CONTEMPLANDO EL PANTEÓN

H. José María Esgueva
Del Centro de Espiritualidad

      El Panteón de Roma ejerce un atractivo singular. Miles de turistas deambulan por sus alrededores intuyendo la grandeza de sus primeros días. Su aspecto exterior hoy aparece ruinoso, mostrando las heridas que le infligieron quienes le despojaron de sus valiosos ornatos para poner al día monumentos e iglesias posteriores. A pesar de todo, tiene su embeleso y la gente lo admira, contempla y elogia. ¡Qué añoranza en muchos que desearían que recuperase su grandeza primera!

     No sé porqué pero esa admiración y curiosidad que el Panteón despierta en tantos, suscita en mí el recuerdo de nuestro carisma nazareno y taboriniano al encontrar en él algunas similitudes. También él despierta admiración en cuantos lo llegan a conocer. También él ha sufrido los avatares del tiempo, y determinados "despojos" lo han hecho débil, pero sobre esta "debilidad" se ha visto el actuar de Dios. Hoy sigue despertando interés y su "débil robustez" es un interrogante para muchos que buscan un itinerario de vida inspirado en el espíritu de la Familia de Nazaret.

     Somos testigos de cómo a nuestro carisma se han acercado y se acercan muchos, y en aquellos lugares en que está implantado, sigue ofreciendo gratuitamente sus bellas "adherencias" y los modos de vivir con los que el divino Artífice lo ha enriquecido. Cual árbol magistralmente podado por el divino Jardinero, vuelve a brotar con mayor fuerza y pujanza, y hoy día en los análisis capitulares que hacemos lo vemos con el vigor y frescura que le da el ser y sentirse obra de Dios. El Hermano Gabriel sonreirá sin duda complacido al ver cómo el don que un día recibió del Padre de la Historia va, poco a poco y sin grandes alardes, abriéndose camino y encontrando el destino que desde toda la eternidad tenía previsto.

     Se pueden contar por miles las personas que han encontrado en nuestro "panteoncito", amasado en los ejemplos de la Familia de Nazaret y en los escritos del Hermano Gabriel, una riqueza bella e ilusionante para sus vidas. ¿Será porque ciertos "panteones" tienen su atractivo por la promesa de "inmortalidad" que despiertan? ¡Cuántos Hermanos de la Sagrada Familia, con la mirada puesta en Nazaret, han sido y son copia viviente de lo que su Fundador anheló!

     Partiendo de esta realidad quiero comenzar unas líneas de reflexión que me lleva a analizar nuestra Asamblea Capitular últimamente celebrada en nuestro Seminario de Valladolid, del 17 al 23 de julio del presente año.

     Me permito afirmar, ya desde el principio y sin complejos que, al echar la vista sobre aquellos días trascurridos en comunión fraterna, no es difícil descubrir la huella de "paso de Dios" entre nosotros; un paso que nos ha devuelto una vitalidad y pujanza nuevas que, entre todos, Hermanos y seglares, nos esforzábamos en descubrir.

     Parece utópico afirmar que nuestro Capítulo se encuadró dentro de unas coordenadas históricas. La presencia y colaboración de algunos seglares que, con gozo manifiesto comparten nuestras mismas inquietudes, las podemos calificar de muy valiosas. Con su peculiar lenguaje, impreciso y torpe a veces, nos han señalado unos rasgos que les gustaría ver en nosotros y en nuestras obras. Nos han manifestado el deseo de poder encontrarse con Hermanos que respiren habitualmente alegría, sencillez y entrega; "hombres de Dios", cercanos al débil y necesitado; punto de referencia para muchos; entregados y siempre dispuesto a la acogida.

     En el fondo anhelan relacionarse con unas Comunidades de Hermanos estrechamente unidas por sólidos lazos de fraternidad; marcadas por el amor recíproco; abiertas a las nuevas carencias sociales, siempre dispuestas a compartir; comprometidas en la misión que le ha sido asignada. Nos piden un mayor y renovado compromiso en la "nueva evangelización" especialmente ante los niños y jóvenes. Y, sobre todo, nos quieren que demostremos en nuestros rostros y comportamiento la "sonrisa de Dios".

