COLABORACIONES

 
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El Centro de Espiritualidad había propuesto a sus miembros, y en general a todos los que comparten la espiritualidad del Instituto de los Hermanos de la Sagrada Familia, una reflexión sobre la Palabra de Dios en estos meses de preparación al sínodo de los obispos. Concretamente se preguntaba cuáles son los textos de la Sagrada Escritura que tocan más de cerca a nuestra espiritualidad nazarena. He aquí el aporte de uno de los miembros del grupo de colaboradores.


Textos de la Sagrada Escritura que tocan más de cerca

a nuestra espiritualidad nazarena.

Por Mónica Martínez de Colombano

  Los pasajes de la Palabra de Dios donde más tocan la espiritualidad nazarena los veo más en los 4 evangelios donde se relatan específicamente la vida de Jesús. Si bien toda la Palabra de Dios es muy rica y valiosa es en los evangelios donde vemos a Jesús con su familia, la relación con su madre, con sus hermanos. Haciendo un seguimiento de su vida, la primera vez que Jesús demuestra su vocación, su sabiduría, la claridad que sentía de cuál era su misión fue cuando es encontrado en el templo y les responde a sus padres:“¿no sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?” Lc.2: 49.
  Podemos ver también que desde su concepción Dios se insertó en una familia, donde esta la base de toda la procreación de la humanidad. Y toda su vida fue un permanente ejemplo, con enseñanzas y testimonio de acción y amor al prójimo permanente, de misericordia y benevolencia. Por eso nuestra espiritualidad nazarena está bien presente en la Palabra en ese Jesús-Hijo, Jesús-Padre, Jesús-hermano.

 El misterio de Nazaret, Jesús encarnado y hecho hombre, puede parecer imposible y sin embargo Jesús vino a darnos el ejemplo viviente de cómo debemos ser, cómo debemos actuar, cómo debemos vivir y para qué, en pos de qué.

 Haciendo un análisis de los evangelios vemos que los 3 primeros coinciden básicamente en ciertos aspectos fundamentales en la vida de Jesús:

 El llamado, su misión, su legado, su entrega.

 El llamado: en los relatos sobre las tentaciones de Jesús en el desierto, Mt: 4, 1, Mc: 1,12-13,  Lc: 4,1-13,  vemos cómo Jesús siente el llamado, hace su discernimiento, se ve el despertar de su conciencia divina, abre su corazón.

 Su misión: toda su vida fue de entrega hacia los demás, su vida transcurre enseñando principalmente con su testimonio de vida y también a través de parábolas, predicando, ayudando al prójimo. A modo de ejemplo  Mt:4,12.17  Mc.1,14.15  Lc.:4, 14  Mc, 1,23.28   Lc, 4,33.

 Legado: Todas las enseñanzas y el ejemplo de vida que nos mostró Jesús en su paso por el mundo nos deben servir para entender, y asumir el verdadero compromiso de todo cristiano, Jesús, Amor encarnado, vino a mostrarnos y dejarnos toda su sabiduría para nuestro bien y redención. Es el vivo ejemplo de amor desinteresado, de humildad y de misericordia infinita. Jn:3,17  Jn:13,1,20.

Entrega: la aceptación que demuestra Jesús cuando hace la oración en Getsemaní es muy movilizadora Mt: 26,36-39, Mc:14,32-39, Lc:22,40.46, porque allí se refleja claramente la parte humana y la parte divina de Jesús, como hombre no quiere pasar por ese cáliz o sea ese brutal sufrimiento, sin embargo lo acepta y dice: “pero que no se haga mi voluntad sino la tuya”, lo que además nos enseñó en la oración del padrenuestro.  

 Por eso insisto en que toda la vida ejemplar de Jesús en su paso por el mundo nos enseñan cómo debemos ser, cómo debemos actuar los cristianos, y en el caso de nuestro carisma, del misterio de Nazaret, el amor que sentimos en nuestra familia por nuestros hijos, por nuestros hermanos, por nuestros padres, es el mismo amor que tenemos que sentir por el prójimo y ese es un gran desafío.

 Y recordar siempre que es en la familia el primer lugar donde debemos evangelizar y testimoniar el amor de Cristo.

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El « espíritu  familia » con Chiara Lubich.

 Por H.Teodoro Berzal

Para que una espiritualidad se mantenga viva, es importante saber establecer conexiones con otras que le son próximas, por un motivo u otro.

Asi lo hicieron nuestro mayores viendo la relación existente entre el camino de « infancia espiritual » propuesto por Santa Teressa de Lisieux. Así lo hemos hecho recientemente subrayando la sintonía con el « hermano universal » Carlos de Foucauld, con motivo de su beatificación.

El fallecimiento de Chiara Lubich, fundadora del movimiento de los Focolares, nos da ocasión de recoger algunas de sus intuiciones espirituales muy próximas de nuestra espiritualidad.

La aventura espiritual de Chiara empieza en Loreto en 1939. Ella misma en sus notas decribe así su experiencia : « Fui invitada a un congreso de estudiantes católicos a Loreto. Según la tradición, allí se conserva, en una gran iglesia-fortaleza, la pequeña casa de la Sagrada Familia de Nazaret… Yo asisto a las conferencias como todas mis compañeras en un colegio, pero en cuanto puedo me voy corriendo allí. Me arrodillo al lado de la pared ennegrecida por la llama de las velas. Algo nuevo y divino me rodea, casi me aplasta. Con el pensamiento contemplo la vida virginal de sus tres moradores. Me digo : María debió habitar aquí. José debió trabajar al lado. El niño Jesús debió conocer estos lugares durante largos años. Estas paredes han oído su voz infantil…  Cada uno de estos pensamientos casi me oprime, se me conmueve el corazón y me brotan las lágrimas si parar. A cada pausa del congreso corro allí. El último día la iglesia se llena de jóvenes. Y un pensamiento pasa claramente por mi espíritu, que nunca se borrará en el futuro: un día una multitud de personas vírgenes te seguirá»

La vida y el proyecto de Chiara pasan por momentos exultantes y también de dificultad: el desarrollo del movimiento, su reconocimiento por la Iglesia, su apertura ecuménica e interreligiosa… Siempre con el deseo y la pasión por construir la unidad entorno a Jesús.

Y por último en su testamento espiritual titulado « Sed una familia », en el último párrafo, Chiara escribe : « El espíritu de familia está lleno de humildad, del deseo del bien de los demás; no se enorgullece. En síntesis, es la caridad verdadera y completa. En resumen, cuando tenga que despedirme de vosotros, dejaré a Jesús que os diga a través de mi: Amaos unos a otros… para que todos sean uno ».

Expresiones llenas de resonancias evangélicas, pero también sin duda para los seguidores del Hermano Gabriel Taborin con resonancias de sus expresiones sobre el espíritu de familia.

 

Belley, mayo de 2008

   

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FUNDAMENTO DE NUESTRA ESPIRITUALIDAD

Por Rosa Ramos

I. PASAJES QUE TOCAN NUESTRA ESPIRITUALIDAD, QUE LA FUNDAMENTAN.


1. El conocido himno contenido en capítulo 2 de la carta a los Filipenses
: “El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo, tomando la condición de siervo…”

 Fundamentación: En el Instituto siempre hemos tomado como pasajes claves los capítulos 1 y 2 del Evangelio según Lucas pero, dada la exégesis y conocimientos actuales, creo que debemos hacer el esfuerzo de centrar nuestra espiritualidad en pasajes menos discutidos en relación a su origen. Y este me parece un texto clave para nuestra espiritualidad de Encarnación. Nazaret y su misterio de sencillez, familia, vínculos, trabajo, etc….. tienen como base esta kenosis.

