Queridos Herman@s en la
Fraternidad de Nazaret:
Un saludo fraterno en
este mes tan nuestro, donde recordamos la memoria viva del
Venerable Hermano Gabriel.
En Iglesia, en comunidad
fraterna, en familia, sentimos que el contenido cristiano de
la fraternidad, el sentirse herman@, revitaliza incluso los
lazos humanos de la carne y de la sangre, tan vivos en sí
mismos. Descubrimos que la fraternidad es un don, un regalo
del Padre, que necesita ser acogido. Requiere el aporte de
nuestra colaboración para que pueda ejercer su eficacia
pero, en definitiva, viene de fuera como regalo precioso.
El Venerable H. Gabriel
supo expresar su vida en fraternidad, ser sencillamente
Hermano, como fidelidad vocacional. Una vocación en y para
la fraternidad, incluso en la incomprensión de sus
contemporáneos más cualificados. Mantenía vivo el sentido de
fidelidad, de respuesta vocacional a una llamada sentida y
aceptada en el claro-oscuro, en el sueño, de la fe. “Si es
obra de Dios, seguirá adelante. Si es obra mía, caerá en el
olvido” se repetía para encontrar fuerza en el único Padre.
Entraba en Nazaret y
cobraba fuerza en el “humilde techo” donde Jesús, María y
José viven su vocación en familia, en la monotonía de la
vida diaria, donde el gesto se hace palabra, la delicadeza
resulta canción, la presencia se muestra susurro de amor.
Son treinta años de palabra silente, de gestos que gritan el
amor compartido, del milagro escondido del Dios con
nosotros. Ahí crece, aprende, acompaña, se hace nuestro, se
nos entrega Dios. Aquí, en Nazaret, viven, responden a su
vocación, siempre personal, en familia, inaugurando la
fraternidad cristiana. Gabriel se encuentra en su casa. Es
también nuestra casa. El lugar de encuentro.
Mateo y Lucas revelan a
dúo en la genealogía de Jesucristo, Lucas en el texto de la
anunciación y Mateo en el correspondiente del nacimiento de
Jesucristo, que las vocaciones personales de José, María y
Jesús son complementarias. Es Jesús quien da sentido a toda
vocación. La vocación de María, ser madre, y la de José, ser
esposo, están en función de, para poder realizar la vocación
de Jesús. Son vocaciones en familia, siempre
complementarias, cada una en su lugar, todas importantes.
Vistas desde la Pascua
adquieren un sentido fraterno. Aunque aparentemente se nos
presentan como vocaciones individuales al servicio de la
familia de Nazaret, brillan como vocaciones a la
fraternidad, a la nueva familia que Cristo inaugura, que
define como “aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la
guardan” En Nazaret es la Palabra quien convoca, quien une,
quien resalta cumplida en la sencillez de la vida familiar.
Es esta dimensión fraterna la que impacta al Venerable H.
Gabriel, pero fijándose siempre en Nazaret como familia. El
nos invita a mirar, a imitar a la Familia de Nazaret.
¡Qué importante es ver la
vocación de esposo/a, de madre, de padre, de hijo, de
hermano…, como vocación cristiana! Y como tal, abocada a la
fraternidad, vivida en el amor que se muestra natural en la
familia, recibida como regalo a aceptar en el hermano, en la
comunidad. ¡Cómo cambia la vida cuando se vive como
respuesta vocacional! El compromiso se torna derecho, la
obligación resulta ser necesidad, la atención al otro es
simple exigencia de vida, el amor es empeño existencial de
identidad. La alegría como plenitud, expresada en la
serenidad y en la sonrisa, colorea y define la vida como
característica de la personalidad.
Es Jesús quien da sentido
a la vocación de María y de José, a la familia misma de
Nazaret. El es siempre quien da sentido específico, en
cristiano, a la familia humana, a la comunidad, a la
fraternidad, a cada miembro. Es trabajo inútil construir una
fraternidad si no está Jesús en el centro. Nunca se llega a
formar una familia cristiana si falta Jesús. Tras treinta
años de vida en Nazaret, haciendo familia, dirá después:
“sin mí no podéis hacer nada” Y ciertamente, nada se puede
hacer en cristiano si Cristo está marginado.
La Fraternidad Nazarena
pretende ayudarnos a vivir estas dimensiones vocacionales
cristianas en comunidad, mirando a Nazaret, en familia, en
matrimonio como María y José. No siempre somos conscientes
de la vivencia matrimonial de la vocación cristiana. Estamos
más habituados a ver la vocación como respuesta puramente
personal, un tanto influidos por el individualismo de
nuestra sociedad. Puede que lleguemos a ver como la cosa más
natural del mundo mi respuesta en solitario, a lo sumo
contando con el asentimiento del cónyuge. Nazaret nos enseña
a vivir la vocación en matrimonio.
José habla por sus obras:
recibe a María, ya embarazada, en su casa, pone el nombre a
Jesús, recibe a los pastores y los Reyes, cumple las órdenes
de ir a Egipto, decide instalarse en Nazaret, busca a Jesús
en Jerusalén, le enseña un oficio, comenta con María lo que
ella rumia en su corazón, porque ninguno de los dos
comprenden las situaciones que se presentan. Siempre en
familia, en situaciones que afectan a la familia, buscando
cuidar al Hijo. Van a Jerusalén por la pascua y a la
sinagoga los sábados, “según su costumbre”, en familia.
Nazaret nos enseña a
acoger a Jesús como cometido vocacional, a entregarle la
vida día a día, a vivir pendiente de El, a meditar tantas
sorpresas como nos presenta la vida, a aceptar los
inconvenientes y las limitaciones de un lugar olvidado, sin
futuro humano. Pablo nos recuerda que "entre vosotros no hay
muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos
nobles. Lo plebeyo del mundo, el desecho, lo que no es nada,
lo eligió Dios para anular a lo que es, para que nadie pueda
gloriarse ante Dios" (1 Cor. 1, 26-31). Parece que está
mirando a Nazaret cuando así se expresa.
El Venerable H. Gabriel
también conoció este aspecto aparentemente sombrío de la
vida. Nos dice:
ANuestra
profesión no tiene nada de atractivo según el mundo, ni
desde el punto de vista del interés personal. Hacer el
sacrificio de la libertad, de la juventud, de los talentos,
de la salud, de la vida misma, para hacerse útil al prójimo@.
Sin embargo nos invita a la perseverancia.
AHe
cumplido la misión que me ha asignado la Providencia.
(Dichoso
si lo he hecho de una manera digna de Dios, digna de la
religión y digna de vosotros! Puedo, al menos, asegurar que
ese ha sido mi deseo@.
Que la Sagrada Familia
nos ayude a vivir con alegría y entrega nuestra vocación.
Que sepamos responder con ellos, en su compañía. Que el
Venerable Hermano Gabriel estimule nuestra fidelidad e
inspire lo concreto de nuestra respuesta.
Un saludo fraternal para
tod@s en Jesús, María y José y en la memoria del Venerable
H. Gabriel.
Madrid, a 14 de Noviembre de 2006.