Navidad 2008          Otros mensajes
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 En el principio existía la Palabra
 y la Palabra era Dios

 Estimados Hermanos,
miembros de las Fraternidades Nazarenas,
de las Comunidades Educativas,
de las Comunidades Cristianas,
atequistas y
amigos de la Familia SaFa:
 

Y la Palabra se encarnó y acampó entre nosotros”. En pleno eco del sínodo de los Obispo sobre la Palabra de Dios, celebramos este año la Navidad maravillados de que la Palabra se haya hecho carne entre nosotros. Reconozcámosla y acojámosla con fe y humildad. La fe y la humildad de María, que creyó en la Palabra del Señor; la fe y la humildad de José que se sometió al proyecto de Dios antes que al suyo y la fe y la humildad de los pastores que se apresuraron a ir a al Portal para adorar al niño recién nacido. 

La Navidad de este año viene envuelta en un ambiente de invitación eclesial a no “descuidar la Palabra de Dios” y a recurrir a ella con perseverancia y asiduidad. ¡Qué gran misterio el de la Palabra! Necesitamos aceptar el misterio por la fe y ahondar en su contenido. No en vano, el número doce de nuestras Constituciones nos recuerda que “del mismo modo que El Verbo encarnado lleva a cabo la unión familiar en el misterio de Nazaret, así la Palabra Divina abrirá a los Hermanos a la plenitud de la paz por medio del amor, la oración y el trabajo”.

¡Qué fuerza de redención humana tan impresionante nos trae el misterio de la encarnación desde la experiencia de familia de Jesús! Pongamos nuestra mirada en el Niño de Belén sabiendo que estamos delante de un misterio. Si sólo contemplamos este misterio con ojos humanos no apreciaremos nada más que a un niño recién nacido acostado en un pesebre pero si lo miramos con los ojos de a fe, la mirada propia del cristiano, seremos capaces de descubrir la acción de Dios escondida en los acontecimientos de la propia vida y de la historia.

Hagamos un esfuerzo para avivar en nosotros la memoria de los hechos y la grandeza del nacimiento del Hijo de Dios que nos descubre la fe. Así lo vivieron María y José en Belén y más tarde durante muchos años en Nazaret. El nacimiento de Jesús se manifiesta en unos signos de pobreza y de debilidad y a su ejemplo nos invita a ofrecer el testimonio de una vida sencilla, austera, servicial, acogedora y religiosa. Jesús, creciendo y viviendo como uno de nosotros, nos revela que la existencia humana y el quehacer ordinario tienen un sentido divino.

La celebración de la Navidad nos invita a acoger la Palabra, escucharla y hacerla carne en nuestro corazón y nos hace sentir también los lazos de la fraternidad que nos unen como Familia. El 36 Capítulo General nos recuerda que la presencia de Dios, en medio de nosotros, “nos crea, nos acompaña y nos espera”. Por eso el nombre de Emmanuel, que se repite en la liturgia de estos días, es un nombre que acentúa la presencia de un Dios con nosotros.

El nacimiento del Hijo de Dios en Belén es también una llamada a renovar nuestra actitud de servicio. Con María, José y los pastores, con los magos y las personas que han acogido el misterio de la Navidad a lo largo de los siglos, dejemos que esa luz entre en nuestros corazones, dé calor a nuestros hogares, lleve serenidad y esperanza a nuestras familias y conceda al mundo la paz. Y como fruto de esta Navidad:

Demos testimonio del nacimiento de Jesús. Llevemos por el mundo el anuncia de la Navidad como lo hicieron los ángeles, los pastores y los Magos de Oriente. La Palabra se hizo carne, y “a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios” (Jn 1,12). El nacimiento del Hijo de Dios es un don y una gracia en favor del hombre. Testimoniemos la experiencias de un Dios encarnado aunque venga envuelta en la pobreza de un pesebre. Este testimonio es esencial en un  mundo abundante en medios donde escasea el sentido de la vida.

Fomentemos el valor de la comunión en todos los ámbitos. Sabemos que en nuestra sociedad hay una visible herida de relaciones. Hacer visible la venida de Jesús es exigencia fundamental de nuestra pertenencia a El. Así pues, la búsqueda de esta comunión es una urgencia y un estilo que debe ir prendiendo en nosotros. El nacimiento de Jesús nos invita a interpretar y animar las obras como lugares de comunión. 

Apoyemos la buena noticia de la familia cristiana santificada por la encarnación y el nacimiento del Hijo de Dios. Jesús quiso nacer de una familia. Hay que aprender las lecciones que nos da Jesús ya desde Niño en su propia familia. En la familia experimentamos las primeras experiencias de amor y de fe. La familia, pequeña Iglesia, debe ofrecer a los hijos un sentido cristiano de la existencia como discípulos de Jesús. El tesoro de la educación de los hijos consiste en la experiencia de una vida familiar que recibe la fe, la conserva, la celebra, la transmite y la testimonia.  

Éste es mi deseo para estas Navidades. Un deseo que se hace oración humilde y confiada al Niño Jesús, para que su luz disipe las tinieblas de nuestra vida y nos llene del amor y de la paz. Con Jesús, María y José celebremos la cercanía y el amor de Dios. Esa familia santa es nuestra familia y es el principio de la Iglesia. Situemos nuestra vida en el marco de la Sagrada Familia e imitando la fe de la Virgen María y la fidelidad de San José, hagamos nuestros los sentimientos de Jesús. 

Que la fe, la esperanza y el amor vividos en gestos de entrega y de servicio sean el mejor regalo de estas navidades. 

H. Juan Andrés Martos Moro SG

  Roma, 20 - 12 - 200