1
|
Elogio
al revés de la Sagrada Familia
Hermano Enzo Biemmi
ermano
de la Sagrada Familia
Mirando los
cuadros y las estampas que representan a
una Sagrada Familia tan serena, unida y
perfecta no podemos dejar de ver la
distancia entre ese ideal imaginado y
pintado y la realidad que nos transmiten
los evangelios de la infancia.
Aún más llamativa
es la distancia entre esa idealización y
nuestras familias de hoy, incluso las
más dichosas, las más sanas y las más
unidas.
Cómo felicitación
de Navidad, intento dirigir una mirada
diferente sobre la familia de Nazaret,
aunque apenas bosquejada. Le quito el
título de "santa" o de "sagrada" e
intento mirarla como miro a mi familia y
las familias que conozco. La llamo como
ha sido: la familia de José y Miriam de
Nazaret y de su hijo Jesús.
De esta familia
quiero hacer un breve elogio, pero al
revés, diciendo tres cosas: la familia
de Nazaret no es una familia ideal; no
puede ser por consiguiente el ideal de
nuestras familias; pero es una buena
noticia por las familias.
1. Una
familia no ideal
La familia de
Nazaret no es una familia ideal. Tuvo
que vivir hechos tan improbables,
sobrecogedores y peligrosos que van más
allá de lo que uno puede imaginar. Al
mismo tiempo, lo que sucede en esta
familia la pone de algún modo en
contacto con las historias ordinarias de
muchas familias del pasado y del
presente.
Observamos las
etapas de esta familia tal como las
presentan los Evangelios de la infancia.
- Primera
etapa: el embarazo. Los evangelios
de la infancia de Lucas y Mateo se
centran en hablarnos de Dios que viene a
nuestro encuentro y son avaros en
describir los sentimientos de Miriam y
José. Pero nada nos impide imaginar lo
que ocurrió en ellos, cuando todo
empezó, o mejor, cuando todo apoyo se
derrumbó: una joven que se prepara al
matrimonio embarazada, con un embarazo
no esperado, no buscado, fuera del
matrimonio. Única explicación: un
mensaje venido del cielo. Sin
explicaciones que poderse dar al uno a
la otra; sin argumentos para explicar a
la gente del pueblo, a la comunidad
civil y a religiosa de Nazaret. Y con la
mordaza de una ley hebrea que no deja
ninguna salida: José tiene que repudiar
a Miriam, Miriam tiene que ser lapidada.
“Se lo dije ese
mismo día. No pude permanecer una noche
con el secreto. No transcurrirá el día
entero con la ruptura de tu alianza.
Éramos novios. Según nuestra ley es como
estar casados, aunque todavía no en la
misma casa. Y he aquí que estaba
embarazada […]
Mi Josef, guapo y
compacto a más no poder, se puso los dos
brazos contra su cuerpo, trató de
mantenerse firme, doblándose como cuando
uno tiene mal de estómago. La noticia
fue para él como un torbellino que se
lleva el techo por los aires[…]
Aquella noche
soñó. Me lo ha contado después. Soñó con
un ángel que le ordenó lo que tenía que
hace. A la mañana siguiente reunió a la
familia y declaró su decisión; se casaba
con Miriam en la fecha prevista, en
septiembre, aunque estuviera embarazada.
Bajo el velo de la ceremonia se habría
visto mi embarazo. No escuchó razones.
Fue un escándalo. La aldea entera se
puso contra él. "Se ha dejado engatusar
por Miriam, decían, quién sabe qué
historia le ha contado y se la ha
creído" […]
Granizaron los
insultos sobre sus hombros. Se dejaba
lapidar a mi lugar
"Las mujeres de
Nazaret se fijaban en mi barriga. "Esa
descarada le ha engañado pero con
nosotras "no lo va a conseguir". "Ya
veis, y parecía una santita". "Yo quiero
ver a quien se parece el bastardo que
lleva en su seno". "¿Qué patraña ha
contado? ¿La del Salvador hijo de un
ángel? Veréis qué risa si es una niña",
ERRI DE LUCA, In nome della madre,
Feltrinelli, Milano 2007, 15-29 passim).
* Esta historia,
absolutamente única, tiene relación a su
manera con las historias de muchas
familias, con madres solteras, con
madres abandonadas por sus maridos, con
hijos sin padres, con la llegada de un
hijo minusválido, con familias llamadas
a redefinirse, a recomponer equilibrios
difíciles, a administrar mentalidades
moralísticas, a sanar heridas profundas.
Con familias normales, puestas a prueba
de una vida no esperada, no programada.
Con familias juzgadas, dejadas solas a
vivir su sufrimiento.
- Segunda
etapa: el parto. La historia de esta
familia se desarrolla dentro de un
contexto social y político de opresión y
de guerra. José, María y Jesús viven en
un país bajo dominio extranjero. Los
romanos dejan sentir su poder. Ordenan
el censo, quieren conocer cada uno por
su nombre, para imponer el peso de sus
impuestos. En un contexto de ausencia
libertad, un viaje en pleno invierno en
el noveno mes, sin casa donde
hospedarse, el parto sin asistencia,
María está sola porque a los hombres les
está prohibido asistir. Después de un
embarazo fuera toda norma, un parto
fuera de toda seguridad, en un clima de
opresión, en un contexto extranjero y
hostil. La precariedad más absoluta.
"Josef me dejó
fuera, junto a la burra, y salió
corriendo hacia la ciudad. Había olor de
vino. Los dueños de las cantinas habían
adelantado el trasiego para ponerlo en
venta a los viandantes. Mi hora había
llegado y estaba rompiendo aguas. José
volvió después de dos horas, desolado.
Nada, no encontró nada. Le niño nacido
en Bet Lèhem, salió hacia Galilea. No
tuvo un pariente al que poder dirigirse.
La ciudad estaba trastornada por la
vuelta de las familias para el censo.
Cada casa hospedó a sus parientes
venidos de lejos. Se torció las manos.
Suplicó, ofreció incluso la burra a
cambio de una cama, pero nada. Sólo
había un minúsculo establo donde había
un buey. El animal, al menos él, acogió
bien a los intrusos, a mí y la burra",
In nome della madre, 58-59.
* Sin embargo esta
historia se relaciona a su modo con las
familias de hijos nacidos en condiciones
de pobreza extrema, de falta de higiene,
sin asistencia. Historias de partos
difíciles, de madre fallecidas durante
el parto. De criaturas muertas antes de
ver la luz. De familias en países del
mundo bajo la opresión de tiranos,
obligadas a huir, sin una casa en que
ampararse. Historias de hijos y de
padres venidos al mundo en tiempos
difíciles, llamados a vivir en
condiciones políticas, sociales,
económicas de opresión y de pobreza.
- Tercera
etapa: la amenaza de la vida y el
destierro. El Evangelio de Mateo nos
cuenta la matanza de los inocentes.
Herodes, burlado por los tres magos, en
su obsesión de poder quiere eliminar
todo posible competidor. La familia de
Nazaret se encuentra con un niño
amenazado de muerte, obligada a huir, a
afrontar el destierro en un país
extranjero e históricamente hostil.
Pérdida del trabajo, de la casa, del
contexto de los afectos familiares, de
las referencias religiosas, de las
raíces, de las tradiciones.
* Este episodio,
que parece único, a su modo está en
contacto con infinitas historias de
familias emigradas, huidas por
situaciones de muerte, perecidas durante
los viajes, en situaciones hostiles,
desarraigadas y sin referencias.
Familias sin trabajo, sin contextos
afectivos a que agarrarse. Historias de
millones de familias.
Cuarta etapa:
la pérdida del hijo. Lucas cuenta el
episodio de la pérdida de Jesús en el
templo. Lo pierden en la calle, lo
buscan, creen haberlo encontrado y se
dan cuenta de haberlo perdido para
siempre: "¿Por qué me buscabais? ¿No
sabíais que tengo que estar en la casa
de mi Padre?", Lc 2,49. José por segunda
vez pierde a un hijo que no ha sido
nunca suyo. María, como lo acogió sin
haberlo buscado, así lo deja irse
después de haberlo esperado y querido.
* Este hecho,
ciertamente único, se pone en sintonía
con los hechos de todas las familias que
pierden a los hijos, por accidente, por
enfermedad, por droga, o más
sencillamente porque el hijo no crece
como ha sido imaginado, soñado, educado.
Historias de cordones umbilicales
cortados por segunda vez con dolor,
algunas veces definitivamente. Historias
de hijos a quienes no se deja nunca
irse, o al contrario, de hijos que no se
van nunca. Historias educativas de
fracaso, aunque llevadas adelante con
cuidado. Historias de hijos abandonados,
historias de hijos que abandonan.
Historias de desilusiones por cuánto los
padres transmiten y parece no haya ido a
fruto. Historias de hijos que toman
caminos sin retorno.
Quinta etapa:
la pérdida del padre. Merece la pena
señalar un silencio en el Evangelio, el
de la desaparición de José. Después del
episodio del templo, ya no sabemos nada
de él. Entra en escena de modo discreto
pero determinante, dando el nombre a
Jesús e insertándolo en la descendencia
de David, impidiendo que sea hijo de
nadie. Luego se calla, con la misma
discreción. "Una paternidad no recibida
en dote de la naturaleza, sino
conquistada sobre el terreno y luego
perdida, al salir el hijo de casa" (Erri
De Luca). A la pérdida del hijo, en esta
familia se añade la pérdida del padre.
2. Una
familia que no es un ideal de familia
La familia de
Nazaret no es una familia ideal, la de
las estampas, de los cuadros. La familia
en la que las cosas van bien, reina la
concordia, la paz y la serenidad. Un
embarazo no esperado y fuera de las
normas; la difícil (¿imposible?)
explicación en la pareja sobre una
acogida basada sobre la sola confianza
mutua, sobre el amor; el juicio de la
gente; un nacimiento dentro de un
contexto de violencia y precariedad; la
amenaza a la vida que nace; la
experiencia del desarraigo y el
destierro; un hijo "diferente",
imprevisible, que no responde a lo que
se puede esperar; la pérdida del padre.
¿Cómo es posible
imitar una familia así? No es sencillo
preparar la homilía de la fiesta de la
Sagrada Familia, igualmente es difícil
tenerla que escuchar. Pintar una familia
ideal para las familias cada vez más en
crisis y oír proponerla como ideal para
nuestras familias, de las que sólo
nosotros conocemos hasta el final las
penas, y no raramente los dramas.
No hay familia
religiosa femenina o masculina que tenga
como referencia a la Sagrada Familia que
no posea en su tradición la lista de las
virtudes que imitar en esta familia. Mi
familia religiosa, la de los Hermanos de
la Sagrada Familia, en su tradición
enumera las cinco grandes virtudes que
animaron a Jesús, María y José ya sea en
sus relaciones recíprocas ya sea en su
relación con Dios: la humildad, la
sencillez, la obediencia, la unión y la
abnegación recíproca. A estas cinco
sigue la lista de las "pequeñas virtudes
nazarenas" que las refuerzan: la
cortesía, la amabilidad y
condescendencia, el disimulo caritativo
de las faltas del otro, la indulgencia y
la paciencia, la estabilidad de carácter
y la santa alegría, la compasión y la
atención en el servicio. Se trata de una
lista, que de hecho es mucho más larga,
en la que se presenta el mapa de las
actitudes positivas vividas por la
Sagrada Familia. Este cuadro nos deja
admirados, pero también frustrados.
En este juego de
idealización de la Sagrada Familia y de
desmoralización de nosotros mismos,
nosotros hacemos un mal servicio al
Evangelio. La Familia de Nazaret no
puede ser un ideal para nuestras
familias, sencillamente porque la
distancia histórica y cultural es tan
grande que el ejercicio de imitación es
inadmisible.
3. La
Familia de Nazaret: una buena noticia
para las familias
Sin embargo, algo
ocurrió en aquella familia, tan única y
atormentada, que es se convierte en
buena noticia para todas las familias.
Así deben ser leídos los textos de este
tiempo de Navidad. Una buena noticia
para nuestras familias. De esta buena
noticia subrayo tres aspectos.
1. En la familia
de Nazaret ha nacido para todos un hijo,
el Emmanuel, la presencia de Dios entre
nosotros. Él ya está dentro de cada
corazón, dentro de cada familia, dentro
de cada situación. Este niño, como se ve
bien de los textos navideños, ya tiene
los títulos pascuales, es el Salvador,
el Señor muerto y resucitado por
nosotros, el Viviente y disponible para
todos. No hay ya historia familiar, por
más difícil y dolorosa que sea, que no
esté custodiada misteriosamente y
salvada por Dios. No hay mujer, niño,
hombre que no sea querido por él y que
no pueda vivir su humanidad en la
esperanza. Más que de imitar, esta
familia debe ser agradecida. Debe ser
contemplada con alegría y gratitud,
porque nos anuncia que podemos vivir en
la esperanza todo lo que ocurre en
nuestras familias. Porque ella lo
experimentó también.
2. El segundo
regalo que la Familia de Nazaret nos
ofrece es de hacer ver como hacer un
espacio para acoger el regalo de la
presencia del Emmanuel. Cada cosa que
les ocurre a María y a José es algo que
de hecho cambia sus planes, algo
imprevisto, que ellos aceptan, en su
camino que lo replantea y lo restablece
poniéndose a disposición y confiando en
las posibilidades de vida y en las
promesas de Dios. En el texto del
anuncio a María y en el del anuncio a
José podemos ver ese modo de estar en la
vida, que es posible también para
nosotros. El embarazo inesperado de
María lleva a José, hombre justo, a
decidir repudiarla en secreto. Durante
el sueño, la escucha en la pasividad, en
la disponibilidad a la falta de control
sobre las situaciones, José reformula,
se restablece de otra manera el juego,
toma María consigo y da el nombre a
Jesús. El mapa de sus relaciones,
aparentemente terminadas, se reconfigura
en un nuevo espacio de vida. Así una
historia aparentemente familiar
terminada, se abre de nuevo. Las
historias de nuestras familias, nos dice
la familia de Nazaret, no podemos
dominarlas, hacer en el futuro lo que
nosotros queremos. Son sustraídas
incluso a nuestra libertad. Pueden ser
historias familiares siempre abiertas,
contando con el recurso de la presencia
de Dios y con nuestra disponibilidad a
ponernos cada vez nuevamente en camino.
Y esta es la
segunda buena noticia de la Sagrada
Familia. Ninguna historia familiar está
definitivamente terminada. La
disponibilidad hacia Él, llave de la
casa de "David" (Is 22,22), puede abrir
imprevisiblemente el camino.
3. Una presencia
sobre que apoyarse (la del Emmanuel), la
disponibilidad a siempre restablecer en
juego con confianza manteniendo abierto
nuestras historias familiares, y por fin
el secreto para hacer de nuestras
familias lugares dónde experimentar la
gracia del Evangelio. Este secreto está
contenido en el versículo de Lucas:
"Bajó con ellos y le vino a Nazaret y
les estuvo sometido" (Lc 2,51). El verbo
griego es "upotassein". El más grande de
ellos se hace el más pequeño, se pone al
servicio. Es una familia con la lógica
invertida. La jerarquía queda invertida,
o mejor insertada en las relaciones
familiares con una nueva lógica, la de
la obediencia recíproca, la del servicio
recíproco, dónde nadie es más grande que
el otro, porque el más grande de todo
les estuvo sometido. Recordamos las
palabras que Jesús dirá luego, siendo ya
adulto, a sus discípulos: "Entre
vosotros no será así… El más grande de
entre vosotros será vuestro siervo" (Mt
23,11). Habló de así, de su modo de
estar entre de ellos, de estar ya
siempre entre nosotros. Pablo, en su
exhortación a las familias, en el
capítulo 5 de la carta a los Efesios,
usa el mismo verbo: “upotassein”. "En el
temor de Cristo estad sometidos unos a
otros". Logra así hacer una cosa
extraordinaria: respetando una
concepción familiar todavía patriarcal,
centrada en los varones, con la
presencia de dueños y esclavos,
introduce en la familia un principio que
hace estallar totalmente su estructura
piramidal. "Las mujeres estén sometidas
a los maridos, como Dios… Vosotros
maridos amad a vuestras mujeres como
también Cristo… Hijos les obedeced a
vuestros padres en Dios… Vosotros padres
no exasperéis a vuestros hijos, sino
hacedlos crecer en las enseñanzas del
Dios… Esclavos les obedeced a vuestros
dueños terrenales como a Cristo… También
vosotros dueños comportaos del mismo
modo hacia de ellos, sabiendo que Dios,
de ellos y vuestro, está en los cielos y
ante él no hay preferencia de personas"
(Ef 5-6 passim). Al final todos están
sometidos a todos, como Dios a nosotros.
Y precisamente
esto es lo que la Familia de Nazaret nos
indica como camino de humanización para
nuestras familias: el camino de la
recíproca sumisión, de estar los unos al
servicio de la vida de los otros. Esto
puede aplicarse a todas las situaciones
y puede ser la brújula en todas las
realidades.
Esta es la tercera
buena noticia de la Sagrada Familia. El
éxito de nuestra familia no está unido
al hecho de que las cosas vayan bien,
que no se vivan dificultades en su
interior, cansancios, errores y también
dramas. El éxito de nuestras familias
está en el hecho que cada uno, en los
hechos positivos y en los que son
negativos, comprometa su vida para
promover la vida de los otros.
La Familia de
Nazaret no es una familia ideal, ni
siquiera es un ideal que imitar, porque
en sí mismo es único e inimitable. Es,
sin embargo, la buena noticia de Dios
por nosotros: nos confirma que la
familia ideal no existe, que para todos
hay una historia compleja que vivir; que
no estamos solos, un niño ha nacido en
nuestras familias: si tenemos cuidado de
él, él cuida de nosotros; podemos hacer
algo mejor que dominar vida o pensar que
ella nos aplasta: podemos servirla
poniéndonos nuevamente cada vez en
juego, ya sea en situaciones bonitas, ya
sea cuando lo son más feas, porque
podemos apoyarnos en una esperanza
confiable; nos es indicado el camino del
recíproco don de sí como acogida y
fecundidad del regalo de Dios y como
camino de humanización y salvación de
nuestras familias.
Que la
felicitación de Navidad para todas
nuestras familias sea, pues,
precisamente ésta: acojamos la buena
noticia de la familia de Nazaret y
vivamos en la gratitud y en la esperanza
nuestras historias familiares.
¡Feliz Navidad!
|
|
El Centro de
Espiritualidad había propuesto a sus miembros, y en
general a todos los que comparten la espiritualidad
del Instituto de los Hermanos de la Sagrada Familia,
una reflexión sobre la Palabra de Dios en estos
meses de preparación al sínodo de los obispos.
Concretamente se preguntaba cuáles son los textos de
la Sagrada Escritura que tocan más de cerca a
nuestra espiritualidad nazarena. He aquí el aporte
de uno de los miembros del grupo de colaboradores.
Textos de la Sagrada
Escritura que tocan más de cerca
a nuestra
espiritualidad nazarena.
Por Mónica Martínez
de Colombano
Los pasajes de
la Palabra de Dios donde más tocan la espiritualidad
nazarena los veo más en los 4 evangelios donde se
relatan específicamente la vida de Jesús. Si bien
toda la Palabra de Dios es muy rica y valiosa es en
los evangelios donde vemos a Jesús con su familia,
la relación con su madre, con sus hermanos. Haciendo
un seguimiento de su vida, la primera vez que Jesús
demuestra su vocación, su sabiduría, la claridad que
sentía de cuál era su misión fue cuando es
encontrado en el templo y les responde a sus
padres:“¿no sabían que yo debo ocuparme de los
asuntos de mi Padre?” Lc.2: 49.
Podemos ver también que desde su concepción Dios se insertó en una
familia, donde esta la base de toda la procreación
de la humanidad. Y toda su vida fue un permanente
ejemplo, con enseñanzas y testimonio de acción y
amor al prójimo permanente, de misericordia y
benevolencia. Por eso nuestra espiritualidad
nazarena está bien presente en la Palabra en ese
Jesús-Hijo, Jesús-Padre, Jesús-hermano.
El misterio de
Nazaret, Jesús encarnado y hecho hombre, puede
parecer imposible y sin embargo Jesús vino a darnos
el ejemplo viviente de cómo debemos ser, cómo
debemos actuar, cómo debemos vivir y para qué, en
pos de qué.
Haciendo un
análisis de los evangelios vemos que los 3 primeros
coinciden básicamente en ciertos aspectos
fundamentales en la vida de Jesús:
El
llamado, su misión, su legado, su entrega.
El llamado:
en los relatos sobre las tentaciones de Jesús en el
desierto, Mt: 4, 1, Mc: 1,12-13, Lc: 4,1-13, vemos
cómo Jesús siente el llamado, hace su
discernimiento, se ve el despertar de su conciencia
divina, abre su corazón.
Su misión:
toda su vida fue de entrega hacia los demás, su vida
transcurre enseñando principalmente con su
testimonio de vida y también a través de parábolas,
predicando, ayudando al prójimo. A modo de ejemplo
Mt:4,12.17 Mc.1,14.15 Lc.:4, 14 Mc, 1,23.28 Lc,
4,33.
Legado:
Todas las enseñanzas y el ejemplo de vida que nos
mostró Jesús en su paso por el mundo nos deben
servir para entender, y asumir el verdadero
compromiso de todo cristiano, Jesús, Amor encarnado,
vino a mostrarnos y dejarnos toda su sabiduría para
nuestro bien y redención. Es el vivo ejemplo de amor
desinteresado, de humildad y de misericordia
infinita. Jn:3,17 Jn:13,1,20.
Entrega: la
aceptación que demuestra Jesús cuando hace la
oración en Getsemaní es muy movilizadora Mt:
26,36-39, Mc:14,32-39, Lc:22,40.46, porque allí se
refleja claramente la parte humana y la parte divina
de Jesús, como hombre no quiere pasar por ese cáliz
o sea ese brutal sufrimiento, sin embargo lo acepta
y dice: “pero que no se haga mi voluntad sino la
tuya”, lo que además nos enseñó en la oración
del padrenuestro.
Por eso insisto
en que toda la vida ejemplar de Jesús en su paso por
el mundo nos enseñan cómo debemos ser, cómo debemos
actuar los cristianos, y en el caso de nuestro
carisma, del misterio de Nazaret, el amor que
sentimos en nuestra familia por nuestros hijos, por
nuestros hermanos, por nuestros padres, es el mismo
amor que tenemos que sentir por el prójimo y ese es
un gran desafío.
Y recordar
siempre que es en la familia el primer lugar donde
debemos evangelizar y testimoniar el amor de Cristo.
|
|
El « espíritu familia » con Chiara Lubich.
Por
H.Teodoro Berzal
Para que una espiritualidad se mantenga viva, es
importante saber establecer conexiones con otras que
le son próximas, por un motivo u otro.
Asi lo hicieron nuestro mayores viendo la relación
existente entre el camino de « infancia espiritual »
propuesto por Santa Teressa de Lisieux. Así lo hemos
hecho recientemente subrayando la sintonía con el « hermano
universal » Carlos de Foucauld, con motivo de su
beatificación.
El fallecimiento de Chiara Lubich, fundadora del
movimiento de los Focolares, nos da ocasión de
recoger algunas de sus intuiciones espirituales muy
próximas de nuestra espiritualidad.
La aventura espiritual de Chiara empieza en Loreto
en 1939. Ella misma en sus notas decribe así su
experiencia : « Fui invitada a un congreso de
estudiantes católicos a Loreto. Según la tradición,
allí se conserva, en una gran iglesia-fortaleza, la
pequeña casa de la Sagrada Familia de Nazaret… Yo
asisto a las conferencias como todas mis compañeras
en un colegio, pero en cuanto puedo me voy corriendo
allí. Me arrodillo al lado de la pared ennegrecida
por la llama de las velas. Algo nuevo y divino me
rodea, casi me aplasta. Con el pensamiento contemplo
la vida virginal de sus tres moradores. Me digo :
María debió habitar aquí. José debió trabajar al
lado. El niño Jesús debió conocer estos lugares
durante largos años. Estas paredes han oído su voz
infantil… Cada uno de estos pensamientos casi me
oprime, se me conmueve el corazón y me brotan las
lágrimas si parar. A cada pausa del congreso corro
allí. El último día la iglesia se llena de jóvenes.
Y un pensamiento pasa claramente por mi espíritu,
que nunca se borrará en el futuro: un día una
multitud de personas vírgenes te seguirá»
La vida y el proyecto de Chiara pasan por momentos
exultantes y también de dificultad: el desarrollo
del movimiento, su reconocimiento por la Iglesia, su
apertura ecuménica e interreligiosa… Siempre con el
deseo y la pasión por construir la unidad entorno a
Jesús.
Y por último en su testamento espiritual titulado
« Sed una familia », en el último párrafo, Chiara
escribe : « El espíritu de familia está lleno de
humildad, del deseo del bien de los demás; no se
enorgullece. En síntesis, es la caridad verdadera y
completa. En resumen, cuando tenga que despedirme de
vosotros, dejaré a Jesús que os diga a través de
mi: Amaos unos a otros… para que todos sean uno ».