     ¡Qué difícil nos resulta con tanto trajín encontrar en estos tiempos y en un mundo tan complejo caminos de fidelidad a nuestra condición de hombres consagrados! ¡Qué poco se favorece hoy un diálogo sereno y lúcido, a la luz de la fe, y cuánto sentimos su necesidad!

     En esos días, convocados y reunidos en fraternidad, hemos dado muestras de querer una auténtica renovación de vida y de estructuras institucionales; renovación que se apoya en que "allí donde el hombre es problema, para un Hermano de la Sagrada Familia el Evangelio es "llamada".

     Por esos mundos de Dios dicen que las experiencias que no se expresan, se deterioran y tienden a desaparecer. Esto nos debe impulsar a convertir nuestras Comunidades en auténticos "hogares" en los que todos se sientan a gusto, en los que tenga cabida tiempos de silencios prolongados para que, con naturalidad, brote un cara a cara con Dios y la plegaria compartida.

    Todos salimos del Capítulo con la convicción de que, los tiempos que nos toca vivir reclaman urgentemente una buena dosis de esperanza. Un importante teólogo confesó al final de sus días que la esperanza había sido "su mayor tormento". La necesitamos. Sé que cada día se hace más difícil su puesta en práctica, pero tenemos motivos para reavivarla. Este Capítulo quiso despertar esperanza, crear y favorecer esperanza. Esperanza que, cuando la poseemos, se hace una "chispita de Dios" en nosotros para cuantos con nosotros conviven.

     ¡Son dignas de tenerse en cuenta las palabras de Péguy: "Por el camino empinado, arenoso y estrecho, arrastrada y colgada de los brazos de sus dos hermanas mayores (fe y caridad), va la pequeña esperanza como un niño que no tuviera fuerzas para caminar. Pero en realidad es ella la que hace andar a las otras dos, y a las que arrastra, y la que hace andar al mundo entero, y la que lo arrastra..."

     ¡Qué presente está la esperanza en la vida de los mártires de hoy! ¡Qué impulso puede ocasionarnos para no "pasar" del sufrimiento de los demás, no caer en seguir los reclamos del consumismo, instalarse en la mediocridad, todo por evitar la cruz, signo inequívoco del actuar de Dios!

     Es la esperanza lo que en una Comunidad de consagrados hace que nadie ni nada sea ignorado, menospreciado o reprimido. Es la esperanza la que nos lleva a esta "nueva evangelización" que tanto reclaman nuestros contemporáneos y los tiempos apasionantes que vivimos, aportando nuestro singular estilo de vida.

     Nunca fue fácil la evangelización. Aquella audacia envidiable de los comienzos de la Iglesia sigue muy presente en muchos apóstoles de hoy. Aquella audacia de nuestros primeros Hermanos sigue brillando en muchas vidas de los actuales, prueba inequívoca de que el Espíritu no ceja en el empeño de enriquecernos con sus dádivas.

     Si, de verdad, creemos que es así, ¿qué sentido tiene el mirar el pasado con nostalgia? ¿Por qué afincarnos inamovibles en estructuras y modos de vivir un presente superficial? ¿Cuáles son los motivos que nos llevan a no ver el futuro con optimismo, cuando sabemos que, aunque lo desconocemos, está siendo gestado por el espíritu de Dios? En ocasiones se denuncia que sería lamentable no abrirse a nuevas urgencias por estar ocupados únicamente en conservar celosamente el "talento recibido".

     ¿Quién no agradece en el fondo la existencia del Panteón romano? Las razones y motivos pueden ser varios. El ser agradecido demuestra exquisitez de ánimo. También nosotros estamos muy agradecidos al reconocer que el Espíritu nos sigue enriqueciendo con Hermanos que aceptan el riesgo del fracaso; con Hermanos que acogen el servicio con responsabilidad alegre como actitud permanente; con Hermanos que tienen el valor de marcar prioridades, aunque son conscientes de que resulta difícil escuchar las urgencias de la misión cuando se pretende satisfacer a todo lo que se acumula.