 2. Gálatas 4, 4: “Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva”

Fundamentación: Aquí tampoco Pablo dice algo acerca de la infancia de Jesús y su vida oculta en Nazet, pero remarca su encarnación, su ser hijo de mujer, y su historicidad, su entronque con el pueblo liberado por Dios y con el que hizo Alianza, su misión, etc.

 

3. Mc. 6, 3 y Mt. 13, 54ss; Lc 4, 22

Fudamentación: Los evangelios sinópticos comparten en redacción y extensión variable la visita de Jesús a Nazaret y el asombro-maravilla- estupor-incredulidad… que les provoca este carpintero cuya familia es conocida de todos. Nuevamente queda clara la encarnación y la vida familiar de Jesús durante muchos años, sus vínculos estrechos, su labor silenciosa. Allí en Nazaret aprendió mucho de lo que ahora extraña a sus vecinos, claro que la oración y comunión con el Padre le ha conferido una “autoridad” que impacta, aún cuando sus parábolas y enseñanzas no distan ni de las Escritura ni del medio semi rural bien conocido por ellos.

 

 

Los pasajes escogidos tienen más crédito a nivel exegético que los tradicionales de la infancia, y son muy fuertes en su contenido, con un claro valor para nuestra espiritualidad de encarnación.

 

 

II. LEER LA PALABRA DE DIOS A LA LUZ DEL MISTERIO DE NAZARET.

 

 Como hemos aprendido en estos últimos años, gracias a las valiosas orientaciones del Instituto, todos los pasajes del Evangelio pueden leerse iluminados por el misterio de Nazaret.

A mí particularmente me llegan como muy “nazarenas” las parábolas, en tanto que traslucen la educación de Jesús por María y José, en su ambiente familiar, en su vecindario, en sus trabajos cotidianos.

Las parábolas del reino son especialmente ilustrativas, sin duda Jesús ha visto a María leudar y amasar el pan, ha pasado horas en la cocina, ha escuchado sus inquietudes, sus conversaciones con las vecinas, ha visto y compartido con José los trabajos del campo, el cuidado de animales, el cultivo de plantas que siguen creciendo en la noche mientras sus cultivadores duermen, en la construcción de casas sólidas, etc.

A Jesús sus padres le enseñaron a mirar, a ver con los ojos y con el corazón la realidad, la realidad sencilla, cotidiana, los rostros humanos, las necesidades. Sólo con una educación así Jesús en vez de deslumbrarse por la majestuosidad del templo, pone sus ojos en  una viuda pobre.

Sin duda una mujer santa, libre, fuerte, atenta al dolor humano, como María, fue la que hizo contemplar y enseñó la compasión auténtica. Así luego Jesús se relaciona liberando, curando, tocando a los tullidos, leprosos, a las mujeres encorvadas o paralizadas, a los ciegos, sordos….

Una vida austera y de trabajo le permitió a Jesús asumir las dificultades y la incomprensión que vivió el último año de su vida.

La vida de su familia entregada alabar a Dios y atenta a la voluntad del Padre, libre para discernir la hora y los caminos a seguir, le permite a Jesús enfrentar muchas tentaciones y getsemaníes a lo largo de su vida y también en la hora de su pasión.

La atención a los detalles, tan femenina, se cuela en los evangelios al mostrarnos los gestos de Jesús, llama esto la atención siendo los evangelios escritos por varones, claro que con el aporte de sus comunidades integradas por muchas mujeres. Jesús era un hombre pleno, integral e integrado, con un desarrollo muy grande de sus ánimus y su ánima, de sus polos masculino y femenino, herencia de su vida oculta y de familia en Nazaret, y rumiada en la intimidad de la oración.

 


En síntesis, los evangelios enteros pueden leerse redescubriendo en ellos las influencias de la vida oculta de Jesús, la vida familiar y vincular de la que tanto aprendió en Nazaret, pues un hombre maduro revela su infancia y aprendizajes más tempranos en sus opciones fundamentales, y en el modo de llevarlas a la práctica.

 

 

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LOS EVANGELIOS DE LA INFANCIA DE CRISTO

MEDITACIONES

 

Presentamos una serie de meditaciones sobre la mayor parte de los pasages del Evangelio que se refieren a la infancia de Cristo y por tanto a la Sagrada Familia. Es una forma de acercarse a la Palabra de Dios desde nuestra espiritualidad.

 Hno. Teodoro Berzal

  

1  La genealogia según san Mateo (1, 1-17)

 La fidelidad de Dios

  La cadena genealógica que Mateo presenta al principio de su evangelio tiene la finalidad de insertar a Jesús en la historia de la salvación. Su ascendencia davídica apunta hacia su carácter mesiánico.

  A través de esa lista de nombres queda ante todo de manifiesto la fidelidad de Dios, quien a través de los siglos y mediante personas más o menos calificadas cumple sus promesas.  Existe también una tensión creciente que lleva la historia de la salvación hacia su plenitud y cumplimiento. Desde el principio, el evangelista toma como puntos de referencia David y Abrahan para resumir de algún modo todo el primer Testamento por lo que se refiere a la esperanza mesiánica. A David Dios había prometido un hijo que reinaría eternamente sobre su trono, con justicia y equidad (2 Sam 7, 12-16). A Abrahan una posteridad que traería una bendición universal ( Gen 12, 3). En la intención del evangelista Jesús, el Cristo, es la descendencia prometida y la realización de las promesas de Dios.

 

El camino mesiánico

  La genealogía ofrecida por Mateo es complementaria de la que ofrece Lucas. El nacimiento de Jesús de María lo convierte en verdadero hijo de David (Lucas), mientras que el matrimonio de María con José hace de Jesús el heredero legal de David (Mateo). Jesús cumple así todas las condiciones para ser el rey de Israel. Pero como sabemos por los evangelios, primero la vida escondida de Jesús en Nazaret y luego su opción fundamental en el momento de las tentaciones en el desierto lo llevaron a emprender el camino de un mesianismo despojado de toda reivindicación dinástica o política para identificarse más bien con la figura del ‘siervo de Yavé’ y adoptar las actitudes de humildad y de firmeza, de acercamiento a los más débiles y pobres  y de proclamación de la verdad, que lo llevaron a morir en la cruz.

  El discípulo de Jesús, que lee el evangelio como buena nueva y cree que Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos es invitado desde el comienzo a seguir ese mismo camino asumiendo las actitudes del Hijo de Dios hecho hombre.

 
2  La genealogia según san Lucas (3, 23 -38)

 
Remontarse hasta la fuente

  La genealogía de Jesús en el evangelio de Lucas es ascendente (contrariamente a la que presenta Mateo). Para ambos evangelistas se trata de de situar a Jesús, en la historia humana en cuanto historia de salvación en la que Dios interviene y que tiene precisamente come punto culminante la manifestación del Mesías. Pero el uno y el otro evangelistas lo hacen desde dos perspectivas diferentes. Para Mateo lo que cuenta ante todo es la escendencia davídica de Jesús. Lucas va más allá, en la línea universalista que lo caracteriza, y mediante una cadena de antepasados se remonta hasta los orígenes de la humanidad y hasta Dios mismo. En realidad Lucas opera una especie de cortocircuito en el último eslabón de la cadena, pues Dios aparece más como Padre de Jesús que como iniciador de la genealogía, teniendo en cuenta que, según la Biblia, Dios es “creador” y no padre de Adán.

