Se pueden
contar por miles las personas que han encontrado en nuestro "panteoncito",
amasado en los ejemplos de la Familia de Nazaret y en los
escritos del Hermano Gabriel, una riqueza bella e ilusionante
para sus vidas. ¿Será porque ciertos "panteones" tienen su
atractivo por la promesa de "inmortalidad" que despiertan? ¡Cuántos
Hermanos de la Sagrada Familia, con la mirada puesta en Nazaret,
han sido y son copia viviente de lo que su Fundador anheló!
Partiendo de esta
realidad quiero comenzar unas líneas de reflexión que me lleva a
analizar nuestra Asamblea Capitular últimamente celebrada en
nuestro Seminario de Valladolid, del 17 al 23 de julio del
presente año.
Me permito afirmar,
ya desde el principio y sin complejos que, al echar la vista
sobre aquellos días trascurridos en comunión fraterna, no es
difícil descubrir la huella de "paso de Dios" entre nosotros; un
paso que nos ha devuelto una vitalidad y pujanza nuevas que,
entre todos, Hermanos y seglares, nos esforzábamos en descubrir.
Parece
utópico afirmar que nuestro Capítulo se encuadró dentro de unas
coordenadas históricas. La presencia y colaboración de algunos
seglares que, con gozo manifiesto comparten nuestras mismas
inquietudes, las podemos calificar de muy valiosas. Con su
peculiar lenguaje, impreciso y torpe a veces, nos han señalado
unos rasgos que les gustaría ver en nosotros y en nuestras
obras. Nos han manifestado el deseo de poder encontrarse con
Hermanos que respiren habitualmente alegría, sencillez y
entrega; "hombres de Dios", cercanos al débil y necesitado;
punto de referencia para muchos; entregados y siempre dispuesto
a la acogida.
En el
fondo anhelan relacionarse con unas Comunidades de Hermanos
estrechamente unidas por sólidos lazos de fraternidad; marcadas
por el amor recíproco; abiertas a las nuevas carencias sociales,
siempre dispuestas a compartir; comprometidas en la misión que
le ha sido asignada. Nos piden un mayor y renovado compromiso en
la "nueva evangelización" especialmente ante los niños y
jóvenes. Y, sobre todo, nos quieren que demostremos en nuestros
rostros y comportamiento la "sonrisa de Dios".
¡Qué
difícil nos resulta con tanto trajín encontrar en estos tiempos
y en un mundo tan complejo caminos de fidelidad a nuestra
condición de hombres consagrados! ¡Qué poco se favorece hoy un
diálogo sereno y lúcido, a la luz de la fe, y cuánto sentimos su
necesidad!
En esos
días, convocados y reunidos en fraternidad, hemos dado muestras
de querer una auténtica renovación de vida y de estructuras
institucionales; renovación que se apoya en que "allí donde el
hombre es problema, para un Hermano de la Sagrada Familia el
Evangelio es "llamada".
Por esos
mundos de Dios dicen que las experiencias que no se expresan, se
deterioran y tienden a desaparecer. Esto nos debe impulsar a
convertir nuestras Comunidades en auténticos "hogares" en los
que todos se sientan a gusto, en los que tenga cabida tiempos de
silencios prolongados para que, con naturalidad, brote un cara a
cara con Dios y la plegaria compartida.
Todos
salimos del Capítulo con la convicción de que, los tiempos que
nos toca vivir reclaman urgentemente una buena dosis de
esperanza. Un importante teólogo confesó al final de sus días
que la esperanza había sido "su mayor tormento". La necesitamos.
Sé que cada día se hace más difícil su puesta en práctica, pero
tenemos motivos para reavivarla. Este Capítulo quiso despertar
esperanza, crear y favorecer esperanza. Esperanza que, cuando la
poseemos, se hace una "chispita de Dios" en nosotros para
cuantos con nosotros conviven.
¡Son dignas de
tenerse en cuenta las palabras de Péguy:
"Por el camino
empinado, arenoso y estrecho, arrastrada y colgada de los brazos
de sus dos hermanas mayores (fe y caridad), va la pequeña
esperanza como un niño que no tuviera fuerzas para caminar. Pero
en realidad es ella la que hace andar a las otras dos, y a las
que arrastra, y la que hace andar al mundo entero, y la que lo
arrastra..."
¡Qué
presente está la esperanza en la vida de los mártires de hoy!
¡Qué impulso puede ocasionarnos para no "pasar" del sufrimiento
de los demás, no caer en seguir los reclamos del consumismo,
instalarse en la mediocridad, todo por evitar la cruz, signo
inequívoco del actuar de Dios!
Es la
esperanza lo que en una Comunidad de consagrados hace que nadie
ni nada sea ignorado, menospreciado o reprimido. Es la esperanza
la que nos lleva a esta "nueva evangelización" que tanto
reclaman nuestros contemporáneos y los tiempos apasionantes que
vivimos, aportando nuestro singular estilo de vida.
Nunca fue
fácil la evangelización. Aquella audacia envidiable de los
comienzos de la Iglesia sigue muy presente en muchos apóstoles
de hoy. Aquella audacia de nuestros primeros Hermanos sigue
brillando en muchas vidas de los actuales, prueba inequívoca de
que el Espíritu no ceja en el empeño de enriquecernos con sus
dádivas.
Si, de
verdad, creemos que es así, ¿qué sentido tiene el mirar el
pasado con nostalgia? ¿Por qué afincarnos inamovibles en
estructuras y modos de vivir un presente superficial? ¿Cuáles
son los motivos que nos llevan a no ver el futuro con optimismo,
cuando sabemos que, aunque lo desconocemos, está siendo gestado
por el espíritu de Dios? En ocasiones se denuncia que sería
lamentable no abrirse a nuevas urgencias por estar ocupados
únicamente en conservar celosamente el "talento recibido".
¿Quién no
agradece en el fondo la existencia del Panteón romano? Las
razones y motivos pueden ser varios. El ser agradecido demuestra
exquisitez de ánimo. También nosotros estamos muy agradecidos al
reconocer que el Espíritu nos sigue enriqueciendo con Hermanos
que aceptan el riesgo del fracaso; con Hermanos que acogen el
servicio con responsabilidad alegre como actitud permanente; con
Hermanos que tienen el valor de marcar prioridades, aunque son
conscientes de que resulta difícil escuchar las urgencias de la
misión cuando se pretende satisfacer a todo lo que se acumula.
Es una
opinión muy personal: en el momento actual pienso que son dos
los campos en los que es urgente nuestra adhesión y fidelidad al
Espíritu: enfrentarse al miedo a lo nuevo y a la cobardía por la
dureza de la misión. Vivamos atentos, pues pueden aparecer con
distintos disfraces
Y si así
fuere corremos el riesgo de perder la libertad que nos da el
Espíritu para no ceder cobardemente y no asumir la cruz que
necesariamente conlleva la fidelidad a Cristo, y que se traduce
en el pecado de callar cuando habría que hablar y retirarse
cuando se debería intervenir.
En más de
una ocasión hemos oído decir: "La Iglesia o es de los pobres
o deja de ser la Iglesia ungida por el Espíritu de Cristo".
Ellacuría está a la cabeza de quienes despiertan conciencias con
frases similares. El contenido de la frase es de fácil
aplicación. ¡Que el Señor nos acompañe en nuestro caminar!