Expresiones llenas de resonancias evangélicas, pero
también sin duda para los seguidores del Hermano
Gabriel Taborin con resonancias de sus expresiones
sobre el espíritu de familia.
Belley, mayo de 2008
|
|
FUNDAMENTO DE NUESTRA ESPIRITUALIDAD
Por Rosa Ramos
I. PASAJES QUE TOCAN NUESTRA ESPIRITUALIDAD, QUE LA FUNDAMENTAN.
1. El conocido himno contenido en capítulo 2 de la
carta a los Filipenses: “El cual, siendo de
condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual
a Dios, sino que se despojó de sí mismo, tomando la
condición de siervo…”
Fundamentación:
En el Instituto siempre hemos tomado como pasajes
claves los capítulos 1 y 2 del Evangelio según Lucas
pero, dada la exégesis y conocimientos actuales,
creo que debemos hacer el esfuerzo de centrar
nuestra espiritualidad en pasajes menos discutidos
en relación a su origen. Y este me parece un texto
clave para nuestra espiritualidad de Encarnación.
Nazaret y su misterio de sencillez, familia,
vínculos, trabajo, etc….. tienen como base esta
kenosis.
2.
Gálatas 4, 4: “Pero, al llegar la plenitud de
los tiempos, envió Dios a su hijo, nacido de mujer,
nacido bajo la ley, para rescatar a los que se
hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la
filiación adoptiva”
Fundamentación: Aquí tampoco Pablo dice algo acerca
de la infancia de Jesús y su vida oculta en Nazet,
pero remarca su encarnación, su ser hijo de mujer, y
su historicidad, su entronque con el pueblo liberado
por Dios y con el que hizo Alianza, su misión, etc.
3. Mc. 6, 3 y Mt. 13, 54ss; Lc 4, 22
Fudamentación: Los evangelios sinópticos comparten
en redacción y extensión variable la visita de Jesús
a Nazaret y el asombro-maravilla-
estupor-incredulidad… que les provoca este
carpintero cuya familia es conocida de todos.
Nuevamente queda clara la encarnación y la vida
familiar de Jesús durante muchos años, sus vínculos
estrechos, su labor silenciosa. Allí en Nazaret
aprendió mucho de lo que ahora extraña a sus
vecinos, claro que la oración y comunión con el
Padre le ha conferido una “autoridad” que impacta,
aún cuando sus parábolas y enseñanzas no distan ni
de las Escritura ni del medio semi rural bien
conocido por ellos.
Los pasajes escogidos tienen más crédito a nivel
exegético que los tradicionales de la infancia,
y son muy fuertes en su contenido, con un claro
valor para nuestra espiritualidad de
encarnación.
II. LEER LA PALABRA DE DIOS A LA LUZ DEL MISTERIO DE
NAZARET.
Como
hemos aprendido en estos últimos años, gracias a las
valiosas orientaciones del Instituto, todos los
pasajes del Evangelio pueden leerse iluminados por
el misterio de Nazaret.
A
mí particularmente me llegan como muy “nazarenas”
las parábolas, en tanto que traslucen la educación
de Jesús por María y José, en su ambiente familiar,
en su vecindario, en sus trabajos cotidianos.
Las parábolas del reino son especialmente
ilustrativas, sin duda Jesús ha visto a María leudar
y amasar el pan, ha pasado horas en la cocina, ha
escuchado sus inquietudes, sus conversaciones con
las vecinas, ha visto y compartido con José los
trabajos del campo, el cuidado de animales, el
cultivo de plantas que siguen creciendo en la noche
mientras sus cultivadores duermen, en la
construcción de casas sólidas, etc.
A
Jesús sus padres le enseñaron a mirar, a ver con los
ojos y con el corazón la realidad, la realidad
sencilla, cotidiana, los rostros humanos, las
necesidades. Sólo con una educación así Jesús en vez
de deslumbrarse por la majestuosidad del templo,
pone sus ojos en una viuda pobre.
Sin duda una mujer santa, libre, fuerte, atenta al
dolor humano, como María, fue la que hizo contemplar
y enseñó la compasión auténtica. Así luego Jesús se
relaciona liberando, curando, tocando a los
tullidos, leprosos, a las mujeres encorvadas o
paralizadas, a los ciegos, sordos….
Una vida austera y de trabajo le permitió a Jesús
asumir las dificultades y la incomprensión que vivió
el último año de su vida.
La vida de su familia entregada alabar a Dios y
atenta a la voluntad del Padre, libre para discernir
la hora y los caminos a seguir, le permite a Jesús
enfrentar muchas tentaciones y getsemaníes a lo
largo de su vida y también en la hora de su pasión.
La atención a los detalles, tan femenina, se cuela
en los evangelios al mostrarnos los gestos de Jesús,
llama esto la atención siendo los evangelios
escritos por varones, claro que con el aporte de sus
comunidades integradas por muchas mujeres. Jesús era
un hombre pleno, integral e integrado, con un
desarrollo muy grande de sus ánimus y su ánima, de
sus polos masculino y femenino, herencia de su vida
oculta y de familia en Nazaret, y rumiada en la
intimidad de la oración.
En síntesis, los evangelios enteros pueden
leerse redescubriendo en ellos las influencias
de la vida oculta de Jesús, la vida familiar y
vincular de la que tanto aprendió en Nazaret,
pues un hombre maduro revela su infancia y
aprendizajes más tempranos en sus opciones
fundamentales, y en el modo de llevarlas a la
práctica.
|
|
LOS EVANGELIOS DE LA INFANCIA
DE CRISTO
MEDITACIONES
Presentamos una serie de meditaciones sobre la
mayor parte de los pasages del Evangelio que se
refieren a la infancia de Cristo y por tanto a la
Sagrada Familia. Es una forma de acercarse a la
Palabra de Dios desde nuestra espiritualidad.
Hno.
Teodoro Berzal
1 La genealogia según san Mateo (1, 1-17)
La fidelidad de Dios
La cadena genealógica que Mateo presenta al
principio de su evangelio tiene la finalidad de
insertar a Jesús en la historia de la salvación. Su
ascendencia davídica apunta hacia su carácter
mesiánico.
A través de esa lista de nombres queda ante todo
de manifiesto la fidelidad de Dios, quien a través
de los siglos y mediante personas más o menos
calificadas cumple sus promesas. Existe también una
tensión creciente que lleva la historia de la
salvación hacia su plenitud y cumplimiento. Desde el
principio, el evangelista toma como puntos de
referencia David y Abrahan para resumir de algún
modo todo el primer Testamento por lo que se refiere
a la esperanza mesiánica. A David Dios había
prometido un hijo que reinaría eternamente sobre su
trono, con justicia y equidad (2 Sam 7, 12-16). A
Abrahan una posteridad que traería una bendición
universal ( Gen 12, 3). En la intención del
evangelista Jesús, el Cristo, es la descendencia
prometida y la realización de las promesas de Dios.
El camino mesiánico
La genealogía ofrecida por Mateo es complementaria
de la que ofrece Lucas. El nacimiento de Jesús de
María lo convierte en verdadero hijo de David
(Lucas), mientras que el matrimonio de María con
José hace de Jesús el heredero legal de David
(Mateo). Jesús cumple así todas las condiciones para
ser el rey de Israel. Pero como sabemos por los
evangelios, primero la vida escondida de Jesús en
Nazaret y luego su opción fundamental en el momento
de las tentaciones en el desierto lo llevaron a
emprender el camino de un mesianismo despojado de
toda reivindicación dinástica o política para
identificarse más bien con la figura del ‘siervo de
Yavé’ y adoptar las actitudes de humildad y de
firmeza, de acercamiento a los más débiles y pobres
y de proclamación de la verdad, que lo llevaron a
morir en la cruz.
El discípulo de Jesús, que lee el evangelio como
buena nueva y cree que Dios ha resucitado a Jesús de
entre los muertos es invitado desde el comienzo a
seguir ese mismo camino asumiendo las actitudes del
Hijo de Dios hecho hombre.
2 La genealogia según san Lucas (3, 23 -38)
Remontarse hasta la fuente
La genealogía de
Jesús en el evangelio de Lucas es ascendente
(contrariamente a la que presenta Mateo). Para ambos
evangelistas se trata de de situar a Jesús, en la
historia humana en cuanto historia de salvación en
la que Dios interviene y que tiene precisamente come
punto culminante la manifestación del Mesías. Pero
el uno y el otro evangelistas lo hacen desde dos
perspectivas diferentes. Para Mateo lo que cuenta
ante todo es la escendencia davídica de Jesús. Lucas
va más allá, en la línea universalista que lo
caracteriza, y mediante una cadena de antepasados se
remonta hasta los orígenes de la humanidad y hasta
Dios mismo. En realidad Lucas opera una especie de
cortocircuito en el último eslabón de la cadena,
pues Dios aparece más como Padre de Jesús que como
iniciador de la genealogía, teniendo en cuenta que,
según la Biblia, Dios es “creador” y no padre de
Adán.
“Hijo del hombre”, “hijo de Dios”
Como la de
cualquier persona, la genealogía de Jesús muestra su
raíz humana y familiar. Si en todas las culturas es
importante la transmisión genealógica como uno de
los rasgos más profundos de las señas de identidad,
en el pueblo judío se cargaba además con el peso de
la esperanza mesiánica. En el evangelio de Lucas la
genealogía, junto con el relato de la encarnación,
justifica de entrada la expresión “hijo del hombre”
con que Jesús amaba designarse. Pero colocada justo
después del episodio del bautismo, tiende a
presentarse como una confirmación de la voz venida
del cielo que decía: “Este es mi hijo muy amado” en
clara alusión al Salmo 2: “Tú eres mi hijo, yo te he
engendrado hoy”. Tenemos así desde el principio las
afirmaciones centrales sobre la identidad de Jesús.
Hijos en el Hijo
Remontándose
hasta Adán, el primer hombre, toda persona puede en
ralidad construir una genealogía, más o menos
completa, en la que Dios aparece como “Padre”. Por
eso la genealogía de Jesús no es algo que se refiera
a él en exclusiva, sino que de algún modo está
diciendo ya que su misión será la de reconstruir la
filiación divina de todos los hombres.
3 El anuncio a
Maria: Lc 1, 26 – 38
En su casa
El relato de la
anuncio a María del nacimiento de Jesús se
caracteriza por el paralelimo y contraste con el
anuncio del nacimiento de Juan Bautista hecho a
Zacarías. Lo que más llama la atención en lo
inmediato es el lugar donde tiene se realiza la
escena. Frente a la solemnidad y sacralidad del
templo de Jerusalén está la secilla casa de la
Virgen de Nazaret, lugar de la vida familiar y
cotidiana, aunque en el relato evangélico no aparece
explícitamente el término “casa”. Ese acercamiento
al ambiente ordinario donde trascurre la vida, marca
desde el comienzo el estilo de la encarnación. Como
en ese momento supremo, es siempre Dios quien da el
paso decisivo de acercamiento para venir al
encuentro del hombre en las situaciones concretas en
que cada uno se halla. De este modo, “la Palabra se
hizo carne y plantó su tienda entre nosotros” (Jn.
1, 14).
Aquella que dijo sí
María es ante
todo aquella que dijo sí a Dios. Pero no fue una
respuesta fácil la suya. En la brevedad del relato
queda patente la sorpresa y turbación que le produjo
el saludo del ángel y el contenido de su mensaje. En
un instante de reflexión María mide las
implicaciones que representa su respuesta, para su
existencia personal, para su pueblo, para la
humanidad... Es un momento único en el que entra en
juego toda la gracia de Dios y toda la libertad
humana.
Desde ese momento
de plenitud cada uno de nosotros queda interpelado
para valorar y entrar en el juego de la gracia de
Dios y de la llamada divina, que bajo muchas formas
y en momentos sublimes o banales, se acerca a
nosotros para solicitar nuestra respuesta, para
pedir nuestra colaboración afin de llevar a cabo sus
designios.
4
La vocación de José (Mt. 1, 18-25)
Cuando
Dios se manifiesta
Como en
muchos otros momentos de la historia de la
salvación, el designio amoroso de Dios se manifiesta
y se realiza a través de las circunstancias humanas.
Los escasos datos que ofrece el evangelista son
suficientes para dejar adivinar el drama que se
produjo en la joven familia en formación de Nazaret
después del anuncio del ángel a María. ¿Fue ella
quien comunicó a José la noticia, la buena noticia?
Así cabe suponerlo. Al primer momento de
agradecimiento y admiración por lo que Dios había
hecho en la que iba a ser su esposa, siguen los días
de angustia y desconcierto para José: Pero sin duda
también para María a cuya mirada no podía escapar la
situación de su prometido. José sufre, pero su dolor
no viene de que, ni siquiera por un instante, se
haya asomado a su espíritu la menor duda acerca de
la conducta de María. Toda su preocupación viene de
saber cuál es el papel que él puede desempeñar en
los planes de Dios, cuando éste parece haber tomado
la iniciativa y actuar por su cuenta desbordando las
previsiones humanas.
La vocación de José
En esa
situación una alternativa le atormentaba: o quedarse
con María, usurpando, por así decirlo, el título de
"padre", o retirarse, tomando todas las
precauciones para perjudicar lo menos posible a la
que estaba a punto de ser definitivamente su mujer.
En esta segunda opción, por la que José se inclina
según el evangelista, el matrimonio se deshace, la
perspectiva de la fundación de una familia queda
desvanecida...El mensaje del cielo responde punto
por punto a todas las preguntas que angustiaban a
José en ese momento difícil y al mismo tiempo
definen el sentido y el contenido de su vocación.
Pablo VI la expresó así: "Su paternidad se expresa
concretamente en haber hecho de su vida un servicio,
un sacrificio al misterio de la encarnación y a la
misión redentora que lleva unida; en haber usado la
autoridad legal, que le correspondía como jefe de la
Sagrada Familia, para vivirla como don de sí, de su
vida, de su trabajo; en haber convertido su vocación
humana al amor familiar en oblación sobrenatural de
sí mismo, de su corazón y de sus capacidades en el
amor puesto al servicio del Mesías que había
germinado en su propia casa" (Alocución del
19-3-1966). La figura de José, plenamente
responsable de los suyos y abierto a las
indicaciones que le vienen de lo alto, nos da a
entender qué significa ser padre. Es admirable
contemplar cómo Jesús, necesitado de ayuda y
protección, encuentra en la familia, en el amor
recíproco de María y José, los elementos
imprescindibles para poder crecer y realizar su obra
de salvación.
5 El noviazgo
de María y José: Lc 1, 26 - 27
Hacia
el matrimonio
Una familia
Varias veces el
evangelista Lucas presenta a María y José como “los
padres de Jesús” (Lc 2, 27; Lc 2,41; Lc 2,43) y una
vez precisando “su padre y su madre” (Lc 2,33),
constituyendo por lo tanto un verdadero núcleo
familiar, una familia. Las relaciones entre sus
miembros son las que constituyen la familia: la
relación esponsal y la relación paterno y
materno-filial. “Tu padre y yo” (Lc 2, 48), dirá
María hablando a Jesús. Además la familia de Jesús,
José y María no vive aislada. El evangelio la
presenta en relación con una familia más amplia, los
parientes (Lc 1, 36), inserta en el pueblo de
Nazaret y viviendo según las costumbres y avatares
de cualquier familia. Sin embargo, la presencia de
Jesús en su seno, ya desde el principio le da una
dimensión nueva y trascendente.
La alianza conyugal de María y José, atestiguada
por los evangelios es el fundamento de la familia de
Nazaret. Esa alianza fue vivida en la entrega
recíproca y virginal al servicio del Verbo
encarnado. Por eso recuerda a toda comunidad
cristiana y en particular a la familia, que "La
alianza de los esposos está integrada en la alianza
de Dios con los hombres y que el auténtico amor
conyugal es asumido en el amor divino" (Gaudium
et Spes 48; Cf Catec. Ig. Cat 1639). "En
la liturgia María es celebrada como unida a José, el
hombre justo, por estrechísimo y virginal vínculo de
amor. Se trata, en efecto, de los dos amores que
representan conjuntamente el misterio de la Iglesia,
virgen y esposa, la cual encuentra su símbolo en el
matrimonio de María y de José" (Redemptoris
Custos 20).
6 El matrimonio de María y José (Mt 1, 16ss; Lc
1, 26ss)
Jesús
nace en una familia
La realidad del matrimonio de María y José y su
profundo significado llevan a afirmar que la
encarnación del Hijo de Dios comportó también su
inserción en una familia humana. Como en todas las
familias, "La comunión conyugal constituye el
fundamento sobre el que se construye la comunión más
amplia de la familia" (Familiaris Consortio
21). María y José, fieles a la Palabra de Dios,
acogieron sin reservas y vivieron plenamente su
vocación matrimonial poniéndola al servicio del
designio de la salvación y formaron una familia para
acoger al Hijo de Dios. Asumiendo en la fe su
vocación de esposa y de madre, María vivirá en todas
sus dimensiones su amor de mujer. Habiendo acogido
María como esposa y habiendo vivido con ella en
fidelidad virginal, José realizará todas las
dimensiones de su amor de hombre. La presencia del
Verbo encarnado en la familia de María y de José da
plenitud al núcleo familiar y lo abre en todas las
dimensiones.
Hacer familia
Por la doble pertenencia de Jesús, el Hijos de
Dios, a la familia trinitaria y a la familia de
Nazaret, la Sagrada Familia se presenta de modo
eminente como icono de la Trinidad e imagen de la
Iglesia. Desde el punto de vista cristiano, “La
familia recibe la misión de custodiar, revelar y
comunicar el amor, como reflejo vivo y participación
real del amor de Dios por la humanidad y del amor de
Cristo Señor por la Iglesia su esposa” (Familiaris
Consortio 17)
"La
alianza de los esposos está integrada en la alianza
de Dios con los hombres" y “el auténtico amor
conyugal es asumido en el amor divino" (G.S.48) Cf
Catec. Ig. Cat, 1639). Por otra parte entre las
imágenes (L.G. 6) que la Iglesia actual emplea para
expresar su identidad más profunda en la línea de la
comunión, la de “familia de Dios” es una de las más
valiosas. Y La misma Iglesia presenta a la
vida consagrada “La Familia de Nazaret, como lugar
que las comunidades religiosas deben frecuentar
espiritualmente, porque allí se vivió de un modo
admirable el Evangelio de la comunión y de la
fraternidad.” ( La vida Fraterna en comunidad,
18)
7 A
Belén para el censo: Lc 2, 1 – 5
El
mundo
El
evangelista Lucas aporta algunos datos, aunque
discutibles, de la historia para situar el
nacimiento de Jesús en las coordenadas de espacio y
tiempo que tiene todo acontecimeinto humano. El
hecho queda así enmarcado en unas dimensiones
concretas y constatables, pero al mismo tiempo
revela todo el alcance que tiene la aparición en la
tierra del Salvador de los hombres. En efecto, ese
acontecimiento es tan importante que no puede ser
considerado commo uno más en la secuencia de los que
componen el acontecer histórico. Como escribió Juan
Pablo II, “El nacimiento de Jesús en Belén no es un
hecho que se pueda relegar al pasado. En efecto,
ante Él se sitúa la historia humana entera: nuestro
hoy y el futuro del mundo son iluminados por su
presencia.... Jesús es la verdadera novedad
que supera todas las expectativas de la humanidad y
así será para siempre, a través de la sucesión de
las diversas épocas históricas. La encarnación del
Hijo de Dios y la salvación que Él ha realizado con
su muerte y resurrección son, pues, el verdadero
criterio para juzgar la realidad temporal y todo
proyecto encaminado a hacer la vida del hombre cada
vez más humana” (Incarnationis mysterium 1).
La casa
Pero ese
acontecimeinto tiene también una dimensión cercana y
familiar. El decreto del emperador incide de forma
directa y dramática en el desarrollo de la gestación
y nacimiento de Jesús. María y José son una pareja
joven, en espera del primer hijo, que se ven
obligados a dejar su hogar para cumplir una lay de
la sociedad civil: un empadronamiento que comportaba
la inscripción de las propiedades y las personas, y
cuya finalidad principal era la recaudación de los
impuestos. Pero el evangelista ofrece de inmediato
también la dimensión religiosa del hecho, pues la
ciudad a la que se dirigen es Belén, donde según la
profecías debía nacer el Masías. De esta forma se
pasa de la “patria histórica” de Jesús a su patria
“teológica”.
8 El
nacimiento de Jesús: Lc 2, 6-15
En un pesebre
La concatenación de
circunstancias lleva a que Aquel que había sido
anunciado como Hijo del Altísimo, tenga que ser
colocado al nacer, como expresión suprema de pobreza
y desamparo, en el pesebre de un local destinado a
los animales. Eso sí rodeado del afecto y los
cuidados de María y de José. El relato evangélico en
su sencillez se detiene aquí y quizá la meditación
cristiana del texto también deba hacer lo mismo para
dejar el paso a una contemplación que, como dicen
algunos místicos, deje nacer el Verbo en el fondo
del alma y en silencio lo adore con amor...
En el cielo
Después del anuncio
a María, del anuncio a José (Evangelio de Mateo), el
tercer enuncio hecho por el angel tiene como
destinatarios unos pastores y revela también la
identidad del recién nacido: el Salvador, el Cristo,
el Señor. Se trata del anuncio de una buena nueva
que se produce en medio de una luz respaldeciente en
la oscuridad de la noche y que debe producir una
gran alegría no solo para los que la escuchan sino
para todos. Son otros tanto elementos de gran
simbolismo que contribuyen a realzar el contenido
del mensaje: ha nacido el Salvador. Y es esa
proclamación la que produce simultáneamente y en
perfecta armonía la glorificación de Dios en el
cielo y la paz a los hombres en la tierra.
El evangelio de
Lucas subraya el "hoy" de la salvación ya realizada
en Cristo y que se hace actual en nuestra historia.
Todos estamos invitados a participar personalmente
con María y José, con los ángeles y los pastores, y
con todos los hombres a entrar en ese maravilloso
intercambio en el que Dios presenta y ofrece al
hombre su misma vida y el hombre es llamado a
dejarse desarmar y entrar en esa nueva luz que lo
salva. En eso consiste la "gloria de Dios" que los
ángeles cantan y que tiene su eco correspondiente en
la "paz" de los hombres en la tierra. La manifestaci¢n
de Dios y la salvaci¢n del hombre son dos aspectos
de la misma realidad.
9 Los pastores:
Lc 2, 16 – 20
Reconocer los signos
Los pastores
habían recibido del ángel unos signos que les
permitían comprobar la verdad del mensaje recibido:
un niño envuelto en pañales y recostado en un
pesebre. Son signos que ellos, gente sencialla y a
la vez vigilante, podían comprender y comprobar,
pero que de hecho los llevan a encontrar al Mesías.
El contraste con las espectativas humanas es
evidente. Dios se ha manifestado en la debilidad y
en la fragilidad. El paso de la fe implica siempre
tener suficiente sencillez y apertura como para
aceptar una cierta contradicción. Como dirá san
Pablo, “lo que parece insensato de parte de Dios es
más sabio que los hombres” (1Co 1, 25). El mensaje
más sublime es colocaco entre las manos de quienes
parecían, por su condición social, menos aptos para
transmitirlo, y también en eso se manifestará la
gloria de Dios.
Transmitir el mensaje
Los pastores son
presentados como los primeros testigos de la buena
nueva: han visto y anuncian lo que se les había
dicho acerca del recién nacido. La verdad de los
signos concretos queda iluminada y manifestada por
la palabra del ángel. Es la última fase del acto de
fe cuyo itinerario, como el de los pastores, va de
la escucha a la admiración, de la aceptación de lo
insólito a la interiorización convencida, y de la
implicación personal a la transmisión a otros, como
impulso que viene de dentro y como deseo de
compartir con otros lo que se cree para formar una
comunión de fe más amplia. Tenemos ya aquí la
dinámica de todo el Evangelio.
Como imagen
personalizada de ese dinamismo evangélico, se nos
presenta a María, que ha acogido e interiorizado el
mensaje y ha dado al mundo el Verbo de la vida.
10 Los magos (Mt. 2, 1-12)
Encontrar a Jesús
La escena de la adoración de los magos es una de
las primeras de la larga lista de los encuentros con
Jesús que vemos a lo largo de todo el evangelio. En
esta ocasión Mateo subraya con fuerza la paradoja de
que quienes estaban más cerca y tenían todos los
medios para reconocer y venerar su Mesías, no
hicieron nada para verificar lo que decían las
Escrituras y comprobar los rumores de la gente de
Jerusalén. Mientras tanto otros venidos de lejos y
confiando sólo en el brillo de una estrella llegan
hasta él. Es uno de los primeros casos en que se
cumple el enunciado del Canto de María “derriba del
trono a los poderosos y enaltece a los humildes”,
pero también muestra la forma típica de llegar a la
fe por caminos que no son los establecidos
oficialmente.