 

“Hijo del hombre”, “hijo de Dios”

  Como la de cualquier persona, la genealogía de Jesús muestra su raíz humana y familiar. Si en todas las culturas es importante la transmisión genealógica como uno de los rasgos más profundos de las señas de identidad, en el pueblo judío se cargaba además con el peso de la esperanza mesiánica. En el evangelio de Lucas la genealogía, junto con el relato de la encarnación, justifica de entrada la expresión “hijo del hombre” con que Jesús amaba designarse. Pero colocada justo después del episodio del bautismo, tiende a presentarse como una confirmación de la voz venida del cielo que decía: “Este es mi hijo muy amado” en clara alusión al Salmo 2: “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy”. Tenemos así desde el principio las afirmaciones centrales sobre la identidad de Jesús.

 

Hijos en el Hijo

  Remontándose hasta Adán, el primer hombre, toda persona puede en ralidad construir una genealogía, más o menos completa, en la que Dios aparece como “Padre”. Por eso la genealogía de Jesús no es algo que se refiera a él en exclusiva, sino que de algún modo está diciendo ya que su misión será la de reconstruir la filiación divina de todos los hombres.

 

3 El anuncio a Maria: Lc 1, 26 – 38

 En su casa

  El relato de la anuncio a María del nacimiento de Jesús se caracteriza por el paralelimo y contraste con el anuncio del nacimiento de Juan Bautista hecho a Zacarías. Lo que más llama la atención en lo inmediato es el lugar donde tiene se realiza la escena. Frente a la solemnidad y sacralidad del  templo de Jerusalén está la secilla casa de la Virgen de Nazaret, lugar de la vida familiar y cotidiana, aunque en el relato evangélico no aparece explícitamente el término “casa”. Ese acercamiento al ambiente ordinario donde trascurre la vida, marca desde el comienzo el estilo de la encarnación. Como en ese momento supremo, es siempre Dios quien da el paso decisivo de acercamiento para venir al encuentro del hombre en las situaciones concretas en que cada uno se halla. De este modo, “la Palabra se hizo carne y plantó su tienda entre nosotros” (Jn. 1, 14).

 

Aquella que dijo sí

  María es ante todo aquella que dijo sí a Dios. Pero no fue una respuesta fácil la suya. En la brevedad del relato queda patente la sorpresa y turbación que le produjo el saludo del ángel y el contenido de su mensaje. En un instante de reflexión María mide las implicaciones que representa su respuesta, para su existencia personal, para su pueblo, para la humanidad... Es un momento único en el que entra en juego toda la gracia de Dios y toda la libertad humana.

  Desde ese momento de plenitud cada uno de nosotros queda interpelado para valorar y entrar en el juego de la gracia de Dios y de la llamada divina, que bajo muchas formas y en momentos sublimes o banales, se acerca a nosotros para solicitar nuestra respuesta, para pedir nuestra colaboración afin de llevar a cabo sus designios.

 

4 La vocación de José (Mt. 1, 18-25)

 Cuando Dios se manifiesta

  Como en muchos otros momentos de la historia de la salvación, el designio amoroso de Dios se manifiesta y se realiza a través de las circunstancias humanas. Los escasos datos que ofrece el evangelista son suficientes para dejar adivinar el drama que se produjo en la joven familia en formación de Nazaret después del anuncio del ángel a María. ¿Fue ella quien comunicó a José la noticia, la buena noticia? Así cabe suponerlo. Al primer momento de agradecimiento y admiración por lo que Dios había hecho en la que iba a ser su esposa, siguen los días de angustia y desconcierto para José: Pero sin duda también para María a cuya mirada no podía escapar la situación de su prometido. José sufre, pero su dolor no viene de que, ni siquiera por un instante, se haya asomado a su espíritu la menor duda acerca de la conducta de María. Toda su preocupación viene de saber cuál es el papel que él puede desempeñar en los planes de Dios, cuando éste parece haber tomado la iniciativa y actuar por su cuenta desbordando las previsiones humanas.

 

La vocación de José

  En esa situación una alternativa le atormentaba: o quedarse con María, usurpando, por así decirlo, el título de "padre",  o retirarse, tomando todas las precauciones para perjudicar lo menos posible a la que estaba a punto de ser definitivamente su mujer. En esta segunda opción, por la que José se inclina según el evangelista, el matrimonio se deshace, la perspectiva de la fundación de una familia queda desvanecida...El mensaje del cielo responde punto por punto a todas las preguntas que angustiaban a José en ese momento difícil y al mismo tiempo definen el sentido y el contenido de su vocación. Pablo VI la expresó así: "Su paternidad se expresa concretamente en haber hecho de su vida un servicio, un sacrificio al misterio de la encarnación y a la misión redentora que lleva unida; en haber usado la autoridad legal, que le correspondía como jefe de la Sagrada Familia, para vivirla como don de sí, de su vida, de su trabajo; en haber convertido su vocación humana al amor familiar en oblación sobrenatural de sí mismo, de su corazón y de sus capacidades en el amor puesto al servicio del Mesías que había germinado en su propia casa" (Alocución del 19-3-1966). La  figura de José, plenamente responsable de los suyos y abierto a las indicaciones que le vienen de lo alto, nos da a entender qué significa ser padre. Es admirable contemplar cómo Jesús, necesitado de ayuda y protección, encuentra en la familia, en el amor recíproco de María y José, los elementos imprescindibles para poder crecer y realizar su obra de salvación.

 

5  El noviazgo de María y José: Lc 1, 26 - 27

 Hacia el  matrimonio

  Al igual que en el anuncio del nacimiento de Juan Bautista, en el anuncio del de Jesús se presenta a una pareja: María y José. La relación existente entre ambos es una relación esponsal. El término empleado por Lucas designa más el matrimonio que el noviazgo; aunque no precisa, como Mateo que el acontecimiento se produjo “antes de habitar juntos” (Mt 1,18). En contraste con el anuncio a Zacarías, aquí es la mujer la que figura en primer lugar y en el puesto más relevante como destinataria del mensaje. José es presentado en su calidad de descendiente de David. De María, a diferencia de Isabel,  no se dice nada sobre su ascendencia y familia. Se diría que no importa. Lo que sí se subraya, empleando el término dos veces, es su condición de virgen. María figura en el relato como la interlocutora de Dios, quien se le manifiesta por medio del ángel. Desde el principio Dios aparece como protagonista en la relación esponsal de María y José dándole un sentido y una plenitud que va más allá de las posibilidades humanas.

