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“En
el principio existía la Palabra
y la Palabra era Dios”
Estimados
Hermanos,
miembros de las Fraternidades Nazarenas,
de las Comunidades Educativas,
de las Comunidades Cristianas,
atequistas y
amigos de la Familia SaFa:
“Y la Palabra se encarnó y acampó entre
nosotros”. En pleno eco del sínodo de los Obispo sobre la
Palabra de Dios, celebramos este año la Navidad maravillados de
que la Palabra se haya hecho carne entre nosotros.
Reconozcámosla y acojámosla con fe y humildad. La fe y la
humildad de María, que creyó en la Palabra del Señor; la fe y la
humildad de José que se sometió al proyecto de Dios antes que al
suyo y la fe y la humildad de los pastores que se apresuraron a
ir a al Portal para adorar al niño recién nacido.
La Navidad de este año viene envuelta en un
ambiente de invitación eclesial a no “descuidar la Palabra de
Dios” y a recurrir a ella con perseverancia y asiduidad.
¡Qué gran misterio el de la Palabra!
Necesitamos aceptar el misterio por la fe y
ahondar en su contenido. No en vano, el número doce de nuestras
Constituciones nos recuerda que “del mismo modo que El Verbo
encarnado lleva a cabo la unión familiar en el misterio de
Nazaret, así la Palabra Divina abrirá a los Hermanos a la
plenitud de la paz por medio del amor, la oración y el trabajo”.
¡Qué fuerza de redención
humana tan impresionante nos trae el misterio de la encarnación
desde la experiencia de familia de Jesús!
Pongamos nuestra mirada en el Niño de Belén sabiendo que estamos
delante de un misterio.
Si sólo contemplamos este
misterio con ojos humanos no apreciaremos nada más que a un niño
recién nacido acostado en un pesebre pero si lo miramos con los
ojos de a fe, la mirada propia del cristiano, seremos capaces de
descubrir la acción de Dios escondida en los acontecimientos de
la propia vida y de la historia.
Hagamos un esfuerzo para avivar en nosotros
la memoria de los hechos y la grandeza del nacimiento del Hijo
de Dios que nos descubre la fe.
Así lo vivieron María y José en Belén y más tarde durante muchos
años en Nazaret. El nacimiento de Jesús se manifiesta en unos
signos de pobreza y de debilidad y a su ejemplo nos invita a
ofrecer el testimonio de una vida sencilla, austera, servicial,
acogedora y religiosa. Jesús, creciendo y viviendo como uno
de nosotros, nos revela que la existencia humana y el quehacer
ordinario tienen un sentido divino.
La celebración de la Navidad nos invita a
acoger la Palabra, escucharla y hacerla carne en nuestro corazón
y nos hace sentir también los lazos de la fraternidad que nos
unen como Familia. El 36 Capítulo General nos recuerda que la
presencia de Dios, en medio de nosotros, “nos crea, nos
acompaña y nos espera”. Por eso el nombre de
Emmanuel, que se repite en la liturgia de estos días, es un
nombre que acentúa la presencia de un Dios con nosotros.
El
nacimiento del Hijo de Dios en Belén es también una llamada
a renovar nuestra actitud de servicio. Con María, José y los
pastores, con los magos y las personas que han acogido el
misterio de la Navidad a lo largo de los siglos, dejemos que esa
luz entre en nuestros corazones, dé calor a nuestros hogares,
lleve serenidad y esperanza a nuestras familias y conceda al
mundo la paz. Y como fruto de esta Navidad:
Demos testimonio del nacimiento de Jesús.
Llevemos por el mundo el anuncia
de la Navidad como lo hicieron los ángeles, los pastores y los
Magos de Oriente. La Palabra se hizo carne, y “a todos los que
la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios” (Jn 1,12).
El nacimiento del Hijo de Dios es un don y una gracia en favor
del hombre. Testimoniemos la
experiencias de un Dios encarnado aunque venga envuelta en la
pobreza de un pesebre. Este
testimonio es esencial en un mundo abundante en medios donde
escasea el sentido de la vida.
Fomentemos el valor de la comunión
en todos los ámbitos. Sabemos que en
nuestra sociedad hay una visible herida de relaciones. Hacer
visible la venida de Jesús es exigencia fundamental de nuestra
pertenencia a El. Así pues, la búsqueda de esta comunión es
una urgencia y un estilo que debe ir prendiendo en nosotros. El
nacimiento de Jesús nos invita a interpretar y animar las obras
como lugares de comunión.
Apoyemos la buena noticia de la familia
cristiana santificada por la
encarnación y el nacimiento del Hijo de Dios. Jesús quiso nacer
de una familia. Hay que aprender las lecciones que nos da Jesús
ya desde Niño en su propia familia. En la familia experimentamos
las primeras experiencias de amor y de fe. La familia,
pequeña Iglesia, debe ofrecer a los hijos un sentido cristiano
de la existencia como discípulos de Jesús. El tesoro
de la educación de los hijos consiste en la experiencia de una
vida familiar que recibe la fe, la conserva, la celebra, la
transmite y la testimonia.
Éste es mi deseo para estas
Navidades.
Un deseo que se hace oración humilde y confiada al Niño Jesús,
para que su luz disipe las tinieblas de nuestra vida y nos llene
del amor y de la paz. Con Jesús, María y José celebremos la
cercanía y el amor de Dios. Esa familia santa es nuestra
familia y es el principio de la Iglesia. Situemos nuestra
vida en el marco de la Sagrada Familia e imitando la fe de la
Virgen María y la fidelidad de San José, hagamos nuestros los
sentimientos de Jesús.
Que la fe, la esperanza y el amor vividos
en gestos de entrega y de servicio sean el mejor regalo de estas
navidades.
H. Juan Andrés Martos Moro SG
Roma, 20 - 12 - 200
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