la Comunidad educativa una sabiduría distinta, trascendente; la que hemos ido acumulando en los años, y que otros llaman: veteranía, humanidad, serenidad... Podemos ofrecer otra manera alternativa de entender la vida,  de resituarnos en ella, de relacionarnos de un modo más sincero, gratuito, menos posesivo.

 

2. Ofrecer el servicio de la cercanía: 

       Estamos ante la destructuración personal y familiar, la exclusión social, la pérdida de valores, la falta de proyectos de futuro, que se manifiestan en personas vulnerables, frágiles, faltas de interés y motivación. "Gente estupenda, llena de vitalidad, cargada de riqueza personal que germina y que se desarrolla, y de riqueza social y ambiental que les ofrece y les permite incontables posibilidades... Pero huesos yermos, en una gran mayoría, en cuanto se refiere a su dimensión trascendente y espiritual; a su capacidad religiosa, a su profundidad espiritual. Ni tienen ni conocen a Dios, ni lo necesitan, ni se cuestionan. No tiene para esos asuntos ni tiempo ni interés. Son el fruto de la sociedad europea secularizada e increyente, hijos, en nuestro caso, de padres de transición, cristianos de nacimiento que se han  convertido en paganos bautizados... Esta es la durísima tierra de misión de los religiosos educadores..." 

       Podemos ofrecer a la Comunidad educativa el servicio de la cercanía, la terapia del encuentro, el ambiente acogedor, la pedagogía de la presencia. Tenemos a nuestra disposición medios concretos:  el acompañamiento,  la tutoría, la escucha y el  tiempo ofrecido. Y esto requiere: calidad personal y plataformas adecuadas.

 

3. Ser artífices de convivencia 

      Estamos ante una "tolerancia" mal comprendida y descomprometida, el diluvio de información que nos llega, el hecho de estar tan próximos y tan distantes, el creciente fenómeno de la cibernética.           

      Podemos ofrecer a la Comunidad educativa: Elementos de convivencia: Posibilitar el diálogo, recuperar la autoestima de la vida comunitaria, general ámbitos de convivencia. Esto supone: Ser "mediadores" de la comunidad educativa (acercar a la gente, valorar a las personas, aliviar tensiones), mediante dinámicas de altruismo y gratuidad, con sencillos detalles y la creación de "infraestructuras" de convivencia.

 

4. Ser dinamizadores de solidaridad. 

      Estamos ante una sociedad desigual, antagónica, injusta, que genera hambre, desconfianza política, marginación, angustia, racismo y xenofobia. 

      Podemos ofrecer a la Comunidad educativa nuestro servicio a los pobres y necesitados (tomar opciones desde la solidaridad con los pobres), ser memoria viva que mantenga vivo el recuerdo de los que sufren (dentro y fuera del Colegio),  dinámicas de inclusión dentro de la Comunidad educativa (integrar, aglutinar a los que no siguen el ritmo, los que crean problemas, los menos favorecidos), colaborar en la organización de acciones solidarias (apoyar, acompañar, evaluar).
 

III UN LENTO AMANECER

 

En diálogo íntimo con Dios y con tus hermanos,

eres en el mundo germen de unidad entre los hombres,

signo de la Iglesia que prolonga en el tiempo el misterio de Salvación.

 

      Toda la vida religiosa, está viviendo un momento histórico, importante y crucial. Determinadas situaciones que en ella se dan provocan una reflexión serena y llevan a compromisos muy al día. Los Capítulos y encuentros elaboran textos de valía que si se pusiesen en práctica en su totalidad, sus exigencias apenas dejarían fisuras de escape. Nos marcan metas dignas de todo elogio aunque, luego, la inconsciencia, la desilusión o el cansancio mandan algunas cosas al garete. 

     Nadie duda que estamos pasando momentos de un lento amanecer. Nunca ha sido agradable interrumpir unos sueños en los que nos hemos sentido a gusto. Y, francamente, cierta vida religiosa se ha sentido a gusto en lo que en otro tiempo hacía.

 

1. Llamados a vivir el riesgo en la debilidad

     Cuando uno visita lugares que un tiempo estuvieron marcados por la pobreza y la debilidad de determinados elegidos  -pienso en Asís con Francisco, Ars con Juan Bautista Vianney, Belley con Gabriel Taborin- , todos "hombres de Dios" que se transformaron en lo que fueron en la dura brecha de la contemplación y la ascesis, me lleva a vislumbrar el futuro que espera a la vida consagrada, un futuro hecho, sobre todo de experiencia de Dios, de entrega, compromiso e itinerancia. Son condiciones que nuestra debilidad necesita para que Dios actúe. 

     Los peligros que nos acechan hoy tienen nombres nuevos. Se presentan como intimismo para unos, activismo gratificante para otros, gratuidad compensatoria..., inconsciencia, seguridad y evitar en lo posible determinadas complicaciones... Y así el riesgo está herido.

 

2. Un carisma con expresiones por manifestar 

     La vida religiosa tiene expresiones ocultas que todavía no han visto la luz. El pretender centrar únicamente la fidelidad en conservar y defender lo que hasta ahora ha sido, puede resultar peligroso. Y un gran peligro encierra el no favorecer o impedir que aparezcan todas las posibilidades que puede ofrecer al hombre de hoy. 

      El don que hemos recibido está muy vivo. Está llamado a dar vida abundante, por una razón bien sencilla: porque Dios así lo quiere. Apareció débil en sus orígenes pero sorprende los pasos que se ha visto obligado a dar para abrirse camino. La historia nos recuerda sus horas grises y amargas pero también los momentos felices y de tabor. 

      Se presentó con la debilidad de neonato al principio; los primeros Hermanos lo trataron con delicadeza y tacto favoreciendo su frescor; sufrió un duro revés a principio de siglo pero emprendió un renacer importante en algunos países de Europa; en América Latina vivió días de gloria encarnado en Hermanos cuya memoria todavía nos alienta  y perdura en el tiempo; y en países de una fuerte raigambre religiosa se abre camino y culturiza con un futuro prometedor.

 

3. Y ahora, ¿qué? 

     Sería de necios ignorar lo que en nuestro entorno está sucediendo. El protagonismo de los laicos en la Iglesia se abre paso con fuerza. Impulsado por el Espíritu es imposible prever las consecuencias que el hecho puede acarrear. Está ahí, llamando con insistencia a nuestras puertas. El número de los que colaboran en nuestras obras sobrepasa ya al de Hermanos. El carisma es también suyo. Se abren unas posibilidades nuevas para muchos seglares. Son laicos que no pretenden llevar la vida de Hermano sino participar de nuestra espiritualidad como laicos comprometidos. 