 

Una familia

  Varias veces el evangelista Lucas presenta a María y José como “los padres de Jesús” (Lc 2, 27; Lc 2,41; Lc 2,43) y una vez precisando “su padre y su madre” (Lc 2,33), constituyendo por lo tanto un verdadero núcleo familiar, una familia. Las relaciones entre sus miembros son las que constituyen la familia: la relación esponsal y la relación paterno y materno-filial. “Tu padre y yo” (Lc 2, 48), dirá María hablando a Jesús. Además la familia de Jesús, José y María no vive aislada. El evangelio la presenta en relación con una familia más amplia, los parientes (Lc 1, 36), inserta en el pueblo de Nazaret y viviendo según las costumbres y avatares de cualquier familia. Sin embargo, la presencia de Jesús en su seno, ya desde el principio le da una dimensión nueva y trascendente.

  La alianza conyugal de María y José, atestiguada por los evangelios es el fundamento de la familia de Nazaret. Esa alianza fue vivida en la entrega recíproca y virginal al servicio del Verbo encarnado. Por eso recuerda a toda comunidad cristiana y en particular a la familia, que "La alianza de los esposos está integrada en la alianza de Dios con los hombres y que el auténtico amor conyugal es asumido en el amor divino" (Gaudium et Spes 48; Cf Catec. Ig. Cat 1639). "En la liturgia María es celebrada como unida a José, el hombre justo, por estrechísimo y virginal vínculo de amor. Se trata, en efecto, de los dos amores que representan conjuntamente el misterio de la Iglesia, virgen y esposa, la cual encuentra su símbolo en el matrimonio de María y de José" (Redemptoris Custos 20).

 

6  El matrimonio de María y José (Mt 1, 16ss; Lc 1, 26ss)

 Jesús nace en una familia

  La realidad del matrimonio de María y José y su profundo significado llevan a afirmar que la encarnación del Hijo de Dios comportó también su inserción en una familia humana. Como en todas las familias, "La comunión conyugal constituye el fundamento sobre el que se construye la comunión más amplia de la familia" (Familiaris Consortio 21). María y José, fieles a la Palabra de Dios, acogieron sin reservas y vivieron plenamente su vocación matrimonial poniéndola al servicio del designio de la salvación y formaron una familia para acoger al Hijo de Dios. Asumiendo en la fe su vocación de esposa y de madre, María vivirá en todas sus dimensiones su amor de mujer. Habiendo acogido María como esposa y habiendo vivido con ella en fidelidad virginal, José realizará todas las dimensiones de su amor de hombre. La presencia del Verbo encarnado en la familia de María y de José da plenitud al núcleo familiar y lo abre en todas las dimensiones.

 

Hacer familia

  Por la doble pertenencia de Jesús, el Hijos de Dios, a la familia trinitaria y a la familia de Nazaret, la Sagrada Familia se presenta de modo eminente como icono de la Trinidad e imagen de la Iglesia. Desde el punto de vista cristiano, “La familia recibe la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor, como reflejo vivo y participación real del amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo Señor por la Iglesia su esposa” (Familiaris Consortio 17) "La alianza de los esposos está integrada en la alianza de Dios con los hombres" y “el auténtico amor conyugal es asumido en el amor divino" (G.S.48) Cf Catec. Ig. Cat, 1639). Por otra parte entre las imágenes (L.G. 6) que la Iglesia actual emplea para expresar su identidad más profunda en la línea de la comunión, la de “familia de Dios” es una de las más valiosas. Y La misma Iglesia presenta a la vida consagrada “La Familia de Nazaret, como lugar que las comunidades religiosas deben frecuentar espiritualmente, porque allí se vivió de un modo admirable el Evangelio de la comunión y de la fraternidad.” ( La vida Fraterna en comunidad, 18)

 

7  A Belén para el censo: Lc 2, 1 – 5

 El mundo

  El evangelista Lucas aporta algunos datos, aunque discutibles, de la historia para situar el nacimiento de Jesús en las coordenadas de espacio y tiempo que tiene todo acontecimeinto humano. El hecho queda así enmarcado en unas dimensiones concretas y constatables, pero al mismo tiempo revela todo el alcance que tiene la aparición en la tierra del Salvador de los hombres. En efecto, ese acontecimiento es tan importante que no puede ser considerado commo uno más en la secuencia de los que componen el acontecer histórico. Como escribió Juan Pablo II, “El nacimiento de Jesús en Belén no es un hecho que se pueda relegar al pasado. En efecto, ante Él se sitúa la historia humana entera: nuestro hoy y el futuro del mundo son iluminados por su presencia.... Jesús es la verdadera novedad que supera todas las expectativas de la humanidad y así será para siempre, a través de la sucesión de las diversas épocas históricas. La encarnación del Hijo de Dios y la salvación que Él ha realizado con su muerte y resurrección son, pues, el verdadero criterio para juzgar la realidad temporal y todo proyecto encaminado a hacer la vida del hombre cada vez más humana” (Incarnationis mysterium 1).

 
La casa

  Pero ese acontecimeinto tiene también una dimensión cercana y familiar. El decreto del emperador incide de forma directa y dramática en el desarrollo de la gestación y nacimiento de Jesús. María y José son una pareja joven, en espera del primer hijo, que se ven obligados a dejar su hogar para cumplir una lay de la sociedad civil: un empadronamiento que comportaba la inscripción de las propiedades y las personas, y cuya finalidad principal era la recaudación de los impuestos. Pero el evangelista ofrece de inmediato también la dimensión religiosa del hecho, pues la ciudad a la que se dirigen es Belén, donde según la profecías debía nacer el Masías. De esta forma se pasa de la “patria histórica” de Jesús a su patria “teológica”.

 

8  El nacimiento de Jesús: Lc 2, 6-15

 En un pesebre

  La concatenación de circunstancias lleva a que Aquel que había sido anunciado como Hijo del Altísimo, tenga que ser colocado al nacer, como expresión suprema de pobreza y desamparo,  en el pesebre de un local destinado a los animales. Eso sí rodeado del afecto y los cuidados de María y de José. El relato evangélico en su sencillez se detiene aquí y quizá la meditación cristiana del texto también deba hacer lo mismo para dejar el paso a una contemplación que, como dicen algunos místicos, deje nacer el Verbo en el fondo del alma y en silencio lo adore con amor...

 
En el cielo

  Después del anuncio a María, del anuncio a José (Evangelio de Mateo), el tercer enuncio hecho por el angel tiene como destinatarios unos pastores y revela también la identidad del recién nacido: el Salvador, el Cristo, el Señor. Se trata del anuncio de una buena nueva que se produce en medio de una luz respaldeciente en la oscuridad de la noche y que debe producir una gran alegría no solo para los que la escuchan sino para todos. Son otros tanto elementos de gran simbolismo que contribuyen a realzar el contenido del mensaje: ha nacido el Salvador. Y es esa proclamación la que produce simultáneamente y en perfecta armonía la glorificación de Dios en el cielo y la paz a los hombres en la tierra.

  El evangelio de Lucas subraya el "hoy" de la salvación ya realizada en Cristo y que se hace actual en nuestra historia. Todos estamos invitados a participar personalmente con María y José, con los ángeles y los pastores, y con todos los hombres a entrar en ese maravilloso intercambio en el que Dios presenta y ofrece al hombre su misma vida y el hombre es llamado a dejarse desarmar y entrar en esa nueva luz que lo salva. En eso consiste la "gloria de Dios" que los ángeles cantan y que tiene su eco correspondiente en la "paz" de los hombres en la tierra. La manifestaci¢n de Dios y la salvaci¢n del hombre son dos aspectos de la misma realidad.