Adoración y ofrenda
Los dos gestos característicos de los magos al
entrar en la casa y reconocer en Jesús al Mesías son
la adoración y la ofrenda. Adorar implica la actitud
corporal de arrodillarse y de postrarse, pero
igualmente la actitud interior de rendir homenaje y
reconocer la grandeza de quien la persona tiene
delante. En la tradición bíblica el único que merece
la adoración en sentido propio es Dios. La ofrenda
de dones indica el sentido de participación y de
comunión. En último término quien ofrece algo está
diciendo que es él mismo quien se ofrece y se pone a
disposición del otro para establecer una relación de
amistad. Aparte el valor simbólico que la tradición
ha dado a los dones ofrecidos por los magos está
ese sentido religioso de la ofrenda y también
seguramente una alusión bíblica a un texto del
profeta Isaías (60, 6) en el que se presenta la
afluencia de los pueblos de oriente como signo de la
dimensión universal de la salvación: todos los
pueblos y todas las personas están llamados a entrar
en comunión con Dios.
11 El
nombre de Jesús: Lc 2, 21- 24
“Ieshua”,
Dios salva
Por su
nacimiento, Jesús entra a formar parte del pueblo de
Israel y queda soetido a la ley: “nacido de una
mujer, nacido bajo la ley”, dirá san Pablo ( Gal
4,4). Y el primer precepto para el recién nacido es
la circuncisión e imposición del nombre por la que
entra en la Alianza de Dios con su pueblo. La
atribución de un nombre tiene en la Biblia una
importancia capital. Pensemos en la revelación del
nombre de Dios a Moisés en el A. T. o en la
proclamación en el N.T. del título de “Señor” dado a
Jesús: “el nombre que está por encima de todo
nombre” (Fil 2, 9-10). Además cada nombre bíblico
está cargado de un significado que revela la
identidad de la persona y su misión. El de Jesús fue
elegido por Dios mismo y revelado a José junto con
su significado: “(María) dará a luz un hijo y a
quien pondás por nombre Jesús porque salvará a su
pueblo de sus pecados” (Mt 1, 21). El nombre de
Jesús nos dice, pues, de forma inmediata que Dios es
salvador y redentor y que en él ofrece una nueva
vida a todos los hombres.
El consagrado
En los evangelios
de la infancia, además del nombre que le fue dado a
Jesús en el momento de su presentación en el templo
de Jerusalén, hay varios otros que se le atribuyen y
que revelan su condición divina, como hijo de Dios,
hijo del Altísimo, Santo, Señor, luz de las
naciones. Entre ellos está también el de
“consagrado”. En reslidad el evangelista Lucas
modifica el texto de los LXX que dice “Conságrame
todo varón primogénito” (Ex 13,13) para atribuir
directamente el calificativo de “santo” a Jesús,
haciendo eco a las palabras del ángel a María: “Será
llamado santo”. Que se trate de “santificación” o de
“consagración”, en uno o en otro caso lo que se
quiere expresar es la vinculación plena con Dios.
Jesús es el santo de Dios, enteramente consagrado
por él y nacido para la salvación de todos de la
virgen María por la acción del Espíritu Santo.
La presentación
en el templo hace público lo que hasta ese momento
era un secreto familiar y nos invita a responder con
generosidad a la llamada a la santidad que hemos
recibido con nuestra consagración bautismal y las
otras consagraciones particulares (ordenación,
matrimonio, consagración religiosa)
12 La
presentación: Lc 2, 25- 39
El
testimonio del profeta
Al igual que los
pastores en Belén, Simeón y Ana, movidos por el
Espíritu Santo, proclamn en el templo de Jesuralén
quién es el niño que acaba de nacer.
Simeón es un
profeta porque Dios le ha comunicado su Espíritu y
lo que dice es revelación acerca de Jesús. Se sitúa
así en la línea de los otros profetas que habían
anunciado la llegada del Mesías para un futuro más o
menos lejano, pero él se siente conmovido porque ha
tenido el privilegio de constatar su presencia. Es
profeta también por los gestos que realiza: acoge a
Jesús alabando a Dios como se hace con un huesped o
con un amigo, con respeto y amor, y bendice a María
y a José reconociendo que son ellos quienes con
Jesús le ha aportado la bendición de Dios. Es
profeta finalmente por el mensaje de su palabra en
el que alaba a Dios por su fidelidad en el
cumplimiento del plan de salvación, en el que
muestra cuál será el camino de humildad y de
sufrimiento del Mesías, al que será íntimamente
asociada su Madre, y cuál será su misión iluminadora
para todos los pueblos.
El testimonio de
la profetisa
La voz de la
profetisa Ana se une a la del profeta. También ella
se sitúa en la tradición de las mujeres movidas por
el Espíritu, cumpliendo así la promesa anunciada
para la época mesiánica: “En los últimos tiempos,
dice Dios, derramaré mi Espíritu sobre todos:
vuestros hijos e hijas profetizarán”. (Hech 2,17; Jl
3,2). Ella también es testigo de ese momento de
gracia que está aconteciendo en el templo, reconoce
al Mesías en el niño presentado por María y José e
inmediatamente se hace su mensajera. Habla de él a
quienes “esperan la liberación de Jerusalén”. Se
diría que su mensaje queda limitado por la
disponibilidad de los que lo acogen, mostrando que
la palabra revelada debe ser escuchada y acogida
para que produzca su fruto de fe y conversión.
Simeón y Ana nos
recuerdan hoy con fuerza que “Cristo, es el gran
Profeta, que por el testimonio de su vida y por la
virtud de su palabra proclamó el Reino del Padre, y
cumple su misión profética hasta la plena
manifestación de la gloria, no sólo a través de la
jerarquía, que enseña en su nombre y con su
potestad, sino también por medio de los laicos, a
quienes por ello, constituye en testigos y les
ilumina con el sentido de la fe y la gracia de la
palabra (cf. Act 2,17-18; Ap 19,10)
para que la virtud del Evangelio brille en la vida
cotidiana familiar y social.” (Lumen Gentium
35)
13 Egipto: ida y vuelta (Mt. 2, 13-21)
Como todas las familias
Los
evangelios presentan a la Sagrada Familia totalmente
integrada en las circunstancias del tiempo y lugar
en que vivía, con las dificultades y problemas de
una familia normal. Es otro de los aspectos que
muestra bien a las claras el realismo de la
encarnación del Hijo de Dios. A través del episodio
emblemático de la huida de la persecución de
Herodes, la familia de Jesús se identificaba con
todos los perseguidos injustamente, con las familias
que buscan casa y trabajo, con los emigrantes y los
que se ven sometidos a la prueba en las condiciones
normales de la vida. La huida a Egipto es ante todo
la solución a una emergencia ante la que hay que
actuar con realismo y competencia para evitar una
catástrofe familiar. La intervención de Dios no hace
sino apoyar esa lucidez humana ante el peligro.
Jesús recorre con su Familia el camino de liberación
del Éxodo
Pero
recurriendo a la Sagrada Escritura el evangelista
hace una interpretación simbólica de esta bajada y
subida de Egipto. La orden dada por Dios a José por
medio del ángel de ir a Egipto conlleva el
cumplimiento de una palabra de Oseas. El texto del
profeta suena así: "Cuando Israel era niño, lo amé y
desde Egipto llamé a mi hijo" (Os 11,1). Mateo toma
sólo la última parte del versículo, pero leyendo el
texto profético por extenso queda claro el sentido
que lo que Dios quiere de su pueblo es que repita la
experiencia del Éxodo y que se convierta a él.
Aplicándolo el evangelista directamente a Jesús,
realiza una personificación muy significativa. Jesús
encarna así a todo el pueblo elegido. Es de notar
además que en casi todas las referencias bíblicas de
Mateo en estos episodios de la infancia de Jesús,
aparece la palabra "hijo". En el caso presente
expresa claramente la vinculación completamente
especial de Jesús con Dios.
14 La vida en Nazaret (Mt 2, 22ss; Lc 2, 39ss)
El
Nazareno
La aldea de
Nazaret dio a Jesús el nombre de “Nazareno”, que
indicaba su lugar de origen, pero también una cierta
calificación a su persona y a su mensaje,
desmarcándolo desde el principio del encasillamiento
religioso oficial judío. Pero además para Jesús la
larga experiencia de vida en Nazaret traduce el
aspecto durativo (de inculturación o de inserción,
diríamos hoy) del misterio de la encarnación. "El
Hijo de Dios, por su encarnación, se identificó en
cierto modo con todos los hombres: trabajó con manos
de hombre, reflexionó con inteligencia de hombre,
actuó con voluntad humana y amó con humano corazón.
Nacido de la Virgen María, es verdaderamente uno de
nosotros, semejante en todo a nosotros, excepto en
el pecado" (G.S. 22). En ese ambiente de
comunicación, de familiaridad, de mutua
compenetración, Jesús asumió plenamente todas las
posibilidades de su naturaleza humana para mejor
ejercer su misión de restablecer la comunión entre
los hombres, "reuniendo a los hijos de Dios que
estaban dispersos" (Jn 11,52). Le Hijo de Dios,
sobre todo con su vida en Nazaret “santificó las
relaciones humanas, sobre todo las relaciones
familiares de las que brotan las relaciones
sociales, siendo voluntariamente un súbdito más de
las leyes de su patria. Llevó una vida idéntica a
la de cualquier obrero de su tiempo y de su tierra"
(G.S. 32)
Lo nazareno
La Iglesia,
iluminada por la Palabra de Dios, descubrió ya desde
el principio en los acontecimientos que vivió la
familia de Jesús un significado salvífico. "Toda la
vida de Cristo es Revelación del Padre: sus palabras
y sus obras, sus silencios y sus sufrimientos, su
manera de ser y de hablar" (Catec. Ig. Cat. 516). De
hecho ha habido muchos grupos cristianos que a lo
largo de la historia de la Iglesia se han inspirado
en el ideal de Nazaret para marcar su estilo de vida
y una espiritualidad. Pesemos por ejemplo en Carlos
de Foucauld, pero también en muchos otros fundadores
y fundadoras de congregaciones religiosas. La
humildad y sencillez de vida, la comunión y trato
familiar, la pobreza e identificación con el
ambiente que rodea a la comunidad, el alejamiento de
toda apariencia y pretensión de reconocimiento, el
silencio, el trabajo y la oración, la valoración de
la vida cotidiana, son otros tantos valores que se
aprenden en Nazaret y comunican a la vida cristiana
una frescura y cercanía de los orígenes que la hacen
atractiva en todos los tiempos y en todos los
lugares. La Sagrada Familia, como lo expresaba Pablo
VI, representa para todos un modelo a la vez cercano
e ideal: "Nazaret nos enseña lo que es la familia,
su comunión de amor, su austera sencillez y belleza,
su carácter sagrado e inviolable" (Discurso en
Nazaret, 5-1-1964).
16 La otra familia de Jesús ( Mt 12, 46 – 50; Lc
11, 28)
La
otra familia de Jesús
Son escasos y de difícil interpretación los datos
que el Nuevo Testamento nos ofrece sobre el papel
que familia de Jesús tuvo durante su vida pública y
después de su muerte y resurrección en la comunidad
cristiana. Pero es significativo que habiendo vivido
Jesús por mucho tiempo la vida familiar de Nazaret,
cuando llama a sus discípulos, crea un grupo con las
características de una nueva familia, la familia
mesiánica, en la que Dios es Padre y todos son
hermanos. La condición esencial para entrar en ella
es la adhesión a su persona mediante la fe y la
acogida de su palabra (Lc. 8, 19-21). La nueva
familia a la que Jesús convoca muestra, al mismo
tiempo, el gran valor y los límites de la
institución familiar que, como las otras
instituciones humanas, no puede compararse con el
valor absoluto del Reino de Dios. A la nueva familia
que Jesús crea todos están invitados, incluso los
que parecían perdidos (Lc 14, 21-23; Mt 10,6) pero
no todos responden (Lc 14, 18-20). Existe, pues, una
realidad personal, la fe, que nada tiene que ver con
los datos biológicos para formar parte de esa nueva
familia.
Los
lazos vitales creados entre los seguidores de Jesús
son tan fuertes que deben superar a los de la carne
y la sangre: "Y mirando a los que estaban sentados
en torno a él dijo: He aquí mi madre y mis hermanos,
pues aquel que realice la voluntad de Dios, ése es
mi hermano, mi hermana y mi madre" (Mc 3, 34-35).
Comunión familiar
Jesús en el evangelio nos
revela el verdadero rostro de Dios y para ello
emplea constantemente términos que se refieren a la
familia. El uso del término “Abba” (Padre) para
referirse a Dios lo sustraer del ámbito
mítico-pagano y lo despoja de todo formalismo
trascendente para situarlo en el ámbito de la
familiaridad más íntima con la que un niño pequeño
puede dirigirse a su padre. Lo mismo puede decirse
del término “hijo” que Jesús emplea para
autodesignarse y el de “hermano” para designar a los
creyentes en todo el Nuevo Testamento. Y el Espíritu
Santo es presentado siempre en el evangelio en
íntima relación con el Padre y el Hijo.
Esta
dimensión familiar es la que da a la comunión
eclesial toda su profundidad trinitaria en cuanto es
la “muchedumbre reunida
por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo” ( Lumen Gentium 4).
Es una aplicación concreta del gran principio
subrayado también por Gaudium et Spes: el
Hijo de Dios “reveló el amor del Padre y la excelsa
vocación del hombre evocando las relaciones más
comunes de la vida social y sirviéndose del lenguaje
y de las imágenes de la vida diaria corriente”. |
|
EL ESPÍRITU DE FAMILIA - LAS
“PEQUEÑAS VIRTUDES”.
En el retiro
anual de los Hermanos de 1934 el Hno Esteban
Baffert, Superior General, dio una serie de
conferencias sobre el espíritu del Instituto.
Después de decir en qué consiste el “espíritu de
familia”, muestra cómo vivirlo a través de la
práctica de la virtudes características del
Hermano según la regla: la humildad, la
sencillez, la obediencia, la unión y la entrega;
y termina tratando de las llamadas “pequeñas
virtudes” en relación con el espíritu de
familia.
La
expresión “pequeñas virtudes” se remonta a San
Francisco de Sales. En la
Introducción a
la vida devota
parte III, cap. 2, el santo cita once pequeñas
virtudes: paciencia, bondad, mortificación,
humildad, obediencia, pobreza, castidad, dulzura
con el prójimo, tolerancia de las
imperfecciones, diligencia y santo fervor (cf.
BAC 109, 127). Todas ellas son expresiones de la
caridad en la vida cotidiana. Otros autores las
han aplicado a la vida comunitaria. Puede verse
por ejemplo, San Marcelino Champagnat
en el
libro
"Consejos, Instrucciones,
Sentencias", del Hno.
Juan Bautista Furet.
En el texto
del Hno. Esteban, que presentamos a
continuación, es interesante la conexión que
establece con el espíritu de familia y el método
que propone para la adquisición y cultivo de
esas “pequeñas virtudes” resumido en dos puntos:
la flexibilidad de espíritu y la delicadeza de
corazón.
Aunque el texto está
pensado para las comunidades religiosas de otra
época, no resultará difícil leerlo hoy en un
contexto comunitario, familiar o de grupo para
quienes ven en Nazaret la escuela de humanidad.
SUMARIO:
I. La buena
educación o cortesía
II. La
afabilidad y la condescendencia
III. La
disimulación caritativa, la
indulgencia y la paciencia
IV. La
ecuanimidad y la santa alegría
V. La
compasión y la atención generosa
VI. Método
para cultivar las “pequeñas
virtudes”.
Por poco que hayamos
vivido en comunidad, seguramente habremos
encontrado algunos hombres cuyo carácter parece
haber sido modelado a hachazos, practican
enérgicamente algunas virtudes principales,
pero no se preocupan de las virtudes que
facilitan las relaciones con sus Hermanos y que
hacen la vida más fraterna, más agradable.
Un Hermano piadoso
olvidará la buena educación o cortesía, y lo que
sería más grave aún, no se recordará, en la
práctica, que el perdón de las ofensas es la
piedra angular de la caridad y de la piedad.
Otro será muy activo, vale por ciento en su
trabajo, pero tiene sus gustos, sus ideas, sus
opiniones y jamás condesciende con los que lo
rodean. Un tercero será un excelente profesor,
pero el barómetro de su humor tiene saltos muy
bruscos que desorientan a sus alumnos y
debilitan su autoridad como maestro. Aquél será
un buen administrador de los bienes temporales,
pero le falta la amable solicitad hacia las
personas que le están encomendadas. Este otro,
en fin, tiene cualidades especiales de
inteligencia pero es poco amable…
En las páginas que
siguen trataremos de “esas pequeñas virtudes”
-como las llama San Francisco de Sales- todas
ellas hijas de la amable caridad, virtudes que
facilitan las relaciones entre los hombres, los
unen en su actividad, los armonizan en sus
sentimientos, contribuyen a evitar los roces que
las circunstancias de la vida pueden ocasionar.
¿Cuáles son esas “pequeñas”
virtudes?
Son la buena educación
o cortesía, la afabilidad y la condescendencia,
la disimulación caritativa de las faltas del
prójimo y la indulgencia; la paciencia, la
igualdad de carácter, la alegría religiosa; la
solicitud, la compasión y la delicada atención
para prestar toda clase de pequeños servicios.
Su enunciado es largo
pero tienen afinidades comunes y secretas
relaciones. La práctica de una trae como
consecuencia la práctica de las otras.
I. LA BUENA EDUCACIÓN O
CORTESÍA
Empecemos por la buena
educación o cortesía. Estamos muy propensos a
descuidarla en nuestra vida ordinaria y en la
vida de familia. Parecería que para algunos sólo
existe ante los extraños. Por carencia de fe, se
falta con relación a los Superiores. La
familiaridad de vida hace que se olvide para con
los iguales; A veces, nos dispensamos de ella
para con nuestros inferiores y con los alumnos,
por cierto sentimiento de orgullo, puede ser
inconsciente, pero muy real. Y sin embargo, cuán
agradable, cuán edificante es ver a los Hermanos
tratar a su Director con deferencia y respeto y
ofrecerle las atenciones que exige la autoridad
que ostenta. Cuán agradable es ver a los
Hermanos entre sí -como decía San Pablo a los
Romanos- darse recíprocamente testimonios de
honor. Cuán agradable resulta la compañía del
que evita las palabras groseras y pide siempre
en términos corteses; del que no finge ni
pretende pasar por cortés a fuerza de política,
del que sabe escuchar a su interlocutor; de
quien no hay que temer a cada instantes las
chispas de su humor, de sus chanzas o sus
desprecios, del que en los juegos sabe ganar sin
fanfarronadas y aceptar lasa derrotas sin
amarguras; de quien sabe ceder a tiempo, ofrecer
un buen lugar, y no se permiten tocar los
objetos que son de uso de sus Hermanos. ¡Y cómo
exaltar debidamente el bien que procura a las
almas la cortesía de los Directores, de los
Superiores y de los maestros! Es recibida casi
siempre- como una muestra de la amabilidad del
mismo Dios, ensancha el corazón, anima al alma,
predispone al esfuerzo, abre ante quien la
recibe un horizonte de alegría y esperanza. La
autoridad la precisa para ejercerse con dignidad
y conquistar la adhesión espontánea de los
inferiores. La cortesía es un medio para obtener
esa adhesión.
II LA AFABILIDAD Y LA
CONDESCENDENCIA
Aunque las cortesías
regule la corrección de nuestras relaciones con
el prójimo, se refiere sobre todo a los modales.
Pero la cualidad que regula nuestras palabras,
su tono, su amabilidad, su bondad, que nos
permite repetir las palabras y las frases con
paciencia tantas cuantas veces sean necesario,
es la afabilidad. Más que una calidad de la
palabra, la afabilidad es humildad, es la bondad
del corazón que inspira confianza a nuestro
interlocutor y lo anima a hablarnos sin fingir,
a abrirse a nosotros sobre toldo lo que le
preocupa, a aclarar con nosotros todas las
dudas, de dirigirse a nosotros, en una palabra,
con la certeza que siempre será perfectamente
recibido y escuchado.
El religioso, el
maestro afable, no tienen ni antipatía, ni
amistades particulares. A todos acoge con
idéntica bondad, las importunos, los
escrupulosos, los rudos, lo mismo que los que
sufren y estan afligidos, a todos escuchan con
la más benévola atención, a nadie reciben con
menosprecio, ni trata con altanería, ni rechaza
con modos altivos o prepotentes; todos reciben
la palabra que ilumina y alienta, que
tranquiliza y consuela.
La afabilidad en las
conversaciones es hermana de la condescendencia
en las acciones de la vida común. Condescender,
en descender al nivel del humor, de los gustos
de nuestros Hermanos, de nuestros alumnos cuando
es conveniente; es olvidarnos de nosotros mismos
y sacrificar nuestras preferencias para abrazar
las de ellos, con tal que sean razonables y
regulares; es practicar una virtud que puede
aparentar ser pequeña pero que es una condición
de paz y de unión. Uno quiere pan fresco porque
sus dientes rehusan masticar; otro, pan duro
porque no quiere tener indigestiones. Otro,
durante un paseo quiere adoptar el paso de
marcha, el otro no se siente con tal ánimo
porque sus pulmones o sus piernas no son
resistentes. Este se asfixia si no se halla en
plena corriente de aire; aquél se resfría si
todas las puertas y ventanas no están
herméticamente cerradas. El de más allá,
enloquece por la música y el de al lado, no
puede soportarla. Este quiere jugar a la
petanca, el otro a la pelota. Fulano desea
conversar, zutano quiere trabajar y el de más
allá ansía pasearse… ¡Qué vida de familia puede
existir si cada uno no sabe sacrificar un poco
sus gustos para condescender con los deseos de
los demás!
Es inútil que digamos
que todos tenemos la misma vocación, la misma
Regla, los mismos Superiores, los mismos Santos
Patronos, es inútil que nos dirijamos cada día
al mismo Dios con las mismas plegarias y
recibamos todos al mismo Dios en la mesa
eucarística, si no sabemos agregar a esos
contundentes motivos de unión, el último toque
de perfección, tratando de unirnos con nuestros
Hermanos hasta en los más mínimos detalles de la
vida y condescender con su humor, con su
carácter en todo lo que sea razonable, nuestra
virtud de caridad fallará por la base y no
podremos gustar los encantos de la verdadera
vida de familia.
III. LA DISIMULACIÓN
CARITATIVA; LA INDULGENCIA, LA PACIENCIA
Acabamos de examinar
tres “pequeñas” virtudes que podemos llamar
“activas”. Analicemos otras tres que podríamos
calificar como “pasivas”, aunque para
practicarlas exijan gran actividad interior, un
gran espíritu de fe, una verdadera flexibilidad
de espíritu y un corazón lleno de caridad. Son:
la disimulación caritativa, la indulgencia y la
paciencia.
¿Cuál será el objeto
de la disimulación caritativa? Como su nombre lo
dice, consiste en aparentar no darse cuenta de
los olvidos, de la ignorancia, de los errores de
nuestros Hermanos, de nuestros inferiores, y
también de nuestrso Superiores. Y cuando se
presenta el caso, aparentar no darse cuenta de
las palabras que hieren, de maneras de actuar
fastidiosas, de actos de maldad más o menos
intencionados.
Es una virtud pasiva
si se quiere, pero exige, como puede verse, un
gran esfuerzo para ser practicada en todas las
circunstancias. Así pues cuando nuestro cargo o
la caridad no piden que avisemos o corrijamos a
los demás, sepamos disimular las equivocaciones
del prójimo, en presencia suya y en su ausencia,
mues la maledicencia con la que pretendemos
hacer interesante una conversación, es un
fermento de discordia, de división y uno de los
venenos de la vida de familia.
La disimulación
caritativa engendra o supone otra virtud que
mantiene el espíritu comunitario. Es la
indulgencia, es decir, la disposición a excusar
fácilmente las faltas y defectos del prójimo, a
atenuarlas o a disminuirlas. Es la hermana menor
da la misericordia, que Nuestro Señor designó
como una de las bienaventuranzas. Y si la
misericordia es una bienaventuranza, la
indulgencia es al menos su comienzo. Consiste en
no acusar a nadie, sino difícilmente, de mala
intención, en atribuir las causas al olvido, a
la ignorancia, a la falta de previsión, a la
costumbre, a las circunstancias. Consiste en
estar siempre dispuestos a creer en la buena
voluntad de los demás. Si uno siente frialdad
hacia un Hermano se esfuerza por cancelar en
seguida ese sentimiento, se esfuerza por no
evitar su compañía o mantener un silencio que
pueda hacer sufrir a los Hermanos de los que se
tenga motivo de queja y por tanto de contrariar
incluso a quines no quiere desagradar.
