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Nazaret, escuela de
humanidad
Desde
que, durante el Capítulo General, se transformó el lema de entrada “El
Hermano de la Sagrada Familia, educador de humanidad (o educador del
hombre)” en “Nazaret, escuela de humanidad”, he pensado varias veces en
ese tema y ofrezco ahora mis reflexiones.
“Humanidad” designa, en primer lugar, al conjunto de todos los hombres,
pero es sobre todo una actitud, de benevolencia, de compasión, de
atención y ayuda al otro, para que viva o recupere su dignidad de
hombre.
Aprendiendo a vivirla en la escuela de Nazaret, esa actitud adquiere
toda su profundidad cristiana: es una forma de expresar el misterio de
la encarnación del Hijo de Dios. Si Dios se hace hombre para salvar al
hombre, éste, siguiendo el mimo camino, vivirá su identidad ayudando a
los demás a serlo.
1.
Pasando por la
cultura
El humanismo
El
humanismo es una corriente de pensamiento y artística que va
estrechamente unida al Renacimiento y cuyo origen se sitúa en el siglo
XIV, en la península italiana. En Europa, fue la tendencia cultural
predominante hasta fines del siglo XVI. Luego se fue transformando y
diversificando con los cambios provocados por la evolución social e
ideológica, sobre todo al relacionarse y confrontarse con las Reformas,
primero protestante y luego católica, después del Concilio de Trento,
con los pensadores del llamado Siglo de las Luces y con la Revolución
Francesa a finales del siglo XVIII. La expresión “estudios humanísticos”
(studia humanitatis) en principio fue contrapuesta a los estudios
teológicos y escolásticos heredados de la Edad Media. Para Petrarca, uno
de los primeros humanistas, humanitas traducía el término griego
“filantropía”,
amor hacia nuestros semejantes. Pero además, para los humanistas el
término estaba unido al estudio de los autores clásicos de la antigüedad
griega y latina.
Si desde el
punto de vista artístico el humanismo supuso una vuelta al clasicismo,
como corriente de pensamiento el punto clave es el antropocentrismo.
Frente al teocentrismo medieval, el humanismo sitúa al hombre en el
centro del sistema de pensamiento y propugna una formación integral de
la persona, sobre todo a partir de los modelos clásicos. Esa nueva fe en
el hombre comporta valores importantes: confianza en razón humana y sus
posibilidades para organizar la vida en todos sus aspectos, valoración
de los bienes de la tierra, atención a las ciencias humanas. Frente al
guerrero medieval, el humanismo propone como modelos, al cortesano y al
caballero que saben emplear tanto la espada como la pluma. El humanismo
comporta ciertas actitudes características: apertura mental y
conceptual, un cierto pacifismo y anhelo de unidad, propuesta de separar
la moral y la política, la autoridad religiosa de la civil, un cierto
optimismo y confianza en el progreso, la vuelta a las fuentes y a los
textos de inspiración primigenia.
El desarrollo
de algunas de esas ideas y actitudes fue distanciando y en ocasiones
contraponiendo, sobre todo a partir del Siglo de las Luces, a la
corriente humanista del cristianismo, en particular de la Iglesia
Católica, hasta llegar al “drama del humanismo ateo”, para designarlo
con el título del famoso libro de Henri de Lubac (1944).
El humanismo
de la tradición cultural de Occidente no nos debe hacer olvidar que
existen también otros humanismos inspirados, sobre todo, por las grandes
religiones, tanto en Asia como en Africa.
El humanismo
cristiano
Pero ha
existido también un humanismo cristiano. Característica del humanismo
era la búsqueda de una espiritualidad más humana e interior, más libre y
menos atada a las prácticas externas. Encontramos su primera
manifestación en la llamada “devotio moderna”, que introduce la práctica
de la meditación y cuyo principal exponente es el conocido libro “La
Imitación de Jesucristo”. El autor que supo inicialmente aunar mejor la
filosofía humanística con el pensamiento cristiano fue Erasmo de
Rotterdam.