     Por eso es muy loable que en capítulos y reuniones algunos laicos hagan oír su voz. Y en ellos hablan de "lo suyo", de algo que en el carisma del Hermano Gabriel que le pertenece. Sus intervenciones caben de lleno en él y manifiestan que nuestra espiritualidad está llamada a  enriquecerse con aspectos de vida y apostolado que por circunstancias históricas hemos ignorado o no hemos dado la suficiente importancia. Ya no se conciben documentos sin que a ellos hagan referencia. Y preveo un debilitamiento del protagonismo que los Hermanos hemos gozado y un relevante papel de las Fraternidades y Grupos de laicos que quieran compartir nuestro modo de vivir. Con la sorpresa que  no tenemos mapas hechos, sólo la orientación de la brújula. El rostro del Instituto está cambiando, se rejuvenece, pero es el mismo Instituto. No podemos ignorar ya la complementariedad que constatamos ya...

 

4. Un futuro marcado por el optimismo

     Si tomamos en serio esta nueva situación, se disipan muchos nubarrones de futuro. Nuestra vida será distinta sin duda; pero será una vida consagrada más en consonancia con las exigencias evangélicas de la sociedad y de la Iglesia de hoy, e, incluso, diría, se sentirá "arropada" y sostenida por nuevos compañeros de camino. No podemos dar cobijo a cierto vacío de ánimo difuso que permanece expectante ante lo que pueda venir. Lo nuestro es favorecer la acción de Dios que marca el camino. Nuestra pastoral primera es trabajar sin desfallecer para que, cuantos lo deseen, pongan su mirada en nuestro Fundador, se sientan a gusto entre nosotros y orienten su vida hacia la Familia de Nazaret.   

     Con esta nueva aportación laical ganará nuestra vida de consagrados y en ella nuestros laicos descubrirán un nuevo modo de vivir las exigencias bautismales. Nuestro "espíritu de familia" se enriquecerá de humanidad, de ternura, de amistad, de una nueva dimensión de sentimientos que nos llevará a ser, tal vez, más "significativos". Nos sentiremos arropados y más acompañados en nuestro apostolado, tendremos ocasiones de compartir nuestros planes y anhelos, será una ocasión propicia para dejar rincones de poder en los que tal vez nos hemos sentido necesarios pero que, a la larga, resultan un tanto sofocantes. La "apertura" de nuestras Comunidades será de verdad una gozosa realidad.

 

5. Las Fraternidades Nazarenas 

     Como partícipes de la misma espiritualidad taboriniana, cada vez más, Hermanos y laicos estamos llamados a descubrir  las virtualidades de un carisma común. Sin protagonismos. En él nadie es superior, dueño. Los unos desde la sencillez y humildad, los otros con el entusiasmo que les da el que Dios les haya abierto este camino nuevo. 

      En especial las Fraternidades Nazarenas deberán ocupar un puesto relevante en la estructura actual de nuestro Instituto. Hemos de llegar al convencimiento de que ya son Instituto. Están llamadas a ser el nuevo corazón y, en algunos casos, los nuevos brazos tendidos en la misión que la Iglesia ha confiado al Instituto. Con ojos nazarenos se acercarán al hermano y al necesitado para compartir y ofrecer un servicio que les devolverá la serenidad y gozo perdidos. Y si la vida es celebración, habrá que determinar momentos de oración y convivencia en aras a un enriquecimiento mutuo. Nadie puede permanecer al margen de la acogida y simpatía que el proceso requiere.

 

6.  Abrir las puertas. 

      Quizás estemos en el límite de lo utópico. Pero también en la utopía está Dios, porque Dios quiere y está en la vida hecha fraternidad, en la acogida del hermano, en su Palabra compartida, en la amistad leal, en una ternura rica en detalles, en la entrega gratuita, en el sacrificio que no descarta el heroísmo, en la cruz de lo cotidiano... sobre todo si nuestra mirada está fija en la Familia de Nazaret. 

       Ha llegado el momento histórico de abrir las puertas de recintos de nuestra vida institucional celosamente custodiados, para que una nueva luz y aire fresco le dé nuevo vigor y muestre al mundo las riquezas que encierran. Nazaret, Fundador, fraternidad, contemplación, solidaridad y misión han de seguir siendo las bases sólidas en las que se asiente nuestro futuro carismático. 

                                                                               

  IV. EN TORNO AL CAMBIO

 Es comentario habitual entre los intérpretes de Frank Kafka que, en su Metamorfosis, han quedado reflejadas las huellas de su existencia, así como las características del medio cultural y social en el que creció y maduró. Es un dato altamente elocuente y habitual entre los escritores a tener en cuenta.  

Las vivencias personales, los anhelos frustrados e ideales no cumplidos, consciente o inconscientemente, marcan nuestra vida y afloran en los momentos más inesperados.  Pero no es éste el aspecto en el que voy a centrar mi atención. Cuando uno lee por vez primera la Metamorfosis, un sentimiento, difícilmente definible, se apodera de la intimidad del lector.  Se trata de una mezcla de preocupación, repugnancia, compasión, impotencia y hastío. 

 

Comodamente instalados en la mediocridad

Porque preocupante es que el hecho insólito, extravagante, en el que se ve inmerso contra su voluntad el protagonista, se pueda todavía dar en determinadas esferas de nuestro ser individual o colectivo; que los que se ven cómodamente instalados en la "normalidad", se sientan molestos al tener que convivir y, en ocasiones ayudar, a los que son víctimas de deformaciones y taras más o menos repugnantes; que determinadas personas, guiadas por un sentimiento de superioridad, se escuden en una falsa compasión y sentimentalismo ñoño e ineficaz ante el mal ajeno, mientras que, impotentes y sin arriesgar en la búsqueda de soluciones, un ambiguo conformismo se adueñe de sus voluntades; que, en determinados rostros, a medida que avanza el tiempo, la amargura y el tedio vayan dejando las huellas inequívocas de su disconformidad con lo que les rodea. 

Me permito recordar el argumento. Está en la línea de la más extremada sencillez: Tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa, viajante de comercio, encontróse una mañana en su cama convertido en un monstruoso insecto. A partir de ese momento, se plantea el problema de convivencia con su familia y demás personas relacionadas con la profesión que ejerce.  Cada cual, con su proceder, aporta detalles dignos de tenerse en cuenta. 

Toda la obra está llena de resonancias alegóricas y de inquietantes augurios. Podrían dar origen a múltiples e insólitas interpretaciones, carentes de interés para algunos, pero que, en todo caso, sobrepasarían los límites y pretensiones de este escrito. Nos limitaremos a lo que, en su etimología y esencia más profunda, la metamorfosis significa: el cambio, y éste, con sus aplicaciones en la vivencia religiosa. 

En un momento determinado la palabra "cambio" presidió la campaña política de un determinado sector social y somos testigos de que ha dado los frutos apetecidos por aquellos que lanzaron su difusión. Se diría que la palabra en sí conlleva un atractivo singular, especialmente entre los jóvenes.  El tono despectivo de ciertas palabras empleadas entre ellos de "carrozas", "retablos", etc. nos lo acreditan.  En el fondo, todos anhelamos un cambio a mejor, aunque no todos coincidimos en el empleo de los medios para su consecución. 

