CONTEMPLANDO EL PANTEÓN

H. José María Esgueva
Del Centro de Espiritualidad

      El Panteón de Roma ejerce un atractivo singular. Miles de turistas deambulan por sus alrededores intuyendo la grandeza de sus primeros días. Su aspecto exterior hoy aparece ruinoso, mostrando las heridas que le infligieron quienes le despojaron de sus valiosos ornatos para poner al día monumentos e iglesias posteriores. A pesar de todo, tiene su embeleso y la gente lo admira, contempla y elogia. ¡Qué añoranza en muchos que desearían que recuperase su grandeza primera!

     No sé porqué pero esa admiración y curiosidad que el Panteón despierta en tantos, suscita en mí el recuerdo de nuestro carisma nazareno y taboriniano al encontrar en él algunas similitudes. También él despierta admiración en cuantos lo llegan a conocer. También él ha sufrido los avatares del tiempo, y determinados "despojos" lo han hecho débil, pero sobre esta "debilidad" se ha visto el actuar de Dios. Hoy sigue despertando interés y su "débil robustez" es un interrogante para muchos que buscan un itinerario de vida inspirado en el espíritu de la Familia de Nazaret.

     Somos testigos de cómo a nuestro carisma se han acercado y se acercan muchos, y en aquellos lugares en que está implantado, sigue ofreciendo gratuitamente sus bellas "adherencias" y los modos de vivir con los que el divino Artífice lo ha enriquecido. Cual árbol magistralmente podado por el divino Jardinero, vuelve a brotar con mayor fuerza y pujanza, y hoy día en los análisis capitulares que hacemos lo vemos con el vigor y frescura que le da el ser y sentirse obra de Dios. El Hermano Gabriel sonreirá sin duda complacido al ver cómo el don que un día recibió del Padre de la Historia va, poco a poco y sin grandes alardes, abriéndose camino y encontrando el destino que desde toda la eternidad tenía previsto.

     Se pueden contar por miles las personas que han encontrado en nuestro "panteoncito", amasado en los ejemplos de la Familia de Nazaret y en los escritos del Hermano Gabriel, una riqueza bella e ilusionante para sus vidas. ¿Será porque ciertos "panteones" tienen su atractivo por la promesa de "inmortalidad" que despiertan? ¡Cuántos Hermanos de la Sagrada Familia, con la mirada puesta en Nazaret, han sido y son copia viviente de lo que su Fundador anheló!

     Partiendo de esta realidad quiero comenzar unas líneas de reflexión que me lleva a analizar nuestra Asamblea Capitular últimamente celebrada en nuestro Seminario de Valladolid, del 17 al 23 de julio del presente año.

     Me permito afirmar, ya desde el principio y sin complejos que, al echar la vista sobre aquellos días trascurridos en comunión fraterna, no es difícil descubrir la huella de "paso de Dios" entre nosotros; un paso que nos ha devuelto una vitalidad y pujanza nuevas que, entre todos, Hermanos y seglares, nos esforzábamos en descubrir.

     Parece utópico afirmar que nuestro Capítulo se encuadró dentro de unas coordenadas históricas. La presencia y colaboración de algunos seglares que, con gozo manifiesto comparten nuestras mismas inquietudes, las podemos calificar de muy valiosas. Con su peculiar lenguaje, impreciso y torpe a veces, nos han señalado unos rasgos que les gustaría ver en nosotros y en nuestras obras. Nos han manifestado el deseo de poder encontrarse con Hermanos que respiren habitualmente alegría, sencillez y entrega; "hombres de Dios", cercanos al débil y necesitado; punto de referencia para muchos; entregados y siempre dispuesto a la acogida.

     En el fondo anhelan relacionarse con unas Comunidades de Hermanos estrechamente unidas por sólidos lazos de fraternidad; marcadas por el amor recíproco; abiertas a las nuevas carencias sociales, siempre dispuestas a compartir; comprometidas en la misión que le ha sido asignada. Nos piden un mayor y renovado compromiso en la "nueva evangelización" especialmente ante los niños y jóvenes. Y, sobre todo, nos quieren que demostremos en nuestros rostros y comportamiento la "sonrisa de Dios".

     ¡Qué difícil nos resulta con tanto trajín encontrar en estos tiempos y en un mundo tan complejo caminos de fidelidad a nuestra condición de hombres consagrados! ¡Qué poco se favorece hoy un diálogo sereno y lúcido, a la luz de la fe, y cuánto sentimos su necesidad!