La indulgencia lleva a
la paciencia. La Paciencia puede ser llamada
también pequeña virtud cunado se considera en
ella únicamente su capacidad de producir la paz
y de mantener el espíritu de familia. El
artículo 252 del Directorio dice: -“Cada uno se
esforzará en soportar, por amor a Dios, los
defectos de los hermanos y todo lo que pueda
hallar de penoso”. Tal es uno de los principales
motivos de la paciencia; no sólo disimular, no
solo excusar, sino soportar, sufrir sin
amargura, sin resentimiento, olvidar, por así
decir, lo que el carácter, el temperamento, los
defectos del prójimo tienen para nosotros de
molesto. Toda persona tiene mil razones para
soportar a su prójimo: el amor de Dios, en
primer lugar, los sufrimientos redentores de
Nuestro Señor, la paciencia de Jesús con su
Apóstoles, motivos a los que se agregan -para el
religioso- el recuerdo de sus propios defectos,
de sus propias faltas, de las múltiples gracias
recibidas, el sentimiento de su debilidad y
miseria.
IV. LA ECUANIMIDAD: LA SANTA
ALEGRÍA
La paciencia da a la
persona la ecuanimidad.
El alma profundamente
convencida de su miseria pone su confianza en
Dios. No se exalta en las circunstancias felices
como no se abate en las coyunturas adversas.
Poco a poco se asienta solidamente en la
ecuanimidad de carácter que tan perfectamente
predispone a la afabilidad. Siempre con el
rostro tranquilo, nada de loca alegría, jamás se
deja llevar por arranques de brusquedad, ninguna
sombra de melancolía, jamás se enorgullece,
jamás se muestra cobarde ante el deber, conserva
la calma fuertemente asentada en la razón y en
el corazón, por la fuerza, el ánimo y la
confianza en Dios.
Tales disposiciones
con apropiadas para engendrar una suave,
perpetua y santa alegría; afortunada cualidad en
los Superiores, maestros, ancianos y jóvenes;
miel y dulzura que la naturaleza no da
espontáneamente, sino que son el fruto sabroso
de las continuas luchas contra nosotros mismos.
Afortunada alegría,
que no se alimenta con opíparos banquetes, con
largos pasatiempos, ni diversiones costosas; la
que no brota de palabras picantes, de malignas
alusiones, ni de relatos equívocos, sino que
tiene la virtud de transformar agradablemente
una palabra, un gesto, que anima y caldea las
relaciones, las conversaciones, los recreos, que
puebla los patios de palabras amables, risas
francas, que divierte a los ancianos
contemplando la vida exuberante de los jóvenes,
que cautiva la atención de los jóvenes con los
relatos de los ancianos.
Esta santa alegría es
la flor delicada de la caridad, cuyo perfume
embalsama la vida, disipa los pesares, purifica
el pensamiento, aleja la impureza, dispone a la
piedad, hace amable la pobreza y favorece la
obediencia.
V LA COMPASIÓN Y LA ATENCIÓN
GENEROSA
Otra flor de la
caridad es la compasión, que sabe apropiarse las
penas del prójimo para sentirlas con él y
prestarle la delicada atención del sentimiento y
de una ayuda efectiva.
¡Cuán agobiadores son
los pesares, los sufrimientos, las
incertidumbres, el aislamiento cuando nadie los
comparte con nosotros! Se comprenden
perfectamente aquellas dolorosas palabras del
Sagrado Corazón: - “Busque consoladores y no los
hallé”.
No endurezcamos
nuestro corazón con la práctica de pequeños
egoísmos como: descuidar el escribir a sus
padres o a las personas a quienes debemos
gratitud, despreocuparse de presentar las
felicitaciones y parabienes con ocasión de la
fiesta de un amigo, de su aniversario o de otras
circunstancias semejantes, no molestarse en
visitar a un enfermo que espera esa atención de
nuestra parte, no condescender en acompañar en
un paseo a cualquier Hermano, dejar que se
aburra en el aislamiento un Hermano joven, en
las dificultades de los comienzos de su vida
activa en comunidad, descuidar de dar un consejo
oportuno, no dirigir una palabra de consuelo a
un Hermano que la pena visita o no tener la
suficiente abnegación para ayudar a un Hermano
que se halla en un momento difícil.
¡Cuánto más hermosa,
más noble y más digna del amor de Nuestro Señor,
es la actitud de esos Hermanos que están siempre
llenos de solicitud y de atenciones para cuantos
los rodean: alumnos, Hermanos, Superiores, y que
tienen menos cuidado de aliviarse ellos mismos
que de ayudar a sus prójimos para solucionar sus
dificultades!
Podéis verlos durante
las comidas; con qué delicadeza adivinan las
necesidades o los deseos de sus Hermanos, por lo
menos de los más próximos; ved con qué cuidado
saben recordar las horas, los días, los períodos
de intenso trabajos y ofrecerse para ayudar a
los más sobrecargados; cómo saben embellecer los
días de vacaciones que pasan en otras casas,
prestando servicios, en todas las necesidades.
Si un Hermano tiene dificultades en clases, se
halla detenido en sus estudios por dificultades
que solo no acierta a dilucidar o está
preocupado por un asunto, no son de esos que
aconsejan sencillamente que el otro se saque de
apuros, sino que se pondrán sencillamente a su
disposición. Si un Hermano olvida los cuidados
que necesita su salud, la solicitud de los que
lo rodean sabe recordárselas y aun
procurárselos.
En fin, la solicitud
mantiene siempre alerta el pensamiento, siempre
el ojo atento, no para espiar o sorprender, no
para criticar o murmurar, no para entrometerse
donde no lo llaman, sin misión especial, o
responder sin autoridad, sino para aconsejar
fraternamente, para remediar discretamente, para
ayudar prontamente. Saber otorgar un favor
pedido, es el primer deber de la abnegación.
Pero cuando un Hermano sabe prevenir los deseos
y las necesidades del prójimo, se puede decir
que sobrepasó ese primer grado y camina con paso
resuelto por el camino de la práctica de la
verdadera caridad y que se ha convertido en un
elemento precioso e importante de concordia y
del espíritu de familia entre sus Hermanos, en
la casa que tiene la dicha de contar con él.
VI - MÉTODO PARA CULTIVAR
LAS PEQUEÑAS VIRTUDES
Una persona de buena
voluntad pude decir: “Todas estas virtudes
forman un cortejo edificante, pero todas ellas
son parientes cercanas y hermanas unas de otras;
¿Cuál sería su manantial, la madre común? ¿Qué
cualidad necesitaría yo para adquirirlas?
Pues bien, muy
sencillo, se necesita un poco de flexibilidad de
espíritu y de delicadeza de corazón. El
ejercicio de esas dos cualidades proporcionará
el resultado que anheláis y todos los medios
sobrenaturales vendrán en vuestra ayuda:
vuestros ejercicios de piedad, la meditación,
la lectura espiritual, el ejemplo de la
Paternidad divina y de la providencia, la
recepción de la Eucaristía, la devoción filial a
la Virgen María.
¿Qué significa, tener
un poco de flexibilidad de espíritu?
Es saber, por ejemplo,
como dice el Directorio (art. 193) “sacrificar
su modo de sentir cuando hay diferencia de
opinión”. No pretendamos poseer el monopolio de
la verdad. No siempre existe oposición en las
diferentes opiniones, muy a menudo es un
sencillo paralelismo. Lo que frecuentemente
falta es la suficiente atención para comprender
el modo de opinar de los demás; es también
cierta carencia de claridad en el modo de
expresarse del que habla.
El respeto por las
opiniones sinceras, es una flor del buen sentido
y de la caridad cristiana. Sin conceder nuestra
confianza a todos, admitamos que las intenciones
del prójimo son tan buenas como las nuestras. En
una discusión, conservemos la simpatía de
nuestros interlocutores, mantengámonos
tranquilos, hablemos con calma, usemos
argumentos sólidos, no juguemos con las
palabras, discutamos con la intención de ser
útiles sin humillar al prójimo por la vana
satisfacción de triunfar con nuestras ideas.
La discusión debe
proponerse llegar a la verdad. No busquemos un
éxito de vanidad, defendamos nuestras ideas con
tacto y con verdaderos argumentos. Aceptamos sin
resistencia lo que hay de cierto en las ideas de
los demás. Tratemos de comprender los puntos de
vista particulares de cada uno según su edad y
situación, uno es el pensar del anciano, otro el
del joven; diferente es el del maestro en su
clase y distinto, a su vez, el del Director de
la casa. La dificultad radica, en cada caso, en
buscar y hallar qué principio debe tener la
primacía y saber aceptar los sacrificios
recíprocos que es necesario consentir para que
en todo reine el orden y la paz.
Es necesaria también
cierta delicadeza de corazón que excluya toda
clase de egoísmo.
Delicadeza
que permite experimentar por adelantado, la
satisfacción que proporcionará nuestra
condescendencia y solicitud; el ánimo que
procurará nuestra indulgencia y compasión; la
dicha que sembrará a nuestro alrededor nuestra
ecuanimidad y nuestra santa alegría; la
confianza que inspirará nuestra afabilidad, la
paz que conquistará y hará reinar nuestra
paciencia. Dichosa delicadeza cuya amabilidad
redundará en provecho nuestro y nos compensará
al céntuplo por los pequeños sacrificios que nos
impongamos para imitar, en cierta medida, la
vida íntima, unión y armonía admirables de
nuestros Santos Patronos
Hno. Esteban Baffert |
|
PEQUEÑA GRAMÁTICA ESPIRITUAL PARA UNA
PASTORAL QUE ENGENDRE VIDA
P. Andrés FOSSION SJ
El P. Andrés Fossion fue invitado a
participar como experto en nuestro Capítulo
general de 2007. Pronunció una conferencia
seguida de un diálogo con los participantes,
Hermanos y laicos.
Presentamos la tercera parte de su
conferencia que llevaba por título
“Evangelizar de manera evangélica”. Sus
reflexiones están en la base del mensaje de
nuestro Capítulo y pueden inspirar la
práctica pastoral en este año dedicado al
apóstol San Pablo
Andrés FOSSION es un sacerdote jesuita,
profesor del Centro Internacional Lumen
Vitae. Enseña también ciencias religiosas en
las Facultades Universitarias de Namur. Ha
sido Director del Centro Lumen Vitae de 1992
a 2002 y Presidente del Equipo Europeo de
Catequesis de 1998 a 2006.
Pero vayamos más allá en lo concreto. Quisiera
proponer, en este tercer punto, algunas
actitudes que favorecen una pastoral que
engendre vida. No daré soluciones a los
problemas que encontramos, ni proyectos que
deben realizarse, sino más bien las maneras de
ser, las maneras de implicarse entre un mundo
que se va y un mundo que viene.
En su obra, "La crisis de la cultura",
Hannah Arendt habla de la brecha entre el pasado
y el futuro. La cuestión no está en hacer valer
el pasado de la tradición, ni siquiera imaginar
el futuro, sino "cómo moverse en la brecha".
De la misma manera, lo que quisiera proponer
aquí es, básicamente, un conjunto de normas
espirituales con destino a los agentes
pastorales para mantenerse en la brecha al
servicio del mundo que viene. Esta pequeña
gramática espiritual compromete en primer lugar
a un trabajo sobre sí mismo. Afecta al
espíritu, al tono, a nuestra manera de situarnos
en la pastoral, a encontrar nuestro lugar.
Propondré aquí una decena de
actitudes que se articulan entre ellas, según un
movimiento en tres tiempos:
¶en primer
lugar, desplazarse hacia otros; en segundo
lugar, encontrarlos, solidarizarse, dialogar;
finalmente, ocultarse, autorizar, hacerles
protagonistas.
Desplazarse hacia los otros
3.1. Sentirse permanentemente destinatarios del
Evangelio.
Cuando anunciamos el Evangelio, corremos el
riesgo, sin darnos cuenta, de olvidar que
seguimos siendo los primeros destinatarios del
mismo. Todo ocurre entonces como si, habiéndonos
apropiado adecuadamente del Evangelio, nos
quedase sólo el transmitirlo a los otros. Es un
poco como si no tuviésemos ya nada que oír o
recibir del Evangelio. Como si fuéramos viejos
"maestros " en el arte de comprenderlo y
vivirlo, y fuesen otros los destinatarios.
El Evangelio advierte a los
pastores que pueden ponerse en una situación
donde, anunciando el Evangelio, no se dejan ya
evangelizar. La pretensión de saber, la
tentación del poder, pueden cegar. Conocemos
todos algunas prácticas pastorales que, aunque
llevadas con celo en nombre del Evangelio,
respiran más el espíritu de conquista, la
voluntad de poder o la nostalgia del pasado que
la misma Buena Noticia. De ahí la importancia
para el evangelizador de permanecer destinatario
incansable del Evangelio. En otros términos, la
primera cuestión para el evangelizador no
consiste en saber "cómo anunciar el Evangelio"
sino en primer lugar: “¿Qué me dice hoy el
Evangelio? "¿En qué el Evangelio es una buena
noticia para mi? ".
Preguntas: ¿No hay entre los
adultos cristianos la idea de que son
evangelizados mientras que los jóvenes lo son
poco o mal? Esta pretensión ¿no induce a una
pastoral hacia los jóvenes desequilibrada,
portadora aún más de prejuicios, pretensiones y
voluntad de prepotencia que de escucha mutua y
testimonio recíproco?
3.2. Oír una palabra que invita a
desplazarse allí donde Cristo resucitado se
encuentra:
"No está aquí. Les
adelanta camino de Galilea.
Allí lo verán". (Mc 16,7). Ahora bien, si
seguimos siendo destinatarios del Evangelio,
¿qué nos dice la mañana de Pascua?
“No
está aquí… Ahora vayan a decir a los discípulos,
y en especial a Pedro, que él se les adelanta
camino de Galilea. Allí lo verán"
Este anuncio angélico nos interpela
constantemente como evangelizadores. Nos invita
a una inversión de perspectiva radical. No
tenemos a Cristo como un objeto que nos
pertenece, retenido, controlado que deberíamos
transmitir a quienes no lo tienen todavía. El
Cristo no es un objeto en nuestra posesión que
podemos tener "aquí" para comunicarlo en otra
parte. Debemos, para unirnos a él, salir de
nuestras casas, dejar nuestro puesto e ir al
lugar del otro - la Galilea de las naciones -
donde nos precede.
En efecto, siempre se está precedido por el
Espíritu del Cristo allí donde se llega. No
aportamos a los otros lo que no tienen, pero nos
juntamos a ellos en el camino para descubrir con
ellos los rastros del Cristo resucitado.
¶La fe es un
planteamiento de reconocimiento de lo que ya se
da secretamente.
El Espíritu del Cristo resucitado siempre nos
precede. Desde este punto de vista, tenemos
siempre que dejarnos evangelizar por los que
tratamos de evangelizar. "Un mismo Espíritu está
en la obra que lleva a cabo el evangelizador y
en el evangelizado y el primero, si es
consciente de lo que propone, acepta también ser
convertido por el que quiso escucharlo". Todo el
arte del evangelizador está, desde entonces, en
favorecer el reconocimiento, discernir e indicar
con el dedo la presencia del Reino en las
personas y en las distintas situaciones, incluso
allí donde menos lo esperábamos.
Por tanto, tenemos que ir al otro no para
ganarlo a nuestra causa, no para aportarle lo
que no tiene, sino para reconocer con él, en su
vida, la presencia del Resucitado de manera que
podemos quedar sorprendidos.
¶En este
sentido, anunciar el Evangelio, es, al mismo
tiempo, estar dispuestos a recibir de los que
evangelizamos el testimonio de la obra de Dios
ya en ellos.
Pregunta: Si aplicamos las
perspectivas enunciadas a las relaciones entre
jóvenes y adultos, ¿no nos lleva a una pastoral
en la que uno va al otro no para aportarle lo
que no tiene, sino para descubrir, en él y con
él, los rastros del Reino de Dios ya presente?
3.3. Arriesgarse para la acogida del otro.
Hacerse acoger tanto como acoger.
La tarea de evangelización a menudo se enuncia
en términos de exigencia de acogida.
¶"Nuestras
comunidades cristianas, se dice, deben ser
acogedoras". Por supuesto. Pero ¿no hay en esta
invitación a ser acogedor de los otros una
posición de superioridad? En efecto, cuando
multiplicamos las señales de acogida ¿no
estamos dicVenid y encontraréis en nosotros lo
que no tenéis en vosotros"? Así, en el juego de
la comunicación, el que acoge se pone
subrepticiamente en una posición alta mientras
que el que es acogido se le envía a una posición
baja. De ahí la dificultad de mantener un
diálogo evangélico auténtico cuando entra en
juego una postura de “dominantes/dominados”.
Para salir de esta situación, ¿no
habría, siguiendo el Evangelio, que invertir la
lógica: no pretender tanto acoger al otro en sí
como arriesgarse a ser acogido por él, confiando
en sus propias capacidades de acogida?
El Evangelio habla de hospitalidad mendigada. El
Evangelio, en efecto, no nos dice:
¶"Sed
acogedores". ¶Nos
invita más bien que nos desplacemos hacia otro
para recibir hospitalidad.
"Zaqueo,
baja en seguida, pues hoy tengo que quedarme en
tu casa.» (Lc
19,5). "Quedaos
en la primera casa en que os den alojamiento,
hasta que os vayáis de ese sitio".
(Mc 6,10). "Quién os acoge, me acoge a mí" (Mt
10,40)."Mira
que estoy a la puerta y llamo: si alguno escucha
mi voz y me abre, entraré en su casa y comeré
con él y él conmigo".
(Ap. 3,20)
Estas perspectivas evangélicas no
suprimen, por supuesto, las exigencias de la
acogida en sí, sino que aparecerá una óptica de
reciprocidad en la que unos y otros dan y
reciben. Una vez aceptada la hospitalidad, ésta
reclama ser correspondida. ¿El término "huésped"
no designa, por otra parte, tanto a la persona
que recibe como a la que se recibe?
Preguntas. ¿Cómo desarrollar en los
educadores adultos y en los jóvenes educandos la
capacidad de tratarse unos y otros, confiando en
sus capacidades de acogida? ¿Cómo evitar en la
acogida a postura dominantes/dominados?
Encontrarse, solidarizarse,
dialogar
3.4. Humanizar, fraternizar: un fin en sí.
Situar la fe como algo añadido, deseable en el
campo de la fraternidad.
Al arriesgarse en acoger al otro, se puede dar
un esfuerzo de unirse a él, de establecer
vínculos de solidaridad en una obra común de
humanización. En el Evangelio todo comienza, en
efecto, por un trabajo de humanización: se trata
de que aparezca lo humano, salir de la violencia
y establecer vínculos de fraternidad. Como
señala la Constitución pastoral Gaudium y
Spes del concilio Vaticano II, el discípulo
del Cristo se siente íntimamente solidario con
la humanidad:
"Las alegrías y las esperanzas,
las tristezas y las angustias de los hombres de
este tiempo, sobre todo de los pobres y de los
que sufren, son también las alegrías y las
esperanzas, las tristezas y las angustias de los
discípulos del Cristo. Todo lo humano encuentra
eco en su corazón".
La primera misión del cristiano, a este
respecto, es humanizar, tejer vínculos de
fraternidad donde unos y otros estén llamados a
reconocerse mutuamente en una benevolencia
incondicional. Esta humanización/fraternización
es un fin en sí. No es una estrategia pastoral
para anunciar el evangelio. Pero, si la
humanización/fraternización, respecto al
Evangelio, es un fin en sí, resulta que, además,
constituye el terreno favorable para el anuncio
evangélico; abre un espacio donde el anuncio
evangélico puede ser proclamado en un clima de
fraternidad, en el diálogo amistoso, al margen
de toda voluntad de poder sobre el otro.
Y este anuncio evangélico es un
fin también en sí. El anuncio del Evangelio, en
efecto, tiene su razón de ser por él mismo
independientemente de la respuesta que se le dé.
En primer lugar, porque el otro, en virtud del
destino universal de la Buena Noticia, tiene el
derecho a oírlo cualquiera que sea su respuesta.
Además, porque el anuncio en sí mismo, es un
acto de caridad en el que le se ofrece al otro
lo mejor de uno mismo, lo acepte o no. Y si lo
acepta, será una gracia suplementaria que
completará la alegría de uno y otro, según la
expresión de la primera epístola de Juan. Así la
humanización, la evangelización y la conversión
al Evangelio, van dentro de una lógica de
"gracia sobre gracia".
Preguntas. ¿Cuáles son las causas humanas por
las que jóvenes y adultos, educadores y
educandos pueden comprometerse solidariamente?
Dentro de este compromiso solidario con causas
comunes, ¿cómo el Evangelio puede anunciarse y
compartirse en la fraternidad?
3.5. Distinguir y articular la
"predicación de Jesús" y la "predicación sobre
Jesús".
En el diálogo con los demás, es conveniente
distinguir un doble anuncio: el primero reanuda
la predicación de Jesús, el segundo es una
predicación sobre Jesús. ¿En qué consistía la
predicación de Jesús? Llamaba a los seres
humanos a ser más humanos, a la fraternidad y al
reconocimiento, en la experiencia misma de esta
fraternidad, con un poder de crecimiento
personal que da la vida y con el que se puede
orar diciendo a "Padrenuestro".
La especificidad del Evangelio, a este respecto,
es reconocer, en el ejercicio mismo de la
fraternidad, nuestra común filiación en Dios
Padre que nos hizo nacer y no nos abandonará en
la muerte. Humanidad, fraternidad, filiación:
son el objeto de la predicación de Jesús, toda
centrada en el Reino de Dios que se acercó
gratuitamente a nosotros.
Y, además, está la predicación sobre Jesús, que
se centra en su muerte y su resurrección. ¿Quién
es pues él que se atrevió a hablar así con el
riesgo de perder su propia vida? Humanizó,
fraternizó y llamó a los hombres a reconocerse
como hijos e hijas de de Dios. Pero, objeto
intensas controversias, acusado de estar aliado
con Satanás, fue muerto por las autoridades
religiosas de su tiempo. Injustamente condenado,
crucificado, con todo no cedió al mal. Al
contrario, confiándose a Dios, perdonó a sus
propios verdugos. Así pues, "Allí donde
abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm
5,20).
Y la resurrección es obra del Padre. Por la
resurrección, en efecto, Dios hace justicia y da
testimonio de Jesús. Al resucitarlo, el Padre
mismo se revela mostrando que estaba a su lado
de manera singular, que su obra era la suya. Así
pues, como cristianos, reconocemos en Jesús el
rostro de Dios, el hijo único de Dios y, a la
vez, al hombre que creció bajo la mirada de
Dios. "Este Jesús a quien habéis crucificado,
Dios lo hizo Señor y Cristo" (Hech 2,36).
Así se propaga, a partir de la confesión
pascual, la predicación de los cristianos sobre
Jesús.
En terreno pastoral, la predicación
que une la de Jesús y la predicación sobre el
mismo Jesús, pueden representar, según las
circunstancias, objetivos o momentos distintos,
aunque estrechamente unidos. La una no se da sin
la otra.. La primera se quedaría a medio camino
si no se diese la segunda. Y la segunda se haría
imposible si no se apoyase en la primera. Una
pastoral que engendra vida comienza por
proclamar la predicación de Jesús, para conducir
a continuación, al camino que da cuenta en la fe
de su resurrección.
3.6. Poner "en tela de juicio" las
imágenes, las representaciones de Dios.
En el camino, el anuncio evangélico encontrará
seguramente oposiciones que vienen, en
particular, de algunas imágenes de Dios que
bloquean la fe, causan el rechazo o lo hacen
vivir de manera servil. Esta es la razón por la
que todo trabajo de evangelización requiere que
se procure, en el diálogo, suprimir los
obstáculos, incluso en nosotros mismos, que
pueden representar imágenes de Dios que no son
liberadoras para el hombre.
Recordemos la advertencia del decálogo sobre la
trampa que ocasiona las imágenes de Dios que
podemos fabricarnos. Por otra parte, el drama de
nuestra humanidad, según el relato de la
Génesis, comenzó con la falsa imagen de Dios que
nos insinuó la voz de la serpiente. Ésta cambia
el sentido de la prohibición divina haciéndolo
pasar para un límite a la libertad humana y como
expresión de un Dios celoso, competidor del
hombre.
La prohibición, sin embargo, en la boca de Dios,
no era un límite a lo permitido, ni una
dificultad, sino una llamada dirigida a la
libertad humana para que no actuase de manera
arbitraria, para proteger la vida dada. En
realidad, la prohibición - de robar, violar,
matar, mentir - lejos de limitar la libertad, la
refuerza y la hacUna sociedad en la que se
prohíbe la violencia, en efecto, es una sociedad
que permite vivir en libertad.
Pero la serpiente cambia el sentido de las
cosas. Allí donde, en el discurso de Dios, había
un "pero" que llevaba a la responsabilidad, la
serpiente ve un "excepto" que limita el permiso,
veja al hombre y hace de Dios su adversario.