Hay cambios que son preocupantes.  Más de un componente del grupo comunitario intuye que no llevan a un final feliz, que están abocados al fracaso personal o comunitario.  Y el tiempo se encarga de darles la razón. Después vemos cómo aquel esfuerzo, poco a poco, queda olvidado y sus protagonistas, quemados. Tal vez se habían lanzado alegremente a la aventura de lo novedoso sin prever lúcidamente lo que se pretendía. 

Y molesta recordar esos cambios lentos de comportamiento, que, a veces, se dan en la vida religiosa, en un ambiente de conformismo comunitario y de dejadez personal, y que deberían estar ausentes si realmente el Evangelio y la caridad presidieran nuestra vida.  Son metamorfosis vivenciales que, sencillamente, aceptamos sin ninguna complicación y que, por repetidas, las consideramos "normales" en la vida religiosa, pero que están muy lejos de lo que ésta pretende realmente. 

 

2. La autoridad como servicio

Alguien ha señalado que la obra que comentamos es reflejo de las difíciles relaciones de Kafka con su padre. Creo que nadie pone en duda la influencia decisiva que puede tener un superior en el comportamiento de los miembros de su Comunidad.  Magistralmente está reflejado en nuestras Reglas: "Representante de Cristo entre sus Hermanos y signo de unidad, el Superior hace auténtica a la Comunidad... los atiende, los ayuda a encontrar su auténtica personalidad.  Se esfuerza en crear un ambiente favorable al diálogo y trata a cada uno con particular atención". 

Es un ideal al que hay que tender.  Pero ¿quién no ha sido testigo de cómo ciertas actitudes rebeldes e inconformistas partieron de unos comportamientos carentes de auténtico diálogo entre la Autoridad y el Hermano?  El protagonismo debe estar centrado en conseguir la unidad fraterna, no en velar porque quede intacta una determinada manera de ejercer la autoridad. 

Una idea clave y fundamental que se desprende de la lectura de la obra es el cambio que puede producir en una persona el tener que ejercer una profesión sin alicientes. Los ejemplos están ahí, en nuestro entorno y son altamente elocuentes. 

 

3. Una vocación marcada por la sencillez y la gratuidad

Nuestra vida de Hermanos de la Sagrada Familia linda con lo paradójico. Por una parte, carece de aquellos alicientes humanos que hoy día tanto el mundo elogia y defiende.  Nuestro Fundador lo señala claramente: "En verdad, nuestra profesión nada: tiene de atractivo según el mundo ni para buscar el provecho propio; ninguna fortuna podemos esperar y ninguna fama vamos a conquistar; lo que nos espera es más bien pasar la vida en un monótono trabajo...". Y, por otra, la aventura a la que Dios nos Invita es apasionante y fascinadora. De ahí esa lucha y tensión constante a la que nos vemos abocados y el esfuerzo que debemos llevar a cabo si queremos que realmente sea el ámbito de la fe el que prive en nuestra vida. 

Ya desde el principio la Iglesia, por boca de Gregorio XVI, "se alegraba en el Señor" "por la nueva ayuda de estos cooperadores...." "han elegido la mejor parte para formar a los niños en la piedad, enseñándoles los primeros elementos de la cultura...". Nuestra Congregación, en sus orígenes, como sabemos, se presentó como plenamente actual a su época, incluso se ha dicho que se adelantó a los tiempos. Somos conscientes de que sus comienzos estuvieron marcados por la incomprensión y el riesgo. La actuación de nuestro fundador, hombre de Dios, no podía ser de conformismo. Su época, cambiante si las hay, le exigía el riesgo, el dejar lo caduco, la búsqueda de nuevos caminos para creer.  Sólo así podemos comprender el aparente fracaso de nuestros comienzos, paralelo al de su Maestro en la cruz.

    Y su ejemplo está ahí. No para ser archivado. Y pasar al olvido. Tiene que ser punto de referencia en estos momentos de cambio. Debe inspirar nuestra valentía y actuación para ponernos realmente al día, dando importancia a aquellas cosas que deben ocupar el primer lugar de nuestros desvelos y sacrificando aquello que nos impide el acercamiento a Dios y a los hombres.  Es la METANOIA permanente que nos pide el Prólogo de nuestras Constituciones.

 

V.  HURGANDO  EN  NUESTRAS  VIDAS
 

Tu vocación es un don precioso para la Iglesia.

Sea tu alegría el amor del Padre que ha mirado tu pequeñez

y ha querido que participes en su plenitud de amor trinitario

por la imitación del hogar de Nazaret

 

1. Una anécdota con hondo calado religioso 

     En los últimos días del mes de enero, una Comunidad de consagrados de la Ciudad Condal recibían, por exigencias de la programación en vigor, la visita de uno de sus obispos auxiliares.

 Con una notoria ausencia del clásico protocolo, sin duda exigencia de los tiempos que corremos, y en un ambiente de sencillez nazarena, el diálogo entre el Pastor y Hermanos resultó fácil y ameno. Pocos instantes bastaron para que el Obispo captara la atención e interés de cuantos tuvimos la dicha de compartir las dos horas largas que con nosotros permaneció.

      En uno de esos momentos de conversación intranscendente, recuerdo, dejó escapar esta frase: "Soy optimista, máxime trabajando como trabajo para la Iglesia del año 2500".

      A más de uno el dicho del obispo le dejó perplejo, y, observando nuestra actitud, remató: " Desde que Dios llamó a su pueblo en la persona de Abraham hasta que Israel tomó posesión de la tierra prometida pasaron unos..." y señaló una cifra que en estos momentos no recuerdo con exactitud, por lo que la omito.

      Después, a los que tuvimos la suerte de permanecer más cerca de su persona y de hacernos partícipes de algunos aspectos de su vivencia religiosa, nos pareció muy en lógica cristiana seme­jante visión del futuro de la Iglesia.

 

2. Agoreros del pesimismo 

      En ocasiones nos causa enfado y estupor el encontrar a la vera del camino personas que se apropian una vocación "profética" y predicen un futuro con densos nubarrones de pesimismo.

      Son enfermos peligrosamente contagiosos, sembradores de desánimo y asesinos de ilusión. Aparente­mente seguros de sí mismos, consecuencia lógica de una clarivi­dencia congénitas que creen les asiste, pretenden, al pare­cer, justificar la inutilidad del compromiso con ponderadas lamentaciones y frecuentes llamadas a la sensatez.

      Pero cualquier "hombre de Dios" descubre en ellos una solapada cobardía que les impide el riesgo saludable y, por qué no decirlo, la auténtica entrega a los demás. Mal servicio proporcionan a la Iglesia con semejante actitud.

 

3. La indecisión puede ahogar  proyectos  plenamente válidos 

      En una línea similar encuadro a los indecisos. Estos dicen, entre otras cosas, “no ver claro...”  Y, en efecto, no ven porque dada su prolongada falta de empeño, ya no pueden ver.Densas tinieblas envuelven su existencia. La desilusión, la amargura, los reveses de la vida, el roce cotidiano con los hombres, aceleraron el ocaso de unos ideales que un día en ellos brillaron y su situación se agrava al no darse en ellos el menor esfuerzo para que se produzca el advenimiento de un nuevo amanecer. Alguien pudiera pensar que quizá nos les interese para no complicarse la vida.