 

9  Los pastores: Lc 2, 16 – 20

 Reconocer los signos

  Los pastores habían recibido del ángel unos signos que les permitían comprobar la verdad del mensaje recibido: un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Son signos que ellos, gente sencialla y a la vez vigilante, podían comprender y comprobar, pero que de hecho los llevan a encontrar al Mesías. El contraste con las espectativas humanas es evidente. Dios se ha manifestado en la debilidad y en la fragilidad. El paso de la fe implica siempre tener suficiente sencillez y apertura como para aceptar una cierta contradicción. Como dirá san Pablo, “lo que parece insensato de parte de Dios es más sabio que los hombres” (1Co 1, 25). El mensaje más sublime es colocaco entre las manos de quienes parecían, por su condición social, menos aptos para transmitirlo, y también en eso se manifestará la gloria de Dios.

 

Transmitir el mensaje

  Los pastores son presentados como los primeros testigos de la buena nueva: han visto y anuncian lo que se les había dicho acerca del recién nacido. La verdad de los signos concretos queda iluminada y manifestada por la palabra del ángel. Es la última fase del acto de fe cuyo itinerario, como el de los pastores, va de la escucha a la admiración, de la aceptación de lo insólito a la interiorización convencida, y de la implicación personal a la transmisión a otros, como impulso que viene de dentro y como deseo de compartir con otros lo que se cree para formar una comunión de fe más amplia. Tenemos ya aquí la dinámica de todo el Evangelio.

  Como imagen personalizada de ese dinamismo evangélico, se nos presenta a María, que ha acogido e interiorizado el mensaje y ha dado al mundo el Verbo de la vida.

 

10  Los magos (Mt. 2, 1-12)

 Encontrar a Jesús

  La escena de la adoración de los magos es una de las primeras de la larga lista de los encuentros con Jesús que vemos a lo largo de todo el evangelio. En esta ocasión Mateo subraya con fuerza la paradoja de que quienes estaban más cerca y tenían todos los medios para reconocer y venerar su Mesías, no hicieron nada para verificar lo que decían las Escrituras y comprobar los rumores de la gente de Jerusalén. Mientras tanto otros venidos de lejos y confiando sólo en el brillo de una estrella llegan hasta él. Es uno de los primeros casos en que se cumple el enunciado del Canto de María “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes”, pero también muestra la forma típica de llegar a la fe por caminos que no son los establecidos oficialmente.

 

Adoración y ofrenda

  Los dos gestos característicos de los magos al entrar en la casa y reconocer en Jesús al Mesías son la adoración y la ofrenda. Adorar implica la actitud corporal de arrodillarse y de postrarse, pero igualmente la actitud interior de rendir homenaje y reconocer la grandeza de quien la persona tiene delante. En la tradición bíblica el único que merece la adoración en sentido propio es Dios. La ofrenda de dones indica el sentido de participación y de comunión. En último término quien ofrece algo está diciendo que es él mismo quien se ofrece y se pone a disposición del otro para establecer una relación de amistad. Aparte el valor simbólico que la tradición ha dado a  los dones ofrecidos por los magos está ese sentido religioso de la ofrenda y también seguramente una alusión bíblica a un texto del profeta Isaías (60, 6) en el que se presenta la afluencia de los pueblos de oriente como signo de la dimensión universal de la salvación: todos los pueblos y todas las personas están llamados a entrar en comunión con Dios.

 

11  El nombre de Jesús: Lc 2, 21- 24

 “Ieshua”, Dios salva

  Por su nacimiento, Jesús entra a formar parte del pueblo de Israel y queda soetido a la ley: “nacido de una mujer, nacido bajo la ley”, dirá san Pablo ( Gal 4,4). Y el primer precepto para el recién nacido es la circuncisión e imposición del nombre por la que entra en la Alianza de Dios con su pueblo. La atribución de un nombre tiene en la Biblia una importancia capital. Pensemos en la revelación del nombre de Dios a Moisés en el A. T.  o en la proclamación en el N.T. del título de “Señor” dado a Jesús: “el nombre que está por encima de todo nombre” (Fil 2, 9-10). Además cada nombre bíblico está cargado de un significado que revela la identidad de la persona y su misión. El de Jesús fue elegido por Dios mismo y revelado a José junto con su significado: “(María) dará a luz un hijo y a quien pondás por nombre Jesús porque salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 21). El nombre de Jesús nos dice, pues, de forma inmediata que Dios es salvador y redentor y que en él ofrece una nueva vida a todos los hombres.

 

El consagrado

  En los evangelios de la infancia, además del nombre que le fue dado a Jesús en el momento de su presentación en el templo de Jerusalén, hay varios otros que se le atribuyen y que revelan su condición divina, como hijo de Dios, hijo del Altísimo, Santo, Señor, luz de las naciones. Entre ellos está también el de “consagrado”. En reslidad el evangelista Lucas modifica el texto de los LXX que dice “Conságrame todo varón primogénito” (Ex 13,13) para atribuir directamente el calificativo de “santo” a Jesús, haciendo eco a las palabras del ángel a María: “Será llamado santo”. Que se trate de “santificación” o de “consagración”, en uno o en otro caso lo que se quiere expresar es la vinculación plena con Dios. Jesús es el santo de Dios, enteramente consagrado por él y nacido para la salvación de todos de la virgen María por la acción del Espíritu Santo.

  La presentación en el templo hace público lo que hasta ese momento era un secreto familiar y nos invita a responder con generosidad a la llamada a la santidad que hemos recibido con nuestra consagración bautismal y las otras consagraciones particulares (ordenación, matrimonio, consagración religiosa)

 

12 La presentación: Lc 2, 25- 39

 El testimonio del profeta

  Al igual que los pastores en Belén, Simeón y Ana, movidos por el Espíritu Santo, proclamn en el templo de Jesuralén quién es el niño que acaba de nacer.

  Simeón es un profeta porque Dios le ha comunicado su Espíritu y lo que dice es revelación acerca de Jesús. Se sitúa así en la línea de los otros profetas que habían anunciado la llegada del Mesías para un futuro más o menos lejano, pero él se siente conmovido porque ha tenido el privilegio de constatar su presencia. Es profeta también por los gestos que realiza: acoge a Jesús alabando a Dios como se hace con un huesped o con un amigo, con respeto y amor, y bendice a María y a José reconociendo que son ellos quienes con Jesús le ha aportado la bendición de Dios. Es profeta finalmente por el mensaje de su palabra en el que alaba a Dios por su fidelidad en el cumplimiento del plan de salvación, en el que muestra cuál será el camino de humildad y de sufrimiento del Mesías, al que será íntimamente asociada su Madre, y cuál será su misión iluminadora para todos los pueblos.

 

El testimonio de la profetisa

  La voz de la profetisa Ana se une a la del profeta. También ella se sitúa en la tradición de las mujeres movidas por el Espíritu, cumpliendo así la promesa anunciada para la época mesiánica: “En los últimos tiempos, dice Dios, derramaré mi Espíritu sobre todos: vuestros hijos e hijas profetizarán”. (Hech 2,17; Jl 3,2). Ella también es testigo de ese momento de gracia que está aconteciendo en el templo, reconoce al Mesías en el niño presentado por María y José e inmediatamente se hace su mensajera. Habla de él a quienes “esperan la liberación de Jerusalén”. Se diría que su mensaje queda limitado por la disponibilidad de los que lo acogen, mostrando que la palabra revelada debe ser escuchada y acogida para que produzca su fruto de fe y conversión.