Así nuestras imágenes de Dios corren el riesgo
siempre de desnaturalizarlo. Pensemos, por
ejemplo, en las imágenes de Dios que lo ponen
entre las causas inmediatas de todo lo que a
nosotros llega, haciéndolo de este modo injusto
o increíble. ¶O
aún, en las imágenes de Dios que envilecen al
hombre en lo religioso en vez de poner la
religión al servicio de lo humano. Es el debate
en el que el mismo Jesús se comprometió: ”el
sábado está hecho para el hombre y no el hombre
para el sábado”.
En resumen, la pastoral que genera vida requiere
un paciente trabajo con las imágenes para que
honren a Dios tanto como al hombre. Pues los dos
van juntos: un dios que falsea al hombre es un
falso dios. Es en la excelencia de lo humano que
la verdad de Dios se manifiesta.
Pregunta: ¿Cuáles son las imágenes de Dios,
en los jóvenes educandos y en los adultos
educadores que dificultan el acceso a la fe o
son un obstáculo al diálogo?
3.7. Alimentar la memoria, animar el debate,
favorecer la libertad de apropiación.
Estos tres términos designan una manera de
hacer pastoral. La primera tarea consiste en
mantener la memoria de la tradición cristiana en
el campo cultural público: en el mundo escolar,
en el mundo del ocio, en los medios de
comunicación, etc.
Pero no basta con alimentar la memoria, es
necesario aún animar el debate en torno ella. La
tarea pastoral consistente aquí está en valorar
en el debate la tradición cristiana, no como un
bloque que se impone, sino como un recurso que
está ahí, que "da que pensar" para vivir. "Dar
que pensar", la expresión parece acertada,
ya que combina, a la vez, el aspecto de ligereza
de fe que no se impone ni pesa, y también el
aspecto de gravedad en la cuestión de lo que
está en juego a niveles humanos. Un deber de
comprensión se impone aquí. Lo que necesitamos,
a este respecto, en la pastoral, es una teología
inteligente, sencilla, no reservada a los
científicos, que haga la fe comprensible y
deseable, pero nunca simplista.
Y finalmente, en la raíz del debate, la tercera
tarea consiste en favorecer la libertad de los
sujetos en la aceptación de la tradición
cristiana. La condición hoy de cualquier
transmisión es que se someta a la libre
valoración de los individuos.
Así sucede con la tradición cristiana. Cada uno
asumirá lo que juzgue oportuno añadiendo lo
propio. No podemos, a este respecto, ni
prejuzgar los frutos ni el tiempo de maduración.
Lo que venga quizá no sea la fe cristiana. Para
unos, el fermento de la tradición cristiana -
esta "parte seminal de nuestra cultura" según
términos de Marcel Gauchet - seguirá dando
frutos de cultura, ayudándolos a situarse en la
historia, a pensarla y vivirla. Otros, extraerán
una inspiración ética o una sabiduría
espiritual. Y otros descubrirán un camino de fe
que les lleve a proclama el Credo en la
comunidad cristiana.
Proponer así la fe cristiana en
el escenario público, no es ni imponer
autoritariamente una verdad, ni normalizar las
conciencias, sino permitir a cada uno y a cada
una, un mejor ejercicio de su libertad de
ciudadano o ciudadana, frente a quienes
pretenden apropiársela o no, inspirarse o no,
en provecho propio como una acción más de la
sociedad. No es del todo seguro que, en el mundo
pluralista y secularizado que es el nuestro,
esta libertad de apropiación no confiera todas
sus oportunidades al Evangelio.
Preguntas. En este sentido, ¿cuáles son los
lugares, los momentos o las ocasiones donde
jóvenes y adultos pueden encontrarse para
mantener juntos la memoria cristiana y
debatirla? ¿Vemos lugares, momentos,
circunstancias, donde unos y otros se pueden
ayudar a descubrir la fe y hacerla posible,
hoy?
Autorizar, sentirse autor
3.8. Ver las resistencias como
oportunidades.
Anunciar el Evangelio nunca se da sin encontrar
resistencias. Uno puede afligirse, culpabilizar,
querer forzar la puerta. Pero se pueden también
entender las resistencias como oportunidades
para un trabajo de enculturación de la fe. La
historia pone de manifiesto, en efecto, que las
enculturaciones que tuvieron éxito han sido
fruto de una resistencia de las poblaciones
locales a las formas del cristianismo que se les
aportó, para crear otras nuevas, para abrir
expresiones originales de la fe.
Esta resistencia no significa un rechazo, sino
más bien una llamada a crear algo nuevo, "hacer
surgir de las expresiones originales de vida,
celebración y pensamiento cristianas". Desde
este punto de vista, lal enculturación de la fe
es el proceso "por el que una población
asimila el Evangelio, es decir, encontrando
resistencias para apropiárselo, reconstruirlo y
expresarlo a partir de sus raíces históricas y
culturales, dando al cristianismo una nueva cara
y una expresión original".
Las enculturaciones de la fe que tuvieron éxito
han sido expresiones, maneras de pensar,
celebrar y vivir la fe que se inventaron o se
renovaron debido a las resistencias encontradas.
Por ejemplo, la misa en rito zaireño viene de
una resistencia de las poblaciones locales a las
formas heredadas de la liturgia del mundo
occidental. Fue necesario inventar, en efecto,
nuevas formas de liturgia adaptadas a una
cultura de la lengua local, del tam-tam y de la
danza.
Hoy, en nuestros países, se conocen múltiples
resistencias a las formas heredadas del
cristianismo: por ejemplo, a la práctica de la
confesión, a las vocaciones sacerdotales y a las
etapas que conducen al matrimonio sacramental,
etc. ¿No habría también en ello una manera
positiva de entender estas resistencias como una
llamada a inventarse formas originales de
pensar, vivir y celebrar que hagan al
cristianismo de nuevo practicable y deseable?
Preguntas. ¿Los jóvenes manifiestan de verdad
resistencias con relación al cristianismo de los
adultos o instituciones cristianas? ¿En qué,
concretamente, estas resistencias abren un
espacio para que surjan formas originales de
pensamiento, vida y celebración cristianas?
3.9. Diferenciar entre "creer
con" y "creer como".
En la perspectiva de permitir la llegada de
nuevas formas de cristianismo, conviene
diferenciar entre "creer con" y "creer como". No
creemos hoy como nuestros abuelos, y nuestros
nietos no creerán como nosotros. Y con todo, a
pesar de estas diferencias, puede vivirse una
verdadera comunión en la misma fe. La cuestión
planteada al hacer la distinción entre "creer
como" y "creer con" es la del reto de la unidad
y la diversidad.
Corremos el riesgo siempre como Pastores de
querer que otro crea "como nosotros". La
transmisión de la fe se sitúa entonces en el
horizonte de una reproducción o de una imitación
de lo que nosotros mismos vivimos. Pero, el
riesgo, entonces, es entorpecer el acceso a la
fe por nuestras propias estrecheces imponiendo
el camino y nuestra manera de vivir la fe.
Ya era la tentación de los judíos
convertidos al cristianismo que querían imponer
a los paganos convertidos al cristianismo sus
propias tradiciones y costumbres.
"Por
esto pienso que no debemos complicar la vida a
los paganos que se convierten a Dios"
(Hech. 15,19). Estas palabras del apóstol
Santiago, después de la Asamblea de Jerusalén,
deberían inspirarnos sin cesar la necesaria
reserva ante el otro, pues puede nacer a su
propia manera al apropiarse el mensaje cristiano
y de hacerse discípulo de Cristo.
A este respecto, el reto de las iglesias hoy, a
menudo entorpecidas por sus tradiciones, es
dejar nacer lo diferente. Es, por otra parte, lo
que está en juego en una pastoral que pretende
engendrar vida. Porque, en efecto, en un tiempo
de cambio como el nuestro, es necesario dejar el
campo a la aparición de una "biodiversidad
eclesial" que contemple el derecho a las
aspiraciones y a la singularidad de las personas
y facilite así la gracia de hacerse cristiano.
La transmisión de la fe no está nunca en el
orden de la clonación, implica siempre una
apropiación de invención. De ahí, la necesidad
de articular la diversidad a la unidad.
Para comprender la relación entre la unidad y la
diversidad, se puede tomar la comparación de la
cara humana. ¶Ésta
es localizable por una forma común, y con todo,
cada cara humana es extremadamente distinta. Así
mismo para el cristianismo: tiene algunas
características (la señal de la cruz, el Credo,
la lectura de las Escrituras, la paticipación
eucarística, el compromiso de humanizar) que
permiten distinguirlo, pero las figuras
concretas de su encarnación pueden ser
distintas. De ahí, la apertura necesaria de un
espacio de creatividad e imaginación en la
invención del cristianismo.
La condición de la transmisión de la fe va
unida a la capacidad de apropiársela de manera
inventiva. La autoridad, a este respecto, en una
pastoral que engendra vida, tiene por finalidad
favorecer el crecimiento; consiste en velar por
la comunión en lo que la fe lleva en sí de
esencial, pero también "para autorizar", es
decir, literalmente, para volver al otro "autor"
y "protagonista" de su propia existencia en la
fe.
Pregunta. Los jóvenes no creen seguramente
"como" los adultos y recíprocamente. ¿Cuáles son
las diferencias que se manifiestan? ¿Cómo con
todo pueden creer y celebrar juntos aunque
diferentemente? ¿Qué pueden aportarse
mutuamente?
3.10. Pedir y recibir ayuda.
Contar con factores que no se controlan.
A menudo, la evangelización se concibe a partir
de nuestras propias fuerzas y riquezas. Pero
¿porqué es necesario que la evangelización se
produzca cuando se es fuerte y no cuando se es
débil? ¿Qué hacer, en un tiempo de cambio como
el nuestro, en el que somos víctimas de una
convulsión que se nos escapa y que da la
sensación que carecemos de fuerza?
Fue la pregunta de los discípulos a Jesús
cuando hacían el inventario de lo poco que
poseían para enfrentarse, en pleno desierto, a
las necesidades de la muchedumbre: “Pero,
¿qué es esto para tanta gente?" En las
situaciones del día de hoy, la parte fundamental
es aportar lo poco que se tiene, atrever a pedir
la ayuda de los otros y contar con factores que
no se controlan.
Aportar lo poco que se tiene y atreverse a pedir
ayuda, es la única solución disponible. El que
no pide nada se siente autosuficiente; no vive.
Por el contrario, en la lógica evangélica, la
demanda abre una historia y da de qué vivir."Pedid
y recibiréis", "llamad y se os abrirá".
En nuestra misión de evangelización, nos es
necesario no temer dirigirnos a los demás para
pedir ayuda y consejo, no sólo en la comunidad
cristiana sino también fuera de ella. Esta ayuda
puede ser material, técnica, cultural,
artística. Hoy personas, asociaciones,
colectividades que, no perteneciendo al mismo
tiempo a la comunidad cristiana, se muestran
dispuestas a favorecer la vitalidad de la
tradición cristiana en la sociedad dentro de un
espíritu de benevolencia y apoyo de todo lo que
solidariamente se hace a nuestra humanidad.
E incluso, sin haber pedido nada, debemos
también, en nuestra tarea de evangelización,
contar con factores que no controlamos, con
aliados inesperados. Estos aliados inesperados
pueden ser personas, acontecimientos, teorías,
nuevas aspiraciones culturales: en un contexto
dado, sin que se haya podido preverlos, vienen a
aportar su ayuda y dar un peso suplementario al
mensaje evangélico.
La evangelización, en este
sentido, no depende de nuestras propias fuerzas;
depende también de factores imprevisibles, como
la imagen de Ciro, el rey de los persas, imagen
del extranjero, que el Señor, contra toda
esperanza, llamó para reconstruir Jerusalén y
restablecer la libertad de su pueblo.
"Yo
digo de Ciro: Aquí está mi pastor, y sale para
cumplir mis deseos. El dirá por Jerusalén: ¡Que
la levanten!, y por el Templo: ¡Que sea
reconstruido!”
"(Is 44,28). El Espíritu obviamente sopla donde
quiere. Cuando el cristianismo parece sin
fuerza, el propio mundo secular puede venir en
su ayuda y, de manera inesperada volver a dar
vida al Evangelio.
Con este espíritu de confianza y
de empeño, seguramente nos es necesario oír las
palabras que Gamaliel dirigió al Sanedrín con
respecto a la misión de los discípulos de Jesús:
"
Por eso les aconsejo ahora que se
olviden de esos hombres y los dejen en paz. Si
su proyecto o su actividad es cosa de hombres,
se vendrán abajo. Pero si viene de Dios, ustedes
no podrán destruirla, y ojalá no estén luchando
contra Dios.» (Hech.
5, 38-39).
Preguntas. ¿Qué ayuda podrían pedir los
adultos a los jóvenes en la obra de
evangelización?Y recíprocamente ¿qué ayuda los
jóvenes podrían pedir a los mayores en su
descubrimiento del Evangelio? ¿Cómo favorecer la
audacia de esta solicitud de ayuda recíproca?
He enunciado una decena de actitudes que nos
permiten mantenernos en la brecha, de movernos
para favorecer activa, lúcida y con competencia,
el nacimiento de la fe en el día de hoy. El
hombre contemporáneo, como en el pasado, está
capacitado para recibir a Dios. El cristianismo
que viene no será el producto solamente de
nuestros esfuerzos por muy necesarios que sean.
Será también el fruto nuevo inesperado,
sorprendente de la libertad humana y del trabajo
del Espíritu en medio al mundo.
Olivier Servais, « Inculturation et
altermondialisation. Différences
historiques et proximités logiques de
deux concepts de résistance », in
Lumen Vitae, mars 2005, p.
|
|
DÍA DE REFLEXIÓN-ADVIENTO 2008
«La palabra está muy cerca de ti, en tu boca y
en tu corazón, para que la pongas en práctica» (Dt
30,14). «Hijo de hombre, todas las palabras que yo
te dirija, guárdalas en tu corazón y escúchalas
atentamente» (Ez 3,10).
Os invito a centrar nuestra
reflexión,oración,diálogo y discernimiento en el
mensaje enviado por el Sínodo de los Obispos sobre
la Palabra de Dios .En él podemos encontrar
reflejados los elementos esenciales,los pilares de
nuestra vida espiritual.Nos propone un viaje
espiritual que se desarrolla en cuatro etapas.Los
podemos relacionar con los momentos claves de
nuestros proyectos de vida personal y comunitario.
I. LA VOZ DE LA PALABRA: LA
REVELACIÓN
-La Comunidad de Hermanos una
presencia
- Historia personal, comunitaria,
provincial, en “clave de salvación”
La Palabra divina eficaz,creadora y
salvadora,está en el principio del ser y de la
historia,de la creación y la redención. El Señor
sale al encuentro de la humanidad proclamando:”Lo
digo y lo hago “(Ez 37,14).
1. -
“El Señor os habló
desde el fuego, y vosotros escuchabais el sonido de
sus palabras,, pero no percibían ninguna figura:
sólo se oía la voz» (Dt 4,12). Es Moisés quien
habla, evocando la experiencia vivida por Israel en
la dura soledad del desierto del Sinaí. El Señor se
había presentado, no como una imagen o una efigie o
una estatua similar al becerro de oro, sino con
"rumor de palabras". Es una voz que había entrado en
escena en el preciso momento del comienzo de la
creación, cuando había rasgado el silencio de la
nada: «En el principio... dijo Dios: "Haya luz", y
hubo luz... En el principio existía la Palabra... y
la Palabra era Dios ... Todo se hizo por ella y sin
ella no se hizo nada» (Gn 1, 1.3; Jn 1, 1-3).
2.-
Lo creado no nace de una lucha
intradivina, como enseñaba la antigua mitología
mesopotámica, sino de una palabra que vence la nada
y crea el ser. Canta el Salmista: «Por la Palabra
del Señor fueron hechos los cielos, por el aliento
de su boca todos sus ejércitos ... pues él habló y
así fue, él lo mandó y se hizo» (Sal 33, 6.9). Y san
Pablo repetirá «Dios que da la vida a los muertos y
llama a las cosas que no son para que sean» (Rm 4,
17). Tenemos de esta forma una primera revelación
"cósmica" que hace que lo creado se asemeje a una
especie de inmensa página abierta delante de toda la
humanidad, en la que se puede leer un mensaje del
Creador: «Los cielos cuentan la gloria de Dios, el
firmamento anuncia la obra de sus manos; el día al
día comunica el mensaje, la noche a la noche le pasa
la noticia. Sin hablar y sin palabras, y sin voz que
pueda oírse, por toda la tierra resuena su proclama,
por los confines del orbe» (Sal 19, 2-5).
3.- Pero
la Palabra divina también se encuentra en la raíz de
la historia humana. El hombre y la mujer, que son
«imagen y semejanza de Dios» (Gn 1, 27) y que por
tanto llevan en sí la huella divina, pueden entrar
en diálogo con su Creador o pueden alejarse de él y
rechazarlo por medio del pecado. Así pues, la
Palabra de Dios salva y juzga, penetra en la trama
de la historia con su tejido de situaciones y
acontecimientos: «He visto la aflicción de mi pueblo
en Egipto, he escuchado el clamor ... conozco sus
sufrimientos. He bajado para librarlo de la mano de
los egipcios y para sacarlo de esta tierra a una
tierra buena y espaciosa ...» (Ex 3, 7-8). Hay, por
tanto, una presencia divina en las situaciones
humanas que, mediante la acción del Señor de la
historia, se insertan en un plan más elevado de
salvación, para que «todos los hombres se salven y
lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1 Tm
2,4).
II. EL ROSTRO DE LA PALABRA:
JESUCRISTO
En este recorrido espiritual lo
principal es el encuentro con la Palabra,con
Cristo.En el centro de la Revelación está la Palabra
divina transformada en rostro;el fin último del
conocimiento de la Biblia no está “ en una decisión
ética o una gran idea, sino en el encuentro con un
acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo
horizonte a la vida y, con ello, una orientación
decisiva”(Deus caritas est,1).
4. En el original griego son sólo
tres las palabras fundamentales: Lógos, sarx,
eghéneto, «el Verbo/Palabra se hizo carne». Sin
embargo, éste no es sólo el ápice de esa joya
poética y teológica que es el prólogo del Evangelio
de san Juan (1, 14), sino el corazón mismo de la fe
cristiana. La Palabra eterna y divina entra en el
espacio y en el tiempo y asume un rostro y una
identidad humana, tan es así que es posible
acercarse a ella directamente pidiendo, como hizo
aquel grupo de griegos presentes en Jerusalén:
«Queremos ver a Jesús» (Jn 12, 20-21). Las palabras
sin un rostro no son perfectas, porque no cumplen
plenamente el encuentro, como recordaba Job, cuando
llegó al final de su dramático itinerario de
búsqueda: «Sólo de oídas te conocía, pero ahora te
han visto mis ojos» (42, 5).
Cristo es «la Palabra que está junto
a Dios y es Dios», es «imagen de Dios invisible,
primogénito de toda la creación» (Col 1, 15); pero
también es Jesús de Nazaret, que camina por las
calles de una provincia marginal del imperio romano,
que habla una lengua local, que presenta los rasgos
de un pueblo, el judío, y de su cultura. El
Jesucristo real es, por tanto, carne frágil y
mortal, es historia y humanidad, pero también es
gloria, divinidad, misterio: Aquel que nos ha
revelado el Dios que nadie ha visto jamás (cf. Jn 1,
18). El Hijo de Dios sigue siendo el mismo aún en
ese cadáver depositado en el sepulcro y la
resurrección es su testimonio vivo y eficaz.
5. Así pues, la tradición cristiana
ha puesto a menudo en paralelo la Palabra divina que
se hace carne con la misma Palabra que se hace
libro. Es lo que ya aparece en el Credo cuando se
profesa que el Hijo de Dios «por obra del Espíritu
Santo se encarnó de María, la Virgen», pero también
se confiesa la fe en el mismo «Espíritu Santo que
habló por los profetas». El Concilio Vaticano II
recoge esta antigua tradición según la cual «el
cuerpo del Hijo es la Escritura que nos fue
transmitida» - como afirma san Ambrosio (In Lucam VI,
33) - y declara límpidamente: «Las palabras de Dios
expresadas con lenguas humanas se han hecho
semejantes al habla humana, como en otro tiempo el
Verbo del Padre Eterno, tomada la carne de la
debilidad humana, se hizo semejante a los hombres» (DV
13).
En efecto, la Biblia es también
"carne", "letra", se expresa en lenguas
particulares, en formas literarias e históricas, en
concepciones ligadas a una cultura antigua, guarda
la memoria de hechos a menudo trágicos, sus páginas
están surcadas no pocas veces de sangre y violencia,
en su interior resuena la risa de la humanidad y
fluyen las lágrimas, así como se eleva la súplica de
los infelices y la alegría de los enamorados. Debido
a esta dimensión "carnal", exige un análisis
histórico y literario, que se lleva a cabo a través
de distintos métodos y enfoques ofrecidos por la
exégesis bíblica. Cada lector de las Sagradas
Escrituras, incluso el más sencillo, debe tener un
conocimiento proporcionado del texto sagrado
recordando que la Palabra está revestida de palabras
concretas a las que se pliega y adapta para ser
audible y comprensible a la humanidad.
6.- Éste es un compromiso necesario:
si se lo excluye, se podría caer en el
fundamentalismo que prácticamente niega la
encarnación de la Palabra divina en la historia, no
reconoce que esa palabra se expresa en la Biblia
según un lenguaje humano, que tiene que ser
descifrado, estudiado y comprendido, e ignora que la
inspiración divina no ha borrado la identidad
histórica y la personalidad propia de los autores
humanos. Sin embargo, la Biblia también es Verbo
eterno y divino y por este motivo exige otra
comprensión, dada por el Espíritu Santo que devela
la dimensión trascendente de la Palabra divina,
presente en las palabras humanas.
III. LA CASA
DE LA PALABRA: LA IGLESIA
-Una presencia significativa
-Vida de oración
- Vida fraterna
Como la sabiduría divina en el
Antiguo Testamento, había edificado su casa en la
ciudad de los hombres y de las mujeres,
sosteniéndola sobre sus siete columnas (cf. Pr 9,
1), también la Palabra de Dios tiene una casa en el
Nuevo Testamento: es la Iglesia que posee su modelo
en la comunidad-madre de Jerusalén, la Iglesia,
fundada sobre Pedro y los apóstoles y que hoy, a
través de los obispos en comunión con el sucesor de
Pedro, sigue siendo garante, animadora e intérprete
de la Palabra (cf. LG 13). Lucas, en los Hechos de
los Apóstoles (2, 42), esboza la arquitectura basada
sobre cuatro columnas ideales, que aún hoy dan
testimonio de las diferentes formas de comunidad
eclesial: «Todos se reunían asiduamente para
escuchar la enseñanza de los apóstoles y participar
en la vida común, en la fracción del pan, y en las
oraciones».
a)- Anuncio, catequesis, homilía
7. En primer lugar, esto es la
didaché apostólica, es decir, la predicación de la
Palabra de Dios. El apóstol Pablo, en efecto, nos
reprende diciendo que «la fe por lo tanto, nace de
la predicación y la predicación se realiza en virtud
de la Palabra de Cristo» (Rm 10, 17). Desde la
Iglesia sale la voz del mensajero que propone a
todos el kérygma, o sea el anuncio primario y
fundamental que el mismo Jesús había proclamado al
comienzo de su ministerio público: «el tiempo se ha
cumplido, el reino de Dios está cerca. (Arrepentíos!
Y creed en el Evangelio» (Mc 1, 15). Los apóstoles
anuncian la inauguración del Reino de Dios y, por lo
tanto, de la decisiva intervención divina en la
historia humana, proclamando la muerte y la
resurrección de Cristo: «En ningún otro hay
salvación, ni existe bajo el cielo otro Nombre dado
a los hombres, por el cual podamos salvarnos» (Hch
4, 12). El cristiano da testimonio de su esperanza:
«háganlo con delicadeza y respeto, y con
tranquilidad de conciencia», preparado sin embargo a
ser también envuelto y tal vez arrollado por el
torbellino del rechazo y de la persecución,
consciente de que «es mejor sufrir por hacer el
bien, si ésa es la voluntad de Dios, que por hacer
el mal» (1 Pe 3, 16-17).
En la Iglesia resuena, después, la
catequesis que está destinada a profundizar en el
cristiano «el misterio de Cristo a la luz de la
Palabra para que todo el hombre sea irradiado por
ella» (Juan Pablo II, Catechesi tradendae, 20). Pero
el apogeo de la predicación está en la homilía que
aún hoy, para muchos cristianos, es el momento
culminante del encuentro con la Palabra de Dios. En
este acto, el ministro debería transformarse también
en profeta. En efecto, Él debe con un lenguaje
nítido, incisivo y sustancial y no sólo con
autoridad «anunciar las maravillosas obras de Dios
en la historia de la salvación» (SC 35) - ofrecidas
anteriormente, a través de una clara y viva lectura
del texto bíblico propuesto por la liturgia - pero
que también debe actualizarse según los tiempos y
momentos vividos por los oyentes, haciendo germinar
en sus corazones la pregunta para la conversión y
para el compromiso vital: «¿qué tenemos que hacer?»