      Ya no son capaces de abrir de par en par las ventanas con la única finalidad de que la Buena Nueva proyecte su claridad renovadora sobre las realidades terrenas que necesariamente nos acompañan. Olvidan, tal vez por interés personal, la reiterada doctrina del relato genésico: "Vio Dios que las cosas eran buenas".

 

4. Las cosas vistas con los ojos de Dios 

       Cuando en ocasiones cae en nuestras manos uno de esos libros sin eco en la prensa diaria ya que su destino se encamina a una élite de iniciados, nos asombra la peculiar visión que determina­das personas poseen.

     Sus autores llegaron a descubrir cosas que pasan desaperci­bidas a la mayor parte de los mortales. Sus frases y sentencias rozan el escándalo y la osadía para quienes, parafra­seando un texto evangélico, no ven más que siluetas gigantes­cas y borrosas de árboles allí donde hay hombres auténti­cos.

     Pero ¡qué condición la nuestra! ¿Por qué, cuando a lo largo de nuestra existencia, Dios, el destino, las circunstancias -llamémoslo como nos plazca- nos ofrecen ocasión y directrices que pueden curar nuestras miopías les despachamos tranquilamente con las clásicas frases en boga: " ¡Pasa, tío!", "¡No te enrolles!" y otras similares?

      Prescindamos en esos casos de la mala voluntad. Es más cristiano creer en el hombre. Pero reconozcamos que llevamos a cuestas un proceder habitual enmarcado en unas coordenadas de inatención fácil y comodidad, cuyos límites, como las líneas cartesianas, es imposible calcular.

 

5. Llamados a ser portadores de humanidad 

     Pero, por otra parte, llamados a una vocación de compromiso, nos es imprescindible la adquisición de una visión similar a las anteriormente señaladas. Todos los días, con el alborear de la mañana, deberíamos sentir la invitación amorosa de Dios a dejarnos envolver de una claridad que sólo de El procede. Deberíamos ser conscientes de que, con el despertar de las primeras horas, Dios deposita en nuestras manos un mensaje de luz y de esperanza y, convertidos en hijos de luz, nos envía a los hombres para disipar las tinieblas del error y de la ignorancia. ¿Por qué temer las tinieblas si somos mensajeros de la Luz y llevamos dentro la fuerza de Dios?           

      Miguel Benzo tiene una obra "Sobre el sentido de la vida" que le da pie a la catalogación de los humanos en "buscadores de la intensidad del vivir” y en "buscadores de la seguridad". Esta original división me lleva a la siguiente reflexión.

      Naturalmente, tengo poco que decir de los últimos catalogados. Es más, reconozco que, ocasionalmente, me parecen necesa­rios. Pero, paremos nuestra atención brevemente en la considera­ción del actuar de Dios relatado en la Biblia. Salta a la vista que el proceder divino con su pueblo está en radical oposición a comportamientos estables, instalaciones personales y seguridad. Ahí permanecen para la posteridad el mandato de Abrahán, el largo recorrido de su pueblo por el desierto, la huida a Egipto de la Sagrada Familia, los aparentes fracasos del fundador Gabriel Taborin… por señalar algún caso.

      Ante hechos similares no es difícil deducir que, en una proyección cristiana y máxime religiosa, una vida empeñada en conseguir seguridades personales, en el fondo, es una vida fallida. Me lo confirman las palabras de Cristo: "La zorras tienen sus guaridas... pero el Hijo del hombre no tiene donde reposar la cabeza".

       Comprendo que resulta tremendamente complicado pretender aplicar esta doctrina a nuestras vivencias personales. Pero, ¿hay algo más anticristiano que la instalación, cuando la fe nos señala que en este mundo estamos de paso?

     Sólo al alma que “busca” sinceramente, a los "inquietos", a los "sedientos" y a los que padecen "hambre", Dios se revela y muestra. Resulta casi imposible que el satisfecho descubra a Dios. La respuesta de una alumna de Barcelona ha estado muy presente en mi vida. “No me hable de Dios, pues no lo necesito”. A decir verdad, según mi parecer, ¡qué triste es no sentir la necesidad de Dios! Así lo entendió María como nos lo dejó reflejado en el Magníficat.

 

6. La radicalidad evangélica origen de una vida alegre 

     ¿Por qué no intentar un esfuerzo en la otra dirección buscando la "intensidad" en nuestro vivir? Hemos sido llamados a hacer nuestro el mensaje evangélico en toda su radicalidad con la mirada puesta en la Familia de Nazaret.

     Cristo pide voluntarios: "Si quieres ser discípulo mío..." Y precisamente en esta invitación amorosa se halla encubierta la vitalidad que en el fondo anhelamos. Esa voluntariedad debería llevarnos a traspasar las apariencias bajo las cuales se nos presenta y adentrarnos sin temores asumiendo sus exigencias. Sólo así pueden cambiar nuestras vidas. Todo lo demás, es doloroso reconocerlo, son componendas engañosas.

      La cosa no es nada fácil. En estos momentos soy consciente de la dificultad que entraña el hablar de la vida de Dios y sobre todo, llegar a entenderla. Necesitaríamos dar un salto de tal envergadura que, al modo ordinario que tenemos de conocer, deberíamos añadir otras categorías mentales. Ahí está el ejemplo de los místicos. ¡Qué difícil resulta el pretender "encerrar" en palabras humanas la exhuberancia de la vida de Dios! Vida que tiene también sus manifestaciones. Y nos habla de sacrificio, de renuncia, de cruz y de resurrección. Son palabras con un significado profundo que difícilmente llegamos a captar, por eso su escaso aprecio.

      Es en contacto con la VIDA que aprenderemos aquí y ahora un vivir singular, único, al que gratuitamente Dios nos convoca. Es en contacto cn la VIDA como adquiriremos esa visión nueva que, a grandes gritos, los tiempos modernos y nuestros contemporáneos reclaman. Si nos sentimos "llamados de Dios” y "ciudadanos del Infinito", no podemos acostumbrar y empobrecer nuestra visión con miradas permanentemente fijas en lo caduco y terreno.

      Y, por si a alguien puede servir de consuelo, termino recordando también que la lejanía, el anochecer, tienen sus encantos. Es cuestión de saber mirar, de aprender a ver. En realidad, el ocaso de nuestra vida entra en los planes de Dios para encontrarnos definitivamente con la Luz.

 

VI. CHOPOS O SAUCES LLORONES

 

Recuerda que en la humilde casa de Nazaret

encontrarás la sabiduría que te guiará en la vida.

En las dificultades no te separes de Jesús, María y José.

Contémplalos corno familia, tu familia, ámalos y confía en ellos.