  Simeón y Ana nos recuerdan hoy con fuerza que “Cristo, es el gran Profeta, que por el testimonio de su vida y por la virtud de su palabra proclamó el Reino del Padre, y cumple su misión profética hasta la plena manifestación de la gloria, no sólo a través de la jerarquía, que enseña en su nombre y con su potestad, sino también por medio de los laicos, a quienes por ello, constituye en testigos y les ilumina con el sentido de la fe y la gracia de la palabra (cf. Act 2,17-18; Ap 19,10) para que la virtud del Evangelio brille en la vida cotidiana familiar y social.” (Lumen Gentium 35)

 

13 Egipto: ida y vuelta (Mt. 2, 13-21)
 

Como todas las familias

  Los evangelios presentan a la Sagrada Familia totalmente integrada en las circunstancias del tiempo y lugar en que vivía, con las dificultades y problemas de  una familia normal. Es otro de los aspectos que muestra bien a las claras el realismo de la encarnación del Hijo de Dios. A través del episodio emblemático de la huida de la persecución de Herodes, la familia de Jesús se identificaba con todos los perseguidos injustamente, con las familias que buscan casa y trabajo, con los emigrantes y los que se ven sometidos a la prueba en las condiciones normales de la vida. La huida a Egipto es ante todo la solución a una emergencia ante la que hay que actuar con realismo y competencia para evitar una catástrofe familiar. La intervención de Dios no hace sino apoyar esa lucidez humana ante el peligro.
 

Jesús recorre con su Familia el camino de liberación del Éxodo

  Pero recurriendo a la Sagrada Escritura el evangelista hace una interpretación simbólica de esta bajada y subida de Egipto. La orden dada por Dios a José por medio del ángel de ir a Egipto conlleva el cumplimiento de una palabra de Oseas. El texto del profeta suena así: "Cuando Israel era niño, lo amé y desde Egipto llamé a mi hijo" (Os 11,1). Mateo toma sólo la última parte del versículo, pero leyendo el texto profético por extenso queda claro el sentido que lo que Dios quiere de su pueblo es que repita la experiencia del Éxodo y que se convierta a él. Aplicándolo el evangelista directamente a Jesús, realiza una personificación muy significativa. Jesús encarna así a todo el pueblo elegido. Es de notar además que en casi todas las referencias bíblicas de Mateo en  estos episodios de la infancia de Jesús, aparece la palabra "hijo". En el caso presente  expresa claramente la vinculación completamente especial de Jesús con Dios.

 

14  La vida en Nazaret (Mt 2, 22ss; Lc 2, 39ss)

 El Nazareno

   La aldea de Nazaret dio a Jesús el nombre de “Nazareno”, que indicaba su lugar de origen, pero también una cierta calificación a su persona y a su mensaje, desmarcándolo desde el principio del encasillamiento religioso oficial judío. Pero además para Jesús la larga experiencia de vida en Nazaret traduce el aspecto durativo (de inculturación o de inserción, diríamos hoy) del misterio de la encarnación. "El Hijo de Dios, por su encarnación, se identificó en cierto modo con todos los hombres: trabajó con manos de hombre, reflexionó con inteligencia de hombre, actuó con voluntad humana y amó con humano corazón. Nacido de la Virgen María, es verdaderamente uno de nosotros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado" (G.S. 22). En ese ambiente de comunicación, de familiaridad, de mutua compenetración, Jesús asumió plenamente todas las posibilidades de su naturaleza humana para mejor ejercer su misión de restablecer la comunión entre los hombres, "reuniendo a los hijos de Dios que estaban dispersos" (Jn 11,52). Le Hijo de Dios, sobre todo con su vida en Nazaret “santificó las relaciones humanas, sobre todo las relaciones familiares de las que brotan las relaciones sociales, siendo voluntariamente un súbdito más de las leyes de su patria. Llevó una vida  idéntica a la de cualquier obrero de su tiempo y de su tierra" (G.S.  32)

 

Lo nazareno

   La Iglesia, iluminada por la Palabra de Dios, descubrió ya desde el principio en los acontecimientos que vivió la familia de Jesús un significado salvífico. "Toda la vida de Cristo es Revelación del Padre: sus palabras y sus obras, sus silencios y sus sufrimientos, su manera de ser y de hablar" (Catec. Ig. Cat. 516). De hecho ha habido muchos grupos cristianos que a lo largo de la historia de la Iglesia se han inspirado en el ideal de Nazaret para marcar su estilo de vida y una espiritualidad. Pesemos por ejemplo en Carlos de Foucauld, pero también en muchos otros fundadores y fundadoras de congregaciones religiosas. La humildad y sencillez de vida, la comunión y trato familiar, la pobreza e identificación con el ambiente que rodea a la comunidad, el alejamiento de toda apariencia y pretensión de reconocimiento, el silencio, el trabajo y la oración, la valoración de la vida cotidiana, son otros tantos valores que se aprenden en Nazaret y comunican a la vida cristiana una frescura y cercanía de los orígenes que la hacen atractiva en todos los tiempos y en todos los lugares. La Sagrada Familia, como lo expresaba Pablo VI, representa para todos un modelo a la vez cercano e ideal: "Nazaret nos enseña lo que es la familia, su comunión de amor, su austera sencillez y belleza, su carácter sagrado e inviolable" (Discurso en Nazaret, 5-1-1964).

 

16 La otra familia de Jesús ( Mt 12, 46 – 50; Lc 11, 28)

 La otra familia de Jesús

   Son escasos y de difícil interpretación los datos que el Nuevo Testamento nos ofrece sobre el papel que familia de Jesús tuvo durante su vida pública y después de su muerte y resurrección en la comunidad cristiana. Pero es significativo que habiendo vivido Jesús por mucho tiempo la vida familiar de Nazaret, cuando llama a sus discípulos, crea un grupo con las características de una nueva familia, la familia mesiánica, en la que Dios es Padre y todos son hermanos. La condición esencial para entrar en ella es la adhesión a su persona mediante la fe y la acogida de su palabra (Lc. 8, 19-21). La nueva familia a la que Jesús convoca muestra, al mismo tiempo, el gran valor y los límites de la institución familiar que, como las otras instituciones humanas, no puede compararse con el valor absoluto del Reino de Dios. A la nueva familia que Jesús crea todos están invitados, incluso los que parecían perdidos (Lc 14, 21-23; Mt 10,6) pero no todos responden (Lc 14, 18-20). Existe, pues, una realidad personal, la fe, que nada tiene que ver con los datos biológicos para formar parte de  esa nueva familia. Los lazos vitales creados entre los seguidores de Jesús son tan fuertes que deben superar a los de la carne y la sangre: "Y mirando a los que estaban sentados en torno a él dijo: He aquí mi madre y mis hermanos, pues aquel que realice la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre" (Mc 3, 34-35).