     Es una opinión muy personal: en el momento actual pienso que son dos los campos en los que es urgente nuestra adhesión y fidelidad al Espíritu: enfrentarse al miedo a lo nuevo y a la cobardía por la dureza de la misión. Vivamos atentos, pues pueden aparecer con distintos disfraces

     Y si así fuere corremos el riesgo de perder la libertad que nos da el Espíritu para no ceder cobardemente y no asumir la cruz que necesariamente conlleva la fidelidad a Cristo, y que se traduce en el pecado de callar cuando habría que hablar y retirarse cuando se debería intervenir.

     En más de una ocasión hemos oído decir: "La Iglesia o es de los pobres o deja de ser la Iglesia ungida por el Espíritu de Cristo". Ellacuría está a la cabeza de quienes despiertan conciencias con frases similares. El contenido de la frase es de fácil aplicación. ¡Que el Señor nos acompañe en nuestro caminar!
 

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Nazaret, escuela de humanidad

 

   Desde que, durante el Capítulo General, se transformó el lema de entrada “El Hermano de la Sagrada Familia, educador de humanidad (o educador del hombre)” en “Nazaret, escuela de humanidad”, he pensado varias veces en ese tema y ofrezco ahora mis reflexiones.

   “Humanidad” designa, en primer lugar, al conjunto de todos los hombres, pero es sobre todo una actitud, de benevolencia, de compasión, de atención y ayuda al otro, para que viva o recupere su dignidad de hombre.

   Aprendiendo a vivirla en la escuela de Nazaret, esa actitud adquiere toda su profundidad cristiana: es una forma de expresar el misterio de la encarnación del Hijo de Dios. Si Dios se hace hombre para salvar al hombre, éste, siguiendo el mimo camino, vivirá su identidad ayudando a los demás a serlo.
 

1.      Pasando por la cultura 
 

   El humanismo

   El humanismo es una corriente de pensamiento y artística que va estrechamente unida al Renacimiento y cuyo origen se sitúa en el siglo XIV, en la península italiana. En Europa, fue la tendencia cultural predominante hasta fines del siglo XVI. Luego se fue transformando y diversificando con los cambios provocados por la evolución social e ideológica, sobre todo al relacionarse y confrontarse con las Reformas, primero protestante y luego católica, después del Concilio de Trento, con los pensadores del llamado Siglo de las Luces y con la Revolución Francesa a finales del siglo XVIII. La expresión “estudios humanísticos” (studia humanitatis) en principio fue contrapuesta a los estudios teológicos y escolásticos heredados de la Edad Media. Para Petrarca, uno de los primeros humanistas, humanitas  traducía el término griego “filantropía”, amor hacia nuestros semejantes. Pero además, para los humanistas el término estaba unido al estudio de los autores clásicos de la antigüedad griega y latina.

    Si desde el punto de vista artístico el humanismo supuso una vuelta al clasicismo, como corriente de pensamiento el punto clave es el antropocentrismo. Frente al teocentrismo medieval, el humanismo sitúa al hombre en el centro del sistema de pensamiento y propugna una formación integral de la persona, sobre todo a partir de los modelos clásicos. Esa nueva fe en el hombre comporta valores importantes: confianza en razón humana y sus posibilidades para organizar la vida en todos sus aspectos, valoración de los bienes de la tierra, atención a las ciencias humanas. Frente al guerrero medieval, el humanismo propone como modelos, al cortesano y al caballero que saben emplear tanto la espada como la pluma. El humanismo comporta ciertas actitudes características: apertura mental y conceptual, un cierto pacifismo y anhelo de unidad, propuesta de separar la moral y la política, la autoridad religiosa de la civil, un cierto optimismo y confianza en el progreso, la vuelta a las fuentes y a los textos de inspiración primigenia.

    El desarrollo de algunas de esas ideas y actitudes fue distanciando y en ocasiones contraponiendo, sobre todo a partir del Siglo de las Luces, a la corriente humanista del cristianismo, en particular de la Iglesia Católica, hasta llegar al “drama del humanismo ateo”, para designarlo con el título del famoso libro de Henri de Lubac (1944).