Como él ha
habido muchos que han creido en la posibilidad de armonizar el mensaje
cristiano con el desarrollo del hombre en todas sus dimensiones. Entre
otras muchas figuras podemos citar el el Siglo XVII a San Francisco de
Sales, que propugna una ascética cristiana compatible con las
ocupaciones y responsabilidades en el mundo. En esa misma línea está la
llamada escuela francesa de espiritualidad y las muchas congregaciones
religiosas, de hombres y de mujeres, de vida apostólica fundadas en la
época moderna, que han visto en el Evangelio la posibilidad de
plenificar a la persona humana y de transformación de la sociedad.
En ese cuadro
podemos situar también al Hno. Gabriel Taborin y al Instituto que fundó.
“La forma que el Hermano Gabriel ha dado a la “pietas”, en línea con el
Antiguo Régimen y después del acontecimiento dramático de la revolución,
ha sido la "educativa". No ha sido pues predominantemente la pobreza
material ni el sufrimiento físico lo que movió su compasión sino la
pobreza de humanidad. De algún modo él ha vivido su época y el
acontecimiento de la Revolución una "herida de humanidad" como un
acontecimiento deshumanizante. Tal deshumanización la ha tomado, sobre
todo, como pobreza cultural de las personas, en particular de la
juventud; una pobreza que pretendía querer construir al hombre, en su
dimensión personal y civil, sin el evangelio, o más aún, contra el
evangelio”. (Hno. Enzo Biemmi, “Vivir el carisma educativo del Hermano
Gabriel en un horizonte de fidelidad creativa”, conferencia al Capítulo
General de 2007).
Durante el
siglo XIX el humanismo cristiano se revitalizó, dando origen a numerosos
movimientos pedagógicos, estético-literarios, filosóficos y religiosos,
pero siempre entorno a la idea de que el hombre, creado por Dios a su
imagen y semejanza, es el centro del universo.
En el siglo XX se ha entendido más bien por
humanismo cristiano una corriente de filosofía política que defiende una
plena realización del hombre y de lo humano dentro de un marco de
principios cristianos. Entre sus principales exponentes se encuentra
Jacques Maritain, que introdujo el concepto de “humanismo integral », el
cual ha pasado, a través de Pablo VI y de Juan Pablo II, a formar parte
de la doctrina social de la Iglesia (Populorum Progressio, 1967;
Sollicitudo rei socialis, 1987).
2. Para vivir
la fe cristiana
La
nueva sensibilidad de la Iglesia para asumir todo lo humano resuena con
vigor en los textos del Concilio Vaticano II: “Los gozos y las
esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro
tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos
y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada
hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La
comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo,
son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del
Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a
todos. La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del
genero humano y de su historia” (Gaudium et Spes 1).
La Iglesia
afirma la dignidad de la persona humana tomando como puntos principales
de su enseñanza los misterios contenidos en la revelación: la creación
del hombre a imagen de Dios, la encarnación de la segunda persona de la
Trinidad para redimir al hombre herido por el pecado y la llamada a
participar en la plenitud de la vida divina.
El punto
fundamental es, pues, la encarnadión del Hijo de Dios, “misterio de la
admirable unión de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en la
única Persona del Verbo” (Catecismo 483), sin que ambas
naturalezas sean disociadas ni confundidas. Jesucristo es, pues,
verdadero Dios y verdadero hombre. Ese es el fundamento del humanismo
cristiano, porque da la clave para acercarse al misterio del hombre. “En
realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del
Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había
de venir, es decir, Cristo nuestro Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la
misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta
plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su
vocación. El que es imagen de Dios invisible (Col 1,15) es
también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la
semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él, la naturaleza
humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a
dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en
cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con
inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de
hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los
nuestros, semejantes en todo a nosotros, excepto en el pecado” (Gaudium
et Spes, 22).
3. Desde una
espiritualidad
“Estamos llamados a testimoniar que el carisma
nazareno del Hermano Gabriel es un don para la Iglesia y para la
sociedad, una oferta de humanidad y humanización a imagen del Hijo de
Dios hecho hombre, en la convicción de que “cualquiera que sigue a
Cristo, hombre perfecto, llega a ser él también hombre pleno” (GS
41). Nuestra contribución al proceso de humanización en las
distintas culturas, iluminada por el evangelio, basará su inspiración en
la escuela de Nazaret, donde la Sagrada Familia vivió el misterio de la
encarnación, y se dejó modelar por la acción del Espíritu” (PVI 2007,
Introducción).