     En esos días, convocados y reunidos en fraternidad, hemos dado muestras de querer una auténtica renovación de vida y de estructuras institucionales; renovación que se apoya en que "allí donde el hombre es problema, para un Hermano de la Sagrada Familia el Evangelio es "llamada".

     Por esos mundos de Dios dicen que las experiencias que no se expresan, se deterioran y tienden a desaparecer. Esto nos debe impulsar a convertir nuestras Comunidades en auténticos "hogares" en los que todos se sientan a gusto, en los que tenga cabida tiempos de silencios prolongados para que, con naturalidad, brote un cara a cara con Dios y la plegaria compartida.

    Todos salimos del Capítulo con la convicción de que, los tiempos que nos toca vivir reclaman urgentemente una buena dosis de esperanza. Un importante teólogo confesó al final de sus días que la esperanza había sido "su mayor tormento". La necesitamos. Sé que cada día se hace más difícil su puesta en práctica, pero tenemos motivos para reavivarla. Este Capítulo quiso despertar esperanza, crear y favorecer esperanza. Esperanza que, cuando la poseemos, se hace una "chispita de Dios" en nosotros para cuantos con nosotros conviven.

     ¡Son dignas de tenerse en cuenta las palabras de Péguy: "Por el camino empinado, arenoso y estrecho, arrastrada y colgada de los brazos de sus dos hermanas mayores (fe y caridad), va la pequeña esperanza como un niño que no tuviera fuerzas para caminar. Pero en realidad es ella la que hace andar a las otras dos, y a las que arrastra, y la que hace andar al mundo entero, y la que lo arrastra..."

     ¡Qué presente está la esperanza en la vida de los mártires de hoy! ¡Qué impulso puede ocasionarnos para no "pasar" del sufrimiento de los demás, no caer en seguir los reclamos del consumismo, instalarse en la mediocridad, todo por evitar la cruz, signo inequívoco del actuar de Dios!

     Es la esperanza lo que en una Comunidad de consagrados hace que nadie ni nada sea ignorado, menospreciado o reprimido. Es la esperanza la que nos lleva a esta "nueva evangelización" que tanto reclaman nuestros contemporáneos y los tiempos apasionantes que vivimos, aportando nuestro singular estilo de vida.

     Nunca fue fácil la evangelización. Aquella audacia envidiable de los comienzos de la Iglesia sigue muy presente en muchos apóstoles de hoy. Aquella audacia de nuestros primeros Hermanos sigue brillando en muchas vidas de los actuales, prueba inequívoca de que el Espíritu no ceja en el empeño de enriquecernos con sus dádivas.

     Si, de verdad, creemos que es así, ¿qué sentido tiene el mirar el pasado con nostalgia? ¿Por qué afincarnos inamovibles en estructuras y modos de vivir un presente superficial? ¿Cuáles son los motivos que nos llevan a no ver el futuro con optimismo, cuando sabemos que, aunque lo desconocemos, está siendo gestado por el espíritu de Dios? En ocasiones se denuncia que sería lamentable no abrirse a nuevas urgencias por estar ocupados únicamente en conservar celosamente el "talento recibido".

     ¿Quién no agradece en el fondo la existencia del Panteón romano? Las razones y motivos pueden ser varios. El ser agradecido demuestra exquisitez de ánimo. También nosotros estamos muy agradecidos al reconocer que el Espíritu nos sigue enriqueciendo con Hermanos que aceptan el riesgo del fracaso; con Hermanos que acogen el servicio con responsabilidad alegre como actitud permanente; con Hermanos que tienen el valor de marcar prioridades, aunque son conscientes de que resulta difícil escuchar las urgencias de la misión cuando se pretende satisfacer a todo lo que se acumula.

     Es una opinión muy personal: en el momento actual pienso que son dos los campos en los que es urgente nuestra adhesión y fidelidad al Espíritu: enfrentarse al miedo a lo nuevo y a la cobardía por la dureza de la misión. Vivamos atentos, pues pueden aparecer con distintos disfraces

     Y si así fuere corremos el riesgo de perder la libertad que nos da el Espíritu para no ceder cobardemente y no asumir la cruz que necesariamente conlleva la fidelidad a Cristo, y que se traduce en el pecado de callar cuando habría que hablar y retirarse cuando se debería intervenir.

     En más de una ocasión hemos oído decir: "La Iglesia o es de los pobres o deja de ser la Iglesia ungida por el Espíritu de Cristo". Ellacuría está a la cabeza de quienes despiertan conciencias con frases similares. El contenido de la frase es de fácil aplicación. ¡Que el Señor nos acompañe en nuestro caminar!