    El humanismo de la tradición cultural de Occidente no nos debe hacer olvidar que existen también otros humanismos inspirados, sobre todo, por las grandes religiones, tanto en Asia como en Africa.
 

El humanismo cristiano

    Pero ha existido también un humanismo cristiano. Característica del humanismo era la búsqueda de una espiritualidad más humana e interior, más libre y menos atada a las prácticas externas. Encontramos su primera manifestación en la llamada “devotio moderna”, que introduce la práctica de la meditación y cuyo principal exponente es el conocido libro “La Imitación de Jesucristo”. El autor que supo inicialmente aunar mejor la filosofía humanística con el pensamiento cristiano fue Erasmo de Rotterdam.

    Como él ha habido muchos que han creido en la posibilidad de armonizar el mensaje cristiano con el desarrollo del hombre en todas sus dimensiones. Entre otras muchas figuras podemos citar el el Siglo XVII a San Francisco de Sales, que propugna una ascética cristiana compatible con las ocupaciones y responsabilidades en el mundo. En esa misma línea está la llamada escuela francesa de espiritualidad y las muchas congregaciones religiosas, de hombres y de mujeres, de vida apostólica fundadas en la época moderna, que han visto en el Evangelio la posibilidad de plenificar a la persona humana y de transformación de la sociedad.

    En ese cuadro podemos situar también al Hno. Gabriel Taborin y al Instituto que fundó. “La forma que el Hermano Gabriel ha dado a la “pietas”, en línea con el Antiguo Régimen y después del acontecimiento dramático de la revolución, ha sido la "educativa". No ha sido pues predominantemente la pobreza material ni el sufrimiento físico lo que movió su compasión sino la pobreza de humanidad. De algún modo él ha vivido su época y el acontecimiento de la Revolución una "herida de humanidad" como un acontecimiento deshumanizante. Tal deshumanización la ha tomado, sobre todo, como pobreza cultural de las personas, en particular de la juventud; una pobreza  que pretendía querer construir al hombre, en su dimensión personal y civil, sin el evangelio, o más aún, contra el evangelio”. (Hno. Enzo Biemmi, “Vivir el carisma educativo del Hermano Gabriel en un horizonte de fidelidad creativa”, conferencia al Capítulo General de 2007).

    Durante el siglo XIX el humanismo cristiano se revitalizó, dando origen a numerosos movimientos pedagógicos, estético-literarios, filosóficos y religiosos, pero siempre entorno a la idea de que el hombre, creado por Dios a su imagen y semejanza, es el centro del universo.

    En el siglo XX se ha entendido más bien por humanismo cristiano una corriente de filosofía política que defiende una plena realización del hombre y de lo humano dentro de un marco de principios cristianos. Entre sus principales exponentes se encuentra Jacques Maritain, que introdujo el concepto de “humanismo integral », el cual ha pasado, a través de Pablo VI y de Juan Pablo II, a formar parte de la doctrina social de la Iglesia (Populorum Progressio, 1967; Sollicitudo rei socialis, 1987).

 

2. Para vivir la fe cristiana

     La nueva sensibilidad de la Iglesia para asumir todo lo humano resuena con vigor en los textos del Concilio Vaticano II: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del genero humano y de su historia” (Gaudium et Spes 1).

    La Iglesia afirma la dignidad de la persona humana tomando como puntos principales de su enseñanza los misterios contenidos en la revelación: la creación del hombre a imagen de Dios, la encarnación de la segunda persona de la Trinidad para redimir al hombre herido por el pecado y la llamada a participar en la plenitud de la vida divina.

    El punto fundamental es, pues, la encarnadión del Hijo de Dios, “misterio de la admirable unión de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en la única Persona del Verbo” (Catecismo 483), sin que ambas naturalezas sean disociadas ni confundidas. Jesucristo es, pues, verdadero Dios y verdadero hombre. Ese es el fundamento del humanismo cristiano, porque da la clave para acercarse al misterio del hombre. “En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. El que es imagen de Dios invisible (Col 1,15) es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejantes en todo a nosotros, excepto en el pecado” (Gaudium et Spes, 22).