     

     En el acervo cultural de un notable escritor contemporáneo, Juan Arias - el hecho lo refiere en su libro "El Dios que no creo"-, encontramos un coloquio en extremo significativo. Lo protagoniza él mismo, en su época estudiantil, y el Padre Garrigou-Lagrange ya en la recta final de sus días y tremendamente maduro en las vías del espíritu. Con la ingenuidad candorosa de un niño, le confesaba el eximio teólogo: ¡Qué difícil es la esperanza! Me hallo ya cerca de mi encuentro con Dios; no puedo negar que mi fe y caridad se han purificado y son virtudes que poseo con paz, pero la esperanza es mi tormento".

 

1. Son tiempos de esperanza 

     Salvo raras excepciones, todo reconocemos que, hoy día, nuestra espiritualidad ha sufrido una notable mejora, con transformaciones y cambios espectaculares a veces, y en todo caso, sustanciosos, corrigiendo enfoques desfasados y recuperando vivencias un tanto olvidadas. Fe y caridad ocupan un lugar de privilegio en la praxis cotidiana de la Iglesia. Todo esto es plausible y digno de loa. 

     Pero la esperanza, en la vida de muchos cristianos, sigue deformada, cargada de una costra de inautenticidad deplorable. De ahí la tristeza que embarga muchas vidas. No es raro descubrir que muchas veces, en su nombre, se enmascaran intereses personales y egoístas que no siempre son coincidentes con las miras de Dios. 

     Analizando la vida de estas personas, se vislumbra un contrato tácito, unilateral, que podíamos sintetizar en estos términos: "Si Dios responde a mis expectativas, le ofrezco mi veneración". Y a eso calificamos esperanza... No es extraño que el temor y la angustia aniden en esas personas una vez reducido el campo de sus apetencias y anhelos.

 

 

2. La dicha de creer 

     Este año mi reflexión religiosa semanal con dos grupos de COU la he centrado en el tema de la fe. Justos tratamos de descubrir la "dicha" de creer. Ya desde el principio hemos constatado lo difícil que resulta. Y la razón está ahí: Dios nos aprecia en demasía; por eso no puede ofrecernos una caricatura de sí mismo; se presenta como es: infinito, inabarcable. 

     En el mismo plano, creo, está la verdadera esperanza. Es triste que, llamados a vivir en esperanza, nos ahoguemos en esfuerzos, a la postre, inútiles, y en pueriles lamentaciones, provocadas por una mala comprendida espera. 

     A quienes la suerte nos deparó la posibilidad de nacer y asumir paulatinamente y sin grandes esfuerzos la realidad castellana, con frecuencia hemos contemplado y en ocasiones nos han embelesado ciertos paisajes de nuestra tierra.

 

3. Mirando el paisaje castellano

     En mis recuerdos lejanos aún perdura la imagen de aquellos chopos al borde de nuestras polvorientas carreteras,  erguidos, esqueléticos en invierno, apacibles en verano, desafiantes siempre. Perfectamente adaptados a las duras condiciones de nuestro clima, ahondaban sus raíces en los terreros más dispares, buscando lo imprescindible para su sustento, y se lanzaban luego, rectos y altaneros, en busca de la claridad. Nada parecía atemorizarlos ante la llamada de la inmensidad, de la luz, de las alturas. Por eso, con el tiempo, en los meses de estío, a la vera del camino o en las frondosas alamedas que rodean a muchos de nuestros pueblos, serían cobijo y solaz de  vecinos y viandantes en fiestas, viajes y romerías. 

     Y en lugares húmedos, fértiles, resguardados, estaban también los sauces llorones. Su estampa difiere mucho de la de los anteriores. Sus ramas se doblegan recordando el calor utereño de donde salieron. La claridad, la infinitud, las alturas parece no atraerles. Apenas unos tímidos estirones y retornan, reverentes, disculpándose, arrepentidos del esfuerzo realizado. La quietud, el remanso, el calor, son sus apetencias. Son rincón codiciado por poetas románticos y soñadores, por gentes quejumbrosas del duro vivir. 

     Los dos simbolizan, a mi entender, actitudes humanas ante opciones fundamentales de la vida. A la sombra de ambos, se cobijan seguidores y simpatizantes, atraídos por lo que representan.  

     Al recordar a los chopos veo en ellos gentes con vocación de infinitud, de claridad en sus vidas, de ilusión en la lucha, de fe en un nuevo amanecer... y con el recuerdo de los sauces llorones se acercan a mi recuelo gentes, por el contrario, de miras un tanto miopes y rastreas, que se dicen realistas, pero se les ve tristes e insatisfechas, gente que apetece la tranquilidad y la no complicación. Gentes que se esfuerzan en vivir en esperanza y marchitas, sin ilusión. 

      Mis "hombres-chopo" son desafiantes, recios, austeros, curtidos, con vocación de infinitud, con mirada de fe, apenas apoyados en terreno. Sienten que su destino está en un más allá y hacia él orientan su vida. Presienten un luminoso amanecer. 

       En cambio, los otros, los "hombres-sauces", son conformistas, desconfiados ante lo desconocido, sin riesgo. Amasan su pan entre lametaciones, quejas y llanto. Su engreído realismo les resulta tan pesado que apenas pueden soportar el impulso que, como todo mortal, reciben de la Divinidad. Calculadores y bien nutridos del quehacer diario, seguros de sí mismos, son despiadados ante cualquier talante soñador. La eficacia, lo terreno, pesa mucho en sus cálculos y reflexiones. En ellos la esperanza está en horas bajas. 

       

4. Disfrutar de la belleza de la vida

     Les resulta imprescindible y hasta escandaloso este pensamiento de un monje Zen: "Cuando se incendió mi casa, pude disfrutar por las noches de un espléndida vista de luna". 

       Es terrible su osadía. Son víctimas y sucumben con frecuencia a la tentación de querer recortar la generosidad de todo un Dios. Hasta su ruindad y miseria les impide descubrir que exista realmente Alguien con categorías distintas a las suyas, con un modo de ser y de obrar opuestos a sus pretensiones. Sería buenos recordarles aquellas palabras de Tresmontant: "Siempre la medida de Dios ha sido la superabundancia". ¿Por qué serán tan reacios a creer en la fe que Dios tiene en el hombre? 

       Sin duda, su comportamiento cambiaría con el recuerdo de que Dios gusta hacernos como somos, capaces de entrar en la esfera de lo divino sin que tengamos que abandonar nuestros márgenes creados y que, sobre todo, Dios nos sigue buscando, llamando, personalmente, porque seguimos siendo valores dignos de El. Y Dios sabe y Dios elige bien. 

      Me recuerdan la respuesta de aquel niño que se empeñaba a toda costa en sacar el pez del agua: "Quiero salvarlo, pues va a perecer ahogado". Es que, una vez más, " mis planes no son vuestros planes", dice el Señor.