La espiritualidad del Instituto de los Hermanos de
la Sagrada Familia tiene como punto focal el misterio de Nazaret:
misterio de humanización porque en allí Dios se hace hombre, misterio
humanizador porque a partir de él se ofrece al hombre la posibilidad de
serlo en plenitud.
A la luz del misterio de Nazaret y guiados por el
carisma del Instituto, los participantes en el Capítulo General de 2007,
han hecho una lectura de la realidad y una serie de propuestas que
tienen como hilo conductor ese afán humanizador. Veamos algunos de esos
pasajes.
Entre los problemas de la sociedad de hoy que nos
interpelan se señala, en el documento de orientación, “el
altísimo nivel de deshumanización ligado a la pérdida del valor de la
vida y del sentido de la dignidad humana, puesto de manifiesto en actos
que atentan contra la vida de inocentes, en contextos sociales de
desigualdad (de condiciones de vida y de oportunidades), en realidades
de subdesarrollo, marginación, exclusión e injusticia social, en
migraciones forzadas por motivos económicos, en el analfabetismo total o
funcional de millones de personas, vulnerabilidad de los jóvenes, la
subestimación de la mujer, el rechazo desconfiado al extranjero, la
miseria y otras diversas formas de violencia. A estas cuestiones se le
suma la problemática ecológica y del uso sostenible de los recursos
naturales”.
Cuando se trata de formular propuesta en el mismo documento, se apunta:
“a) La creación de espacios humanizadores, constructores del hombre en
la integridad de sus dimensiones y de lugares de relaciones auténticas
que ayuden a las personas a hacerse concientes de su valor y dignidad.
b) Seguir profundizando en los espacios que hoy reconocemos como
humanizadores y evangelizadores, tales como la escuela, la catequesis,
la animación litúrgica y la pastoral juvenil y familiar. Revisar
continuamente nuestra forma de vida personal, comunitaria y apostólica”.
En el PVI hay
también varias objetivos y medios en esa dirección:
- “Transmitir
el carisma del Hermano Gabriel Taborin, ofreciéndolo a la Iglesia y
al mundo como itinerario de crecimiento humano y de santidad”.
- “Los
Hermanos sentimos la necesidad de seguir siendo “educados y
educadores en humanidad” en y desde nuestra propia comunidad. La
vivencia de la consagración religiosa y nuestro desarrollo humano no
se agotan en la dimensión personal sino que alcanzan su plenitud en
la comunión fraterna y apostólica (cfr. C. 89 y 117). La comunidad
es nuestro Nazaret donde vivimos lo que más tarde hemos de predicar
(cfr. C. 7)”.
- “Continuar
con la práctica y la reflexión de los votos vividos en clave de
relación como camino para crecer en humanidad y ofrecer perspectivas
de trascendencia al hombre de hoy”.
- “Cultivar la
comunicación de vida, de fe y de acción apostólica, para que
nuestras comunidades sean “escuelas de humanidad”.
- “Los
Hermanos de la Sagrada Familia consideramos la pedagogía del
Misterio de la Encarnación, donde Jesús se humaniza para
humanizarnos, como una referencia constante de la espiritualidad de
nuestra misión. Este proceso exige constante docilidad a la acción
del Espíritu en todos los ámbitos donde nos movemos”.
Siguiendo esos mismos planteamientos, podemos formular algunas
afirmaciones que pueden ayudarnos quizá a comprender mejor los textos
capitulares:
- A lo
humano no se opone lo divino, sino lo inhumano.