 

3. Desde una espiritualidad

    “Estamos llamados a testimoniar que el carisma nazareno del Hermano Gabriel es un don para la Iglesia y para la sociedad, una oferta de humanidad y humanización a imagen del Hijo de Dios hecho hombre, en la convicción de que “cualquiera que sigue a Cristo, hombre perfecto, llega a ser él también hombre pleno” (GS 41). Nuestra contribución al proceso de humanización en las distintas culturas, iluminada por el evangelio, basará su inspiración en la escuela de Nazaret, donde la Sagrada Familia vivió el misterio de la encarnación, y se dejó modelar por la acción del Espíritu” (PVI 2007, Introducción).

   La espiritualidad del Instituto de los Hermanos de la Sagrada Familia tiene como punto focal el misterio de Nazaret: misterio de humanización porque en allí Dios se hace hombre, misterio humanizador porque a partir de él se ofrece al hombre la posibilidad de serlo en plenitud.

    A la luz del misterio de Nazaret y guiados por el carisma del Instituto, los participantes en el Capítulo General de 2007, han hecho una lectura de la realidad y una serie de propuestas que tienen como hilo conductor ese afán humanizador. Veamos algunos de esos pasajes.

   Entre los problemas de la sociedad de hoy que nos interpelan se señala, en el documento de orientación, “el altísimo nivel de deshumanización ligado a la pérdida del valor de la vida y del sentido de la dignidad humana, puesto de manifiesto en actos que atentan contra la vida de inocentes, en contextos sociales de desigualdad (de condiciones de vida y de oportunidades), en realidades de subdesarrollo, marginación, exclusión e injusticia social, en migraciones forzadas por motivos económicos, en el analfabetismo total o funcional de millones de personas, vulnerabilidad de los jóvenes, la subestimación de la mujer, el rechazo desconfiado al extranjero, la miseria y otras diversas formas de violencia. A estas cuestiones se le suma la problemática ecológica y del uso sostenible de los recursos naturales”.

    Cuando se trata de formular propuesta en el mismo documento, se apunta: “a) La creación de espacios humanizadores, constructores del hombre en la integridad de sus dimensiones y de lugares de relaciones auténticas que ayuden a las personas a hacerse concientes de su valor y dignidad. b) Seguir profundizando en los espacios que hoy reconocemos como humanizadores y evangelizadores, tales como la escuela, la catequesis, la animación litúrgica y la pastoral juvenil y familiar. Revisar continuamente nuestra forma de vida personal, comunitaria y apostólica”.

    En el PVI  hay también varias objetivos y medios en esa dirección:

- “Transmitir el carisma del Hermano Gabriel Taborin, ofreciéndolo a la Iglesia y al mundo como itinerario de crecimiento humano y de santidad”.

- “Los Hermanos sentimos la necesidad de seguir siendo “educados y educadores en humanidad” en y desde nuestra propia comunidad. La vivencia de la consagración religiosa y nuestro desarrollo humano no se agotan en la dimensión personal sino que alcanzan su plenitud en la comunión fraterna y apostólica (cfr. C. 89 y 117). La comunidad es nuestro Nazaret donde vivimos lo que más tarde hemos de predicar (cfr. C. 7)”.

- “Continuar con la práctica y la reflexión de los votos vividos en clave de relación como camino para crecer en humanidad y ofrecer perspectivas de trascendencia al hombre de hoy”.

- “Cultivar la comunicación de vida, de fe y de acción apostólica, para que nuestras comunidades sean “escuelas de humanidad”.

- “Los Hermanos de la Sagrada Familia consideramos la pedagogía del Misterio de la Encarnación, donde Jesús se humaniza para humanizarnos, como una referencia constante de la espiritualidad de nuestra misión. Este proceso exige constante docilidad a la acción del Espíritu en todos los ámbitos donde nos movemos”.

    Siguiendo esos mismos planteamientos, podemos formular algunas afirmaciones que pueden ayudarnos quizá a comprender mejor los textos capitulares:

 

- A lo humano no se opone lo divino, sino lo inhumano.