 

VIi.  EN EL FONDO DEL SER DE ALGUNOS
DIOS SO
sTIENE SU GRITO DE PROTESTA

 

     En mis tiempos de formación universitaria en la bella ciudad salmantina leí La Peste de Alberto Camus. Recuerdo que, lenta y pausadamente trataba de descifrar el comporta­miento marcada­mente ambiguo de los distintos personajes que en la obra aparecen y, precisamente, en esa ambigüedad vislumbraba, quizás de un modo un tanto ingenuo y confuso, varios horizontes de interpretación humana.

     La ciudad de Orán, declarada zona prohibida, aparecía sin salidas, sufriente y enfermiza, envuelta en una ola de extrañeza y de misterio, terrible­mente lejana y, a la vez, curiosamente, próxima y familiar. 


1. Una palabra clave: honestidad 

    Si tuviéramos que buscar una palabra que reflejase la moral de sus personajes, ésa sería "honestidad". Cada uno trata de serlo a su manera. Todos piensan, sin formularlo, que no es necesario esperar para actuar, ni obtener para perseverar.  

    En aquellos personajes se da un progreso, aunque no sea hacia el infinito y lo sagrado. Buscan la buena voluntad antes que el heroísmo, la salud antes que la salvación, la humanidad antes que la santidad. Estamos ante la historia de un duro combate en el que se prescinde de Dios. No se preocupan por buscar otros horizontes. 

    Las palabras de Rieux son significativas: "La salvación del hombre es para mí una gran palabra. Pero yo no voy tan lejos. Me interesa la salud ante todo... No sé lo que me espera y qué ocurrirá después de esto. Por el momento hay enfermos y hay que curarlos..."  Lenguaje que se han apropiado muchos de nuestros contemporáneos.

 

2. Preguntas en el aire 

    Pero, hay una pregunta que surge con toda su crudeza: Un programa en estas condiciones,  ¿puede colmar las aspiraciones auténticas y profundas del hombre? 

    Lo dudo, porque en una respuesta válida deberían entrar en juego la sinceridad, motivaciones e intereses de quienes formulan tantas aseveraciones oídas hoy, privadas de la dimensión de trascendencia. 

     Se impone sobrepasar los límites de la ciudad pestilente. Hay vida fuera de Orán. Una vida con otras perspectivas. Sorprende que en la ciudad descrita cualquier forma de concentra­ción masiva de la vida moderna se halla en juego. Todas las formas de totalitaris­mo, larvado o institucional, se pueden entrever. Y las esclavitu­des también. 

     Y pienso en esas vidas anodinas y mediocres, truncadas en sus peculiaridades por la tiranía de una falta de instrucción, por la carencia de oportunidades o un paternalismo absorbente. Y pienso en tantas ataduras "doradas" y queridas a las que nos hemos acostumbrado consciente o inconscientemente y que nos esclavizan.

 

3. Orán refleja determinadas situaciones actuales 

     Orán me recuerda casos de crudo conformismo, mezcla de querer y no poder, atmósferas viciadas de resignación estúpida ante cosas deplorables, un morir lento y absurdo. 

      Fea y neutra, se hace en el relato ciudad de todos y de nadie por donde circula una muchedumbre arrojada a una existencia sin relieve: trabajo, diversión, indiferencia... Apenas se entrevén otros valores que el dinero y la agitación. Es una ciudad que ha perdido el sentido de un auténtico vivir. 

      Sería sumamente deseable para nuestro compromiso existencial que, de vez en vez, nuestra escala de valores sufriera un debate radical de nuestras facultades y críticas. Conseguiríamos con ello despojarnos de ciertos prejuicios e ilusiones. Pero reconozco que esta tarea resulta sumamente difícil a cuantos son víctimas de una agitación febril, llámese clase, trabajo, apostolado, diversión, etc. 

      Para el célebre filósofo argelino el mito de la peste engloba todas las formas de mal. Se encarna sutilmente en los corazones, guía el puñal de los asesinos, el gesto de los verdugos, el fuego de los revolucionarios y la mediocridad de los buenos. Es muerte insaciable e insidiosa que aplasta los pechos con su peso invisible. En ocasiones nos desconcierta con la rapidez e improvisación de sus apariciones y retiradas. 

       También nosotros en ocasiones sentimos sus zarpazos. Por experiencia personal sabemos que pretender una vida personal paradisíaca y sin molestias, en el fondo sin contar con el factor mal, es utópico. Cabría aquí hacer mención del pecado de ingenuidad y recordar que la parábola de la cizaña está también hoy vigente. El "no te pido, Padre, que les saques de este mundo, sino que les preserves del mal", en boca de Cristo, es significativo y nos debe hacer pensar.

 

4. Atrapados por los designios ocultos de Dios 

        Para quien vive en esperanza y se siente elegido, si se da el mal, se acepta, como se acatan los designios ocultos de Dios. 

       Deberíamos ser más conscientes de que son a veces ridículos y resultan inútiles los esfuerzos por justificar formulaciones de vida inauténtica con el síndrome de la infecundidad. Pero también es duro en ocasio­nes y dan rabia ciertos abandonos de personas que trabajaron codo a codo y hasta con ilusión en nuestro lado. Pero, ¿por qué? 

        Sin duda "La Peste" se presenta dura y cruel. Grita en un mundo sordo y ocupado. Pide nuestra colaboración, pero no basta una tarea laica común. En el rumor confuso de sus gritos percibo la voz sutil e insinuante de lo no dicho por Camus, que reclama la dimensión trascendente de la vida humana. Me pide una lucha constante por salir de ese ambiente morboso y conformista que me asfixia, una fe en la utilidad de la oración y el sacrificio, en su valor redentor. 

        En los silencios de "La Peste" hay alusiones a vivir en esperanza. No puedo admitir, como en la novela, que cualquier empresa esté condenada de antemano al fracaso, que todas las salidas estén bloqueadas. En el fondo del ser humano Dios sostiene un grito de protesta.
 

VIII.  Es inútil intentar detener la primavera
 

  Una mente privilegiada de estos tiempos, en el atardecer de sus días se dejó escapar, creo que conscientemente dada su talla intelectual, esta llamativa queja: "La esperanza ha sido mi mayor tormento". Él, que siempre había dado muestras de ser fiel a sus creencias. Todos constataban que la fe iluminaba su vida, que la caridad ocupaba un puesto privilegiado en sus opciones… pero confesó que el punto débil de su espiritualidad había sido la esperanza teologal.

  La frase no tiene desperdicio en los tiempos que corremos. No es difícil constatar que hoy la esperanza es ave herida o parece estar adormecida. En la mayoría de los casos, dada su escasez extrema, necesitaría un alto precio para su adquisición, pero, por el cansancio generalizado y la mediocridad galopante, es muy difícil que se dé y ocupe el lugar que merece.

  Si echamos una mirada en nuestro entorno, enseguida nos damos cuenta de su escasez y necesidad. Nuestro mundo es pobre en esperanza. Los ideales que en un tiempo provocaban grandes y meritorios esfuerzos, poco a poco han sido sofocados por el bienestar, la inconsciencia o las preocupaciones del vivir diario, y el horizonte de la esperanza queda ensombrecido.