 

Comunión familiar

   Jesús en el evangelio nos revela el verdadero rostro de Dios y para ello emplea constantemente términos que se refieren a la familia. El uso del término “Abba” (Padre) para referirse a Dios lo sustraer del ámbito mítico-pagano y lo despoja de todo formalismo trascendente para situarlo en el ámbito de la familiaridad más íntima con la que un niño pequeño puede dirigirse a su padre. Lo mismo puede decirse del término “hijo” que Jesús emplea para autodesignarse y el de “hermano” para designar a los creyentes en todo el Nuevo Testamento. Y el Espíritu Santo es presentado siempre en el evangelio en íntima relación con el Padre y el Hijo. Esta dimensión familiar es la que da a la comunión eclesial toda su profundidad trinitaria en cuanto es la “muchedumbre reunida por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” ( Lumen Gentium 4). Es una aplicación concreta del gran principio subrayado también por Gaudium et Spes: el Hijo de Dios “reveló el amor del Padre y la excelsa vocación del hombre evocando las relaciones más comunes de la vida social y sirviéndose del lenguaje y de las imágenes de la vida diaria corriente”.

5

EL ESPÍRITU DE FAMILIA - LAS “PEQUEÑAS VIRTUDES”.

 

            En el retiro anual de los Hermanos de 1934 el Hno Esteban Baffert, Superior General, dio una serie de conferencias sobre el espíritu del Instituto. Después de decir en qué consiste el “espíritu de familia”, muestra cómo vivirlo a través de la práctica de la virtudes características del Hermano según la regla: la humildad, la sencillez, la obediencia, la unión y la entrega; y termina tratando de las llamadas “pequeñas virtudes” en relación con el espíritu de familia.

            La expresión “pequeñas virtudes” se remonta a San Francisco de Sales. En la Introducción a la vida devota parte III, cap. 2, el santo cita once pequeñas virtudes: paciencia, bondad, mortificación, humildad, obediencia, pobreza, castidad, dulzura con el prójimo, tolerancia de las imperfecciones, diligencia y santo fervor (cf. BAC 109, 127). Todas ellas son expresiones de la caridad en la vida cotidiana. Otros autores las han aplicado a la vida comunitaria. Puede verse por ejemplo, San Marcelino Champagnat en el libro "Consejos, Instrucciones, Sentencias", del Hno. Juan Bautista Furet.

            En el texto del Hno. Esteban, que presentamos a continuación, es interesante la conexión que establece con el espíritu de familia y el método que propone para la adquisición y cultivo de esas “pequeñas virtudes” resumido en dos puntos: la flexibilidad de espíritu y la delicadeza de corazón.

Aunque el texto está pensado para las comunidades religiosas de otra época, no resultará difícil leerlo hoy en un contexto comunitario, familiar o de grupo para quienes ven en Nazaret la escuela de humanidad.

 


SUMARIO:

I. La buena educación o cortesía

II. La afabilidad y la condescendencia

III. La disimulación caritativa, la indulgencia y la paciencia

IV. La ecuanimidad y la santa alegría

V. La compasión y la atención generosa

VI. Método para cultivar las “pequeñas virtudes”.

  Por poco que hayamos vivido en comunidad, seguramente habremos encontrado algunos hombres cuyo carácter parece haber sido modelado a hachazos, practican enérgicamente algunas virtudes principales,  pero no se preocupan de las virtudes que facilitan las relaciones con sus Hermanos y que hacen la vida más fraterna, más agradable.

  Un Hermano piadoso olvidará la buena educación o cortesía, y lo que sería más grave aún, no se recordará, en la práctica, que el perdón de las ofensas es la piedra angular de la caridad y de la piedad. Otro será muy activo, vale por ciento en su trabajo, pero tiene sus gustos, sus ideas, sus opiniones y jamás condesciende con los que lo rodean. Un tercero será un excelente profesor, pero el barómetro de su humor tiene saltos muy bruscos que desorientan a sus alumnos y debilitan su autoridad como maestro. Aquél será un buen administrador de los bienes temporales, pero le falta la amable solicitad hacia las personas que le están encomendadas. Este otro, en fin, tiene cualidades especiales de inteligencia  pero es poco amable…

  En las páginas que siguen trataremos de “esas pequeñas virtudes” -como las llama San Francisco de Sales- todas ellas hijas de la amable caridad, virtudes que facilitan las relaciones entre los hombres, los unen en su actividad, los armonizan en sus sentimientos, contribuyen a evitar los roces que las circunstancias de la vida pueden ocasionar.

¿Cuáles son esas “pequeñas” virtudes?

  Son la buena educación o cortesía, la afabilidad y la condescendencia, la disimulación caritativa de las faltas del prójimo y la indulgencia; la paciencia, la igualdad de carácter, la alegría religiosa; la solicitud, la compasión y la delicada atención para prestar toda clase de pequeños servicios.

  Su enunciado es largo pero tienen afinidades comunes y secretas relaciones. La práctica de una trae como consecuencia la práctica de las otras.

 

I. LA BUENA EDUCACIÓN O CORTESÍA
 

  Empecemos por la buena educación o cortesía. Estamos muy propensos a descuidarla en nuestra vida ordinaria y en la vida de familia. Parecería que para algunos sólo existe ante los extraños. Por carencia de fe, se falta con relación a los Superiores. La familiaridad de vida hace que se olvide para con los iguales; A veces, nos dispensamos de ella para con nuestros inferiores y con los alumnos, por cierto sentimiento de orgullo, puede ser inconsciente, pero muy real. Y sin embargo, cuán agradable, cuán edificante es ver a los Hermanos tratar a su Director con deferencia y respeto y ofrecerle las atenciones que exige la autoridad que ostenta. Cuán agradable es ver a los Hermanos entre sí -como decía San Pablo a  los Romanos- darse recíprocamente testimonios de honor. Cuán agradable resulta la compañía del que evita las palabras groseras y pide siempre en términos corteses; del que no finge ni pretende pasar por cortés a fuerza de política, del que sabe escuchar a su interlocutor; de quien no hay que temer a cada instantes las chispas de su humor, de sus chanzas o sus desprecios, del que en los juegos sabe ganar sin fanfarronadas y aceptar lasa derrotas sin amarguras; de quien sabe ceder a tiempo, ofrecer un buen lugar, y no se permiten tocar los objetos que son de uso de sus Hermanos. ¡Y cómo exaltar debidamente el bien que procura a las almas la cortesía de los Directores, de los Superiores y de los maestros! Es recibida casi siempre- como una muestra de la amabilidad del mismo Dios, ensancha el corazón, anima al alma, predispone al esfuerzo, abre ante quien la recibe un horizonte de alegría y esperanza. La autoridad la precisa para ejercerse con dignidad y conquistar la adhesión espontánea de los inferiores. La cortesía es un medio para obtener esa adhesión.

 

II LA AFABILIDAD Y LA CONDESCENDENCIA

 

  Aunque las cortesías regule la corrección de nuestras relaciones con el prójimo, se refiere sobre todo a los modales. Pero la cualidad que regula nuestras palabras, su tono, su amabilidad, su bondad, que nos permite repetir las palabras y las frases con paciencia tantas cuantas veces sean necesario, es la afabilidad. Más que una calidad de la palabra, la afabilidad es humildad, es la bondad del corazón que inspira confianza a nuestro interlocutor y lo anima a hablarnos sin fingir, a abrirse a nosotros sobre toldo lo que le preocupa, a aclarar con nosotros todas las dudas, de dirigirse a nosotros, en una palabra, con la certeza que siempre será perfectamente recibido y escuchado.