El
misterio de la encarnación significa que lo humano, todo lo humano, es
asumido por Dios. Así adquiere un valor que va allá de sus propios
límites. Todas las cosas quedan en cierto modo transfiguradas porque
todas ellas son puestas en relación con lo trascendente y definitivo. En
la escuela de Nazaret se aprende que hasta lo más sencillo y humilde es
importante porque Dios puede contar con ello para realizar su gran obra
de salvación. Lo que contradice y se opone al plan divino es lo que
destruye la vida, lo que no deja crecer al hombre, todo lo que es cruel,
violento o sencillamente inhumano. “La
Iglesia afirma que el reconocimiento de Dios no se opone en modo alguno
a la dignidad humana, ya que esta dignidad tiene en el mismo Dios su
fundamento y perfección... Enseña además la Iglesia que la esperanza
escatológica no merma la importancia de las tareas temporales, sino que
más bien proporciona nuevos motivos de apoyo para su ejercicio” (GS 21)
- El
crecimiento humano y la llamada a la santidad se encuentran en el mismo
camino.
La llamada a la santidad, inscrita en
el don bautismal, no es ajena a la llamada al crecimiento propio de toda
vida humana. Ciertamente ambas cosas no se pueden confundir: se han
producido espléndidos casos de santidad en situaciones de frustración
del proceso de crecimiento humano: el más
patente es el de los mártires. Aunque quizá
para ellos ha sido el modo de llegar a una plenitud humana que no
hubiera llegado de otra forma. Esto no impide decir que la cooperación con la gracia de Dios,
ejerciendo la propia libertad, lleva a la persona a realizarse en
plenitud también humanamente. Es al menos sospechosa toda pretendida
santidad que no tiene los rasgos de una madurez humana auténtica. Por
otra parte la vida de la Sagrada Familia en Nazaret nos muestra que no
hay situaciones ajenas a un camino de santidad porque todas ellas pueden
ser tocadas por la presencia de Dios. Cuando la iglesia hace la llamada
universal a la santidad dice: “Todos los fieles cristianos, en cualquier
condición de vida, de oficio o de circunstancias, y precisamente por
medio de todo eso, se podrán santificar de día en día, con tal de
recibirlo todo con fe de la mano del Padre Celestial, con tal de
cooperar con la voluntad divina, manifestando a todos, incluso en el
servicio temporal, la caridad con que Dios amó al mundo” (LG 41)
- Las
comunidades y los centros educativos son espacios humanizadores.
El misterio de la Sagrada Familia de Nazaret es ante todo el dinamismo
de unas relaciones familiares dentro de las cuales Dios se hace presente
hasta llevar a sus miembros a crecer en plenitud, cumpliendo su misión
en favor de todos. Como allí, es el tejido de unas relaciones
auténticamente humanas lo que deja emerger en la persona su identidad
verdadera y la hace crecer. Toda relación educativa o de ayuda es una
relación personal, lo cual exige un
acercamiento personalizado al alumno no sólo para valorarlo y apoyarlo
en la evolución de su proceso de aprendizaje, sino también y para
acompañarlo en su crecimiento afectivo, en su inserción social y en su
progreso espiritual. En materia educativa
el humanismo cristiano inspirado en Nazaret propugna una visión de la
sociedad centrada en la persona humana y sus derechos, en los valores de
la justicia y de la paz, en una correcta relación entre individuo,
sociedad y Estado, respetando los principios de solidaridad y de
subsidiaridad
- Las
acciones humanitarias son una forma de expresar la fratenidad.
Para
hablar de proyectos de solidaridad a veces se emplea también la
expresión de acciones humanitarias o de ayuda humanitaria. Como esta
expresión, el “espíritu de familia” subraya el aspecto humano de la
actividad solidaria y debería contribuir a educar la mirada y el
corazón, tanto de quien realiza como de quien recibe la ayuda. Los
animadores de la solidaridad saben bien que lo más importante no es el
don en sí mismo cuanto la actitud de generosidad de quien da, porque
contribuye a hacelo madurar como persona al abrirlo hacia perspectivas
más amplias, creando relación con otras personas y otras situaciones.
Pero es igualmente importante que quien recibe lo haga de tal forma que
el don contribuya no solo a mejorar tal o cual aspecto material en su
existencia sino a enriquecerlo humanamente y a crear ámbitos de los que
todos puedan beneficiarse.
Hno. Teodoro Berzal
Belley, octubre 2007 |