  En mis paseos por esta ciudad en que vivo, me encuentro con frecuencia con madres que acompañan y cuidan con mimo a sus pequeños. En éstos veo encarnada la esperanza. Nada más frágil que un niño, pero ¡cuántas posibilidades futuras tan difíciles de prever! A falta de palabras me llama la atención sus gestos y miradas que manifiestan una total confianza en la madre. Con ella se sienten confiados y seguros.

  Ocurre algo parecido con la esperanza. Débil, frágil y expuesta a la intemperie, a los rigores del clima invernal que hoy la envuelve. Pero, no podemos olvidar que, como el niño se siente arropado por el amor de la madre, nuestra esperanza cuenta con el mimo de Dios. Y con gozo constatamos que se está abriendo camino sin que nadie ni nada la puedan detener. Lleva en sí la fuerza de Dios... Presiento que sus frutos están ya cercanos, por eso, adelanto que lo nuestro será cultivar retoños de vida, podar no talar lo anteriormente vivido, la tradición. 

  Todos nos hemos preguntado alguna vez cómo será la vida consagrada del futuro y los expertos coinciden en unas pautas de comportamiento que los libros y revistas especializados no dudan en señalar, a las que no hago alusión por ser asaz conocidas. No obstante, permitidme que aproveche esta ocasión para decir que nuestra vida consagrada, si quiere responder con fidelidad creativa a lo que la Iglesia y la Sociedad le piden, ante todo tiene que estar animada por la esperanza en Dios y en el hombre.

  Pero, seamos sinceros, no es fácil abrirse caminos cuando encuentra parajes desérticos en los que domina el cansancio, la rutina o el miedo; personas que tienen puesta la vista y añoran en demasía el pasado; hombres y mujeres que la comodidad les lleva a encerrarse en su cuartel de invierno a pesar de que se les dice que en la Iglesia está apareciendo una nueva primavera que no quieren ver. Y, por experiencia sabemos que en ese cuartel, dadas las bajas temperaturas, poco a poco se van agostando los ideales, se teme la novedad y la generosidad brilla por su ausencia.

  Los que nos conocen nos piden que en nuestra sencillez y cercanía, seamos Hermanos de la Sagrada Familia marcados por la esperanza; que respiremos esperanza; que contagiemos esperanza; que seamos auténticos testigos de esperanza. Hay una razón fundamental que nos impulsa a ello: la esperanza lleva a la oración confiada, fecunda la misión, nos mantiene en nuestro empeño de ser "sencillamente Hermanos"; genera confianza, ofrece cercanía, facilita el compartir y nos da la ocasión y la fuerza necesaria para vivir en las fronteras con los marginados y pobres.

  Y a propósito. En cierta ocasión leí que en 1995 Taizé organizó su habitual encuentro mundial de jóvenes en Viena. Los periodistas entrevistaron al Hno. Roger y entre otras cosas le preguntaron: "¿Quién puede dar esperanza hoy a los jóvenes?". La respuesta fue muy sencilla y espontánea como suelen ser los dichos de los hombres de Dios: "Los pobres, los contemplativos y los que saben de fraternidad". Un programa a ser tenido muy en cuenta por un Hermano de la Sagrada Familia. En el fondo, son las marcas de nuestra identidad.

  ¡Contemplativos en la acción! hemos oído decir hasta la saciedad. Quien en su vida reserva "largos ratos perdidos" de capilla, momentos gratuitos de intimidad con el Señor, el Espíritu le abre a una vida nueva marcada por la esperanza. Es un medio que no falla.

  Los discípulos de Emaus en su día nos marcaron el camino. Fue el coloquio con Jesús que les hizo abrir los ojos. Fue en la fracción del pan que le reconocieron. En la compañía de Jesús les envolvió una esperanza desbordante que en seguida sintieron la necesidad de compartir con los otros discípulos en Jerusalén (Lc 24,3 l). Si nos sentimos débiles, la humildad nos llevará al encuentro fraterno para compartir vida y misión.

  Únicamente quienes han recorrido el camino de la esperanza, como los de Emaus, lo pueden proponer a los demás. En medio de los silencios en los que la verdad, el amor, la libertad, la paz, la alegría parecen enmudecidas hay que seguir esperando y afirmar que es posible otro mundo, otro hombre, otra tierra; en una palabra, es posible salir de la esclavitud de Egipto y poner los ojos en la tierra prometida.

  No puedo por menos que recordar que la Sagrada Familia es para nosotros modelo de nuesro esperar. En ella está la fuente de nuestra esperanza. María nos abre las puertas y con frecuencia le pedimos que "mantenga el ritmo de nuestra espera". Mirar y escuchar a María es caminar hacia la esperanza, ya que como Dante cantó: "María de esperanza es fuente viva". Y José nos enseña a esperar contra toda esperanza (Rom 4, 18). Su vida sólo encuentra una explicación: siempre se fió de Dios: sus dudas, la huida a Egipto...

  Nuestro último Capítulo nos invitaba a ser "constructores de humanidad", expertos en humanidad. Hemos sido convocados a vivir en familia junto a Jesús, María y José en la escuela de Nazaret. Ellos nos enseñan, como nadie, a ser humanizadores, a empeñarnos en que el hombre llegue a su plenitud. Es ahí donde debe estar puesta nuestra mirada y corazón. Eso nos llevará a interpretar los signos de los tiempos, a conocer los anhelos y esperanzas de nuestros contemporáneos y a confiar en el futuro.

  En nuestra vida de Hermanos se están dando signos evidentes de un lento amanecer marcado por la esperanza: la serenidad de los mayores, el empeño de los más, la generosidad de nuestros misioneros, los que se mantienen a pesar de su dureza en el campo educativo, la cercanía a la gente de los medios rurales, el silencio y la aceptación serena de los aquejados por el dolor y la enfermedad, el que tantos laicos se empeñen en vivir nuestro carisma. Son signos inequívocos de que una nueva primavera está despuntando.

  No ha mucho Benedicto XVI nos confiaba su segunda encíclica "Spe salvi" que es un auténtico canto a la esperanza. En ella el Papa no duda en afirmar que un mundo sin Dio es un mundo sin esperanza. Pero también hacemos nuestras las palabras de Boff, "la Iglesia y la Vida consagrada de ese milenio tendrán que reactivar con palabras nuevas el potencial revolucionario de la fe". Es lo que hicieron Francisco de Asís, Teresa de Calcuta, Juan XXIII, el Hermano Gabriel y tantos otros.

  Y termino. A los Hermanos de la Sagrada Familia nos compete asumir con coraje nuestro carácter de kénosis y de debilidad institucional. Estoy convencido de que únicamente lo podemos llevar acabo si nos orienta la esperanza. Nuestro apoyo es de carácter radicalmente evangélico y místico. No tenemos las energías necesarias para luchar abiertamente contra el Goliat de la realidad sociopolítica, económica y cultural actual. Nuestra fuerza y esperanza han de estar puestas únicamente en Jesús, María y José.