  El religioso, el maestro afable, no tienen ni antipatía, ni amistades particulares. A todos acoge con idéntica bondad, las importunos, los escrupulosos, los rudos, lo mismo que los que sufren y estan afligidos, a todos escuchan con la más benévola atención, a nadie reciben con menosprecio, ni trata con altanería, ni rechaza con modos altivos o prepotentes; todos reciben la palabra que ilumina y alienta, que tranquiliza y consuela.

  La afabilidad en las conversaciones es hermana de la condescendencia en las acciones de la vida común. Condescender, en descender al nivel del  humor, de los gustos de nuestros Hermanos, de nuestros alumnos cuando es conveniente; es olvidarnos de nosotros mismos y sacrificar nuestras preferencias para abrazar las de ellos, con tal que sean razonables y regulares; es practicar una virtud que puede aparentar ser pequeña pero que es una condición de paz y de unión. Uno quiere pan fresco porque sus dientes rehusan masticar; otro, pan duro porque no quiere tener indigestiones. Otro, durante un paseo quiere adoptar el paso de marcha, el otro no se siente con tal ánimo porque sus pulmones o sus piernas no son resistentes. Este se asfixia si no se halla en plena corriente de aire; aquél se resfría si todas las puertas y ventanas no están herméticamente cerradas. El de más allá, enloquece por la música y el de al lado, no puede soportarla. Este quiere jugar a la petanca, el otro a la pelota. Fulano desea conversar, zutano quiere trabajar y el de más allá ansía pasearse… ¡Qué vida de familia puede existir si cada uno no sabe sacrificar un poco sus gustos para condescender con los deseos de los demás!

  Es inútil que digamos que todos tenemos la misma vocación, la misma Regla, los mismos Superiores, los mismos Santos Patronos, es  inútil que nos dirijamos cada día al mismo Dios con las mismas plegarias y recibamos todos al mismo Dios en la mesa eucarística, si no sabemos agregar a esos contundentes motivos de unión, el último toque de perfección, tratando de unirnos con nuestros Hermanos hasta en los más mínimos detalles de la vida y condescender con su humor, con su carácter en todo lo que sea razonable, nuestra virtud de caridad fallará  por la base y no podremos gustar los encantos de la verdadera vida de familia.

 

III. LA DISIMULACIÓN CARITATIVA; LA INDULGENCIA, LA PACIENCIA

 

  Acabamos de examinar tres “pequeñas” virtudes que podemos llamar “activas”. Analicemos otras tres que podríamos calificar como “pasivas”, aunque para practicarlas exijan gran actividad interior, un gran espíritu de fe, una verdadera flexibilidad de espíritu y un corazón lleno de caridad. Son: la disimulación caritativa, la indulgencia y la paciencia.

  ¿Cuál será el objeto de la disimulación caritativa? Como su nombre lo dice, consiste en aparentar no darse cuenta de los olvidos, de la ignorancia, de los errores de nuestros Hermanos, de nuestros inferiores, y también de nuestrso Superiores. Y cuando se presenta el caso, aparentar no darse cuenta de las palabras que hieren, de maneras de actuar fastidiosas, de actos de maldad más o menos intencionados.

  Es una virtud pasiva si se quiere, pero exige, como puede verse, un gran esfuerzo para ser practicada en todas las circunstancias. Así pues cuando nuestro cargo o la caridad no piden que avisemos o corrijamos a los demás, sepamos disimular las equivocaciones del prójimo, en presencia suya y en su ausencia, mues la maledicencia con la que pretendemos hacer interesante una conversación, es un fermento de discordia, de división y uno de los venenos de la vida de familia.

  La disimulación caritativa engendra o supone otra virtud que mantiene el espíritu comunitario. Es la indulgencia, es decir, la disposición a excusar fácilmente las faltas y defectos del prójimo, a atenuarlas o a disminuirlas. Es la hermana menor da la misericordia, que Nuestro Señor designó como una de las bienaventuranzas. Y si la misericordia es una bienaventuranza, la indulgencia es al menos su comienzo. Consiste en no acusar a nadie, sino difícilmente, de mala intención, en atribuir las causas  al olvido, a la ignorancia, a la falta de previsión, a la costumbre, a las circunstancias. Consiste en estar siempre dispuestos a creer en la buena voluntad de los demás. Si uno siente frialdad hacia un Hermano se esfuerza por cancelar en seguida ese sentimiento, se esfuerza por no evitar su compañía o mantener un silencio que pueda hacer sufrir a los Hermanos de los que se tenga motivo de queja y por tanto de contrariar incluso a quines no quiere desagradar.

  La indulgencia lleva a la paciencia. La Paciencia puede ser llamada también pequeña virtud cunado se considera en ella únicamente su capacidad de producir la paz y de mantener el espíritu de familia. El artículo 252 del Directorio dice: -“Cada uno se esforzará en soportar, por amor a Dios, los defectos de los hermanos y todo lo que pueda hallar de penoso”. Tal es uno de los principales motivos de la paciencia; no sólo disimular, no solo excusar, sino soportar, sufrir sin amargura, sin resentimiento, olvidar, por así decir, lo que el carácter, el temperamento, los defectos del prójimo tienen para nosotros de molesto. Toda persona tiene mil razones para soportar a su prójimo: el amor de Dios, en primer lugar, los sufrimientos redentores de Nuestro Señor, la paciencia de Jesús con su Apóstoles, motivos a los que se agregan -para el religioso- el recuerdo de sus propios defectos, de sus propias faltas, de las múltiples gracias recibidas, el sentimiento de su debilidad  y miseria.

 

IV. LA ECUANIMIDAD: LA SANTA ALEGRÍA

 

  La paciencia da a la persona la ecuanimidad.

  El alma profundamente convencida de su miseria pone su confianza en Dios. No se exalta en las circunstancias felices como no se abate en las coyunturas adversas. Poco a poco se asienta solidamente en la ecuanimidad de carácter que tan perfectamente predispone a la afabilidad. Siempre con el rostro tranquilo, nada de loca alegría, jamás se deja llevar por arranques de brusquedad, ninguna sombra de melancolía, jamás se enorgullece, jamás se muestra cobarde ante el deber, conserva la calma fuertemente asentada en la razón y en el corazón, por la fuerza, el ánimo y la confianza en Dios.

  Tales disposiciones con apropiadas para engendrar una suave, perpetua y santa alegría; afortunada cualidad en los Superiores, maestros, ancianos y  jóvenes; miel y dulzura que la naturaleza no da espontáneamente, sino que son el fruto sabroso de las continuas luchas contra nosotros mismos.

  Afortunada alegría, que no se alimenta con opíparos banquetes, con largos pasatiempos, ni diversiones costosas; la que no brota de palabras picantes, de malignas alusiones, ni de relatos equívocos, sino que tiene la virtud de transformar agradablemente una palabra, un gesto, que anima y caldea las relaciones, las conversaciones, los recreos, que puebla los patios de palabras amables, risas francas, que divierte a los ancianos contemplando la vida exuberante de los jóvenes, que cautiva la atención de los jóvenes con los relatos de los ancianos.

  Esta santa alegría es la flor delicada de la caridad, cuyo perfume embalsama la vida, disipa los pesares, purifica el pensamiento, aleja la impureza, dispone a la piedad, hace amable la pobreza y favorece la obediencia.

 

V  LA COMPASIÓN Y LA ATENCI