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HOMILÍA DE S.S. BENEDICTO XVI EN LA SAGRADA FAMILIA
Barcelona, 7
de noviembre de 2010
«Hoy es un
día consagrado a nuestro Dios; no hagáis duelo ni lloréis…
El gozo en el Señor es vuestra fortaleza» (Neh 8,9-11). Con
estas palabras de la primera lectura que hemos proclamado
quiero saludaros a todos los que estáis aquí presentes
participando en esta celebración. [...]
Este día es un
punto significativo en una larga historia de ilusión, de trabajo
y de generosidad, que dura más de un siglo. En estos momentos,
quisiera recordar a todos y a cada uno de los que han hecho
posible el gozo que a todos nos embarga hoy, desde los
promotores hasta los ejecutores de la obra; desde los
arquitectos y albañiles de la misma, a todos aquellos que han
ofrecido, de una u otra forma, su inestimable aportación para
hacer posible la progresión de este edificio.
Y recordamos, sobre todo, al que fue alma y artífice de este
proyecto: a Antoni Gaudí, arquitecto genial y cristiano
consecuente, con la antorcha de su fe ardiendo hasta el término
de su vida, vivida en dignidad y austeridad absoluta. Este acto
es también, de algún modo, el punto cumbre y la desembocadura de
una historia de esta tierra catalana que, sobre todo desde
finales del siglo XIX, dio una pléyade de santos y de
fundadores, de mártires y de poetas cristianos. Historia de
santidad, de creación artística y poética, nacidas de la fe, que
hoy recogemos y presentamos como ofrenda a Dios en esta
Eucaristía.
La alegría que siento de poder presidir esta ceremonia se ha
visto incrementada cuando he sabido que este templo, desde sus
orígenes, ha estado muy vinculado a la figura de san José. Me ha
conmovido especialmente la seguridad con la que Gaudí, ante las
innumerables dificultades que tuvo que afrontar, exclamaba lleno
de confianza en la divina Providencia: «San José acabará el
templo». Por eso ahora, no deja de ser significativo que sea
dedicado por un Papa cuyo nombre de pila es José.
¿Qué hacemos al dedicar este templo? En el corazón del mundo,
ante la mirada de Dios y de los hombres, en un humilde y gozoso
acto de fe, levantamos una inmensa mole de materia, fruto de la
naturaleza y de un inconmensurable esfuerzo de la inteligencia
humana, constructora de esta obra de arte. Ella es un signo
visible del Dios invisible, a cuya gloria se alzan estas torres,
saetas que apuntan al absoluto de la luz y de Aquel que es la
Luz, la Altura y la Belleza misma.
En este recinto, Gaudí quiso unir la inspiración que le llegaba
de los tres grandes libros en los que se alimentaba como hombre,
como creyente y como arquitecto: el libro de la naturaleza, el
libro de la Sagrada Escritura y el libro de la Liturgia. Así
unió la realidad del mundo y la historia de la salvación, tal
como nos es narrada en la Biblia y actualizada en la Liturgia.
Introdujo piedras, árboles y vida humana dentro del templo, para
que toda la creación convergiera en la alabanza divina, pero al
mismo tiempo sacó los retablos afuera, para poner ante los
hombres el misterio de Dios revelado en el nacimiento, pasión,
muerte y resurrección de Jesucristo. De este modo, colaboró
genialmente a la edificación de la conciencia humana anclada en
el mundo, abierta a Dios, iluminada y santificada por Cristo. E
hizo algo que es una de las tareas más importantes hoy: superar
la escisión entre conciencia humana y conciencia cristiana,
entre existencia en este mundo temporal y apertura a una vida
eterna, entre belleza de las cosas y Dios como Belleza. Esto lo
realizó Antoni Gaudí no con palabras sino con piedras, trazos,
planos y cumbres. Y es que la belleza es la gran necesidad del
hombre; es la raíz de la que brota el tronco de nuestra paz y
los frutos de nuestra esperanza. La belleza es también
reveladora de Dios porque, como Él, la obra bella es pura
gratuidad, invita a la libertad y arranca del egoísmo.
Hemos dedicado este espacio sagrado a Dios, que se nos ha
revelado y entregado en Cristo para ser definitivamente
Dios con los hombres. La Palabra revelada, la humanidad de
Cristo y su Iglesia son las tres expresiones máximas de su
manifestación y entrega a los hombres. «Mire cada cual cómo
construye. Pues nadie puede poner otro cimiento que el ya
puesto, que es Jesucristo» (1 Co 3,10-11), dice San Pablo en la
segunda lectura. El Señor Jesús es la piedra que soporta elpeso
del mundo, que mantiene la cohesión de la Iglesia y que recoge
en unidad final todas las conquistas de la humanidad.
En Él tenemos la Palabra y la presencia de Dios, y de Él recibe
la Iglesia su vida, su doctrina y su misión. La Iglesia no tiene
consistencia por sí misma; está llamada a ser signo e
instrumento de Cristo, en pura docilidad a su autoridad y en
total servicio a su mandato. El único
Cristo funda la única Iglesia; Él es la roca sobre la que se
cimienta nuestra fe.
Apoyados en esa fe, busquemos juntos mostrar al mundo el rostro
de Dios, que es amor y el único que puede responder al anhelo de
plenitud del hombre. Ésa es la gran tarea, mostrar a todos que
Dios es Dios de paz y no de violencia, de libertad y no de
coacción, de concordia y no de discordia. En este sentido,
pienso que la dedicación de este templo de la Sagrada Familia,
en una época en la que el hombre pretende edificar su vida de
espaldas a Dios, como si ya no tuviera nada que decirle, resulta
un hecho de gran significado. Gaudí, con su obra, nos muestra
que Dios es la verdadera medida del hombre.