(He 2, 37).
El anuncio, la catequesis y la
homilía suponen, por lo tanto, la capacidad de leer
y de comprender, de explicar e interpretar,
implicando la mente y el corazón. En la predicación
se cumple, de este modo, un doble movimiento. Con el
primero se remonta a los orígenes de los textos
sagrados, de los eventos, de las palabras
generadoras de la historia de la salvación para
comprenderlas en su significado y en su mensaje. Con
el segundo movimiento se vuelve al presente, a la
actualidad vivida por quien escucha y lee siempre a
la luz del Cristo que es el hilo luminoso destinado
a unir las Escrituras. Es lo que el mismo Jesús
había hecho - como ya dijimos - en el itinerario de
Jerusalén a Emaús, en compañía de sus dos
discípulos. Esto es lo que hará el diácono Felipe en
el camino de Jerusalén a Gaza, cuando junto al
funcionario etíope instituirá ese diálogo
emblemático: «¿Entiendes lo que estás leyendo? [...]
)Cómo lo voy a entender si no tengo quien me lo
explique?» (Hch 8, 30-31). Y la meta será el
encuentro íntegro con Cristo en el sacramento. De
esta manera se presenta la segunda columna que
sostiene la Iglesia, casa de la Palabra divina.
b) Fracción del pan
8. Es la fracción del pan. La escena
de Emaús (cf. Lc 24, 13-35) una vez más es ejemplar
y reproduce cuanto sucede cada día en nuestras
iglesias: en la homilía de Jesús sobre Moisés y los
profetas aparece, en la mesa, la fracción del pan
eucarístico. Éste es el momento del diálogo íntimo
de Dios con su pueblo, es el acto de la nueva
alianza sellada con la sangre de Cristo (cf. Lc 22,
20), es la obra suprema del Verbo que se ofrece como
alimento en su cuerpo inmolado, es la fuente y la
cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia. La
narración evangélica de la última cena, memorial del
sacrificio de Cristo, cuando se proclama en la
celebración eucarística, en la invocación del
Espíritu Santo, se convierte en evento y sacramento.
Por esta razón es que el Concilio Vaticano II, en un
pasaje de gran intensidad, declaraba: «La Iglesia ha
venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual
que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de tomar
de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de
vida, tanto de la Palabra de Dios como del Cuerpo de
Cristo» (DV 21). Por esto, se deberá volver a poner
en el centro de la vida cristiana «la Liturgia de la
Palabra y la Eucarística que están tan íntimamente
unidas de tal manera que constituyen un solo acto de
culto» (SC 56).
c) Liturgia de las Horas, Lectio
divina
9. La tercera columna del edificio
espiritual de la Iglesia, la casa de la Palabra,
está constituida por las oraciones, entrelazadas -
como recordaba san Pablo - por «salmos, himnos,
alabanzas espontáneas» (Col 3, 16). Un lugar
privilegiado lo ocupa naturalmente la Liturgia de
las horas, la oración de la Iglesia por excelencia,
destinada a marcar el paso de los días y de los
tiempos del año cristiano que ofrece, sobre todo con
el Salterio, el alimento espiritual cotidiano del
fiel. Junto a ésta y a las celebraciones
comunitarias de la Palabra, la tradición ha
introducido la práctica de la Lectio divina, lectura
orante en el Espíritu Santo, capaz de abrir al fiel
no sólo el tesoro de la Palabra de Dios sino también
de crear el encuentro con Cristo, Palabra divina y
viviente.
Ésta se abre con la lectura (lectio)
del texto que conduce a preguntarnos sobre el
conocimiento auténtico de su contenido práctico:
¿qué dice el texto bíblico en sí? Sigue la
meditación (meditatio) en la cual la pregunta es:
¿qué nos dice el texto bíblico? De esta manera se
llega a la oración (oratio) que supone otra
pregunta: )qué le decimos al Señor como respuesta a
su Palabra? Se concluye con la contemplación (contemplatio)
durante la cual asumimos como don de Dios la misma
mirada para juzgar la realidad y nos preguntamos:
¿qué conversión de la mente, del corazón y de la
vida nos pide el Señor?
Frente al lector orante de la Palabra
de Dios se levanta idealmente el perfil de María, la
madre del Señor, que «conservaba estas cosas y las
meditaba en su corazón» (Lc 2, 19; cf. 2, 51), -
como dice el texto original griego - encontrando el
vínculo profundo que une eventos, actos y cosas,
aparentemente desunidas, con el plan divino. También
se puede presentar a los ojos del fiel que lee la
Biblia, la actitud de María, hermana de Marta, que
se sienta a los pies del Señor a la escucha de su
Palabra, no dejando que las agitaciones exteriores
le absorban enteramente su alma, y ocupando también
el espacio libre de «la parte mejor» que no nos debe
abandonar (cf. Lc 10, 38-42).
d) La comunión fraterna
10. Aquí estamos, finalmente, frente
a la última columna que sostiene la Iglesia, casa de
la Palabra: la koinonía, la comunión fraterna, otro
de los nombres del ágape, es decir, del amor
cristiano. Como recordaba Jesús, para convertirse en
sus hermanos o hermanas se necesita ser «los
hermanos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen» (Lc
8, 21). La escucha auténtica es obedecer y actuar,
es hacer florecer en la vida la justicia y el amor,
es ofrecer tanto en la existencia como en la
sociedad un testimonio en la línea del llamado de
los profetas que constantemente unía la Palabra de
Dios y la vida, la fe y la rectitud, el culto y el
compromiso social. Esto es lo que repetía
continuamente Jesús, a partir de la célebre
admonición en el Sermón de la montaña: «No todo el
que me dice: ¡Señor, Señor! Entrará en el reino de
los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre
que está en los cielos» (Mt 7, 21). En esta frase
parece resonar la Palabra divina propuesta por
Isaías: «Este pueblo se me acerca con su boca, y con
sus labios me honra, pero su corazón está lejos de
mí» (29, 13). Estas advertencias son también para
las iglesias que no son fieles a la escucha
obediente de la Palabra de Dios.
Por ello, ésta debe ser visible y
legible ya en el rostro mismo y en las manos del
creyente, como lo sugirió san Gregorio Magno que
veía en san Benito, y en los otros grandes hombres
de Dios, los testimonios de la comunión con Dios y
sus hermanos, con la Palabra de Dios hecha vida. El
hombre justo y fiel no sólo "explica" las
Escrituras, sino que las "despliega" frente a todos
como realidad viva y practicada. Por eso es que la
viva lectio, vita bonorum o la vida de los buenos,
es una lectura/lección viviente de la Palabra
divina. Ya san Juan Crisóstomo había observado que
los apóstoles descendieron del monte de Galilea,
donde habían encontrado al Resucitado, sin ninguna
tabla de piedra escrita como sucedió con Moisés, ya
que desde aquel momento, sus mismas vidas se
convirtieron en el Evangelio viviente.
IV. LOS CAMINOS DE LA PALABRA: LA MISIÓN
-Una presencia educadora
-Una presencia convocante
11.- Porque de Sión saldrá la Ley y
de Jerusalén la palabra del Señor» (Is 2,3). La
Palabra de Dios personificada "sale" de su casa, del
templo, y se encamina a lo largo de los caminos del
mundo para encontrar el gran peregrinación que los
pueblos de la tierra han emprendido en la búsqueda
de la verdad, de la justicia y de la paz. Existe, en
efecto, también en la moderna ciudad secularizada,
en sus plazas, y en sus calles - donde parecen
reinar la incredulidad y la indiferencia, donde el
mal parece prevalecer sobre el bien, creando la
impresión de la victoria de Babilonia sobre
Jerusalén - un deseo escondido, una esperanza
germinal, una conmoción de esperanza. Come se lee en
el libro del profeta Amos, «vienen días - dice Dios,
el Señor - en los cuales enviaré hambre a la tierra.
No de pan, ni sed de agua, sino de oír la Palabra de
Dios» (8, 11). A este hambre quiere responder la
misión evangelizadora de la Iglesia.
Asimismo Cristo resucitado lanza el
llamado a los apóstoles, titubeantes para salir de
las fronteras de su horizonte protegido: «Por tanto,
id a todas las naciones, haced discípulos [...] y
enseñadles a obedecer todo lo que os he mandado» (Mt
28, 19-20). La Biblia está llena de llamadas a "no
callar", a "gritar con fuerza", a "anunciar la
Palabra en el momento oportuno e importuno" a ser
guardianes que rompen el silencio de la
indiferencia. Los caminos que se abren frente a
nosotros, hoy, no son únicamente los que recorrió
san Pablo o los primeros evangelizadores y, detrás
de ellos, todos los misioneros fueron al encuentro
de la gente en tierras lejanas.
12. Cristo camina por las calles de
nuestras ciudades y se detiene ante el umbral de
nuestras casas: «Mira que estoy a la puerta y llamo;
si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en
su casa, cenaré con él y él conmigo» (Ap 3, 20). La
familia, encerrada en su hogar, con sus alegrías y
sus dramas, es un espacio fundamental en el que debe
entrar la Palabra de Dios. La Biblia está llena de
pequeñas y grandes historias familiares y el
Salmista imagina con vivacidad el cuadro sereno de
un padre sentado a la mesa, rodeado de su esposa,
como una vid fecunda, y de sus hijos, como «brotes
de olivo» (Sal 128). Los primeros cristianos
celebraban la liturgia en lo cotidiano de una casa,
así como Israel confiaba a la familia la celebración
de la Pascua (cf. Ex 12, 21-27). La Palabra de Dios
se transmite de una generación a otra, por lo que
los padres se convierten en «los primeros
predicadores de la fe» (LG 11). El Salmista también
recordaba que «lo que hemos oído y aprendido, lo que
nuestros padres nos contaron, no queremos ocultarlo
a nuestros hijos, lo narraremos a la próxima
generación: son las glorias del Señor y su poder,
las maravillas que Él realizó; ... y podrán
contarlas a sus propios hijos» (Sal 78, 3-4.6). Cada
casa deberá, pues, tener su Biblia y custodiarla de
modo concreto y digno, leerla y rezar con ella,
mientras que la familia deberá proponer formas y
modelos de educación orante, catequística y
didáctica sobre el uso de las Escrituras, para que
«jóvenes y doncellas también, los viejos junto con
los niños» (Sal 148, 12) escuchen, comprendan,
alaben y vivan la Palabra de Dios. En especial, las
nuevas generaciones, los niños, los jóvenes, tendrán
que ser los destinatarios de una pedagogía apropiada
y específica, que los conduzca a experimentar el
atractivo de la figura de Cristo, abriendo la puerta
de su inteligencia y su corazón, a través del
encuentro y el testimonio auténtico del adulto, la
influencia positiva de los amigos y la gran familia
de la comunidad eclesial.
13. Jesús, en la parábola del
sembrador, nos recuerda que existen terrenos áridos,
pedregosos y sofocados por los abrojos (cf. Mt 13,
3-7). Quien entra en las calles del mundo descubre
también los bajos fondos donde anidan sufrimientos y
pobreza, humillaciones y opresiones, marginación y
miserias, enfermedades físicas, psíquicas y
soledades. A menudo, las piedras de las calles están
ensangrentadas por guerras y violencias, en los
centros de poder la corrupción se reúne con la
injusticia. Se alza el grito de los perseguidos por
la fidelidad a su conciencia y su fe. Algunos se ven
arrollados por la crisis existencial o su alma se ve
privada de un significado que dé sentido y valor a
la vida misma. Como es «mera sombra el humano que
pasa, sólo un soplo las riquezas que amontona» (Sal
39,7), muchos sienten cernirse sobre ellos también
el silencio de Dios, su aparente ausencia e
indiferencia: «)Hasta cuándo, Señor? )Me olvidarás
para siempre? ¿Hasta cuándo me ocultarás tu rostro?»
(Sal 13, 2). Y al final, se yergue ante todos el
misterio de la muerte.
La Biblia, que propone precisamente
una fe histórica y encarnada, representa
incesantemente este inmenso grito de dolor que sube
de la tierra hacia el cielo. Bastaría sólo con
pensar en las páginas marcadas por la violencia y la
opresión, en el grito áspero y continuado de Job, en
las vehementes súplicas de los salmos, en la sutil
crisis interior que recorre el alma del Eclesiastés,
en las vigorosas denuncias proféticas contra las
injusticias sociales. Además, se presenta sin
atenuantes la condena del pecado radical, que
aparece en todo su poder devastador desde los
exordios de la humanidad en un texto fundamental del
Génesis (c. 3). En efecto, el "misterio del pecado"
está presente y actúa en la historia, pero es
revelado por la Palabra de Dios que asegura en
Cristo la victoria del bien sobre el mal.
Pero, sobre todo, en las Escrituras
domina principalmente la figura de Cristo, que
comienza su ministerio público precisamente con un
anuncio de esperanza para los últimos de la tierra:
«El Espíritu del Señor está sobre mí; porque me ha
ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me
ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos
y la vista a los ciegos, para dar libertad a los
oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (Lc
4, 18-19). Sus manos tocan repetidamente cuerpos
enfermos o infectados, sus palabras proclaman la
justicia, infunden valor a los infelices, conceden
el perdón a los pecadores. Al final, él mismo se
acerca al nivel más bajo, «despojándose a sí mismo»
de su gloria, «tomando la condición de esclavo,
asumiendo la semejanza humana y apareciendo en su
porte como hombre ... se rebajó a sí mismo,
haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de
cruz» (Flp 2, 7-8).
Así, siente miedo de morir («Padre,
si es posible, (aparta de mí este cáliz!»),
experimenta la soledad con el abandono y la traición
de los amigos, penetra en la oscuridad del dolor
físico más cruel con la crucifixión e incluso en las
tinieblas del silencio del Padre («Dios mío, Dios
mío, ) por qué me has abandonado?») y llega al
precipicio último de cada hombre, el de la muerte
(«dando un fuerte grito, expiró»). Verdaderamente, a
él se puede aplicar la definición que Isaías reserva
al Siervo del Señor: «varón de dolores y que conoce
el sufrimiento» (cf. 53, 3).
Y aún así, también en ese momento
extremo, no deja de ser el Hijo de Dios: en su
solidaridad de amor y con el sacrificio de sí mismo
siembra en el límite y en el mal de la humanidad una
semilla de divinidad, o sea, un principio de
liberación y de salvación; con su entrega a nosotros
circunda de redención el dolor y la muerte, que él
asumió y vivió, y abre también para nosotros la
aurora de la resurrección. El cristiano tiene, pues,
la misión de anunciar esta Palabra divina de
esperanza, compartiéndola con los pobres y los que
sufren, mediante el testimonio de su fe en el Reino
de verdad y vida, de santidad y gracia, de justicia,
de amor y paz, mediante la cercanía amorosa que no
juzga ni condena, sino que sostiene, ilumina,
conforta y perdona, siguiendo las palabras de
Cristo: «Vengan a mí, todos los que están fatigados
y agobiados, y yo les daré descanso» (Mt 11, 28).
|
|
LA
FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA
El
misterio de la encarnación no se revela sólo en la
concepción y en el nacimiento, sino también en la
vida de familia en la cual Jesús se manifiesta
hombre y su presencia llega hasta nosotros en la
EUCARISTÍA. La fiesta de la Sagrada Familia recuerda
a la Iglesia que es familia y pueblo de Dios y a
cada familia que ella es una “Iglesia doméstica”
|
CICLO A
Primera lectura:
Sir 3,2-6.12-14: Las virtudes familiares
Salmo
responsorial: 127,1-2.3.4.5b. R:
Dichosos los que habitan en tu casa, Señor.
Segunda lectura:
Col 3,12-21: Vivir unidos en el Señor
Evangelio:
Mt 2,13-15.19-23: La Sagrada Familia en
Egipto y en Nazaret
1. LA FAMILIA DE JESÚS, SALVADOR DE SU
PUEBLO
La Encarnación del Hijo de Dios conlleva
también su inserción en una familia humana y
en el pueblo elegido. La Iglesia iluminada
por la Palabra de Dios, descubre desde el
comienzo el significado salvífico de los
acontecimientos vividos por la Familia de
Jesús. “Toda la vida de Cristo es revelación
del Padre: sus palabras, sus acciones, sus
silencios y sus sufrimientos, su manera de
ser y de hablar” (CIC 516).
El Ciclo A destaca un aspecto central de la
historia de la salvación: Para salvar al
hombre, el Hijo de Dios a tomado la
condición humana y ha vivido con su familia
la experiencia de la salvación del pueblo de
Israel.
De esta manera él realiza lo que su nombre
significa: Jesús es la salvación y la
liberación definitiva de Dios para todos los
hombres.
.
|
CICLO B
Primera lectura:
Gn 15,1-6;21,1-3: Dios promete una
descendencia a Abraham
Salmo responsorial:
104: R: El Señor nunca olvida sus
promesas (Alianza)
Segunda lectura:
Hebreos 11,8.11-12.17-19. La fe de los
antepasados del Mesías.
Evangelio:
Lc 2,22-40: La Sagrada Familia ofrece a su
Hijo al Padre en le templo.
2. LA FAMILIA DE JESÚS LUZ PARA LAS
NACIONES
La referencia al misterio pascual de Cristo
constituye el hilo conductor de los
evangelios de la infancia. Sobre ellos los
evangelistas han proyectado la luz de la
Pascua, para subrayar algunos
acontecimientos de los primeros momentos de
la vida de Jesús y de los que lo rodeaba.
En la mesa del ciclo B, el tema “Jesús luz
de las naciones” presentado al templo por
María y José, ocupa el lugar central. En el
episodio de la presentación al templo (Lc
2,22-35) la Iglesia, guiada por el Espíritu,
ha visto, un misterio de salvación: Ella ha
revelado la continuidad de la ofrenda
fundamental que Jesús hace a su
Padreentrando en el mundo (Hb 10,5-7); Ella
ha visto también la universalidad de la
salvación proclamada por Simeón, porque
saludando en el niño Jesús la luz para
iluminar a las naciones y la gloria de
Israel (Cfr. Lc 2,3); ella ha reconocido la
referencia profética a la pasión de Cristo.
En efecto las palabras de Simeón relacionan
en una única profecía el Hijo “signo de
contradicción” ( Lc 2,24) y la Madre a la
cual una espada le traspasará el alma. (Cfr
Lc 2,35) y se realizará en el monte Calvario
(Mc 20; Cfr RC 13)
|
CICLO C
Primera lectura:
1Sam 1,20-22.24-28: El Señor dona el hijo
Salmo responsorial:
83, 3, 4, 5-6, 9-10: R Señor,
dichosos los que viven en tu casa.
Segunda lectura:
1Jn 3,1-2.21-24
Evangelio:
Lc 2,41-52: Los padres encuentran a Jesús en
el Templo cerca de su Padre.
3. LA FAMILIA DE JESÚS, HIJO DE DIOS.
La revelación de la identidad de Jesús
ocupa un lugar central en el Nuevo
Testamento. Los primeros en acercarse a este
misterio han sido María y José que desde el
comienzo contestaron con la obediencia de la
fe a las indicaciones dadas por el ángel,
relativas al hijo que iba a nacer y que
ellos acogieron en su familia. Esta Misa del
Ciclo C presenta y celebra al Cristo que en
el Templo revela su identidad de “Hijo”.
En este episodio del Evangelio “Jesús deja
vislumbrar el misterio de la consagración
total a una misión que le pertenece por su
filiación divina” (CIC 524). El evangelista
presenta ese acontecimiento con categorías
pascuales que ayudan a ubicarlo en el
conjunto de la vida de Jesús. Las primeras
palabras de Jesús en el Evangelio (“Debo
ocuparme en las cosas de mi Padre”)
manifiestan su obediencia a la voluntad del
Padre. Este primer viaje a Jerusalén para la
fiesta de Pascua puede ser considerado como
la anticipación de aquel otro viaje de su
vida pública que culminará con la pasión,
muerte y resurrección.
|
|
El VERBO al encarnarse en un pueblo elegido,
en una familia elegida (La de José y María)
en la cual él vivió todas experiencias de
su pueblo amado por Dios= La Sagrada
Familia participará a todas las experiencias
de la Iglesia y de cada familia |
Es empezando de esta ofrenda al Templo que
Jesús llega a ser LUZ PARA LAS NACIONES.
|
La misión de Cristo es ligada a su
identidad de HIJO. Él viene a revelarnos
cómo llegamos a ser hijo de Dios y por
consecuencia, hermanos… |
|
|
LA
PRESENCIA DE LA SAGRADA FAMILIA
EN NUESTRAS CONSTITUCIONES
C/5.
La Sagrada Familia da son nombre al Instituto e
inspira la espiritualidad de los Hermanos.
Hay
diferentes maneras de acercarse al tema de cómo
nuestras Constituciones nos presentan la Sagrada
Familia y orientan nuestras relaciones hacia
ella.
El
camino “ascendente” consiste en: el amor de base
empieza por el culto a la Sagrada Familia
(=confidencia, oración, alabanza…) Un verdadero
culto no se conforma con palabras o a las oraciones,
el busca de vivir como la Sagrada Familia. La
imitación se concentra en las “virtudes de
familiares”, porque ellas son las características de
un grupo de personas que se relacionan entre sí y
con… Cuando la imitación, llega ser una
característica constante de la vida, gracias a la
fuerza del Espíritu, la llamamos espiritualidad.
Este es el camino indicado a los hermanos en las
Constituciones y en todos los ámbitos de su vida
(oración, votos, relaciones fraternas, formación
etc.)
Podríamos también retomar esta realidad para una
lectura “teológica” según la característica a tres
dimensione de la “traditio fidei (el contenido
fundamental de nuestra fe) la verdad, la moral, el
culto. En este caso tendríamos:
El
contenido de nuestra espiritualidad:
Las
fuentes bíblicas (principales)
Mt 1
y 2: al comienzo de una genealogía que remonta a
David y a Abraham, le Hijo de María esposa de José
es nombrada por él como JESÚS (el Señor salva)
Lc 1
y 2 y 4: JESÜS, concebido a Nazaret por María,
esposa de José, recibe en Nazaret la investidura
profética. Su identidad e importancia son
evidenciadas con dos anunciaciones, una visita, dos
nacimientos, una presentación al Templo. …
La
base teológica
En
Nazaret se manifiesta el plan de salvación: para
salvar al hombre Dios se hace hombre en Jesús; y
también, Dios quiere salvar al hombre en comunión
con sus hermanos (=pueblo de Dios, Iglesia,
familia…). El misterio (la realidad revelada que nos
salva): el VERBO que existe desde siempre (San Juan)
es el HIJO de Dios que se hizo hombre en María
esposa de José. El Hijo de Dios, Jesús, nace en la
familia de José y María a Nazaret. Desde Nazaret
lleva su encarnación hasta su última visibilidad en
el sacramento de la Eucaristía.
El
culto
El
culto es sobre todo nuestro encuentro con Dios y con
la Sagrada Familia. Consiste en celebrar la vida que
se desprende. El Culto comienza por la confianza en
Dios, en la Sagrada Familia, se concretiza en la
petición de ayuda, crece con la confianza que nos
impulsa a elegirlos como “patronos”, imitarlos, que
se hace devoción (=les dedicamos confiadamente toda
nuestra vida), llega ser imitación. Cuando todo eso
llega ser una expresión constante de nuestra vida,
por el don del Espíritu Santo nosotros llegamos a la
“espiritualidad”.
Los
artículos 5.6.7.8.9 de nuestras Constituciones nos
ofrecen el fundamento bíblico y teológico. Las demás
artículos (en todo hay 31 citas explícitas de la
Sagrada Familia) sacan las consecuencias “morales”
(imitación, virtud,…) u orientan hacia un culto que
es expresión de nuestra vida espiritual. En cada
momento importante de nuestra vida de Hermanos hay
una indicación que se refiere a la Sagrada Familia.
La Sagrada Familia es como “la regla viviente” para
nuestra vida de Hermanos.
|
|
10 El
Papa Benedicto XVI ha publicado el 29/06/2009 la
encíclica CARITAS IN VERITATE sobre el desarrollo
humano integral en la caridad y en la verdad.
El
Capítulo III de esta encíclica presenta la relación
entre el desarrollo económico y la sociedad civil en
términos de fraternidad. Este enfoque toca de cerca
uno de los aspectos principales de la espiritualidad
de la Familia SAFA: la fraternidad. Por eso
presentamos el comienzo de este Capítulo 3, con la
invitación a leerlo por completo, e incluso toda la
encíclica. Será un buen medio para orientarnos en
estos temas de la ética cristiana que se refieren a
la economía y el desarrollo humano en el contexto de
la globalización.