   El misterio de la encarnación significa que lo humano, todo lo humano, es asumido por Dios. Así adquiere un valor que va allá de sus propios límites. Todas las cosas quedan en cierto modo transfiguradas porque todas ellas son puestas en relación con lo trascendente y definitivo. En la escuela de Nazaret se aprende que hasta lo más sencillo y humilde es importante porque Dios puede contar con ello para realizar su gran obra de salvación. Lo que contradice y se opone al plan divino es lo que destruye la vida, lo que no deja crecer al hombre, todo lo que es cruel, violento o sencillamente inhumano. “La Iglesia afirma que el reconocimiento de Dios no se opone en modo alguno a la dignidad humana, ya que esta dignidad tiene en el mismo Dios su fundamento y perfección... Enseña además la Iglesia que la esperanza escatológica no merma la importancia de las tareas temporales, sino que más bien proporciona nuevos motivos de apoyo para su ejercicio” (GS 21)

 

- El crecimiento humano y la llamada a la santidad se encuentran en el mismo camino.

   La llamada a la santidad, inscrita en el don bautismal, no es ajena a la llamada al crecimiento propio de toda vida humana. Ciertamente ambas cosas no se pueden confundir: se han producido espléndidos casos de santidad en situaciones de frustración del proceso de crecimiento humano: el más patente es el de los mártires. Aunque quizá para ellos ha sido el modo de llegar a una plenitud humana que no hubiera llegado de otra forma. Esto no impide decir que la cooperación con la gracia de Dios, ejerciendo la propia libertad, lleva a la persona a realizarse en plenitud también humanamente. Es al menos sospechosa toda pretendida santidad que no tiene los rasgos de una madurez humana auténtica. Por otra parte la vida de la Sagrada Familia en Nazaret nos muestra que no hay situaciones ajenas a un camino de santidad porque todas ellas pueden ser tocadas por la presencia de Dios. Cuando la iglesia hace la llamada universal a la santidad dice: “Todos los fieles cristianos, en cualquier condición de vida, de oficio o de circunstancias, y precisamente por medio de todo eso, se podrán santificar de día en día, con tal de recibirlo todo con fe de la mano del Padre Celestial, con tal de cooperar con la voluntad divina, manifestando a todos, incluso en el servicio temporal, la caridad con que Dios amó al mundo” (LG 41)

 

- Las comunidades y los centros educativos son espacios humanizadores.

   El misterio de la Sagrada Familia de Nazaret es ante todo el dinamismo de unas relaciones familiares dentro de las cuales Dios se hace presente hasta llevar a sus miembros a crecer en plenitud, cumpliendo su misión en favor de todos. Como allí, es el tejido de unas relaciones auténticamente humanas lo que deja emerger en la persona su identidad verdadera y la hace crecer. Toda relación educativa o de ayuda es una relación personal, lo cual exige un acercamiento personalizado al alumno no sólo para valorarlo y apoyarlo en la evolución de su proceso de aprendizaje, sino también y para acompañarlo en su crecimiento afectivo, en su inserción social y en su progreso espiritual.  En materia educativa el humanismo cristiano inspirado en Nazaret propugna una visión de la sociedad centrada en la persona humana y sus derechos, en los valores de la justicia y de la paz, en una correcta relación entre individuo, sociedad y Estado, respetando los principios de solidaridad y de subsidiaridad

 

- Las acciones humanitarias son una forma de expresar la fratenidad.

    Para hablar de proyectos de solidaridad a veces se emplea también la expresión de acciones humanitarias o de ayuda humanitaria. Como esta expresión, el “espíritu de familia” subraya el aspecto humano de la actividad solidaria y debería contribuir a educar la mirada y el corazón, tanto de quien realiza como de quien recibe la ayuda. Los animadores de la solidaridad saben bien que lo más importante no es el don en sí mismo cuanto la actitud de generosidad de quien da, porque contribuye a hacelo madurar como persona al abrirlo hacia perspectivas más amplias, creando relación con otras personas y otras situaciones. Pero es igualmente importante que quien recibe lo haga de tal forma que el don contribuya no solo a mejorar tal o cual aspecto material en su existencia sino a enriquecerlo humanamente y a crear ámbitos de los que todos puedan beneficiarse.

 

Hno. Teodoro Berzal

Belley, octubre 2007