Que el secreto de la auténtica originalidad está, como decía él,
en volver al origen que es Dios. Él mismo, abriendo así su
espíritu a Dios ha sido capaz de crear en esta ciudad un espacio
de belleza, de fe y de esperanza, que lleva al hombre al
encuentro con quien es la Verdad y la Bellezamisma. Así
expresaba el arquitecto sus sentimientos: «Un templo [es] la
única cosa digna de representar el sentir de un pueblo, ya que
la religión es la cosa más elevada en el hombre».
sa
afirmación de Dios lleva consigo la suprema afirmación y tutela
de la dignidad de cada hombre y de todos los hombres: «¿No
sabéis que sois templo de Dios?... El templo de Dios es santo:
ese templo sois vosotros» (1 Co 3,16-17). He aquí unidas la ver
dad y dignidad
de Dios con la verdad y la dignidad del hombre. Al consagrar el
altar de este templo, considerando a Cristo como su fundamento,
estamos presentando ante el mundo a Dios que es amigo de los
hombres e invitando a los hombres a ser amigos de Dios. Como
enseña el caso de Zaqueo, del que se habla en el Evangelio de
hoy (cf. Lc 19,1-10), si el hombre deja entrar a Dios en su vida
y en su mundo, si deja que Cristo viva en su corazón, no se
arrepentirá, sino que experimentará la alegría de compartir su
misma vida siendo objeto de su amor infinito.
La iniciativa
de este templo se debe a la Asociación de amigos de San José,
quienes quisieron dedicarlo a la Sagrada Familia de Nazaret.
Desde siempre, el hogar formado por Jesús, María y José ha sido
considerado como escuela de amor, oración y trab
ajo. Los
patrocinadores de este templo querían mostrar al mundo el amor,
el trabajo y el servicio vividos ante Dios, tal como los vivió
la Sagrada Familia de Nazaret. Las condiciones de la vida han
cambiado mucho y con ellas se ha avanzado enormementeen ámbitos
técnicos, sociales y culturales.Nopodemos contentarnos con estos
progresos.
Junto a ellos
deben estar siempre los progresos morales, como la atención,
protección y ayuda a la familia, ya que el amor generoso e
indisoluble de un hombre y una mujer es el marco eficaz y el
fundamento de la vida humana en su gestación, en su
alumbramiento, en su crecimiento y en su término natural. Sólo
donde existen el amor y la fidelidad, nace y perdura la
verdadera libertad. Por eso, la Iglesia aboga por adecuadas
medidas económicas y sociales para que la mujer encuentre en el
hogar y en el trabajo su plena realización; para que el hombre y
la mujer que contraen matrimonio y forman una familia sean
decididamente apoyados por el Estado; para que se defienda la
vida de los hijos como sagrada e inviolable desde el momento de
su concepción; para que la natalidad sea dignificada, valorada y
apoyada jurídica, social y legislativamente. Por eso, la Iglesia
se opone a todas las formas de negación de la vida humana y
apoya cuanto promueva el orden natural en el ámbito de la
institución familiar.
Al contemplar
admirado este recinto santo de asombrosa belleza, con tanta
historia de fe, pido a Dios que en esta tierra catalana se
multipliquen y consoliden nuevos testimonios de santidad, que
presten al mundo el gran servicio que la Iglesia puede y debe
prestar a la humanidad: ser icono de la belleza divina, llama
ardiente de caridad, cauce para que el mundo crea en Aquel que
Dios ha enviado (cf. Jn 6,29).
Queridos hermanos, al dedicar este espléndido templo, suplico
igualmente al Señor de nuestras vidas que de este altar, que
ahora va a ser ungido con óleo santo y sobre el que se consumará
el sacrificio de amor de Cristo, brote un río constante de
gracia y caridad sobre esta ciudad de Barcelona y sus gentes, y
sobre el mundo entero. Que esta agua fecundas llenen de fe y
vitalidad apostólica a esta Iglesia archidiocesana, a sus
pastores y fieles.
***
En catalán:
Desitjo,
finalment, confiar a l’amorosa protecció de la Mare de Déu,
Maria Santissima, Rosa d’abril, Mare de la Mercè, tots els aquí
presents, i tots aquells que amb paraules i obres, silenci o
pregària, han fet possible aquest Miracle arquitectònic. Que
Ella presenti al seu diví Fill les joies i les penes de tots els
qui vinguin en aquest lloc sagrat en el futur, perquè, com prega
l’Església en la dedicació dels temples, els pobres trobin
misericòrdia, els oprimits assoleixin la llibertat veritable i
tots els homes es revesteixin de la dignitat dels fills de Déu.
Amén.
***
Deseo,
finalmente, confiar a la amorosa protección de la Madre de Dios,
María Santísima, Rosa de abril, Madre de la Merced, a todos los
que estáis aquí, y a todos los que con palabras y obras,
silencio u oración, han hecho posible este milagro
arquitectónico. Que Ella presente también a su divino Hijo las
alegrías y las penas de todos los que lleguen a este lugar
sagrado en el futuro, para que, como reza la Iglesia al dedicar
los templos, los pobres puedan ncontrar misericordia, los
oprimidos alcanzar la libertad verdadera y todos los hombres se
revistan de la dignidad de hijos de Dios. Amén.♦ |