CAPÍTULO TERCERO
FRATERNIDAD,
DESARROLLO ECONÓMICO
Y SOCIEDAD CIVIL
34. La caridad
en la verdad pone
al hombre ante la sorprendente experiencia del don.
La gratuidad está en su vida de muchas maneras,
aunque frecuentemente pasa desapercibida debido a
una visión de la existencia que antepone a todo la
productividad y la utilidad. El ser humano está
hecho para el don, el cual manifiesta y desarrolla
su dimensión trascendente. A veces, el hombre
moderno tiene la errónea convicción de ser el único
autor de sí mismo, de su vida y de la sociedad. Es
una presunción fruto de la cerrazón egoísta en sí
mismo, que procede —por decirlo con una expresión
creyente— del pecado
de los orígenes. La sabiduría de la Iglesia ha
invitado siempre a no olvidar la realidad del pecado
original, ni siquiera en la interpretación de los
fenómenos sociales y en la construcción de la
sociedad: «Ignorar que el hombre posee una
naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a
graves errores en el dominio de la educación, de la
política, de la acción social y de las costumbres»[85].
Hace tiempo que la economía forma parte del conjunto
de los ámbitos en que se manifiestan los efectos
perniciosos del pecado. Nuestros días nos ofrecen
una prueba evidente. Creerse autosuficiente y capaz
de eliminar por sí mismo el mal de la historia ha
inducido al hombre a confundir la felicidad y la
salvación con formas inmanentes de bienestar
material y de actuación social. Además, la exigencia
de la economía de ser autónoma, de no estar sujeta a
«injerencias» de carácter moral, ha llevado al
hombre a abusar de los instrumentos económicos
incluso de manera destructiva. Con el pasar del
tiempo, estas posturas han desembocado en sistemas
económicos, sociales y políticos que han tiranizado
la libertad de la persona y de los organismos
sociales y que, precisamente por eso, no han sido
capaces de asegurar la justicia que prometían. Como
he afirmado en la Encíclica Spe
salvi,
se elimina así de la historia laesperanza cristiana[86],
que no obstante es un poderoso recurso social al
servicio del desarrollo humano integral, en la
libertad y en la justicia. La esperanza sostiene a
la razón y le da fuerza para orientar la voluntad[87].
Está ya presente en la fe, que la suscita. La
caridad en la verdad se nutre de ella y, al mismo
tiempo, la manifiesta. Al ser un don absolutamente
gratuito de Dios, irrumpe en nuestra vida como algo
que no es debido, que trasciende toda ley de
justicia. Por su naturaleza, el don supera el
mérito, su norma es sobreabundar. Nos precede en
nuestra propia alma como signo de la presencia de
Dios en nosotros y de sus expectativas para con
nosotros. La verdad que, como la caridad es don, nos
supera, como enseña San Agustín[88].
Incluso nuestra propia verdad, la de nuestra
conciencia personal, ante todo, nos ha sido «dada». En
efecto, en todo proceso cognitivo la verdad no es
producida por nosotros, sino que se encuentra o,
mejor aún, se recibe. Como el amor, «no nace del
pensamiento o la voluntad, sino que en cierto
sentido se impone al ser humano»[89].
Al ser un don recibido
por todos, la caridad en la verdad es una fuerza que
funda la comunidad, unifica a los hombres de manera
que no haya barreras o confines. La comunidad humana
puede ser organizada por nosotros mismos, pero nunca
podrá ser sólo con sus propias fuerzas una comunidad
plenamente fraterna ni aspirar a superar las
fronteras, o convertirse en una comunidad universal.
La unidad del género humano, la comunión fraterna
más allá de toda división, nace de la palabra de
Dios-Amor que nos convoca. Al afrontar esta cuestión
decisiva, hemos de precisar, por un lado, que la
lógica del don no excluye la justicia ni se
yuxtapone a ella como un añadido externo en un
segundo momento y, por otro, que el desarrollo
económico, social y político necesita, si quiere ser
auténticamente humano, dar espacio alprincipio de
gratuidad como
expresión de fraternidad.
|
|
La espiritualidad del Hno. Gabriel
y su incidencia en nuestras familias y en nuestras
escuelas
Congreso de la AISF,
Turín, mayo 2010
Nos acercaremos esta mañana a la espiritualidad que
tiene su origen en el Hno. Gabriel Taborin y que hoy
comparten los Hermanos de la Sagrada Familia con
todas las personas y grupos que integran la Familia
Sa-Fa, aquí representada a través de la AISF
(Asociación Internacional Sagrada Familia).
Presentaremos los aspectos esenciales de esta
espiritualidad, pero antes nos detendremos en ver
cuál ha sido la experiencia de vida de familia del
Hno. Gabriel Taborin, considerando que esa
experiencia es importante para comprender la
espiritualidad a la que ha dado origen.
La intención de esta reflexión es sugerir algunas
indicaciones para vivir, en los ámbitos de la
familia y de la escuela, esa espiritualidad.
Abriremos así el camino al diálogo en grupos, que
seguirá esta intervención, durante el cuál se podrán
buscar y expresar propuestas más concretas desde los
ámbitos culturales de los participantes.
1. La experiencia de vida familiar del Hno.
Gabriel
1.1. Nacido en el ambiente de la Revolución y
crecido en el ambiente de la Restauración
Gabriel Taborin nace el 1 de noviembre de 1799.
Algunos días después de su nacimiento, Napoleón toma
el poder como primer cónsul, da por terminada la
Revolución y empieza un período de mayor calma en
Francia. Pero en los pueblos la situación cambia más
lentamente que el las ciudades. Gabriel nace en un
clima marcado aún por la revolución. Esa situación
de tensión, de violencia y de resistencia ha
influido profundamente en su infancia y en toda su
vida. La fuerte adhesión de su familia, de la gente
de su pueblo a la religión cristiana, a sus valores
y a sus tradiciones, motivaron su dinamismo y su
tenacidad para, al igual que muchas otras personas,
tratar de darle un nuevo impulso en la primera mitad
del siglo XIX.
Belleydoux,
lugar de nacimiento del Fundador del Instituto de
los Hermanos de la Sagrada Familia, se sitúa en una
comarca fronteriza del este de Francia, que delimita
el Franco Condado y las zonas de influencia de
Ginebra y de Lyon. Formaba parte de la Tierra de
Nantua, y desde la edad media dependía de la
poderosa abadía benedictina de esa ciudad. Hasta la
Revolución, desde el punto de vista eclesial,
Belleydoux pertenecía a la diócesis de Ginebra. En
el lejano 1605 recibió la visita de San Francisco de
Sales. Hoy forma parte de la comarca del Alto Bugey,
cuyo centro principal es la ciudad de Oyonnax.
A finales del
siglo XVIII, el pueblo apenas pasaba de 800
habitantes. La población, en ligero aumento, vivía
pobremente. Tradicionalmente el municipio contaba
con el recurso de la tala de árboles para pagar sus
impuestos y la población vivía de los recursos de la
montaña: la cría de ganado, una pobre agricultura y
la artesanía. A este panorama hay que añadir la
dificultad de las vías de comunicación, sobre todo
en invierno.
Como sabemos,
los acontecimientos de la Revolución tienen
repercusiones en todo el territorio nacional y fuera
de las fronteras de Francia. Llegan también hasta
las poblaciones más pequeñas. En Belleydoux el
párroco Benito Cottavoz, que había bendecido
el matrimonio de Claudio José Taborin y María José
Poncet Montange, los padres de Gabriel Taborin, el
28 de febrero de 1786, fue uno de los primeros
sacerdotes, en la nueva diócesis del Ain, en prestar
el juramento a la Constitución civil del clero en
1890. Los sacerdotes que no hicieron el juramento
pasaron a la clandestinidad y fueron perseguidos.
El paso del
comisario Antonio Albitte por el departamento del
Ain (del 17 de enero al 2 de mayo de 1794), fue
ciertamente la página más sombría de la historia de
la Revolución en esta región. Perseguía dos
objetivos: la destrucción de los campanarios y
humillar a los sacerdotes.
Ante tales
hechos, la reacción de la gente pasa de una cierta
simpatía por la Revolución a la indiferencia y una
prudente desconfianza, hasta llegar a una abierta
hostilidad y resistencia y no solo por motivos
religiosos. De hecho, al terminar el período
revolucionario, todos los pueblos de la comarca,
Echallon, Belleydoux, Champfromier, Giron... son más
pobres que al final del Antiguo Régimen.
Durante la
Revolución la acción de Iglesia, perseguida y
dividida, se va organizando progresivamente en la
clandestinidad guiada por los sacerdotes que no
habían prestado el juramento revolucionario. Es ese
también el momento en que empiezan a emerger la
acción de los laicos: esconden y apoyan la acción de
los sacerdotes, organizan las reuniones y en el
interior de las familias mantienen la vida
cristiana. Entre esos laicos comprometidos figura
Gabriel Poncet, alcalde de Belleydoux, que fue
padrino de bautismo del hijo menor de la familia
Taborin, y a quien puso su mismo nombre.
Belleydoux participa de este fenómeno de “acceso a
la palabra” por parte de los laicos en la vida
eclesial, que caracterizó el estilo misionero de
Gabriel Taborin. “Gabriel Taborin es hijo de la Revolución, hijo de la resistencia y del
amor de un pueblo de montaña a su tradición y a su
fe, hijo de la movilización inesperada del laicado.
No habrá que olvidarlo nunca.” (Hno. Enzo Biemmi: El desafío de un religioso laico: el Hno.
Gabriel Taborin, cap. I).
1.2. En una familia cristiana
La vida familiar en Belleydoux dejó en Gabriel una
marca profunda a lo largo de su vida. Tenemos como
prueba dos testimonios suyos escritos al final de
sus días. Ambos nos hablan con claridad de esa
huella duradera.
En su autobiografía dice:
“Tengo el
consuelo de haber nacido de un padre y una madre
virtuosos que se unieron y vivieron según la
voluntad de Dios. Gozaban apacible y cristianamente
de un modesto bienestar, fruto de su vida de
trabajo. Vivieron en Belleydoux, lugar donde vi la
luz del día en 1799, el primero de noviembre, y
donde tuve la dicha de recibir el santo bautismo.
Por gracia especial de la Bondad Divina, los dignos
autores de mi vida me dieron siempre el buen ejemplo
y me educaron cristianamente desde mi más tierna
edad”.
Y en su
Testamento espiritual añade: “Puedo
testimoniar con profundos sentimientos de
agradecimiento que he tenido la satisfacción de ser
hijo de unos padres cristianos que me criaron
siguiendo los principios de la religión. Se lo
agradezco de todo corazón y pido a Dios que los
recompense por ello en el cielo”.
El conjunto de los datos biográficos y de los
testimonios con que contamos para reconstruir los
años de la infancia y juventud de Gabriel muestra
que su familia respondía a las características
normales de las de su ambiente y de su época:
matrimonio de jóvenes adultos, numerosa prole,
trabajo asiduo, profunda fe y religiosidad.
La familia Taborin estaba bien arraigada en
Belleydoux desde hacía mucho tiempo, contaba con
numerosas ramificaciones en los pueblos vecinos
(Josefa Poncet, la madre de Gabriel, “pertenecía
a una familia con muchos parientes en la parroquia”,
Vida. p. 21) y algunos de sus miembros
desempeñaban cargos en la administración local.
Desde el punto de vista religioso, era una de las
familias que vivió de cerca las consecuencias de la
Revolución y contribuyó a la reconstrucción del
pueblo y a la reafirmación de la comunidad cristiana
en el periodo de la Restauración.
El padre de
Gabriel, Claudio José Taborin, nació el 9 de marzo
de 1756 en uno de los caseríos del municipio de
Belleydoux. En 1786 contrajo matrimonio con María
Josefa Poncet Montange con quien tuvo siete hijos:
de ellos tres murieron siendo niños.
“El padre de Gabriel, Claudio José Taborin,
ejercía la profesión de posadero, y comerciaba,
además, en quesos”. Con estas palabras se abre
la biografía del Hno. Gabriel escrita por el Hno.
Federico Bouvet. El albergue o posada estaba en la
misma casa donde residía la familia. Y el biógrafo
anota poco después que los huéspedes eran invitados
a participar en algunos de los actos de la familia.
El padre de Gabriel
“por la noche, al llegar la
hora de acostarse, no le bastaba con reunir a toda
la familia para rezar juntos, sino que se dirigía a
sus huéspedes... y los invitaba a unirse a la
familia”.
Su papel en
el pueblo adquiere una cierta importancia: es el
primer consejero del alcalde Claudio Mermet, el gran
propulsor de la reconstrucción del pueblo después de
la Revolución. En la parroquia es miembro de la
comisión económica y su presidente de 1812 a 1822.
Claudio José Taborin colaboró en primera línea en
las principales iniciativas del pueblo. Murió el 6
de marzo de 1826.
La madre de
Gabriel, María Josefa Poncet-Montange, nació en
1755, y se casó en primeras nupcias a los 28 años
con Francisco Roybier, que murió cinco meses y medio
después, sin dejar descendencia. Dos años y medio
después se casó con Claudio José Taborin. De los
siete hijos que tuvo, el alumbramiento más difícil
fue el último, el de Gabriel. Quizá sea esa la razón
por la que tenía una predilección especial por él.
Un apunte de uno de los compañeros de Gabriel revela
un rasgo muy delicado de la relación de la señora
María Josefa con su hijo Gabriel: “Incluso su
madre le hablaba frecuentemente en particular y le
pedía vivamente que cambiara de línea de conducta:
“Vamos Gabriel, le decía, no hagas eso ( es decir,
no celebres la misa, ni digas sermones); ya ves que
se ríen de ti. Vamos, querido, por amor a la
familia, no hagas eso” El pequeño Gabriel no hacía
mucho caso. Su única preocupación era hacer el bien
y pensaba que todo estaba permitido para
conseguirlo. Las gentes buenas, las personas
llevadas a la piedad lo alababan, respetaban y veían
en él como un ángel encargado de guiarlas”
(Testimonio de José Poncet).
La madre de
Gabriel murió en 1837, a los 82 años. En su lecho de
muerte, dijo al párroco de Belleydoux, el P. Juan
Pedro Mermillod, a propósito de Gabriel: “Este
pobre hijo ha sido mi consuelo y casi mi único
recurso”.
Si la relación de Gabriel con sus padres fue siempre
afectuosa y serena, con sus tres hermanos fue más
compleja y a veces difícil. Recordemos que Francisco
María, el mayor de ellos, tenía 11 años más que
Gabriel. Como recuerdan sus compañeros de infancia:
“Sus hermanos y los criados de la familia Taborin
criticaban duramente a Gabriel y lo trataban de
perezoso. Pero él no hacía caso de eso. No le iban
bien los rudos trabajos del campo. La oración, el
estudio, los sermones y la confección de rosarios
ocupaban la mayor parte de su tiempo”.
1.3. Una rica experiencia de vida en familia
Para completar el cuadro de la familia Taborin
podemos añadir algunos otros detalles que parecen
significativos.
Ya queda apuntado más arriba la modesta actividad de
hospedería y de venta de quesos de la familia. Los
escritos hablan también de
“una alfarería”.
Cabe suponer naturalmente que los “obreros” de esa
industria familiar eran los mismos que trabajaban en
la posada como “camareros”. Los miembros de la
familia, ayudados por un criado y una criada, se
ocupaban además en actividades forestales y
agrícolas y, sobre todo, en la cría de ganado. Ese
mundo del trabajo doméstico, al que Gabriel se
incorporó desde muy pequeño, le abrió también hacia
un nuevo tipo de relación con sus compañeros.
Las biografías subrayan con insistencia la profunda
religiosidad y la coherencia de vida de la familia
Taborin. Gabriel obtuvo la autorización de sus
padres para dedicar a oratorio una habitación de la
casa. “Gabriel, lleno de alegría, adornó aquella
habitación lo mejor que pudo e hizo de ella una
especie de capilla, en la que levantó un altar”
(Vida. p. 32). Además de las celebraciones y
procesiones campestres organizadas por Gabriel con
sus compañeros, cabe suponer que otras se realizaban
en ese oratorio doméstico.
Después de la primera comunión, Gabriel fue enviado
a estudiar primero a Plagne y luego a
Châtillon-de-Michaille, pues en Belleydoux no había
escuela. Sus padres, de acuerdo con el párroco,
deseaban que se formase para ser sacerdote. “Pero
(como él mismo dice en su autobiografía) la
providencia divina tenía sobre mí otros designios.
La lectura de la vida de los santos, a la que me
entregaba con asiduidad, me había comunicado una
fuerte inclinación por la vida religiosa, y sobre
todo por aquel tipo de vida religiosa en el que uno
se dedica de modo especial a la educación de la
juventud y a ornar los santos altares”.
Con sorpresa de todos, Gabriel vuelve a Belleydoux y
se le confía la colaboración con el párroco en todas
las actividades de animación de la parroquia: canto,
liturgia, sacristía, catequesis. Casi
simultáneamente, el alcalde, de concierto con el
párroco, le propone hacerse cargo de la educación de
los muchachos del pueblo, pues el maestro designado
no se presentó. Gabriel acepta esa responsabilidad a
los 17 años, y como el municipio no disponía de un
edificio para la escuela, pide a su familia la
posibilidad de dedicar una sala de la casa familiar
como aula. De esta forma la casa familiar, que tenía
ya un oratorio, se convierte también en escuela.
Hasta los 25 años Gabriel ejerce todas esas
actividades con el entusiasmo misionero que lo
caracterizaba. La gente los llamaba ya “Hermano”
antes de ser religioso.
La riqueza y complejidad del mundo familiar del
joven Gabriel puede fácilmente intuirse considerando
la lista de las personas que, por una u otra razón,
vivían en la casa Taborin. Además de sus padres y
hermanos (el mayor con su esposa e hijas después de
casarse) estaban los criados, las personas de paso
en la posada, los alumnos y pensionistas, etc. Así
pues, ya desde los primeros años, Gabriel estuvo en
contacto con gentes ajenas a su familia. A pesar de
su carácter reservado, esta experiencia pudo abrirlo
hacia horizontes más amplios que los del núcleo
reducido del hogar.
2. La espiritualidad nazarena del Hno. Gabriel
Gabriel sale de Belleydoux en 1824 en busca de una
comunidad, que la divina Providencia lo llevaría a
crear él mismo, tras un período de siete años de
vida itinerante en el que realizó varios intentos de
fundación. En repetidas ocasiones intentó realizar
el proyecto para el que sentía llamado hasta que
finalmente pudo realizarlo en el pueblo de Belmont a
partir de 1829.
2.1 El núcleo de la espiritualidad del Hno.
Gabriel
Uno de los primeros pasos del Hno. Gabriel en la
fundación de su Instituto fue el de cambiarlo el
nombre. En los primeros intentos lo había llamado
“Hermanos de San José”. Cuando llega a Belmont, sin
que se conozcan con exactitud las motivaciones ni la
fecha, le da el nombre de “Hermanos de la Sagrada
Familia”.
No se trataba de un detalle insignificante, puesto
que para el Hno. Gabriel en el nombre estaba el
núcleo esencial de su espiritualidad. En la regla de
vida que escribió para la Congregación dice:
“La Sociedad de
los Hermanos de la Sagrada Familia ha sido fundada
para honrar a la Santísima Trinidad. Para los
asociados su fiesta será la segunda en importancia y
rezarán cada día con respeto tres veces el Gloria al
Padre: por la mañana, a mediodía y por la tarde...
La Sociedad de la Sagrada Familia ha sido también
fundada para honrar las virtudes de Jesús, María y
José, y para atraerse su protección durante la vida
y en la hora de la muerte. Esta Sociedad llevará
únicamente el nombre de Congregación de los Hermanos
de la Sagrada Familia y en ningún caso podrá unirse
ni ser asociada a cualquier otra congregación u
orden. Los asociados celebrarán anualmente la fiesta
de la Sagrada Familia el jueves antes de la octava
de la Natividad de la Virgen. Será la primera y
principal fiesta en la casa más importante de la
Sociedad y en las otras casas autorizadas a tener
capilla...”
(Constituciones de 1836 art. 1 y 2)
Si se lee con atención este texto del Hno. Gabriel,
puede observarse que hay una primera referencia a la
Santísima Trinidad y luego a la Sagrada Familia, que
es la patrona principal del Instituto. Esa intuición
que coloca a la Sagrada Familia como modelo
inmediato con una referencia primera a la Santísima
Trinidad para la fundación del Instituto y luego
para la construcción de la comunidad ha constituido
la experiencia fundante y la orientación principal
de la espiritualidad del Instituto de los Hermanos
de la Sagrada Familia y actualmente de la Familia Sa-Fa.
El Hno. Gabriel se referirá constantemente a la
Sagrada Familia a lo largo de su vida. Cuando narra
el traslado de la comunidad de Belmont a Belley en
1840 y no pudo entrar en el convento que pensaba
haber adquirido, quedándose prácticamente en la
calle, escribe: “En
aquellas circunstancias nos parecíamos a nuestros
santos Patronos María y José cuando fueron a Belén.
Todos parecían rechazarnos y no había casa alguna
que pudiéramos comprar o alquilar. Sólo el santo
obispo se enterneció con nuestra lastimosa
situación.”
(Reseña histórica)
En la Circular que escribía cada año para convocar a
los Hermanos a la Casa-Madre para la reunión anual,
que comprendía como acto central la celebración de
la fiesta de la Sagrada Familia, usaba con
frecuencia la expresión de reforzar o estrechar “los
vínculos que nos unen en Jesús, María y José”. Esa
reunión debía llevar a una renovación espiritual,
pero también a estrechar dichos vínculos. Decía:
“Al igual que
vosotros, también nosotros vemos llegar con ilusión
queridos Hermanos, ese tiempo precioso en el que nos
debemos ayudar mutuamente y así juntos tomar las
medidas necesarias para vuestro mayor provecho
espiritual y para el bien espiritual y material de
nuestro Instituto. Además ese tiempo nos servirá
para estrechar cada vez más los vínculos que nos
unen siempre en Jesús, María y José”. (Circular N° (1) 28-8-1843).
2.2 El “espíritu de familia”
Las Constituciones actuales de los Hermanos de la
Sagrada Familia presentan el “espíritu de familia”
como “el núcleo vital de su espiritualidad”. Cuando,
después del Concilio Vaticano II, se elaboró el
primer proyecto de estas Constituciones se trató de
insertar el “espíritu de familia” como “hilo
conductor” de todos los aspectos de la vida de los
Hermanos, pues los representantes de las comunidades
habían constatado que era la experiencia fundamental
y el elemento central de su unidad en la historia y
en la actualidad del Instituto.
Pero ¿qué es el “espíritu de familia”? El Hno.
Gabriel en el texto clásico de una de sus últimas
circulares que todos conocemos decía cuál es su
origen y cuáles son algunas de sus manifestaciones
en una comunidad religiosa: “El
espíritu de cuerpo y de familia...Nace de la caridad
y, en consecuencia, de Dios que es la caridad misma.
Todos los miembros que componen una Congregación en
la que, de verdad, exista este espíritu, tienen un
solo corazón y un alma sola; se aman y se ayudan
mutuamente, comparten las alegrías, las penas, los
éxitos y los fracasos de todos; las atenciones
recíprocas y una entrañable fraternidad unifican los
espíritus y caracteres más diversos; lo que es de
uno pertenece a todos y dejan de tener sentido las
palabras "mío" y "tuyo"; cada uno se considera menos
que los otros y Dios reina sobre todos...”
(Circular n. 21, 1864).
En la tradición
del Instituto, continuando el pensamiento del
Fundador, se dijo que era “el espíritu que reinaba
en Nazaret” y se explicitó en el lema: “En
Nazaret se oraba, se trabajaba, se amaba”.
En la
formulación más reciente se ha intentado una
explicación más completa del espíritu de familia:
“Este
espíritu deriva de los lazos vitales
que unían a
los miembros de la Sagrada Familia de Nazaret
y cuya
fuente primera es la Santísima Trinidad.
Este mismo
espíritu eleva y transforma los vínculos
que Dios ha
dispuesto que haya en la familia natural
para que
ésta realice su vida en común y su misión educadora.