                                                             

IX  Convocados a responder con gozo
al amor gratuito y fiel de Dios

  Cinco y media de la tarde. La Basílica de San Pedro ofrecía un aspecto insólito, espectacular y único. Una tenue oscuridad envolvía a quienes estaban en su recinto y se disponían celebrar el rito de la luz. Miles y miles de consagrados y consagradas, silenciosos, se mantenían expectantes ante la inmediata aparición del Pontífice.

  Apenas Benedicto XVI hizo su aparición, su voz recorrió el recinto sacro y con fuerza y ánimo gozoso, proclamaba: "También nosotros, convocados por el Espíritu Santo, vamos al encuentro de Cristo que reconoceremos en la fracción del pan". Y se dispuso a bendecir las candelas que en las manos tenían los asistentes.

   La procesión lentamente se dirigía hacia el altar, mientras la asamblea, con fervor, cantaba: "Condúceme Tú, mi luz, condúceme en medio de las tinieblas que me envuelven, porque la noche es oscura y la casa, aún lejana"

   Para un Hermano de la Sagrada Familia la procesión que desfilaba ante sus ojos ofrecía un aspecto que colmaba muchas de sus ilusiones. Veía cómo el H. Lino da Campo, Superior General, representando al Instituto, portaba uno de los grandes cirios que durante la Eucaristía permanecieron encendidos en torno al altar de la celebración. Y otro detalle a destacar: el H.Carlo Ivaldi tuvo la dicha de recibir la comunión de manos del Pontífice.

    Sentimos satisfacción cuando descubrimos que es Dios quien guía los pasos de la historia y, esta vez, quiso que la valiosa aunque tal vez débil luz de la vida de entrega de nuestros Hermanos, estuviese presente en este día 2 de febrero, dedicado a la "la vida consagrada". La vocación del Hermano cuenta poco para algunos de nuestros contemporáneos, pero el criterio de Dios difiere enormemente de sus esquemas mentales.

   La técnica hace milagros. De repente, la Basílica se vio envuelta en una luminosidad deslumbrante. Y todo cambió... Fue entonces cuando, sin pretenderlo, mi pensamiento rememoró la aportación clarividente y valiosa de tantos consagrados en un mundo envuelto en incertidumbres, densas tinieblas de error e ignorancia. Son personas frágiles, sin duda, pero que, armados de la fuerza de Dios y de forma gratuita y con una generosidad que a veces raya el heroísmo y hasta se hace martirial, gastan su vida en llevar el bien a los rincones más apartados del planeta. Son "las manos de Dios" siempre dispuestas a curar dolencias, educar en valores, acompañar a muchos en su soledad... ¡Cuántas personas, obligadas a vivir en las "periferias", sólo reciben este consuelo que los religiosos derraman a raudales!

   ¡Qué bien lo va asimilando el nuevo rostro de la vida religiosa actual! ¡Qué despliegue del vigor que da la debilidad, gracias a los consagrados, se está adueñando del mundo que sufre!¡Qué milagros están produciendo ciertas cercanías!

   En Quito, en una espera obligada por caprichos del Pichincha, tuve ocasión de leer a Ernesto Sabato y me recordó que hoy, Dios se manifiesta especialmente en los pobres, enfermos y excluidos, en quienes viven con sencillez, en los que pretenden ser sus testigos. Es ahí donde sigue oculto el rostro verdadero de Dios y sólo se manifiesta a una minoría que lo busca.

   En más de una ocasión hemos oído que esas personas "nos evangelizan"; que con su situación ofrecen su don a quienes quieren descubrirlo. Las palabras evangélicas: "Tuve hambre y me disteis de comer...." calan muy hondo en quienes apuestan por una vida centrada en Dios.

   En una de esas lecturas que hacemos en el correr del día, de vez en cuando aparecen ideas que uno asume perplejo. "Es en el otro donde reside la voluntad de Dios. Cualquiera a quien rechazamos es un mensaje perdido en nuestra vida". (Joan Chittister)

   Parecería que hoy nuestra vocación está llamada a aceptar sin exclusivismo a cuantos Dios pone en nuestro camino, sea cual sea su situación, especialmente a los niños y jóvenes con carencias que necesitan nuestro aporte de educadores. Una vez más aparece plenamente vigente lo que el Hermano Gabriel nos legara como algo peculiar el "espíritu de cuerpo y de familia" y que con tantas luces y sombras tratamos de hacer patrimonio nuestro.

   Las palabras del Papa en su homilía son un valiosos comentario al episodio de la Presentación de Jesús en el Templo, vivido fielmente por la Sagrada Familia. Según el Papa, nuestra vida, como religiosos, hoy:

* Es signo elocuente de la presencia del Reino de Dios en el mundo...
* Manifiesta la plena pertenencia al único Señor...
* Es un anuncio que nuestros contemporáneos pueden comprender...
* Es el primer servicio que la vida consagrada hace a la Iglesia y al mundo...

   Cuando los brazos de muchos, cansados o víctimas del desencanto, dejan de alzarse a lo alto y de sus labios brotan estériles lamentaciones que con frecuencia oímos, las palabras del Papa dirigidas a los religiosos como "centinelas que descubren y anuncian la vida nueva ya presente" pueden servir de revulsivo en estos tiempos difíciles pero apasionados, que nos toca vivir.

   Tras la homilía, el Papa invitaba a renovar "el compromiso de seguir a Cristo obediente, pobre y casto". Y al lado del Papa aparecieron seis consagrados que, de forma diferente, respondían a este deseo del Papa. Cerraba las intervenciones el H. Lino, proclamando con voz clara y digna de la circunstancia que vivíamos: "Gracias, Padre, por el don de Cristo, esposo virgen de la Iglesia virgen. Con gozo confirmamos hoy nuestro compromiso de guardar casto el cuerpo y puro el corazón, de vivir un amor indiviso para tu gloria y la salvación del mundo". Un amén, tres veces repetido y melodioso, era la respuesta que confirmaba la disponibilidad de todos.

   Mañana los medios de comunicación apenas se harán eco del evento que estábamos viviendo en San Pedro, pero Dios sigue obrando en su pueblo prodigios que pasan ocultos para muchos pero que están ahí enriqueciendo a los hombres por Él creados, sus hijos, y llevando la historia a su plenitud.

    No puedo por menos que hacer referencia a un hecho banal que atrajo mi atención: detrás de mí se encontraba un padre de familia que atentamente seguía la ceremonia religiosa. Tenía en sus brazos un niño de pocos años . El niño se sentía muy a gusto arropado en los brazos de su padre. Caprichos del azar, el hecho me llevó a ver en esa escena un símbolo de la vida consagrada actual, protegida y mimada, en los brazos del Padre. ¿Por qué temer su futuro? Suceda lo que suceda nuestra vocación está en los brazos de Dios.

   Y para terminar hago mío el deseo del Papa: "Como candelas encendidas, irradiad siempre y en todo lugar el amor de Cristo, luz del Mundo".

H. José María Esgueva
 

Roma, 08.02.2006