(Constituciones, 11)
Se
habrá notado que para mostrar de forma concreta en
qué consiste el “espíritu de familia” las
Constituciones acuden a la “familia natural”. Y lo
hacen desde el punto de vista de las relaciones
personales existentes entre sus miembros. En la
familia los lazos vitales (paternidad, maternidad,
fraternidad, etc.), de hecho puramente biológico,
pasan a ser relaciones entre personas y elementos
educativos de primera importancia. La familia se
configura así como un ámbito fundamental de
comunicación humana donde se transmite y se recibe
la vida, y cuya esencia última es el amor. Aparece
así toda la amplitud de esa “experiencia de vida”
que tiene su realización más plena en la Sagrada
Familia, imagen viva de la Trinidad, y que Dios ha
colocado ya desde el principio en la familia
natural. La comunidad de los Hermanos está llamada a
formar esa “nueva familia” (Lc 8, 21), unida por los
lazos del amor y abierta a todos, que Jesús ha
venido a reunir con su palabra y a crear mediante su
muerte y resurrección”. (Cf. Comentario de las
Constituciones)
2.3 La interacción escuela-familia-parroquia.
La expresión más característica de la espiritualidad
que tiene su origen en el Hno. Gabriel, en el ámbito
de las actividades, es la interacción entre escuela,
familia e iglesia local. Es lo que él había vivido
en Belleydoux en un ambiente de “cristiandad”, donde
comunidad humana y comunidad cristiana se
superponían y casi se identificaban. El informe que
el párroco de Belleydoux
José Rey
presenta en 1804 comienza con estas palabras: “Católicos
en mi parroquia, alrededor de 900. Todos los
habitantes son católicos. Todos frecuentan los
sacramentos y asisten a los oficios” (En Hno. Enzo Biemmi: El desafío de un
religioso laico: el Hno. Gabriel Taborin, cap.
II). Situar las actividades de la misión educadora y
evangelizadora en la comunidad humana y cristiana no
es sólo un rasgo ejemplar sino que constituye un
aspecto esencial y original del carisma del Hno.
Gabriel en el aspecto operativo.
Cuando intentó fundar una congregación religiosa de
Hermanos le asigna esta misión : “La Sociedad de la Sagrada Familia tendrá como finalidad toda clase de
buenas obras. El objetivo principal será ayudar a
los Sres. curas de los pueblos y de la ciudad como
maestros de las escuelas parroquiales, ayudantes del
culto, catequistas, cantores y sacristanes. Podrán
también acudir, en caso de necesidad y a petición de
las autoridades, a los hospitales para cuidar a los
enfermos y a las cárceles para atender a los
detenidos”.
(Constituciones de 1836, art. IV).
A medida que iba avanzando el siglo XIX, se hacía
cada vez más difícil mantener la unidad inicial: una
escuela en una parroquia. El desarrollo del sistema
educativo y la evolución de la sociedad exigía
distinta organización. La enseñanza absorbía la
totalidad de la actividad de algunos Hermano, sobre
todo, los directores de las escuelas en las
poblaciones más grandes y también las sacristías de
las grandes ciudades pedían nuevas competencia y
personal especializado. Aún así, siempre se mantuvo
en tiempos del Hno. Gabriel esa cercanía y relación
intensa, aunque a veces difícil, entre la actividad
docente en la escuela y la actividad de ayuda a las
actividades parroquiales (canto, liturgia,
catequesis).
Entre los innumerables testimonios de ese proyecto
de interacción seleccionamos el que ofrece el libro
Camino de la Santificación, que el Hno.
Gabriel publicó en 1843. Dice en la introducción
“Por mi posición y mis relaciones cotidianas con las
escuelas, las iglesias y las familias, he podido
percibir cuál sería la utilidad de poner en manos de
la juventud cristiana, especialmente de la juventud
de las zonas rurales, un libro económico, que a su
vez pueda servir en las escuelas, en las iglesias y
en el seno de las familias, constituyendo la entera
biblioteca religiosa de las más pobres... Conozco
gran número de parroquias, en las que los sacerdotes
han introducido el encomiable hábito de hacer cantar
a todos los fieles en la iglesia; nada puede ser más
edificante. Este libro podrá servir para esa
finalidad; los niños que lo tuvieren, aprenderán a
leer en latín en la escuela, y podrán cantar
entonces con mayor facilidad en la iglesia,
siguiendo los principios que sus maestros habrán
tenido el cuidado de inculcarles... Quiera Dios que
esta obra produzca frutos de salvación, que se
difunda en el seno de las familias, que atraiga
muchas almas al servicio de Dios, ganando tantas
para su causa como las que los malos ejemplos y los
malos libros llevan a perderse cada día. Que el
Señor se digne bendecir este libro y mostrar él
mismo a los hombres el Camino de la santificación, y
llene de gracias a aquellos que lo lean y lo tengan
en sus hogares”. (Hno. Gabriel Taborin El
camino de la Santificación, Introducción). Como
puede verse el Hno. Gabriel pretende establecer con
su libro una relación entre la escuela, donde el
niño aprende, la familia, donde el niño vive y la
iglesia, donde el niño celebra su fe.
En último término se percibe el proyecto de realizar
en ámbitos cada vez más extensos esa red de
relaciones que se encuentra en el núcleo familiar y
que permite el crecimiento de las personas en todas
sus dimensiones. Cuando el Hno. Gabriel habla de las
actividades de los Hermanos las presenta como
“funciones públicas”, sociales podríamos decir.
3. La incidencia de la espiritualidad del Hno.
Gabriel en nuestras familias y en nuestras escuelas
hoy
Somos conscientes de la distancia, no solo
cronológica, sino sobre todo de la producida por la
evolución de la sociedad y de la Iglesia en los
doscientos años que nos separan del Hno. Gabriel. Su
experiencia de vida y sus enseñanzas pueden, sin
embargo, ser un estímulo de vida para nosotros hoy.
El Instituto que él fundó y las personas y grupos
que lo tienen como referencia han vivido y
transmitido sus convicciones a lo largo de la
historia nos ayudan a establecer un vínculo con su
persona.
3.1 Familias y escuelas abiertas que acogen la
diversidad.
Tanto la familia en cuanto ámbito donde se acoge y
se transmite la vida humana, como la escuela en
cuanto lugar de educación y de humanización, se ven
confrontadas siempre a la tensión existente entre el
esfuerzo por mantener su propia identidad (y su
intimidad en el caso de la familia) y el de abriese
hacia otras realidades.
La experiencia del Hno. Gabriel nos ha presentado
una familia que acoge en su casa un oratorio y una
escuela, una casa por donde a lo largo de los años,
al lado del núcleo familiar, va pasando mucha gente.
En este comienzo del siglo XXI son muchos los
desafíos que se presentan a nuestras familias y a
nuestras escuelas, pero seguramente uno de los
principales es su capacidad de adaptación a una
sociedad y a una cultura en rápida evolución. Muchos
desearían que la familia quedara relegada únicamente
al ámbito de lo privado y muchos también acentúan el
calificativo de “privada”, cuando se trata de
calificar la escuela no estatal, como si no
desempeñara también ella un servicio público.
Nuestras familias y nuestras escuelas deben se hoy
“abiertas”, “dialogales”, “situadas” en su
territorio y en el mundo de las relaciones humanas,
sociales y culturales. Cada una en su nivel, la
familia y la escuela son “sujetos sociales” y por lo
tanto portadoras de valores y sujetos de derechos y
de deberes.
La familia intenta aportar a la sociedad, entre
otros muchos valores, una respuesta a esa necesidad
que toda persona tiene de afecto estable y de
relación íntima y profunda que le hace posible
reconocerse a sí misma como un ser único y amado por
lo que es. En la familia cada persona, antes de
tener un rol, tiene un rostro. (Entre paréntesis
diremos que si nos hemos reunido en Turín esta vez
ha sido también para ver el rostro de Alguien que,
aunque luego desfigurado por el sufrimiento, se
había forma en el seno de una Familia).
La escuela, además de transmitirle los saberes,
ayuda a la persona desde los primeros años a abrirse
a un ámbito de relaciones cada vez más extenso,
haciendo de mediadora entre la familia y la
sociedad.
Una de las exigencias (tanto para las familias como
para las escuelas) de las sociedades actuales,
caracterizadas por los flujos migratorios y por la
inteculturalidad, es la acogida e integración de la
diversidad. Familias y escuelas tienen de por sí una
buena experiencia de acogida de la diversidad, pues
a ellas llegar periódicamente nuevas personas (cada
nuevo nacimiento en la familia, cada nuevo curso en
la escuela). Hoy se les pide dar un paso más en esa
misma experiencia.
Pero para saber vivir la acogida y la integración
de la diversidad (hoy también la diversidad
étnica, cultural, religiosa) hay que situarse en la
“lógica del don”: estar dispuestos a dar y estar
dispuestos a recibir, de manera que el
enriquecimiento sea mutuo.
Sobre la “lógica del don” hay una reflexión
importante de Benedicto XVI en su encíclica
Caritas in veritate. Dice así: “Hemos
de precisar, por un lado, que la lógica del
don no excluye la justicia ni se yuxtapone a ella
como un añadido externo en un segundo momento y, por
otro, que el desarrollo económico, social y político
necesita, si quiere ser auténticamente humano, dar
espacio al principio
de gratuidad como
expresión de fraternidad” (CVI 34).
Ese espacio de gratuidad es imprescindible para
mantener la frescura y originalidad del don, dejar
que despliegue todo su dinamismo y sea
auténticamente humano.
3.2 Familias y escuelas que cultivan la dimensión
espiritual.
La espiritualidad no es un sobreañadido a la vida
humana, sino la perspectiva que ayuda a comprenderla
en todas sus dimensiones y ofrece los medios para
realizarla en plenitud.
El Hno. Gabriel propone acercarse a la familia
constituida por Jesús, María y José en Nazaret y
“entrar bajo su humilde techo” para inspirarse en la
construcción de una comunidad que sea comunión de
personas (como grupo humano, familiar, escolar,
social), teniendo como referencia última en la
Trinidad divina.
Esta espiritualidad ayuda en primer lugar a tomar
conciencia de la propia realidad para que no se
quede en vagas afirmaciones de principios.
La familia y la escuela cristianas deben tomar
conciencia de sí mismas y de su función en la
sociedad y en la Iglesia. La autoestima y el darse
en cada momento razones para ser y para existir son
el fundamento para asumir las propias
responsabilidades y para exigir y defender los
propios derechos.
En cuanto realidad humana: “La familia es el
elemento natural y fundamental de la sociedad y
tiene derecho a la protección de la sociedad y del
estado”. “Los padres tendrán derecho preferente a
escoger el tipo de educación que habrá de darse a
sus hijos” (Declaración universal de los derechos
humanos art. 16.3 y 26.3).
En cuanto realidad eclesial: El Concilio Vaticano II
(Lumen Gentium 11) volvió a tomar la antigua
expresión de “iglesia doméstica” para expresar la
identidad y misión de la familia. Esa
expresión corresponde a otra empleada por el mismo
Concilio para designar a la Iglesia como “casa
de Dios (1Tim., 3,15), en que habita su
"familia" (Lumen Gentium 6). Esas
expresiones ayudan a pasar de una concepción
“institucionalista” a otra en la que ambas, la
familia y la Iglesia, aparecen en primer término
como convocación y comunión de personas.
Lo mismo puede decirse de la escuela cristiana.
“Esta escuela tiene, por un lado una «estructura
civil» con metas, métodos y características comunes
a cualquier otra institución escolar. Y, por otro,
se presenta también como «comunidad cristiana»,
teniendo en su base un proyecto educativo cristiano
cuya raíz está en Cristo y en su Evangelio” (Dimensión
religiosa de la educación en la escuela católica,
67)
Pero la espiritualidad no se contenta con ese primer
paso de toma de conciencia de la propia realidad e
identidad, propone también un camino con varias
etapas de maduración para llegar a la plenitud. Ese
camino, como bien sabemos todos por experiencia
propia, no es rectilíneo ni para las personas ni
para los grupos: conoce momentos de tensión y de
crisis, de avances y de retrocesos, de nuevos
comienzos y de posibilidades insospechadas.
En la familia como en la escuela se viven con
frecuencia lo que algunos llaman “pasos
iniciáticos”: el nacimiento y la muerte en los
extremos, pero también los aniversarios familiares y
sociales, los pasos de un curso al otro o de un
ciclo de enseñanza al otro. Son momentos importantes
para la vida humana que hay que saber acompañar para
que se constituyan en elementos de verdadero
crecimiento tanto para los protagonistas como para
quienes están a su lado.
Desde el punto de vista cristiano, la Iglesia ve en
los sacramentos (algunos de los cuales se llaman
significativamente “de iniciación”) un
acompañamiento dispuesto para que la acción divina
se haga presente en la existencia humana
constantemente, pero de manera especial en los
momentos clave. “Los siete sacramentos corresponden
a todas las etapas y todos los momentos importantes
de la vida del cristiano: dan nacimiento y
crecimiento, curación y misión a la vida de fe de
los cristianos. Hay aquí una cierta semejanza entre
las etapas de la vida natural y las etapas de la
vida espiritual”. (Catecismo de la Iglesia
Católica, 1210).
La espiritualidad SA-FA lleva a vivir con mayor
intensidad la relación de los Sacramentos con el
misterio de la Encarnación, a la valoración de su
inserción en la vida cotidiana del cristiano y a
vivir la “sacramentalidad” de los pequeños gestos de
la vida. (Manual de espiritualidad)
Saber vivir y acompañar la gradualidad es un
elemento educativo fundamental en todos los órdenes.
Es también el mejor medio de prevenir las crisis y
rupturas.
3.3 Familias y escuelas que actúan en red.
La cultura llamada postmoderna en la que nos movemos
ha pasado de colocar en primer termino lo racional
para valorar más lo relacional.
La intuición carismática del Hno. Gabriel de
armonizar y unir las actividades de carácter
educativo y social, como es la educación en la
escuela, y las de carácter religioso, como son la
catequesis y la animación litúrgica, le abrieron un
camino para situar su acción personal primero y la
de los Hermanos después en una red de relaciones, en
su doble vertiente eclesial y social, que ponían en
juego las principales instituciones locales:
escuela, familia y parroquia.
La dinámica interna de la familia y de la escuela
llevan ya a la interacción. En estos microespacios
sociales cada miembro y cada grupo tiene un papel
con respecto a los otros. Y todos sabemos que muchas
veces de la buena salud de esas conexiones depende
la transmisión de los contenidos educativos que se
pretende transmitir. Es, pues, importante vivir en
armonía esa dinámica interna a la familia y a la
escuela para pretender establecer contactos con
otras realidades sociales o eclesiales del mismo o
de diferente nivel.
La Iglesia ha propiciado siempre el asociacionismo
familiar. En la “Carta de los derechos de la
Familia” art. 8 se reconoce explícitamente que “Las
familias tienen derecho a crear asociaciones con
otras familias e instituciones con el fin de llevar
a cabo el papel propio de la familia de manera
apropiada y eficaz, y para proteger los derechos,
promover el bien y representar el interés de las
familias”. Naturalmente se pide que ese derecho de
asociación sea reconocido también por el Estado.
Un espacio importante de socialización para las
familias es la escuela. No solo para cumplir su
tarea educativa, sino también, y cada vez más, para
entrar en relación con otras realidades sociales y
eclesiales y para canalizar actividades de
solidaridad y de ayuda en favor de otras familias o
personas, cercanas o lejanas.
Pero la situación de precariedad y de
desestructuración de muchas familias y el
individualismo que es una de las marcas de la
sociedad actual, lleva hoy a llamar la atención
sobre un aspecto muy importante de la comunicación y
de la relación que es la mediación.
Evidentemente no hablamos aquí de “mediación” en el
sentido profesional del término (aunque no está
excluido) sino de ese saberse colocar “entre” el uno
y el otro para que una persona o un grupo se
expresen, no solo en los momentos de conflicto sino
en cualquier circunstancia.
Saber vivir la mediación es crear lugares y
tiempos de encuentro para los demás; es mantenerse a
la vez independientes e implicados en los procesos
de acercamiento y de diálogo; es, sobre todo, saber
escuchar. Y la escucha nos pide en primer lugar
silencio y serenidad interior, despojarnos de
nosotros mismos para hacernos presente al otro y
prestarle verdadera atención. Se trata, en efecto,
de crear una “receptividad activa” (Paul Ricoeur),
hasta llegar a eclipsarse y crear un vacío donde
pueda nacer un nuevo vínculo entre las partes. En la
tradición hebrea se dice que Dios creó el mundo
retirándose para que pudiera existir. Es lo que
expresa el poeta Hölderlin diciendo: “Dios creó el
mundo como los océanos han creado los continentes:
retirándose”.
Pero la mediación tiene también un aspecto
constructivo. Es el sentido de toda la actividad
desplegada para establecer (a veces restablecer) y
reforzar los vínculos entre personas y grupos, para
mantener vivas las asociaciones, para establecer
conexiones allí donde todavía no existen.
Para el cristiano saber vivir la mediación es hacer
una verdadera obra de comunión, es colocarse allí
donde el Espíritu Santo actúa para crear “espíritu
de familia”.
Conclusión
Para terminar desearía hacer una invitación a la
esperanza. Alguna vez hemos dicho o hemos oído
decir: “Esta casa, esta familia es un infierno”. La
misma expresión podría aplicarse a una comunidad, a
una escuela o a cualquier otro grupo cuando se
deterioran o se rompen los lazos entre las personas,
cuando se siente el frío de la distancia o de la
ausencia y se llega a situaciones que bien pueden
calificarse de “infernales”.
Pero el cristiano no puede resignarse a tales
situaciones. Aun sin llegar a tales extremos, la
esperanza cristiana lleva siempre a dar nuevas
oportunidades a las personas e instituciones (es la
forma más simpática de vivir el perdón) y a confiar
en la gracia de Dios. Tener esperanza es un gran
acto de fe y de amor.
Un buen ejemplo de esta esperanza activa y
comprometida que empieza a construir el Reino de
Dios ya desde esta tierra lo tenemos en la ciudad de
Turín, donde nos encontramos. San José Benito
Cottolengo (1786 – 1842, fiesta el 30 de abril) creó
aquí un hospital destinado a acoger toda clase de
enfermos, confiando sólo en la divina Providencia.
La “Piccola Casa”, como él la llamó se extendió
hasta ocupar una entera manzana y acoger actualmente
más de 500 enfermos. Pero lo más importante es que
en esa “ciudad del sufrimiento” el Cottolengo quiso
introducir un espíritu tal que por el trato dado a
los enfermes fuera ya una anticipación del cielo,
una “brutta copia del Paradiso” (borrador del
Paraíso), decía él.
Algo parecido es lo que dice el Hno. Gabriel cuando
presenta el resultado de lo que él llamaba “espíritu
de cuerpo y de familia” en una comunidad
(naturalmente aplicable también a un centro escolar
o a una familia). “Lo que es de uno pertenece a todos y dejan de tener sentido las palabras
"mío" y "tuyo"; cada uno se considera menos que los
otros y Dios reina sobre todos; se entregan a los
cometidos más humildes y penosos y rivalizan por ser
el más humilde, el más caritativo y el que más
trabaje por Dios y la Comunidad; no temen tanto ser
ellos atacados como que lo sea su Congregación, que
es lo que más estiman, después de Dios, y de cuyos
intereses se ocupan constantemente; finalmente, la
Regla y los superiores reciben de ellos el debido
aprecio; obedecen, practican la pobreza y
contribuyen, en la medida de lo posible, a la
alegría de sus Superiores y de sus Hermanos; en una
Comunidad así se encuentran la paz, la satisfacción
y todas las virtudes”
(Circular 21, 1864). Esta es otra anticipación del
Paraíso.
Hno. Teodoro
Berzal
Belley 2010
INDICACIONES
PARA LA REFLEXION Y PARA EL DIALOGO
(cada grupo
elige la opción familia o la opción escuela)
a) Elaborar tres propuestas para (en una
familia/en una escuela):
- vivir la acogida y la
integración de la diversidad
1)
...............................................................................................................................................
2).............................................................................................................................................
3)............................................................................................................................................
- vivir y acompañar la gradualidad
1)........................................................................................................................................
2).........................................................................................................................................
3).........................................................................................................................................
- vivir y realizar la mediación
1)........................................................................................................................................
2).......................................................................................................................................
3).......................................................................................................................................
b) Continuar y completar el texto del Hermano
Gabriel Taborin sobre el “espíritu de familia”
con expresiones propias de una familia/de una
escuela (él empleaba expresiones propias de una
comunidad religiosa)
“El espíritu de cuerpo y de familia....
Nace de la caridad y, en consecuencia, de Dios
que es la caridad misma. Todos los miembros que
componen una Congregación (una familia/una
escuela) en la que, de verdad, exista este
espíritu
.
Carta del P. Juan Pedro Mermillod, párroco
de Belleydoux, al Hno. Gabriel Taborin,
10/04/1837.
|
|
Una
mirada, lo que significa “ser Hombre” desde Nazaret
Mercedes Guerrero, Tandil (Argentina)
Ha de entenderse al hombre como un ser esencialmente
religioso,
relacional puesto que su nota distintiva es la
socialidad pensada como relación de igualdad.
Esa religiosidad o modo de relacionarse en cuanto
parte esencial de su condición, signa su existencia
de un modo determinado.
Esa socialidad del hombre es un aspecto del ser
social de Dios, Uno y Trino,
comunidad interpersonal que es Padre, Hijo y E.S. y
de la cual Nazaret es reflejo.
Así el hombre desde la espiritualidad nazarena se
concibe en sentido de familia, de comunidad.
La existencia del hombre a la luz de Nazaret, no es
cualquier existencia, sino una vivida desde la
autocreación, comunicación, adhesión como proyecto
que se realiza en relación con los otros y se
verifica en el “tu” humano y por ende hermano. Es
encontrarse, descubrir, abrirse, donarse.
La libertad como elección de ese modo de ser y
estar en el mundo, porque es libre quien se posee
a si mismo, y se posee a si mismo quien se da.
Esta
apertura al mundo y al otro colma el anhelo de
plenitud del hombre, que en su condición de tal
busca a Dios. Esa relación con El se ve mediatizada
por los otros
y se da en el mundo.
Mundo que a la luz de Nazaret, percibe como a su
“casa” viviendo allí la reciprocidad en comunión, la
apertura radical al otro con el que comparte los
avatares de una historia común. Y ello supone una
actitud de disponibilidad.
Tal experiencia vital se va construyendo de manera
situada, en contacto con la realidad.
Es por eso que Nazaret es oferta de sentido para la
existencia humana, en tanto camino de respuesta a
las preguntas que son inherentes a la condición de
hombre y que hoy por hoy se plantean con mas fuerza
a causa del desencanto del mundo. Estas tienen que
ver con: la felicidad, el sentido de la existencia,
la trascendencia.
Las respuestas desde Nazaret desinstalan: una
Felicidad construida desde el vaciamiento
de sí (la donación) y no a costa de otros.
La búsqueda de sentido da identidad al hombre y no
cualquier identidad, sino una que ha de buscarse
desde el sistema de relaciones en el que se halla
inmerso. Y desde Nazaret resignificar el sentido de
la existencia humana.
Esto implica un modo de trascendencia, vista como
dinamismo que impulsa a salir de sí mismo
entendiendo que en el otro semejante está la
complementariedad del propio ser, porque cada uno
llega a ser él mismo en comunión con el otro.
Relación que se da con el otro humano y con el Otro
divino. Ser hombre implica una ilimitada
posibilidad de “ser” que se va realizando en la
historia nunca de manera acabada pero acercándose a
la plenitud, porque lo mueve la esperanza.
Porque Dios se revela en la historia y se encarna en
Nazaret a favor del hombre para que este pueda
alcanzar lo más auténtico de sí mismo.
Una espiritualidad que desemboca en una opción
creyente por y desde la solidaridad, en un nuevo
horizonte que mirando a Nazaret permite el
encuentro amoroso, devela el sentido profundo de a
vida, y permite comprender y realizar lo plenamente
humano.
Nazaret como escuela de humanidad
en cuanto testigo de la Encarnación que contemplo y
vivió lo humilde, lo abnegado, la libre obediencia,
la entrega, la justicia, y sobre todo humano y por
ende cristiano.
El primer aspecto a resaltar ha de ser la
fraternidad el poder ver en cada ser humano a mi
hermano, extendiendo así los límites de la
proximidad que por caridad (charis, amor ágape) y
gratuidad forman un entramado de relaciones,
libertad de comuniones, de comunidad porque el amor
se construye con libertad y la libertad con
solidaridad. Ser y estar en el mundo, como una
forma de darse, mostrarse, donarse desde Nazaret.
Porque “ser
hombre” a la luz de Nazaret implica ser un
determinado tipo de hombre, uno que acepte su
vocación
como tal, la misión
que de esta se desprenda y se entregue
a la misma por la construcción del Reino.
La impronta de Dios en él (la Imago Dei) es
trinitaria, dialogo intratrinitario que
excede los muros de la Trinidad y llega al
hombre interpelándolo y constituyendo una
especie de simbiosis dialógica reciproca.
Así como
Jesús
aprendió de sus padres a ver con los ojos y
con el corazón la realidad, esa realidad
sencilla, cotidiana, llena de rostros
humanos, de necesidades.
Vocación, llamado: algunos relatos
atestiguan el discernimiento que debió hacer
Jesús cuando sintió el llamado
Mt: 4, 1, Mc: 1,12-13.
Toda la vida de Jesús fue de entrega
Mt:4,12.17 Mc.1,14.15 Lc.:4, 14 Mc, 1, 28 Lc,
4,33.
Entrega,
aceptación Mt: 26,36-39, Mc:14,32-39, Lc:22,40-46,
|
|